.Novela homoerótica para mayores de edad.
 
Capítulo 22- The Memory of the Soul

Seiren dio un par de pasos más, apoyándose en la pared. Estaba cansado y sus piernas no respondían bien. Era absurdo que lo pusieran a caminar en esas condiciones, bastaba mirarlo para saber que no estaba mejorando.

Wolf salió del cuarto de las enfermeras con unos papeles en la mano y se los guardó en el bolsillo, observando la espalda del chico delante de él -¿Se encuentra bien?- le apoyó la mano en el hombro y se giró para verle la cara, tenía aspecto de tener fiebre incluso –Disculpa- le pasó la mano por la cara y el cuello -¿Te han mandado caminar?

- Sí, pero mi cuerpo no está cooperando – le sonrió débilmente, extrañado de que actuase de aquella manera.

-Deberías estar en la cama…- abrió la puerta del cuarto de la enfermera de nuevo y lo cogió en brazos –Disculpa- lo llevó a la cama de la mujer y lo recostó allí.

-Ah… ¿Qué haces Wolf?- la mujer lo miró como espantada de que le metiera a un enfermo en la cama.

-Tiene fiebre y su cuarto está cerrado porque debe pasear, puede que tú estés faltando a todo lo que juraste tras acabar tu carrera pero yo no…- la miró a los ojos y esperó en realidad, esperanzado de que lo dejase estar.

-Está bien… pero mira antes de salir… Dios… si te cogen, yo no tengo nada que ver en esto…

-Ya…- la miró esperando a que saliese.

- Así que eras doctor – murmuró el chico en la cama, entrecerrando los ojos y luego entornándolos para observarlo mejor. – No tienes que meterte en problemas...

-Sí, era doctor pero he acabado así por hacer lo que debía, así que puedes estar tranquilo- le sonrió levemente, abriéndole la camisa para ponerle un termómetro bajo en brazo -¿Cómo te llamas?

- Seiren. – se presentó, mirándolo, el cuidado con que lo hacía todo. - ¿Y usted, sensei?

-Wolf- le sonrió de nuevo retirando el termómetro y cerrándole la camisa –Tienes bastante fiebre y supongo que te habrán administrado alguna barbaridad…- se acuclilló en el suelo para abrir un armario bajo buscando entre los medicamentos y cogiendo un efervescente deshaciéndolo en un vaso. Al menos actuaba más rápido que una pastilla, suponía que estaría harto de inyecciones –Bébete esto, es sólo para que te baje la fiebre y te encuentres un poco mejor… - se sentó en el borde de la cama, ofreciéndole el vaso.

- Gracias – el albino se sentó, tomando el vaso y bebiendo, exhalando luego. - ¿Cómo es que le dejan tener medicamentos?

-No es mi cuarto, es el de la enfermera, yo comparto un cuarto normal con un niño…- lavó el vaso y se lo apoyó en la mesa de al lado para que bebiese agua si quería –Intentaré conseguir tu historial y saber qué están administrándote, pero poco puedo hacer…- lo tapó un poco con las sábanas mirándole a la cara –Ella era mi amiga y mi compañera… trabajaba conmigo en el hospital en el que trabajábamos antes… por eso me ayuda en lo que puede…

- No se preocupe, suficiente con lo que hace – le sonrió, pensando que era afortunado. - ¿Un niño? No sabía que había niños aquí.

-Desgraciadamente sí y también bebés… si no los tienen, se ocupan de engendrarlos aquí mismo…mejor no querrás saber qué ha sido de las enfermeras que se negaron a cooperar…- respiró con fuerza, pasándose las manos por el cabello que últimamente siempre se despeinaba o al menos así lo sentía él. Se levantó de la cama observándolo y pensando que enfermo o no, se veía realmente hermoso, tal vez por lo delicado de su aspecto –… se llama Keika…

- Debe ser duro para él – murmuró pensativo, recostándose de nuevo y mirando el techo. De pronto consciente de quien era y de donde estaba, no había necesidad de sentirse enfermo. Era fácil dejarse llevar por aquel lugar. Miró al doctor preguntándose si sabía. No, no parecía tener idea. – Usted se rehusó a cooperar, ¿no es así? Pero aún así no actúa como un paciente.

-Me tomo ciertas libertades, saben que no haré nada estúpido, quiero proteger a Keika… y si es posible… estoy tratando de sacarlo de aquí… Ella tratará de llevárselo… llevamos mucho tiempo pensando en ello… por eso… no le he dicho nunca la verdad…- respiró con fuerza sentándose en la silla que había junto a la cama.

El albino negó con la cabeza, era realmente triste todo aquello. – No podrá hacerlo... – susurró, sin darse cuenta de que no lo estaba sólo pensando.

-No lo sabremos si no lo intentamos…- se sujetó una mano con la otra de pronto sintiendo como si se le revolviese el estómago, aquella incertidumbre… lo miró de soslayo temiendo lo peor, sintiendo que el corazón le iba demasiado lento -¿Qué sucede?

- Nada, no tenga miedo – le sujetó las manos con la suya, mirándolo a los ojos. - ¿No le parece que a veces.... las cosas no son normales? El fluir del tiempo, las cosas que siente.

-¿Estamos muertos?- lo miró a los ojos también, sus terrores confirmándose, sus pesadillas tornándose ahora en visiones claras y concisas de los sucesos pasados. La muerte de Keika… no era sólo una pesadilla, no era un reflejo de sus miedos como había tratado de hacerse creer.

Seiren sonrió, suspirando. – Estaba intentando ser sutil. – se sentó sin dejar de mirarlo asintiendo. – Sí, lo estamos. Disculpe por lo de antes, a veces lo olvido.

- … yo aún siento el dolor… siento incluso mi corazón… ¿quieres decir que esto es lo que nos queda para siempre?- se llevó las manos a la cara, hundiéndola entre ellas, mesándose el cabello entre los dedos, cerrando los ojos con fuerza y pensando en Keika.

- No lo sé, sólo sé esto. Pero... – se sentó de nuevo, angustiado. No era su intención entristecerlo. – Sientes el dolor porque crees que estás vivo, sólo eso. Algo bueno ha de tener no estarlo.

-Prefiero sentir dolor con tal de no dejar de sentir… tal vez por eso…sigo aquí…- negó con la cabeza, su mano aún tocándose los labios -¿Qué le diré? No va a comprender…

- No lo sé, los niños suelen adaptarse con facilidad a las nuevas situaciones. ¿No quiere que deje de sufrir? Al menos de esta manera.... – bajó la mirada, sin soltarlo. – No se deja de sentir, no se preocupe por eso.

Wolf lo miró a los ojos -¿Desde cuando lo sabes Seiren?

- Hace mucho ya, he perdido la cuenta del tiempo. Pero he permanecido solo - por fin soltó su mano, sonriendo un poco ahora. – Este lugar ya no es un hospital. ¿No siente... que ha estado durmiendo por mucho tiempo?

-Sí… y recuerdo la muerte de Keika… cada mañana que me despierto… como si fuera ese mismo día… Me había empeñado en creer que se trataba de una pesadilla, de un reflejo de mis miedos…- se levantó y le pasó la mano por el cabello acercándolo después a su pecho –Has llevado eso tú solo todo este tiempo…

- No había nada más que pudiese hacer. – se dejó abrazar, reconfortado tanto por aquel abrazo como por su voz, cerrando los ojos. – No sabía si debía decírselo, pero.... no pude mentir al final.

-No, has hecho bien…- respiró con fuerza, mirando a la pared –Ya no vas a estar solo nunca más…

El albino se aferró a su ropa, sollozando un poco, a pesar de que no había tenido deseos de llorar antes. – Gracias – susurró, abrazándolo.

-Tranquilo… las cosas irán mejor a partir de ahora…- bajó la vista, cerrando un poco los ojos. Era mejor saberlo por fin, haber abandonado esa incertidumbre… Imaginaba que su esposa ya habría muerto tiempo atrás. Sentía que había dormido por siglos, pero se había obligado a creer que algún día volvería con ella o que se enfrentaría a que le hubieran arrebatado su mundo, ahora sabía que no sucedería ninguna de ambas cosas y de algún modo aquello lo aliviaba… saber que podría olvidar…

 
 

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