Capítulo 45
As if we’ve never done this before
Martes 1 Julio.
Mañana.
Ryoga se bajó de aquella camioneta de verduras en la que
los habían dejado subir, y le dio unos billetes al viejo
que la conducía antes de que se largase.
Sujetaba la mano de Akagi con fuerza, y ambos tenían un
aspecto terrible. Había un motel de carretera y decidieron
hospedarse allí. Era eso o caerse en mitad de cualquier lado
agotados. Necesitaban comer y dormir.
El pelirrojo miraba a todos lados, demasiado nervioso para relajarse.
Había cabeceado un poco en el camión, pero cada vez
que sus ojos se cerraban, volvía a despertarse como si lo
hubieran abofeteado.
–Vamos –le pidió Ryoga, abriendo la puerta
de aquel cuchitril y haciéndolo pasar primero. Cerró
la puerta y sacó el revólver de su cintura, mirando
las balas que le quedaban. Sólo tres… –. Duerme
un poco –le pidió, sentándose en la cama.
–No puedo... –Akagi se sentó en la cama, a
su lado, apoyando la cara contra su hombro –No puedo creerlo,
Ryoga. ¿Qué vamos a hacer ahora? –le preguntó,
pensando que Sadamitsu los había traicionado y los hombres
de Ryoga ya no estaban tampoco. No veía la salida. Si hubiera
sido Okimoto, se hubiera entregado para proteger a Ryoga, pero Sadamitsu
no buscaba eso.
–Seguir huyendo… –se guardó el revólver
de nuevo y alzó la mano para apoyársela en la mejilla.
Giró la cara y lo besó profundamente, cerrando los
ojos y frunciendo un poco el ceño –. Lo siento…
No sólo le estaba pidiendo perdón a él, también
a sus hombres, pero sólo lo tenía a él para
escucharlo.
–No te disculpes, no es tu culpa –le contestó
el chico tocándole la mano y sonriendo un poco, a pesar de
que no tenía energías para hacerlo –. No podíamos
saber que Sadamitsu haría algo así. Yo empezaba a
confiar en él.
–Yo siempre lo hice. Sabía que era… bueno,
no sé –aun así no se sentía capaz de
hablar mal de él. Lo sentía irreal, amargo. Se giró
y lo abrazó con fuerza, pegándolo contra su cuerpo
y respirando sobre su cabello –. Te sacaré de aquí.
De todas formas lo haré.
–Lo sé –asintió, aunque no estaba tan
seguro de eso, pero sentía que Ryoga necesitaba escucharlo
y él quería creerlo además. No quería
morir ahora, cuando por fin era feliz –. No me separaré
de tu lado, nunca.
–No… –lo besó varias veces, sujetándole
el cabello con suavidad –. Acuéstate… duerme…
–susurró, recostándolo en la cama con su propio
cuerpo.
–Te dije que no puedo y no te dejaré solo –protestó
pensando que incluso en aquella situación lo hacía
sonreír.
–Supongo que no soy bueno hipnotizando… Al menos puedo
convencerte de que te comas unos cacahuetes o algo así, ¿no?
–se levantó, revisando la nevera descascarillada que
había en el cuarto. Tenía poca cosa.
–Sí, tengo tanta hambre que me comería lo
que me dieses –se rio un poco, apoyándose en los codos
para mirarlo –, pero no bichos, ¿eh?
–No, de eso no tienen. Es un sitio cutre, pero todavía
no venden delicias de cucaracha ni nada por el estilo –se
levantó y le abrió un bote de frutos secos. Cogió
una nuez y se la metió en la boca –. ¿Está
mal que piense que te quiero en este momento?
–No, estaría mal que no lo hicieras –sonrió
luego de tragarse la nuez, tomando una ahora y metiéndosela
en la boca a Ryoga –Te amo...
Ryoga lo besó, recostándose a su lado en la cama
y acariciándole la mejilla.
–Creo… que deberíamos hacer el amor.
–¿No crees que es un poco peligroso? –se rio,
metiendo la mano en la lata y comiendo un poco más –Tú
también come, no te hagas el loco.
–Yo no tengo hambre… –sonrió un poco,
observándolo simplemente. No podía evitar pensar que
iban a morir.
–Tienes que mantenerte fuerte si vas a protegerme –bromeó
el chico, tocándole la nariz con una nuez. Estaba intentando
actuar como siempre a pesar de todo, no quería verlo así
–. Ryoga... –se metió la nuez en la boca por
fin, besándolo profundamente y empujándola con la
lengua.
–No me des de comer como a los pajaritos… –murmuró,
cogiendo otra y poniéndosela en la entrepierna –Cómeme
la nuez –se rio sin poder evitarlo, aunque no se sentía
bien precisamente.
–Si eso quieres... –Akagi se rio, bajando y buscando
aquella nuez, lamiéndolo por encima de la ropa luego –Ahora
tendrás que comerte la mía también.
–A ver… –susurró, abriéndole los
pantalones y besando su vientre. En realidad había deseado
tenerlo de nuevo en una cama para él. Los dos solos, pero
en esta ocasión el peligro era mayor. De todas formas no
se detenía. No quería morir sin haberse fundido en
su cuerpo una vez más. Quería oler su piel, hundirse
en su cuerpo y sentirse seguro.
–Vas bien... –contestó Akagi, acariciando su
cabello, y tirando de su camiseta luego, para quitársela.
Aquello era lo mejor, estar juntos una vez más. Así,
pasase lo que pasase, por lo menos tendrían eso –Te
amo, Ryoga.
–Te amo… –susurró, terminando de quitarse
la camiseta y besándolo profundamente mientras le sacaba
los pantalones –. No tengas miedo –le pidió,
quitándole la camiseta también y recostándose
sobre él para acariciar su cuerpo entero. Le sujetaba una
mano, haciéndole apoyarla sobre su mejilla, quería
sentir su tacto.
–En este momento sólo existimos tú y yo –susurró
el pelirrojo, acariciando su mejilla y bajando la otra mano por
su espalda lentamente.
Ryoga lo miró a los ojos y le alzó un poco la pierna.
Entró en su cuerpo con algo de dificultad, pero realmente
se sentía necesitado de aquello.
–Akagi… –susurró contra sus labios.
–Ryoga... –respondió el pelirrojo, sonriendo
un poco y besándolo, aún sin retirar la mano de su
mejilla. Emitió un gemido, rodeándolo con una pierna
y pegándose a su cuerpo para sentirlo por completo.
Las manos de Ryoga le sujetaron ambas nalgas ahora, rodeándose
con sus dos piernas y acariciándole los muslos mientras se
movía dentro de él profundamente, casi como si no
quisiese salir de su cuerpo nunca.
Le sujetó la cintura, curvándole la espalda y mirándolo
fijamente antes de volver a besarlo.
–Akagi, no quiero. Haré lo que sea… –le
dijo casi de forma infantil, besándole luego el cuello y
moviéndose con más fuerza dentro de él.
El pelirrojo gimió, sujetándose a él, aún
acariciándolo.
–Shhh... Todo va a estar bien... Estamos juntos... –susurró
un tanto sacudido antes de besarlo de nuevo. Apretaba su sexo contra
las abdominales de Ryoga, aquella fricción era lo más
delicioso que había sentido en su vida.
–Estamos juntos, lo sé –susurró también,
subiendo una mano y acariciándole el pecho. El maldito calor
lo hacía sudar y se sentía ahogado, pero realmente
no estaba seguro de que hiciera tanto bochorno, o de si era por
cómo sentía.
Le besó los pezones, lamiéndoselos y saliendo de
su cuerpo. Comenzó a succionar su sexo, cerrándole
las piernas para sentir los muslos contra sus mejillas, tan suaves
y firmes…
–Ryoga... –gimió el pelirrojo entrecerrando
los ojos y arqueando la espalda. Su lengua se sentía increíble,
lo hacía estremecerse descontroladamente.
Todo era más intenso, como si nunca lo hubiera hecho realmente
hasta ese momento. Se alzó un poco, extendiendo las manos
para tocarlo, revolviéndole el cabello.
Ryoga arrastró la lengua por su sexo, empapándolo
y alzando la mirada a su rostro. Se sentía más seguro,
más fuerte pese a que la situación era la misma. Pero
la necesidad de protegerlo y el sentirse amado le causaba aquella
sensación.
Alzó sus nalgas y deslizó la lengua por su ano,
empujándola dentro y lamiendo tan profundamente como le era
posible mientras con la otra mano seguía masturbándolo.
–Te amo, te amo, te amo... –repetía el chico,
sintiendo que Ryoga necesitaba escucharlo, pero él también
necesitaba decirlo en voz alta, rodearse de aquellos sentimientos.
Bajó las manos por su propio torso, acariciándose
a la vez que se abría más para el moreno. Estaba empapando
su mano con líquido lubricante.
Ryoga subió sobre él de nuevo, haciéndoselo
con fuerza, pegándolo a su cuerpo de otra forma. Necesitado
como antes, sí. Pero ahora, por algún motivo ya no
tenía miedo.
Se hacía con sus labios de forma profunda, succionándoselos
sin que su mano abandonase el sexo del chico. Quería sentirlo
temblar contra él, estremecerse. Quería llenarse los
oídos con el sonido de sus gemidos.
Akagi estaba gimiendo en voz alta, tal y como lo deseaba Ryoga,
a pesar de continuar besándolo con desesperación.
Quería permanecer así para siempre, tocándolo,
sintiéndolo, aquel placer inmenso que subía desde
su pelvis y le aceleraba el corazón, aquella necesidad de
estar a su lado. Tanto emocional como físicamente, se sentía
inundado por su presencia y no podía pensar en nada mejor
que eso.
–Akagi… –susurró, empujándose
dentro de su cuerpo completamente y rodeándolo con un brazo,
como obligándolo a permanecer próximo a él,
a pesar de que el pelirrojo ya lo estaba abrazando. Sus caderas
se movían de forma incesante de aquella forma profunda, y
gimió sin poder evitarlo mientras se corría.
Akagi besó su cuello, su mejilla y por último, nuevamente
sus labios, internándose en ellos y gimiendo dentro de su
boca. No tuvo que esperar mucho por su propio orgasmo. De tan sólo
sentir al moreno derramándose en su interior, fue como si
una corriente lo recorriese por completo, haciéndolo temblar
hasta que por fin se dejó ir también, mojando su abdomen.
Ryoga le sujetó la cara, besándolo y moviéndose
todavía dentro de su cuerpo, rodeado por sus piernas y acariciándose
contra él. Bajó la cabeza despacio, besándole
el pecho y recostándose sobre él.
–¿Lo ves? Te dije que haríamos el amor cuando
huyésemos.
Akagi se rio con suavidad, acariciando su mejilla.
–Por supuesto que sí, lo haremos todos los días.
–Todavía tenemos que hacerlo en el avión y
en mi casa en Corea… y en un montón de sitios más.
En sitios públicos… –se rio mirándolo
a los ojos –Tengo que mostrarle a todo el mundo que ahora
eres completamente mío.
–Lo soy, en cuerpo y alma. Soy más tuyo que mío
–se rio de nuevo, besándole la cabeza y entrecerrando
los ojos. Realmente deseaba que pudieran hacer todas esas cosas.
–¿Quieres que vaya a buscarte algo decente de comer?
–le preguntó, comiéndose una nuez, ya que se
habían desperdigado por la cama. Cogió otra y se la
metió en la boca a Akagi –Nuez calentita.
El chico se la tragó sonriendo
–Nuez porno –y le sujetó la mano –. No,
quédate conmigo, puedo sobrevivir con nueces por hoy.
–Vale… –se comió otra, pensando que tenía
hambre ahora –¿Y conmigo encima?
–Contigo encima es mucho mejor –se rio tocándole
las caderas –. No quiero separarme de ti.
–Pues me quedo aquí –le metió otra nuez
en la boca, y sonrió, pensando que eran unos inconscientes,
pero la lógica no era bienvenida en ese momento. Era una
locura pensar que no iban a encontrarlos.

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