| Capítulo 86- The Hidden Room
La habitación se encontraba en penumbras, sumergida en un
casi total silencio, de no ser por la voz de su único ocupante.
Los labios del pálido chico moviéndose incesantemente,
gimiendo y murmurando cosas sin sentido, la mayoría d las
veces ininteligibles. Su cuerpo estaba cubierto de sudor y su pecho
se agitaba con rapidez, las manos crispadas sujetándose a
las sábanas hasta el punto de clavar sus uñas en el
colchón. -...”mm.....no.... eso no, corre..... no tiene....”-
murmuró, claramente alterado, moviendo el rostro a un lado,
un mechón de sus negros cabellos cayendo sobre su ojo izquierdo.
Ambos ojos se abrieron revelando las pupilas de un celeste casi
diáfano, pupilas que no parecían mirar nada en esos
momentos. Al menos nada que estuviese en la habitación. -...”no
tiene rostro.....ya....” – murmuró una vez más,
exhalando con fuerza y cerrando los ojos de nuevo, permaneciendo
inmóvil como si acabase de respirar su último aliento.
Así pasaron unos minutos, hasta que el chico volvió
a abrir los ojos, poco a poco, su mirada enfocada ahora, y su rostro
con una expresión de cansancio a pesar de haber estado durmiendo
hasta hacía poco. Había estado soñando de nuevo,
siempre aquellas pesadillas que no lograba comprender ni controlar.
Pero por supuesto, odiaba estar allí, odiaba el dolor y el
miedo al que lo sometían. Era natural que tuviese pesadillas.
Se sentó en la cama, sintiendo el piso frío bajo
sus pies descalzos, y se puso de pie poco a poco. No lograba descansar
por más que durmiera, pero últimamente le parecía
que dormía casi todo el tiempo. Hubiese pensado que así
era mejor, una forma de escapar. Pero sólo tenía esas
pesadillas horribles. Era como si su propio cuerpo se burlase de
él.
Se puso de pie, acercándose a la puerta y colocando una
mano sobre la superficie de la misma, tratando de abrirla con la
otra. Era igual, siempre estaba cerrada, pero nunca dejaba de intentarlo.
Ni siquiera podía recordar cuando había sido la última
vez que le habían llevado comida. Seguramente su noción
del tiempo estaba distorsionada también.
Súbitamente crispó la mano alrededor del pomo de
la puerta, frunciendo el ceño y golpeando la misma con la
otra mano de manera violenta desesperada. – Déjenme
salir! Quiero salir! Aún.... ¿Aún hay alguien
allá afuera?!...- golpeó de nuevo, pero por supuesto,
nadie vino, nadie le respondía. Apoyó la frente contra
la puerta riendo por unos segundos, pero las lágrimas empezaban
a correr por sus mejillas, y se dejó caer el piso, arrodillado
aún contra la puerta, abatido.
- ¿Tetsu? Vuelve a la cama, es hora de tu inyección....
– la enfermera estaba de pie tras de él, con una jeringuilla
en la mano, esperando pacientemente.
El chico giró poco a poco su rostro, todavía húmedo,
sonriendo. – Sí... – murmuró, poniéndose
de pie, sin pensar en nada más. Por el momento estaba feliz
de ver un ser humano.
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