| Capítulo 37- The World is Coming
to an End
Seiren abrió la puerta de su cuarto, saliendo a caminar
un poco. Estaba cansado de estar en su cuarto y le parecía
una pérdida permanecer allí, luego de haber anhelado
toda su vida, poder pararse de su cama por su propio pie, sin mareos,
ni malestares. Tal vez pudiese ver a Arn más tarde, pero
no lo sabía, no era algo que controlase a su voluntad.
Una enfermera atravesó la puerta de espaldas, cayendo al
suelo con la bandeja de herramientas médicas, clavándose
varias y sacándoselas como histérica. Ray salió
de la habitación acto seguido, pegándole una patada
en el estómago y mandándola adentro del cuarto de
nuevo, cerrándola allí dentro –A la mierda!
Puta…- susurró luego, con las manos atadas por una
correa. Observando al chico que pasaba por allí y acercándose
rápidamente –Suéltame japo
- Seiren – murmuró el chico, aunque acercándose
y soltándolo. Después de todo, no veía por
qué dejar sufrir a ninguna de esas personas.
-Sí… eso… Seiren… o lo que sea…-
se rozó las muñecas, las tenía amoratadas y
ensangrentadas de resistirse y se sentó en el suelo sacándose
la camiseta y partiéndola para vendarse los tobillos –Querían
cortarme los pies… no te digo… ¿Qué coño
se creían? ¿Que me iba a dejar? Sois unos putos locos…-
lo señaló mirándolo a los ojos –Esto
no pasa en mi país…
- ¿De donde eres? – le preguntó, sentándose
frente a él. Era obvio que no sabía que estaba muerto.
De todos modos, seguro sus pies hubieran aparecido intactos al día
siguiente. Claro, que nadie querría pasar por ese dolor.
Le quitó las vendas improvisadas ayudándolo aunque
sabía que era inútil, pero no se veía muy calmado.
-De Corea…- se dejó hacer, pensando que se le notaba
en la cara, que no llevaba camiseta y tenía un tatuaje enorme
en coreano en el cuerpo y para rematar, que no era enano…
Aún así, no dijo nada, porque estaba mejor ahora que
lo vendaba él –Me he cargado a los médicos…-
se rió entre dientes- … me van a matar…
- Y ¿qué harías... si mañana esos mismos
médicos entrasen a tu habitación? – le preguntó,
tratando de llevar el tema sutilmente.
El albino lo miró a los ojos serio –No me gustan los
jueguitos…- frunció el ceño pensando que de
todos modos estaba ayudándolo, de nuevo –Les cortaría
los cojones y me los guardaría en un cajón…
para que los buscasen toda la eternidad… ¿Qué
tal eso?- alzó una ceja como si le hastiase elucubrar así.
Seiren lo miró a los ojos, riendo con suavidad, preguntándose
si sería posible eso. – No estoy jugando, intento decirte
algo... – le terminó de apretar las vendas, y se quedó
mirándolas. – Pero me preocupa que no sepas aceptarlo....
Ray lo miró fijamente, frunciendo más el ceño
–Dilo y punto, si lo acepto o no… es mi puto problema
¿cierto?
- Bien.... no tienes nada en los pies, y los moretones de tus muñecas
no existen. Eres un fantasma, chico de Corea. – lo observó,
esperando. Tal vez no debería ir por allí diciéndoselo
a todos, pero estaba cansado de ser siempre el único que
se diera cuenta.
El albino lo miró a los ojos y se rió, poniendo luego
la misma cara que si quisiese destriparlo –Si no fuera porque
estás como una jodida cabra, estamparía tu carita
contra un radiador de una patada…
- Sabía que no lo aceptarías. – se puso de
pie, para alejarse. – Mañana, no tendrás heridas
y esos médicos que mataste hoy, volverán, como si
nada hubiese sucedido.
-Eh! ¿Dónde vas tío?- se levantó mirándolo
fijamente -¿Por qué me dices esa mierda? Al menos
cuéntame tu teoría de la hecatombe…- lo miró
nervioso por si iba en serio con eso.
Seiren se detuvo girándose, y suspirando. – No creo
que haya sido una hecatombe, todos morimos de maneras distintas.
Tal vez.... No sé si sucedió algo para que los médicos
aún estén aquí. Si así fue, yo ya estaba
muerto o no me di cuenta. – lo miró a los ojos notando
que estaba asustado a pesar de toda su pose. – En el fondo
lo sabes, no es así, el tiempo no pasa, las cosas no cambian,
no te crece el cabello.... Hay un ambiente extraño.
El coreano se quedó en la mitad del pasillo, observándolo,
sintiendo la más profunda de las ansiedades en aquel mismo
momento, el suelo y las paredes oscureciéndose y cubriéndose
por el polvo, el viento entrando por las ventanas rotas, azotando
las puertas y abriendo los cuartos vacíos o sólo con
restos de la gente moribunda -¿Qué es esto?- preguntó,
indirectamente, a nadie, tal vez a sí mismo. No podía
creérselo, pero lo peor de todo no era tener miedo, si no
el hecho de que aquella misma ansiedad le estaba provocando buscar
a Yasu por todos los cuartos –Yasu!
Seiren lo observó alejarse, un tanto entristecido, no podía
evitarlo. Aquellas cosas seguían poniéndolo triste.
El rubio abrió los ojos al escuchar la voz de Ray, gritando
de aquella manera. Se puso de pie, saliendo de la habitación,
pasándose la mano por la cabeza, sintiendo la sangre de nuevo
allí, era una tontería.
Ray bajó la vista sintiendo el terrible dolor en sus tobillos,
la sangre resbalando por encima de la tela y mojando sus pies. ¿Cómo
podía ser aquello irreal? ¿Cómo podía
estar muerto cuando estaba doliéndole tanto? –Yasu!-
lo llamó de nuevo apoyándose en la pared porque resbalaba
en su propia sangre, respirando agitado, girándose al sentir
algo.
Una mujer, el cabello cubriendo su rostro, la lengua arrastrándose
por la sangre que iba vertiendo hasta lamer su propia piel -¿Qué
cojones?!- le golpeó la cabeza y dejó escapar un grito
de dolor por las heridas en sus tobillos. Corrió de nuevo
como podía y se cayó al suelo, le daba igual lo que
doliera, no iba a matarlo esa puta del infierno. Se arrastró
con las manos y las rodillas tratando de meterse en algún
lado. Antes lo le dolían tanto los tobillos ¿Por qué?...
Se metió en un cuarto, sudando frío, apoyándose
en la pared y subiéndose un poco los pantalones para ver
las heridas, la piel amoratada terriblemente en aquella zona –Oh..
Dios…- empezó a desatarse las telas casi sin pensar
–Dios… no…- se estaba mareando.
- Ray... – Yasu lo llamó con voz débil, alzándola
luego, lo había escuchado gritar. – Ray! – echó
a correr, observando un rastro de sangre en el suelo, preocupado
a pesar de todo. – Ray! Contéstame!
Pero el albino estaba demasiado angustiado, frotándose los
pies, apretándoselos y casi golpeándoselos, embadurnándolos
de sangre por completo. Apenas escuchaba algo que no fueran sus
propios jadeos angustiados, alzó un poco la cara al escuchar
a Yasu por fin. –Yasu! Ayúdame!... mira… mira
esto joder!
El rubio empujó la puerta de donde parecía provenir
la voz, y corrió al verlo, agachándose junto a él,
apretando sus tobillos, a pesar de que sabía que no le sucedería
nada. – Ray... tranquilo, no pasa nada...
-¿Cómo que no pasa nada?! Una mierda no pasa! Mírame!
¿Lo has visto? Están… no puedo mover los pies
Yasu… haz algo!…- lo sujetó por los hombros,
jadeando completamente histérico.
- No pasa nada! Estás bien! – le gritó de vuelta,
angustiado, a sabiendas de que le dolía. – No puedo
hacer nada.... – se soltó, abrazándolo contra
él quisiera o no. – No estás sangrando, no es
cierto...
Ray se dejó abrazar, mirando al techo, observando los desconchones
en la pintura, sintiendo un dolor terrible, el olor de la sangre
y sus manos en el suelo cubiertas por la misma. Un foco iluminaba
la habitación, sintió la madera bajo él, pero
el dolor seguía ahí, ¿estaba alucinando? Una
cama vacía… Observó el foco de nuevo, la bombilla
estallando y el suelo temblando un poco.
- Calma... estarás bien... – susurró Yasu apretándolo
con fuerza y mirando tras él también, no estaban en
el hospital. Se separó un poco, observando sus ojos. –
No tienes que sufrir más.
-No me quiero morir ¿me oyes?!- lo miró alterándose
de pronto de nuevo, crispando los dedos contra la madera, arañando
el barniz que la cubría sin notar el dolor en los dedos.
En realidad, ya no sentía ningún dolor, pero estaba
demasiado nervioso para notarlo.
- Lo siento... – susurró el rubio, abrazándolo
de nuevo, sintiendo deseos de llorar ante aquella desesperación.
Era más duro ver a Ray así que aceptar su propia muerte.
El albino aflojó la tensión poco a poco, dejándose
abrazar y rodeándolo con sus brazos, apretando la tela de
su ropa con desesperación, escondiendo la cara en su cuello
y apretando las mandíbulas tanto que le dolía, sabía
a sangre… pero no iba a llorar. Sintió que temblaba
y lo apretó más contra él para contener el
deseo de empujarlo bien lejos de él.
- Ray... –susurró el rubio, sin soltarlo, no pensaba
hacerlo le dijera lo que le dijera, así lo golpease. Dejó
escapar algunas lágrimas, apretando los párpados.
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