Capítulo 41
Everything is going to be alright
Lunes 30 Junio.
Noche.
Akagi se recostó contra el asiento trasero ya que estaba
mucho más cómodo allí. No se había imaginado
eso, no sólo desconfiaba de él, sino que lo trataba
de esa manera.
Le había parecido extraño cuando Okimoto le informó
que iría con él, pero jamás había pensado
que sería para quedarse encerrado en el coche como una especie
de mascota o pertenencia. Sonrió para sí de manera
un tanto sarcástica. Aquella era la verdad, él solo
era un juguete para ese hombre, algo de su propiedad, jamás
lo había visto de otra forma.
Alguien golpeó el cristal delantero del coche, y cuando
el hombre que se había quedado vigilando a Akagi abrió
la ventanilla, un puño se estampó en su cara de tal
forma que lo lanzó al asiento de al lado.
Ryoga metió la mano por dentro de la puerta y tiró
del seguro para abrirla. Sujetó a aquel hombre inconsciente
y lo arrastró hasta que quedó en el suelo.
–Quitadle toda la ropa y dejadlo allí –les
indicó a sus chicos. Lo levantaron entre dos y lo metieron
dentro del otro coche, apresurándose.
–¡Ryoga! –Akagi se sentó de inmediato,
asomándose afuera del coche –¿Qué haces?
Tu padre está ahí dentro. ¿Estás loco?
–No le ha dado tiempo a verme la cara… –se metió
en el coche por la puerta trasera y lo sujetó de la mano
–. Vámonos a dar una vuelta. ¿Eres un perro
o qué?
–Claro que no, pero se dará cuenta y nos matará
a ambos –se rio porque le era imposible no hacerlo con la
lógica de Ryoga –. Se dará cuenta de que alguien
golpeó al otro y a mí no me pasó nada.
–Luego te pego si quieres… vamos. Di que te escondiste
atrás y no te vieron –sonrió ahora al escucharlo
reírse, y se lo llevó con él quisiera o no
–. Se me hace increíble estar en la calle contigo,
y no vas a decirme que no te vas a arriesgar… después
de lo que te ha hecho. Te deja metido en el coche mientras te pone
los cuernos.
–Lo sé, pero no estamos en la misma situación,
aunque sea culpa nuestra –se rio, aferrándose a su
brazo y sintiendo la brisa nocturna. Era cierto, a él también
se le hacía increíble, se sentía libre, como
nunca.
–Veinte minutos y regresamos… –casi le rogó,
aunque riéndose de todas formas –. Te compraré
un helado –lo chantajeó infantilmente.
–Más te vale que tenga una cereza –le advirtió
de broma, besándole la mejilla y recostándose contra
él –. Así parece que como si fuéramos
novios oficiales.
–Lo somos… –murmuró rodeándole
la cintura y alzándole un poco la cara para poder besarlo
–. Lo somos en nuestra realidad paralela… Nosotros somos
los buenos. Los malos al final siempre pierden. Bueno… los
más malos. No es que yo sea bueno, además, acabo de
dejar inconsciente a un tío que no me había hecho
nada –le dijo riéndose.
–Estaba interponiéndose en nuestro amor. Claro que
te había hecho algo –le aseguró mirándolo
contento –. Eres bueno, eres lo más bueno que me ha
pasado en la vida y con eso basta. Tal vez crean que otra familia
me ha secuestrado.
–Ojalá, te haría desaparecer… –bajó
la mano y la metió dentro de su bolsillo del pantalón.
Le apretó la nalga, estrujándola varias veces seguidas
–Luego desaparecería yo…
Lo llevó hacia una heladería, y se metió
para que pidiese lo que quisiera, rodeándolo por detrás
y besándole el cuello mientras. De todas formas no era como
si alguien fuera a mirarlos mal ni siquiera. No con los tatuajes
que llevaba en los brazos.
Akagi pidió un postre que llevaba varios helados y efectivamente,
una cereza encima. Sonrió, mirando a Ryoga.
–Pide algo o me sentiré extraño.
De hecho, ya se sentía un poco extraño teniendo esa
especie de cita secreta, tan normal a pesar de que debían
esconderse.
–Vale… –miró la carta y le pidió
un helado de limón con pistacho, observando cómo los
preparaban –A mí así no me gusta… yo preferiría
comérmelo en tus nalgas.
–No todo se puede comer en mis nalgas. Si por ti fuera,
comerías desayuno, almuerzo y cena en mis nalgas –se
rio, metiéndose la cucharilla en la boca y lamiéndola
luego.
–No, no quiero comer nada que te engrase las nalgas…
Bueno, aunque no me importaría untarte con aceite de coco.
Hum… al final el helado me lo voy a tener que poner en la
polla –se rio, sentándose con él en una de las
mesas del fondo –. ¿Me como tu cereza?
–No, es mía... –se quejó de broma, metiéndosela
en la boca y besándolo profundamente luego para que sintiera
el sabor.
Ryoga pasó la lengua alrededor de la cereza, sonriendo
incluso mientras lo besaba.
–¿Sabes? Yo no quería hacer esto –le
dijo luego.
–¿El qué? ¿Comer helado? –le
preguntó, sonriendo un poco aún –¿O te
refieres a venir a buscarme?
–Me refiero a ser yakuza. Quería comerme el helado,
y también venir a buscarte –empezó a clavar
la cuchara en su vaso, juntando las dos bolas en una especie de
crema semiderretida.
–Entonces estás atrapado, como yo. No... –sonrió
de otra manera, pensando en que él prácticamente había
elegido aquello. Claro que la alternativa era mucho peor –Pero
eres el mayor, ¿no es así?
–Sí, pero me voy a escapar contigo… cuando
todo esté listo –le tocó los labios con su cuchara,
haciéndole que lo probase.
El chico la lamió, se sentía agradable ese ligero
sabor ácido en medio de lo dulce. Lo miró a los ojos
después.
–¿Quieres renunciar a todo? Tu padre no te lo perdonará.
¿Estás seguro de que quieres hacer eso?
–Estoy seguro. Esto apesta… Desde que estoy aquí…
¿me has visto alguna vez interesarme una mierda por la familia?
¿Puedes imaginarme con una corbata y haciendo negocios? Ni
siquiera me corto el pelo desde los dieciséis…
–Te queda bien así –rodeó su cuello
con las manos, olvidándose del postre por el momento –.
Tendremos que huir muy lejos entonces. Más de lo que pensaba.
–Nos iremos del país. No estaba exagerando cuando
te dije que volveré a Corea. Allí estaremos bien.
Tengo mis negocios, conozco a mucha gente, y me deben favores –le
pasó la mano por la cintura, subiéndola un poco bajo
su camiseta –. Vamos a estar bien.
–Tengo miedo, Ryoga –se apoyó un poco contra
él, bajando la mirada –. Los yakuza tienen lazos en
todas partes, ¿no? Después de todo, yo vine aquí
en un barco, y fue tu padre quien te envió a Corea. Él
también ha de conocer gente allá.
–Sí, pero yo he sido su lazo con el país durante
demasiado tiempo. Los favores se me deben a mí, y he hecho
cosas por mi cuenta… Su presencia siempre va a estar ahí,
vayamos a donde vayamos. Pero tenemos a mis hombres –lo abrazó
contra su cuerpo, bajando un poco la cabeza. Era cierto que su padre
no iba a perdonarlos por nada del mundo, pero debía arriesgarse.
–Quiero estar contigo, Ryoga, no me importa en dónde
–el pelirrojo se abrazó a él, apretándolo
un poco –. Dilo de nuevo, que todo estará bien, necesito
escucharlo.
–Todo va a salir bien –le acarició el cabello,
tocándole la mejilla –. Mira… un día te
diré que es el momento. Cogerás sólo lo más
importante, tomaremos un avión con papeles falsos para que
no puedan seguirnos la pista… y luego follaremos en el baño
a un montón de pies de altura. Después llegaremos
a Corea, iremos a un piso que tengo… y lo haremos de nuevo.
Después de dormir por culpa del viaje y de los polvos…
nos iremos a dar una vuelta, y te lo iré enseñando
todo –le explicó sonriendo y fantaseando.
Akagi se rio, entrecerrando los ojos e imaginando aquello.
–Pero si ya lo habré visto todo –bromeó,
alzando la cara –. Empezaremos de nuevo. Tendré que
teñirme el cabello seguramente, aunque será una lástima
dejar esos brazaletes... Se los regalaré a Narumi.
–Eso no tienes por qué dejarlo, que los podemos vender
–se rio pensando que era un aprovechado –. ¿Cómo
te teñirás el pelo? ¿De qué color? Porque
no te dejo que te lo cortes.
–¿No? –se rio, tocándoselo pensativo
–Hum... ¿Crees que me quedaría bien el negro?
O tal vez sea más atrevido y me haga mechas... –comentó,
como olvidándose de que lo hacía para ocultarse, no
para resaltar aun más.
–Te quedaría bien de cualquiera manera. El que es
guapo es guapo, como yo, que soy muy guapo –se rio, pensando
que también debería teñírselo probablemente.
Tal vez cortárselo, ya que era algo muy distintivo. Se miró
la muñeca, pensando que debían regresar ya, pero no
le apetecía.
–Tú no sólo eres guapo, eres sexy –el
chico lo besó, girándose para volver a comer algo
de su helado, aunque el mismo ya parecía un batido más
bien –. No quiero regresar –protestó con tristeza,
como haciendo eco de los pensamientos de Ryoga.
–Lo sé… Ni yo quiero que regreses, pero no
queda más remedio. Mañana más, como dicen en
los dibujos –lo besó profundamente, sujetándole
el cuello con la mano con suavidad.
Akagi volvió a abrazarlo devolviéndole el beso como
si quisiera que le durase hasta el próximo. Era doloroso
separarse de él, detestaba ese momento.
–Mucho más... –susurró contra sus labios,
mirándolo a los ojos luego.
–Te quiero… –le dijo mientras se levantaba,
besándolo sin parar inclinado sobre él –Vamos,
te dejaré en el coche.
Akagi asintió, caminando casi pegado a él, murmurando
luego
–Te amo, Ryoga.
–Lo sé… –le apretó la mano, notando
que estaba triste. Él también lo estaba, claro. Quería
llevárselo de allí cuanto antes, pero no podía
hacerlo a lo loco. Cada vez que tenía que “devolvérselo”
a su padre, sentía como si lo sacasen de un sueño
agradable.
Le abrió la puerta del coche y miró la hora de nuevo.
Se metió también y cerró la puerta, sentándolo
sobre él para besarlo. Sujetó sus nalgas, alzándolo
un poco contra su cuerpo.
Akagi se aferró a él de manera descontrolada, inconsciente,
besándolo de vuelta y cerrando los ojos. Quería despertar
junto a Ryoga, darse cuenta de que todo aquello no había
sido más que una pesadilla, y luego reírse de eso
durante el desayuno.
–Necesito tocarte… –susurró excitado
Ryoga, metiendo las manos por su pantalón para apretarle
las nalgas –Hueles muy bien.
–Tengo colonia... –se rio con suavidad el chico, besándole
el cuello ahora.
–Sí, pero seguro que no huele así en la piel
de otro –le succionó un pezón incluso a través
de la camiseta, y se lo mordisqueó, hundiendo los dedos entre
sus nalgas. Aquel calor, y la humedad… le hacían dejar
de pensar.
–Ryoga, se hace tarde... –le recordó el chico,
aunque no era capaz de apartarlo. Más bien se dejó
caer hacia atrás, atrayéndolo sobre su cuerpo, gimiendo
un poco.
–Sólo un poco más –susurró, apretándolo
con fuerza y moviendo la mano de forma impetuosa. Miró hacia
delante y se encontró con otro de los hombres de su padre
mirando por la ventana y hablando por el móvil. Tenía
una pistola en la mano.
Empujó a Akagi y lo tiró a un lado. La bala atravesó
el cristal y salió por la luna trasera.
–¡Quédate ahí! ¡Ponte en el suelo!
–le gritó, apoyándole la mano en la cabeza y
cogiendo el revólver de la cintura del pantalón.
Le disparó también, pero el otro trataba de darle
a Akagi, no a él y dudó por su propia vida un segundo,
ocasionando que Ryoga le pegase un tiro en la frente. Se coló
dificultosamente entre los asientos y encendió el coche,
girando el volante rápidamente y pisando el acelerador enseguida.
–¡Ryoga! ¿A dónde vamos? –le preguntó,
aunque sabía que era inútil. Se asomó ligeramente
para mirar hacia atrás, aquello era terrible. Apenas alcanzó
a ver a los hombres que se metían en el otro coche, pisando
el acelerador tras ellos –¡Nos alcanzarán!
–¡No! –sentenció el otro igual de nervioso
–Tú sólo quédate agachado y… toma
el teléfono de mi bolsillo. Llama a mi hermano y dile lo
que ha pasado.
Se metió por el carril contrario, aprovechando que a esas
horas poca gente había en la carretera, pero aun así
tuvo que pegar un volantazo al toparse con otro coche. Se metió
por el carril que debía, chocando el costado con dos turismos
que circulaban y adelantándolos a rastras literalmente.
Akagi hacía lo que podía por marcar el número
de Sadamitsu. Estaba temblando además de todo aquel movimiento,
y estaba aterrorizado.
–Sa... Sadamitsu-san...
–¿Akagi-san? –preguntó extrañado
–Date prisa, me están llamando –le pidió,
notando que alguien le telefoneaba a la vez.
–¡Nos están persiguiendo! ¡Estoy en el
coche! –le explicó como podía Akagi, incluso
dándole la dirección de aquel club, ya que estaba
un poco perdido desde que habían comenzado a moverse.
–¿Qué? ¿Quién os persigue? ¿Es
mi padre? –le preguntó más que alterado, se
diría excitado.
–¡Sadamitsu! ¡Necesito ir a algún puto
sitio y escondernos! ¡Necesito ganar tiempo! –gritó
Ryoga por ver si le escuchaba.
El chico le dio una dirección a Akagi, repitiéndole
el mismo número dos veces y escuchando tiros al fondo.
–Es un piso seguro, debéis meter esa clave. ¿Lo
has comprendido, Akagi? Tengo que coger a mi padre para que no sospeche
–lo apresuró –. Esperad allí, yo iré
cuando las cosas se calmen.
–Sí, sí, gracias –contestó el pelirrojo,
colgando por fin y repitiéndole la dirección a Ryoga
–Dice que irá a vernos cuando todo se calme... ¡ah!
–gritó de nuevo al escuchar otro tiro, agachándose
y mirando a Ryoga. Le preocupaba que le fueran a dar a él.
–Vale, pero antes tengo que sacármelos de encima.
Coge el revólver, Akagi… –le pidió, agachando
la cabeza y pensando que su padre debía de estar increíblemente
furioso para que estuviesen tomándoselo de un modo tan temerario.
De nuevo se pasó de un carril a otro, sorteando un coche
y escuchando que chocaban tras ello, el sonido de la chapa al aplastarse.
Miró hacia atrás, eso los detendría unos minutos
al menos.
–¿Quieres que dispare...? –preguntó
ya que no lo había hecho en su vida. Sin embargo se asomó
un poco, intentando apuntar como podía. Ya de por sí
le era difícil mantener el equilibrio.
–Sí, si no les das al menos asustarás a los
demás y harán el estúpido. No te preocupes,
te voy a sacar de aquí –le dijo de forma acelerada,
pegando otro volantazo para cambiarse de carril e irse por una de
las calles perpendiculares.
Akagi asintió, aunque no pudiese verlo y disparó
enseguida, atinándole a la carrocería del otro coche
y protestando al hacerse un corte en la mano por sujetar mal el
arma. Volvió a disparar sin embargo, no se iba a rendir.
Sobreviviría como siempre, ahora tenía más
motivos.
Ryoga miró hacia atrás, comprobando que ya no los
tenían delante, y metió el coche en el parking de
un centro comercial, a pesar de que probablemente pronto iría
la policía. Estaba seguro de que los seguían.
Lo dejó en medio de dos plazas de cualquier manera y tomó
la mano de Akagi tras abrir la puerta, sacándolo de allí
y corriendo con él hacia las escaleras en lugar de los ascensores.
Mientras tanto tomaba su teléfono para llamar a sus hombres.
Akagi se cuidó de guardar el revólver antes de que
las puertas se abrieran. No se había atrevido a dejarlo en
el coche, tal vez lo necesitasen. Se apoyó contra la pared
de las escaleras por un momento, respirando exhausto y aún
asustado.
Ryoga lo sujetó con la mano libre, pegándolo a su
pecho y caminando con él hacia la puerta se salida.
–Tranquilo, no saben que estamos aquí –le dijo
con la voz algo más calmada, aunque estaba sudando. Se lo
llevó hacia la estación de autobuses, seguro de que
ni en sueños imaginarían que escogerían ese
transporte.
–¿Estás seguro? Tengo miedo, Ryoga –confesó,
sintiéndose como un lastre. No se despegaba de él
por nada.
–Sí, estoy seguro. Piensa en lo bueno, vamos a irnos
ya… –sonrió un poco aunque estaba muy tenso y
le costaba, pero no podía evitar buscarle lo bueno a todo.
Lo apretó contra su cuerpo, mirando en los paneles de los
autobuses por dónde iban, buscando cuál tomar.
–Sí, nos iremos ya –sonrió, intentando
contagiarse de su optimismo y dejándose llevar por él
–. Creo que juzgué mal a tu hermano.
–Sí, eso parece. Nos está ayudando –se
lo llevó de la mano de nuevo y sacó la cartera para
pagar los dos billetes, apresurándose a meterse en el autocar,
que todavía estaba vacío –. Espero que no tarde
mucho en salir –murmuró nervioso, sentándose
atrás de todo y mirando por el cristal un momento. Se colocó
bien de nuevo y le sacó el revólver a Akagi, guardándoselo
en la cintura del pantalón.
–Pensé que podíamos necesitarlo –explicó
el chico, apoyándose un poco en él –. Saldrá
pronto e iremos a ese lugar. Seguramente Sadamitsu-san nos ayudará
a salir del país –sonrió fantaseando él
ahora, necesitaba aferrarse a aquellos sueños.
–Ya tenía a alguien preparándonos documentación
falsa. Le he dicho a mis hombres que vayan a buscarla, y que si
no la tienen…”aceleren” el conseguirla. Ellos
vienen con nosotros. Les he dicho dónde vamos a estar –le
pasó el brazo por los hombros, alegrándose al ver
que entraba un grupo de jóvenes de aspecto universitario.
Akagi se rio de manera nerviosa.
–Amo a tus hombres, pero no como a ti –le besó
una mejilla, dejándose hundir un poco en el asiento al sentir
que el autobús echaba a andar por fin.
–Eso espero. No quiero tener que matarlos… –le
pasó la mano por la cara, sintiendo una falsa seguridad,
como si ya hubiesen logrado escapar. Pero sabía que ese momento
todavía no había llegado –. Parece que vas a
tener que comprarte mucha ropa nueva.
–No importa, tú vendrás a ver cómo
me la pruebo –sonrió mucho más tranquilo, mirándolo
a los ojos –. Voy a necesitar otros shorts emblemáticos.
–Vas a necesitar varios más… y yo voy a necesitar
mucha paciencia para no celarme… –se rio, ya que no
era celoso realmente. No si no veía interés por parte
de su pareja. Le besó la frente sintiéndose imbécil
–. Incluso en esta situación me siento bien, por estar
contigo.
–Yo también, me siento como si estuviéramos
empezando nuestra verdadera vida, aunque sigo teniendo miedo –le
tocó una mejilla como para sentirlo –. Todo va a salir
bien, tiene que ser así.
–Va a salir bien –le repitió, besándolo
y casi escondiéndolo contra su cuerpo.

Continua leyendo!
|