Capítulo 27
Hatred
Martes 17, Junio.
Tarde.
Izumi se sujetó el cabello en una cola, utilizando aquel
simple gesto para tomar valor, y llamó a la puerta de la
anesan. Buscaba hacerla entrar en razón o por lo menos que
consiguiera otro entretenimiento.
–¿Sí? –contestó en tono seco
y como si no tuviese tiempo para lo que quisiera que fuese.
Izumi abrió la puerta, entrando en su habitación
y cerrándola tras de ella.
–Anesan, necesito hablar con usted –empezó respetuosamente,
a pesar de lo mucho que la irritaba esa mujer.
–No me digas… –murmuró ella en un tono
poco amable. No tenía tiempo que perder con ella –¿Y
qué más puedes querer tú de mí que no
hayas cogido ya? –le preguntó sonriendo de forma poco
amable.
La expresión de Izumi cambió por completo, tornándose
mucho más seria.
–Si ya lo sabe, no tengo por qué seguir fingiendo.
No he tomado nada suyo. Por si no se ha dado cuenta, lo nuestro
terminó hace años. Por eso le pido que deje en paz
a Jubei. Él no tiene nada que ver en esto.
Ella se levantó de pronto, con una expresión entre
jocosa y furiosa. De hecho, su mano estaba apoyada sobre la mesa
del escritorio y las largas uñas rechinaron un poco sobre
la madera.
–¿Cómo te atreves a hablarme así? No
eres más que una puta asquerosa. No te creas importante sólo
porque mi marido decidió quedarse con tu hijo.
–No me creo importante –la miró a los ojos
demostrándole que no la intimidaba, ni se iba a dejar ofender
por sus insultos –, pero mi hijo sí lo es. Lo que está
haciendo es vergonzoso para todos, incluso para su hijo.
La otra cogió una pila de hojas de la mesa y se la lanzó
a la cara.
–¡Tu hijo sólo es una mierda, como tú!
Mi marido nunca debió cometer el error de traeros aquí.
No me costó mucho averiguar de dónde habías
salido… Qué amable trayéndote aquí para
que pudieras ver crecer a tu hijo… –se acercó
a ella, con el ceño fruncido, sujetando unas tijeras de encima
de la mesa –. ¡Mientras YO era ridiculizada! ¡Insultada
con vuestra presencia!
Izumi abrió los ojos como platos, alzando la voz también
y olvidándose de cualquier tipo de amabilidad
–¡No te atrevas a insultar a mi hijo! –la sujetó
por los hombros, zarandeándola de manera violenta ––¡Eres
una bruja! ¡Eres tú quien empujó a Akiyama-san
a mis brazos! ¡¿Qué crees que diría si
supiera lo que haces?! ¡¿Ni siquiera te importa Ranmaru?!
¡No vuelvas a tocar a Jubei!
La yakuza movió el brazo repentinamente y le cortó
la cara con las tijeras, pegando un grito y saltando sobre ella,
tratando de clavárselas en la cara.
–¡Tú no sabes nada! ¡Me da igual lo que
diga! ¡Te voy a destrozar la cara! No volverá a mirarte
nadie… salvo para asquearse… –susurró,
tratando de bajarlo contra uno de sus ojos, cargando el peso sobre
ella.
Izumi alzó las manos para protegerse, sujetando las de
la anesan y luchando con ella.
–¡No vuelvas a poner tus manos asquerosas en mi hijo!
¡Eres una perra del infierno! –la insultó sin
mucho sentido, pero con verdadero odio. Le ardía aquella
herida, la sangre bajaba por su mejilla, pero ni siquiera le prestaba
atención en ese momento, sólo quería arrebatarle
las tijeras.
–¡Tú sí que te vas a ir al infierno,
zorra! –Bajó las manos de golpe, clavando las tijeras
en el tatami bajo ellas. Las arrancó de nuevo, intentando
clavárselas a ella. Ya no iba a perdonarla, tenía
que matarla, por burlarse de ella de esa manera.
Izumi le sujetó las manos de nuevo, la furia nublando su
mente. Jamás había odiado a nadie en su vida, pero
a esa mujer sí que la odiaba. Antes de que pudiese razonar
lo que estaba haciendo, le arrancó las tijeras de la mano,
clavándoselas, incluso las retorció un poco.
–Nadie... toca a mi hijo...
La yakuza gritó, se retorció, profirió un
alarido mientras trataba de sujetarle las manos ya sin ningún
sentido, sin fuerzas para quitársela de encima. Le salió
sangre de entre los labios mientras se revolvía, y le arañó
la cara con lo que le quedaba de fuerzas.
Sin embargo, Izumi volvió a retorcer la tijera en su cuerpo,
jadeando de la furia, un mechón de cabello desgreñado
colgándole al lado del rostro. Tan sólo se detuvo
cuando la mujer hubo dejado de respirar.
–¡Izumi! –la voz del moreno la llamó alterada,
apresurándose a su lado y apartándola, pero era muy
tarde. Su esposa estaba muerta. Se quedó mirando a la mujer
como si no la conociera.
–A...Akiyama-san. Yo... Ella... estaba insultando a Jubei.
No sé... Lo sabía... –intentó explicarle
de forma casi histérica, empezando a llorar.
El moreno exhaló, frunciendo el ceño. A pesar de
todo le tenía cariño, les tenía cariño
a ambas.
–Ya, Izumi... Izumi –la cortó porque la mujer
no dejaba de balbucear y lo estaba volviendo loco.
De todas maneras, no tuvo tiempo de decir nada más antes
de que llegasen sus hombres.
–¡Oyabun! Escuchamos... ¡Anesan! –exclamó
el primero en llegar, apresurándose a sujetar a la otra mujer,
levantándola del suelo con facilidad, ya que no se estaba
resistiendo.
–¿Qué ha pasado? –preguntó otro,
mirando el cuerpo de la anesan en el suelo.
–¡Llama al doctor!
Jubei acababa de entrar en la casa y se encontró con todos
aquellos hombres en medio del pasillo, con aquel alboroto.
–¿Qué sucede? –preguntó al primero
que se le cruzó por delante.
–La anesan… –le dijo antes de separarse para
hacer lo que le habían pedido.
La expresión de Ranmaru se congeló y lo apartó
de golpe, echando a correr hacia su habitación.
–¡Mamá! ¡¿Qué le ha pasado
a mamá?! –gritó, entrando con brusquedad y observando
la trágica escena.
Su padre intentó detenerlo en vano, ya que el chico se lanzó
sobre el cadáver de su madre, gritando
–¡Mamá! ¡Mamá, abre los ojos! ¡Mamá!
–empezó a llorar sin poder contenerse, apretándola
contra sí.
Jubei se aproximó despacio a la puerta de aquel cuarto,
como si no estuviese allí realmente. ¿Y si la había
matado el oyabun por traicionarlo, y ahora él era el siguiente?
De pronto sintió un súbito deseo, un afán incontenible
de conservar su propia vida, un instinto animal de supervivencia
que le decía: ¡corre, corre!
Sin embargo se acercó al marco con la mirada perdida, observando
a Ranmaru de aquella forma en la que jamás lo había
visto desplomarse, a Izumi-san empapada en sangre. No pudo evitar
pensar que aquello era culpa suya, no podía dejar de mirarla.
No estaba escuchando a nadie hablar, ni siquiera escuchaba ya
los infernales gritos de dolor de Ranmaru.

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