| Capítulo 8
Beleth
Un hombre entró en los amplios salones de la biblioteca del
castillo. Era muy alto y fibroso, moreno de piel, su cabello ensortijado
y negro, las puntas como llamas de fuego tanto en su cabeza como
en su larga cola de sedosas crines.
Sus ojos brillaban como el fuego y sus labios se entreabrieron
al observar al fin la extensa colección de libros de la biblioteca.
Nunca dejaba de sorprenderle. La mayoría tratados de magia
negra, sonrió levemente, satisfecho consigo mismo, los pronunciados
colmillos, similares a los de un vampiro asomaron entre sus labios
mientras sujetaba uno de los antiguos tratados por el lomo forrado
en cuero marrón.
Era un libro enorme, lo sujetó cuidadosamente entre ambas
manos y lo apoyó sobre la mesa de madera, sentándose
y abriendo las ajadas coberturas. Estaba escrito en la antigua lengua
pero no era algo que no pudiera dominar.
Pese a que como nigthmare poseía un gran poder aun ansiaba
más, por naturaleza, por venganza y para demostrarles que
debían rendirle respeto, pese a no haber podido llevar la
cabeza de su señor como muestra de haber acabado con el.
Si, allí, en aquella caótica sociedad oscura todo
se regía por la fuerza. Ya habían tratado de matarlo
por dos veces mientras descansaba.
Las puertas se abrieron de golpe, dos goblins entrando en la sala
con los pasos zambos, sus voces chillonas y ruidosas mientras hablaban
entre ellos. Alzó la vista de su libro sin soltar la hoja
que aún marcaba con su mano.
-señor…- comenzó uno de ellos con aquella voz
que solo alimentaba a la desconfianza
-hablad- los miró fijamente, hablando de forma tosca y seca
apenas alcanzando un volumen normal. Aquellos dos seres comenzaron
a hablar a la vez, insultándose entre medias sin dejarle
comprender ni la mitad del mensaje. Apoyó un codo sobre la
mesa y su rostro contra la mano, acariciando el vello sobre su barbilla,
esperando unos segundos más sin dejar de observarlos, deseando
que no le hicieran perder la paciencia ni un segundo más
–basta!- golpeó con la otra mano sobre la madera.
Los pequeños seres verdes y de aspecto deforme se callaron
de inmediato solo para empezar a discutir entre ellos ahora quien
lo había echo enfadar. El moreno resopló entre sus
labios levantándose con pasos decididos hacia ellos, haciendo
que retrocediesen de golpe y se quedaran pegados a las paredes cada
uno a un lado –tu- señaló a uno de ellos -¿Qué
queréis? Y tu… Silencio- miró al otro que había
parecido desear entrar en la conversación de inmediato.
-señor… hemos visto a un caballo blanco… un
caballo blanco cerca del río… muy cerca del castillo…
de su castillo su majestad…- arrastraba las palabras al hablar
como si intentara camelarlo o como si estuviera contando una mentira.
-¿un caballo? No sería simplemente un caballo o no
habías venido a molestarme… habla de una vez…-
alzó un poco la cabeza mirándolo desde arriba a causa
de su acusada diferencia de altura
-era un caballo alado señor
-un Pegaso… no es de mi interés… - se sentó
de nuevo en la silla de madera y oro, volviendo a su libro y pasando
la página, observando precisamente a un caballo mágico
allí dibujado, las letras inundando la otra página
con promesas increíbles sobre poder y magia. Siguió
leyendo, sin escuchar lo que seguía hablando aquel pequeño
ser verde.
-¿señor?
Su voz lo despertó del ensimismamiento y alzó el
libro mostrándoles a ambos la imagen blanca y majestuosa
de un unicornio.
-buscad al Pegaso y seguidlo… no me importa cuanto tiempo
estéis fuera, buscadlo, averiguad si está con este
ser… y traédmelo…
-su majestad…- se retiraron caminando hacia atrás
de forma un tanto bufonesca, el moreno observándolos fijamente
mientras salían –habrá una recompensa de oro…
para quien me lo entregue… vivo… si muere, vosotros
también moriréis…
-si… su majestad…- sonrieron mucho más ampliamente,
corriendo por los pasillos y discutiéndose la suma que podrían
obtener aún antes de haberlo conseguido.
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