Capítulo
10
Okori
El chico extendió la piel frente al comerciante, sentándose
respetuosamente.
–He traído lo que me pediste. ¿Me lo darás
ahora? –preguntó en un tono de voz suave y cortés.
Pero para decepción del chico albino, el hombre respondió.
– Aún no. Lo que me pides es mucho más valioso
que esto.
–Pero es de mi padre, es mucho más valioso para mí
–protestó el albino, olvidando por un momento las costumbres
e inclinándose hacia delante en un gesto de desesperación,
pero el hombre no se inmutó.
–Hicimos un trato. La piel de un zorro de nueve colas es
algo sumamente difícil de conseguir, por no decir imposible.
Pagué mucho por ella. Tú dijiste que me devolverías
su valor más intereses. No tengo que hacer esto, ¿sabes,
chico? Si la subastase en mi tienda, ¿hasta donde crees que
ascendería el precio?
–Lo sé, y cumpliré mi parte, pero ¿no
te he traído lo suficiente? –sus ojos dorados lo observaron
agudos, no le había agradado aquel último comentario.
Una promesa era una promesa y un trato era un trato. Hubiese podido
engañarlo y quitársela si tan sólo supiese
donde la guardaba. Pero había preferido ser honesto y directo.
Y aunque no le agradase el hombre, se había comprometido
de aquella manera que él consideraba sumamente justa. ¿Cómo
se le ocurría decir que no tenía que cumplir con aquello?
–Eso lo decidiré yo cuando llegue el momento, chico,
es claro que no comprendes su valor en el mundo humano –se
rio, bebiendo un poco de sake. No pensaba darle nada, por supuesto,
era como tener un empleado gratuito, por no decir mágico.
Podía ocurrírsele la piel más rara del mundo
y el chico la traería. Y con suerte, tal vez podría
obtener dos pieles de zorro –-. Anda, ahora ve a traerme la
próxima. La necesito para la semana que viene.
El chico se puso de pie, con el mismo gesto serio, el corto kimono
ondeando alrededor de sus muslos, con el movimiento, sus colas formando
un abanico suave y acolchado tras de él.
–Cumpliré con mi parte del trato, tú cumple
con el tuyo –se giró, sin voltearse al escuchar al
hombre acceder riéndose, y echó a correr, dando un
salto y transformándose completamente en un zorro blanco
de nueve colas, al momento en que sus patas delanteras tocaban el
suelo fuera de la casa.
………….
Los ojos rojos y felinos observaban entre las ramas y rocas de la
escarpada montaña donde las cabras plateadas solían
pastar, de hecho el era su dueño, él las cuidaba…
él se alimentaba de ellas. Sin embargo, ya hacía un
tiempo que aquel zorro blanco iba allí a cazarlas, lo que
más le molestaba no era eso, lo que más le molestaba
era que sólo se llevara su piel y no se comiera la carne.
Descendió por las piedras a cuatro patas, con movimientos
felinos, moviendo la cola de león a su espalda, su cuerpo
sólo cubierto por un taparrabos de piel plateada de cabra,
los cuernos sobresaliendo de su cabeza como los de un macho cabrio.
Observó al zorro sin moverse de su lugar ahora sobre una
gran piedra.
El zorro movió sus colas, dejándolas caer suavemente,
observando a las cabras, suspirando y acercándose. Saltó
sobre sus patas casi como si flotase, y se colocó frente
a una de ellas, haciéndole ver que era de su especie, para
atraerla, y alejarla del rebaño. No tenía ganas de
que le diesen con esos cuernos.
–¿No crees que ya es suficiente de atacar a mi rebaño?
–la quimera habló con voz suave y profunda, cruzando
los brazos en la piedra, aún apoyado en sus rodillas, dejando
reposar la quijada sobre ellos, sonriendo levemente, con algo de
malicia. Plegó las alas de dragón tras su espalda.
–¿Eh? ¿Cómo....? –el zorro alzó
la mirada, encontrándose con aquel ser que lo observaba.
Se aproximó, perdiendo un poco el interés en la cabra,
que regresó a su rebaño confundida. Se transformó
en chico, sonriendo un poco –¿Es tu rebaño?
No lo sabía, creí que serían salvajes.
El chico de cabello largo sonrió con suavidad.
–No, sólo son libres, pero no salvajes, y si las matas
no podré comer. Y si no puedo comer cabras, tendré
que comer alguna otra cosa –se rio con suavidad, como jugando
por lo que insinuaba –. ¿Por qué las matas si
no vas a comértelas? –se paró frente a él
a escasos centímetros. Aún sonriendo levemente.
–Porque necesito su piel, ¿no es obvio? –le
sonrió con dulzura, confiado en el hecho de que no podría
comérselo de todas maneras –¿No puedes prescindir
de una más? Además, te puedes comer su carne.
–No me gusta comerme lo que otros han tocado, no es higiénico…
¿no crees? –se pasó un dedo por el labio y luego
lo apoyó en su pecho –¿Para qué necesitas
su piel? ¿Es que no sabes que todas las cabras plateadas
pertenecen a una quimera?
–¿Es cierto eso? –preguntó, dudándolo,
pero aún así sonriendo –Necesito recuperar algo
importante, y para eso, necesito las pieles. ¿Qué
tal... si hago algo por ti y me dejas llevarme la piel?
–¿Y que podrías hacer tu por mí? –sonrió
más ampliamente, pasándose una mano por el pelo y
chafándose una oreja –Si no supiera que los zorritos
sois unos tramposos…
–Eso no es justo, si así fuera, me hubiera llevado
a la cabra y ya –se le acercó más, tocándole
un brazo con un dedo, como distraídamente y mirándolo
a los ojos luego –. Nunca falto a mi palabra. Así que
dime, ¿qué quieres?
Rage sonrió, siguiendo la trayectoria de su dedo con los
ojos y volviendo la mirada a los del zorrito.
–¿Sabes donde puedo encontrar algo único?
Si lo sabes… tal vez podamos llegar a un trato. Si no, tendré
que pensar mejor mi recompensa… –dobló la pierna,
apoyando el pie descalzo sobre la roca, rozando entre las piernas
del albino con su rodilla y levantando un poco más el pequeño
kimono.
–Sé donde encontrar muchas cosas únicas –sonrió
sin retroceder, moviendo las colas tras de sí –. En
realidad, sé donde hay algo muuuy especial y realmente único,
no encontrarás otro en todo el mundo. Pero quiero pedirte
algo a cambio, no la piel, si no tu ayuda.
–Si aumentas el precio, has de aumentar también la
oferta… –sus ojos rubí desviando toda su atención
a las colas que se abanicaban tras de él, aún así
sonriendo. Haciéndole adelantar un poco la mano, aunque finalmente
se contuvo de tratar de alcanzar aquella cosa que se movía
tan tentadoramente.
–¿Una oferta más alta que un huevo de fénix?
¿Sabes lo que es un fénix? –se pegó a
su brazo, sonriendo más.
–Un pájaro inmortal… –sonrió aún
más. Apoyando la mano en su cabello y revolviéndoselo
más de lo que ya lo tenía, en realidad parecía
que todo el fuera suave –, pero por tener el huevo, no tendré
al fénix… ¿No es así? Las personas no
pueden poseerse, aún así… – entrecerró
los ojos pensando –. ¿Cuál sería el trato?
–Oh, vaya... –se rio con suavidad, pensando que no
había calculado que tuviera esos escrúpulos y se separó
ligeramente, pasándole las colas por atrás para tocarlo
–. Verás, necesito recuperar la piel de mi padre. Pero
la tiene un hombre y no me quiere decir en donde la esconde. Es
por eso que hice un trato con él, y es por eso que mato a
tus cabras. Pero no creo que vaya a cumplir el trato y yo no puedo
romperlo. Claro que, tú no has hecho ningún trato
con él, ¿o sí? –se rio, sin dejar de
observarlo.
La quimera tocó una de las colas con las puntas de los dedos,
observando como se movía de nuevo, aún así
pensativo, retirando la mano con rapidez.
–¿Quieres que lo hipnotice para saber donde está
la piel de tu padre? ¿No es así? –sonrió
levemente, con malicia, observando sus ojos –¿Y mi
huevo? ¿Dónde está?
–En un lugar seguro, oculto, pero yo lo encontré –
le sonrió, recordando en donde lo había visto –.
Lo traeré, y te lo mostraré, pero luego debes cumplir
tu trato. Te prometo que el huevo será tuyo –le aseguró
un poco más serio. Tampoco quería resultar engañado
de nuevo.
–Está bien, porque yo siempre cumplo mi palabra, añadiré
a mi cobro el poder darles de comer a mis cabras a ese hombre…
ya que tu las has matado por su culpa –sonrió, pasándose
de nuevo la mano por el cabello y por uno de sus cuernos.
El chico permaneció mirándolo por un momento serio,
sonriendo con suavidad después.
–Me parece justo. Él mismo se lo ha ganado. Tenemos
un trato entonces.
El chico de cabello dorado y plateado le extendió la mano.
–Tenemos un trato, estaré esperándote…
en el mismo lugar, para ver el huevo de fénix. Espero que
no sea un lagarto después.
El zorro blanco se rio, estrechándole la mano.
–No lo será, te lo he prometido. Y puedes confiar
en eso.

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