Capítulo
2
Denki el imp
–Hum… –un ser menor que un palmo de grande, azulado
y luminoso como una luciérnaga, se balanceó colgado
de una pequeña rama en lo alto de un árbol. Sus piernas
se enroscaban a esta, y sus manos sujetaban una cereza por el rabo,
haciendo que colgase, columpiándose a la vez que él.
Se limitaba a observar su reflejo en el fruto rojo, cada vez que
al balancearse, el pequeño tallo se curvaba acercando la
fruta a su rostro.
Sonrió abiertamente, completamente distraído por
un momento, olvidándose de lo solo que se sentía,
y de las pocas ganas que tenía de cumplir con las órdenes
de su señor. Era un aburrimiento cumplirlas, y tampoco le
gustaba lo que le mandaba hacer. Frunció el ceño sin
dejar de balancearse ahora con más fuerza debido a lo molesto
que estaba.
La fruta se balanceó también, terminando por golpear
su cara.
–¡Ah! –la soltó sorprendido, desprendiéndose
de la rama y cayendo junto a la cereza. Batió sus alas azul
transparente, haciendo que el polvo brillante flotase tras él,
justo antes de golpearse contra la hierba. Aleteó un poco
más, sentándose sobre ella y sujetándose al
rabo.
Movió una de sus puntiagudas orejas al escuchar un ruido
en la hierba, se quedó inmóvil, pendiente de aquello.
Deseaba cumplir con su misión y ver si de ese modo su señor
lo compensaba con algún tipo de cariño, o tal vez
con algún fruto extraño que no hubiese probado antes.
Sólo le había regalado aquel cuero que lo vestía,
aunque nunca había comprendido por qué debía
tapar esa parte de su cuerpo. Según su amo, no tenía
ganas de estársela viendo todo el tiempo.
Se tiró un poco del cuero, observando su sexo, no le veía
nada malo. No sabía para qué servía y no se
lo decía. Siempre se enfadaba con sus preguntas.
Apenas tenía tres semanas de vida, y siempre se distraía
en lugar de llevar a cabo sus órdenes, pero esta vez sería
bueno. Lo había prometido.
–Seré bueeeno... –susurró con aquella
voz algo rasgada aunque suave, inclinándose y abriendo la
boca de una cuarta para morder la cereza, revoloteando después
mientras la masticaba, haciéndose más pequeño
conforme subía, y buscando por el bosque, entre los árboles,
de donde había provenido aquel ruido. Su cuerpo sólo
era una luz ahora. Había tomado el aspecto de una libélula
reluciente.
Se posó sobre una hoja, recuperando su verdadera forma y
espiando los movimientos de lo que era un extraño ser para
él, aún no lo veía bien entre la maleza.
En todo aquel tiempo, sólo había visto a otros imp.,
a su señor, y las criaturas que su amo tenía en jaulas
en la cabaña, y apenas le había dejado examinarlas
unos segundos. Nunca le dejaba hacer nada salvo cumplir ordenes…
–Oh… ¿qué es? –se preguntó
a sí mismo, sus ojos azules más abiertos, sus labios
entreabriéndose un poco, intrigado, moviéndose más
rápido sobre la rama. Descolgó un poco sobre la cabeza
de aquel ser, que no se percataba de su presencia. Estaba recogiendo
el polvo de sus alas dentro e unas hojas enroscadas con agua en
su interior –¿Para qué? –se preguntó
aún más intrigado, observando su reflejo en el cuenco.
Aquello provocó que aquel ser delicado alzase la mirada de
golpe al observarlo también.
Se escondió rápidamente tras una hoja, sujetándose
a las puntas y doblándola un poco para volver a espiarlo,
aunque ahora parecía hacerlo todo con urgencia, seguramente
lo había alertado.
Revoloteó mucho más alto, sacudiendo sus alas y parándose
a lo lejos entre la hierba. Se dejó caer en el suelo con
los ojos cerrados, esperando sin moverse lo más mínimo.
La figura pálida de aquel ser seguía atraída
los destellos, recogiéndolos dentro de aquellas hojas y correteando
al observar el gran destello entre la hierba del cuerpo del imp.
Se inclinó, observándolo, tocándolo con un
dedo. El imp se dejó girar, haciéndose el muerto,
aquel ser observando el polvo nacarado en él. Lo lamió,
sonriendo al probar su sabor. Sujetando una de sus alas para arrancársela.
–¡Ah! ¡No! –Denki adoptó el tamaño
de un humano normal, alto y fibroso, sus alas intactas por suerte.
–¡Ah! –el ser dejó caer las hojas al suelo,
el néctar resbalando brillante –No… no…
mi néctar… –se agachó tratando de recogerlo,
tan desesperado que no se percataba de cómo el cuerpo del
imp era recorrido por chispas y rayos.
Denki sonrió, apoyando la mano sobre su cabeza y encerrándolo
en una especie de jaula circular, chispeante. Se agachó a
mirarlo, acercándose y tocando aquellos barrotes que parecían
dejar al ser débil y dolorido.
–¿Qué eres?
–¡Suéltame! ¡Suéltame!
–No, querías arrancarme un ala –se la tocó
sin levantarse de donde estaba acuclillado, observándolo
y frunciendo el ceño –. Dime qué eres y te soltaré.
–¡Soy un hada! ¡Un hada! ¡Suéltame!
–su voz chillona se alzó de nuevo, su rostro antes
delicado desfigurado por la furia.
–¿Por qué querías mi ala? –preguntó
sin inmutarse, sentándose en el suelo
–¡Por el nácar! –le gritó cruzándose
de brazos indignada –¡Ahora déjame ir!
–¿Para qué quieres el nácar? –preguntó
de nuevo sin inmutarse y mirándose el ala, enterándose
en aquel mismo momento de que lo que brillaba se llamaba nácar.
–¡No te lo diré! ¡Imp tramposo! ¡Suéltame
primero!
–No… –se rio, levantándose feliz por haber
obtenido algo posiblemente valioso y atando una liana a la jaula
redondeada, echando a correr con ella por el bosque y haciéndola
rebotar por todos lados contra árboles y suelo. El hada en
su interior se golpeaba, quejándose sin parar. Sin embargo,
aquel ser azulado y brillante no detuvo sus saltos y revoloteos
hasta llevar a una cabaña.
Se frenó de inmediato al notar que había alguien
más con su amo. Observó por el cristal de la ventana
detenidamente, la escena en su interior.
El mago, su amo, estaba cubierto por una capa, y mantenía
una conversación con un ser alto y fuerte, de piel morena
y cabello negro y rojo. Sus ojos parecían temibles, y sus
cuernos, como los de un buey, casi rozaban el techo. Cargaba una
enorme maza con pinchos metálicos que sobresalían
afilados. Vestía casi desnudo, su sexo y parte de sus nalgas
cubiertas por una piel de pantera.
Daba miedo, se preguntaba si su amo también le había
dicho que debía taparse eso. Acercó más su
oído al cristal. ¿Qué hablaban? ¿Quién
era? ¿Qué era? No podía contener su curiosidad.
–No sé de qué me hablas, yo no tengo nada de
ese tipo.
–¿Cómo? –frunció más el
ceño el oni, apoyando una mano en la mesa y haciendo rebotar
las cosas sobre ella.
Tokuma dejó la terriblemente pesada maza sobre la mesa,
que se partió estruendosamente. Un temblor remeció
la cabaña cuando el garrote llegó al suelo. El corpulento
oni se acercó más al mago.
–He venido porque sé que tú posees la mejor
colección de seres mágicos que existe, ¡pero
si me haces esperar un segundo más, mi paciencia se agotará!
¡He dicho que deseo verlos! –alzó la voz, frunciendo
más el ceño. Sus ojos rojos y fieros se entrecerraban
mientras observaba al hombre que al fin procedía a abrir
las puertas hacia el sótano de aquella cabaña. Asustado.
–Está bien –murmuró el mago sin más
remedio –. Pero no suelo comerciar con desconocidos –Aunque
los onis no eran ileales, uno no debía fiarse fácilmente
de mostrar su mal comportamiento ante aquellos dioses, pues aquello
podía provocarte una muerte horrible, o incluso la condenación
eterna de tu alma. De cualquier modo, sabía que tampoco había
forma alguna de hacer que un oni cambiase de idea.
El moreno bajó tras él por las pobremente iluminadas
escaleras. Sin mediar más palabra, no había ido allí
a mantener un “dialogo de besugos”. Observó las
jaulas llenas de seres encerrados, agradeciendo poder ver en la
oscuridad, aunque pronto el mago prendió unas antorchas.
Observó a una de las criaturas, golpeando la jaula con una
mano. Aquel ser se cubrió con sus propias alas, asustado.
Haciéndole perder todo el interés.
–¿Qué tal esta? –sugirió el hombre
mostrándole una ninfa
–Odio a las mujeres –sentenció el moreno de
pronto, caminando más aprisa entre las jaulas, recorriendo
un pasillo, su oído alertándolo de algo interesante.
–¡Ahí no! ¡Esos son muy caros y peligrosos!
–Mejor… –el moreno se rio, sus carcajadas retumbando
en la sala de aquellos extraños seres.
Se escucharon los maullidos potentes, fortísimos, entre
furiosos y lastimeros guiándolo entre las jaulas. Parecía
un sonido incluso demoníaco. Sus ojos rojos se posaron en
un gato negro que bufaba y maullaba violentamente. Era completamente
negro, incluso sus ojos lo eran, sus dientes y colmillos se veían
aun más blancos, sus dos colas erizadas tras el, su aspecto
era realmente temible.
–Un nekomatta… ¿para que querrías un
ser así? – preguntó el mago, tratando de disuadirlo
de semejante error.
–Eso no es asunto tuyo –el moreno lo miró de
soslayo, enfurecido. Sus ojos rojos, cubiertos casi por completo
por el despeinado cabello negro y rojo, volvieron la mirada intensos
hacia el gato negro.
Este se echó hacia atrás, bufando aún más
alto, y pegando la cola completamente a la parte de atrás
de la jaula, sus ojos sosteniendo la mirada del oni agresivamente.
El moreno golpeó la jaula con una mano, bajando más
la cabeza para verlo mejor, colando los dedos entre los barrotes
cuadrados, sus uñas negras y afiladas rozando el metal.
–¿Tiene forma humana? –preguntó sin prestar
atención al mago.
–La tiene, cuando quiere tenerla… –explicó
pensando aún que era mala idea.
El gato se lanzó a toda velocidad para atacar sus dedos,
aún bufando mientras lo hacía, furioso. Sólo
sabía que si abrían la jaula, pensaba salir velozmente
de esta.
El oni apretó las mandíbulas al sentir sus uñas
rasgarle la piel y sonrió, lamiéndose la sangre de
los dedos mientras los retiraba con algo de dificultad de entre
los barrotes. Miró al mago, tomando una de las bolsitas de
cuero que llevaba en la cintura, vaciando la mitad del contenido
en la palma de su mano, vertiendo gemas y metales preciosos sobre
ella.
El hombre lo miró atento, sin poder despegar la mirada del
brillo de aquellas riquezas, la sola mitad de lo que le mostraba
le bastaría para lo que deseaba.
–¿Y como es en su forma humana?
–Hermoso, si, muy hermoso… –aseguró el
hombre que ni lo recordaba y sólo deseaba el dinero.
–Más te vale… o volveré, y no te mataré…
desearás que lo haga –dejó caer el contenido
de toda la bolsa al suelo. De todos modos tampoco deseaba aquellas
piedras. Sujetó la jaula con el animal dentro. Balanceándola
sin ningún cuidado delante de su rostro, el gato sacaba las
patas por los barrotes, tratando de arañarlo y consiguiéndolo
a pesar de las dificultades.
El moreno se paso el dedo por la mejilla, limpiándose la
sangre. Su piel estaba de nuevo intacta, sin herida alguna. Deslizó
el dedo manchado de sangre entre los barrotes como si le ofreciese
de comer. Aún sin moverse del sótano.
Los ojos del felino lo observaban con odio, retrocediendo. No sabía
lo que tenía aquella jaula, pero lo hacía sentir débil
y eso lo enfurecía más. Y para colmo, no había
conseguido hacerle daño incluso tras todo ese esfuerzo. Lanzó
un maullido agudo, terco, lanzándose de nuevo contra los
dedos del moreno.
El oni se rio entre dientes, sujetando la jaula con su mano, y
tomando la maza con la otra, como si no pesase en absoluto.
–Ya… deja de maullar así, cuando te saque desearás
estar dentro.
…………
Denki observó a aquel chico marcharse con la jaula del animal,
siguiéndolo con la vista sin percatarse de que otro imp se
colaba antes que él en la cabaña. Frunció el
ceño, disgustado y planteándose si ahora le harían
menos caso a él y a su presa. De todos modos esperó,
espiando de nuevo, no muy dispuesto a compartir su éxito
y felicitaciones con las de otro.
Pero lo que vio a través del cristal fue algo totalmente
distinto a lo que esperaba, el mago contaba las piedras preciosas
y metales que el moreno de antes le había entregado, y acto
seguido mató al ser que el imp le entregaba, extendiendo
luego la mano y arrebatando completamente la magia a su sirviente,
que cayó con la piel blanca, su brillo apagado, muriendo
en el suelo y desapareciendo como si fuera sólo polvo.
Se tapó la boca con las manos, observando asustado, notando
como el mago bajaba y siguiéndolo al interior, adquiriendo
un tamaño ínfimo ahora. Estaba matando a todos los
demás seres.
–Ya no os necesito, tengo suficiente con este pago –se
reía, era horrible. Huyó, volando rápido y
saliendo por entre unos agujeros en la pared de tablones de madera.
Por poco atorándose entre medias y empujando con las manos
hasta salir por poco lanzado hacia el exterior. Se acercó
a la jaula, liberando al hada –. ¡Huye! –le gritó,
alejándose a toda prisa de la cabaña.

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