.Unscrupulous- Novela yaoi / homoerótica para mayores de edad.
 

 

 

Capítulo 29
Everything goes to hell

Sábado 21 Junio.
Mañana.

Jubei se obligó a no apartar la mirada mientras Ranmaru golpeaba de nuevo el rostro de aquella mujer que había estado encerrada por cuatro días en el sótano de la casa. En ese tiempo se había enterrado a la anesan, y sabía que Akiyama-san había tratado con la policía para encargarse ellos mismos de la asesina.

Odiaba verla pasar por aquello. Hubiera deseado ayudarla, como ella lo había ayudado a él. Pero en todo caso prefería estar presente mientras padecía, no haber estado le habría hecho sentir que la abandonaba.

Sin embargo, nada estaba más lejos de la mente de Izumi. No lo culpaba por nada, además, no era una ingenua. Había tenido bastante tiempo para pensar en lo que la esperaba. Giró la cara otra vez ante un nuevo golpe por parte de Ranmaru.

–¡¿Qué sucede, eh?! ¡¿No me vas a decir nada?! ¡Puedo hacer esto todo el día! –el chico la golpeó de nuevo, pateando la silla y haciéndola caer al suelo.

–Lo siento, waka... –susurró la mujer, a pesar de que le costaba un poco a hablar, a causa del dolor.

–Waka, es suficiente. Ya sabe el motivo –le dijo Jubei, deseando que acabase con aquello.

–¡No! ¡Eso no es suficiente! ¡No me lo creo! –se agachó, sujetándola por el cabello para alzarle la cara un poco –Dímelo, perra. ¿Por qué mataste a mi madre? –la zarandeó, ahora golpeándola contra el suelo y sacando su daga, trazando de nuevo el corte que ya le había hecho su madre.

Izumi gritó, apretando los párpados.

–Dímelo y esto se detendrá... –le ofreció el albino, aunque su mirada seguía siendo de odio, la odiaba por completo. Le había quitado a la única persona que lo trataba con cariño en esa casa.

–¡Lo hizo por mí! –Jubei resopló tenso. No podía soportarlo más.

–¡Jubei! –gritó Izumi, asustada ahora, llamando la atención de Ranmaru que se había girado por un momento al escuchar aquello.

–¿Qué quiere decir? ¡¿Qué me ocultas?! –Ranmaru clavó la daga al lado de la cara de la mujer, casi duplicando los movimientos de su madre.

–¡Él no tiene la culpa! ¡No sabe nada! Jubei... –la voz se le cortó por un momento y cerró los ojos, como rezando por él –Jubei es mi hijo...

Jubei se sintió mareado incluso por el shock.

–¿Qué? –preguntó, arrodillándose en el suelo y haciendo que lo mirase a los ojos. Ni siquiera podía asimilar algo así. Aquella mujer… ¿era su madre? ¿Entonces Akiyama-san era su padre? Le pasó la mano por la cara, limpiándole un poco la sangre.

Ranmaru retrocedió un poco, en estado de shock, apretando la daga en su mano con fuerza y limitándose a escuchar por el momento.

–Es cierto, Jubei. Por eso quería protegerte... –le confesó Izumi, mirándolo a los ojos –Eres feliz aquí...

El chico negó con la cabeza. No quería que la mataran cuando acababa de darse cuenta de quién era.

–Waka… –lo miró, aunque no era capaz de dejar de temblar –. Ella sólo me estaba protegiendo.

–Ella mató a mi madre... Yo te dije que no dejaría que nadie te apartara de mi lado. No tenía que hacer eso –le contestó el albino, mirándolo de manera agresiva, sin darse cuenta de que su argumento no tenía sentido.

–La anesan me obligaba a acostarme con ella –susurró en tono humillado, pero también había rabia en su voz –. No puede matarla por querer que se detuviese. Yo le dije lo que ocurría. Fue culpa mía, yo debería ser el castigado.

–¡No! –Izumi protestó, apartándolo a pesar de todo. No quería arriesgarlo, ella sabía cuáles eran las consecuencias y prefería afrontarlas sola.

–No tenía que matar ¡a mi madre! ¡No te creo! –le gritó a Jubei, a pesar de saber que su madre era capaz de hacer algo así. Sin embargo, aquello lo lastimaba más. Él había intentado obligarlo miles de veces y Jubei jamás se sometía. Se acercó de nuevo, moviendo la daga y riéndose cuando la mujer gritó.

–¡Es mi culpa! ¡Jubei no sabía nada! ¡Lo juro!

–¡Waka! –Jubei se levantó y trató de sujetarle la mano –¡Waka, por favor! –lo miraba a los ojos, pero en lo más profundo sabía que no había salvación para ella –Lo que dice es cierto. Ella me amenazaba para que me acostase con ella. Me dijo que si no me mandaría lejos de usted, waka. Lo sabe, lo sabe porque yo se lo he dicho. ¿No es cierto? –le preguntó desesperado.

Ranmaru frunció el ceño, aflojando las manos y sonriendo un poco

–Jubei, me eres leal, ¿no es así? ¿Harías cualquier cosa por mí?

–…Sí –lo miró a los ojos. Sabía que nada bueno iba a venir después de aquello.

–Pruébamelo –le ordenó colocando la daga en sus manos –. Toma venganza, por mí y esta familia...

–No puede pedirme algo así… –lo miró a los ojos, apretando la daga con la mano –. Es mi madre.

–No, ella es la asesina de mi madre, y tú eres mío –le recordó, frunciendo el ceño y suspirando –. No quiero tener que decirle a mi padre lo que hacías con mi madre...

Jubei temblaba, y se giró para observar a su madre. No comprendía cómo podía estar razonando aquello de una forma tan fría, pero lo hacía.

Ella moriría de todas formas por más que él no la matase. Al menos podría darle una muerte rápida.

Se arrodilló en el suelo y le cortó las sogas de las muñecas. La abrazó contra él, apartándole el cabello del rostro y susurrando:

–Lo siento.

–No es tu culpa –le contestó, sintiendo las lágrimas resbalar por sus mejillas. Aquello era cruel, obligarlo a hacer eso. Por eso tenía que ayudarlo –. Siento no haber podido hacer más... Sé feliz, Jubei.

El chico sollozó, tratando de no llorar. No sabía cuándo había llorado la última vez, sólo estaba seguro de que era muy pequeño entonces.

–Te quiero… –susurró. Pese a todo la quería. Le pasó la mano por la cara, y con un movimiento seco, brusco; le partió el cuello.

La cabeza de ella se cayó hacia atrás, y Jubei la sujetó de nuevo, apretándola contra sí y casi acunándola, aunque no se percataba realmente de que eso hacía. Ya no lloraba, apretaba las mandíbulas fuertemente, y las lágrimas caían solas.

Ranmaru se quedó mirándolo, frunciendo más el ceño y apretando los puños. Ahora sabía un décimo de lo que él sentía. No, no realmente. Se giró, dirigiéndose hacia la puerta y ordenándole

–Vámonos, Jubei.

El chico la dejó en el suelo con suavidad, y le quitó el anillo que llevaba en el dedo. Se notaba que era de una mujer, pues flores de cerezo se enroscaban sobre el negro del azabache. De todas formas se lo colocó en el dedo meñique, sintiéndose mareado y caminando tras Ranmaru.

–No vas a dejarme nunca, ¿no es así? –le preguntó el chico en un tono de voz que indicaba que sólo había una respuesta correcta. Ni siquiera lo miró, ni se detuvo.

–No –le respondió en un susurro –. Quiero disponer de las cosas de mi madre, si me disculpa –murmuró, pasando por su lado de largo.

Ranmaru se detuvo entonces mirándolo alejarse y frunciendo el ceño de nuevo. Ya no estaba tan seguro de que su respuesta fuera sincera.


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