Capítulo 4
Sweet punishment
Tres años después.
Miércoles, 11 de Junio
Noche.
–Sí, claro... –contestó Jubei con aire
distraído.
–Jubei-san, no me estás haciendo caso –contestó
la chica que estaba con él. Rozando la cicatriz en su mejilla
con un dedo, para llamar su atención –. ¿Cómo
te hiciste esa cicatriz?
–¿Eh? –él la miró, pero temía
que iba a ponerse furiosa.
–¡Otra vez no me estás haciendo ni caso! Si
tanto te aburro, no sé para qué te molestas en venir
–se levantó hecha una furia, tal y como había
previsto, y lo dejó allí sentado, preguntándose
por qué siempre acababa del mismo modo.
Para una vez que tenía una noche libre, la arruinaba así.
No podía estar tranquilo sabiendo que Ranmaru estaba por
ahí solo.
Se levantó y dejó el dinero por lo que habían
estado tomando sobre la mesa, poniéndose la chaqueta del
traje para salir a buscarlo. Simplemente no tenía vida propia,
tampoco la deseaba especialmente, aunque a veces intentaba conseguir
una, de forma bastante infructuosa.
Su mundo giraba entorno a la familia, y sobre todo a Ranmaru.
El chico en cuestión, no se encontraba realmente solo.
Muy por el contrario, estaba rodeado de sus hombres, los cuales
se encontraban pagando su mal humor. Siempre se ponía así
en la noche libre de Jubei.
–¡Eh! ¡Te vi! ¡Seguimos jugando! –amenazó
a uno de ellos, ya que el pobre no podía beber más
y había estado a punto de verter su trago en una planta cercana.
–Pero Waka, ni siquiera está prestando atención...
–Eso no importa... Bebe... –se quejó, colocándole
el vaso contra los labios y frunciendo el ceño luego. Ellos
tampoco le hacían caso, seguramente al igual que Jubei, le
contaban a su padre todo lo que hacía o dejaba de hacer –.
Me voy a buscarlo, me aburro.
Jubei estaba recorriendo las calles del distrito, y una prostituta
se aproximó a él, diciéndole unas cuantas cosas
a las que no prestó atención. Sólo le echó
una mirada para que se perdiese, pero de pronto le sujetó
el brazo, provocando que pegase un gritito.
–Sh... –le mandó callar, simplemente había
cambiado de opinión, pero no se molestó en llevarla
a ningún lugar. La metió en un callejón con
él, y sacó la cartera, contando unos billetes y metiéndoselos
en un bolsillo de la falda antes de empezar a besarle el cuello
y estrujar sus pechos sin mediar más palabra.
Algo le decía que si regresaba sin más, sólo
iba a meterse con él, y a ponerse todavía más
inaguantable de lo normal.
–Waka, es su día libre, ¿no preferiría
que lo llevásemos a...? –sus hombres trataban de disuadirlo,
pero el albino no les hacía caso. Entre cuidar de él
y responder al Oyabun... tenían trabajo de sobra.
–Que no, ya te dije que lo voy a buscar. Sois molestos...
–se detuvo de pronto, observando la silueta que se movía
en aquel callejón, pero no podía ser. ¿Tan
desesperado estaba? Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras
se acercaba, si no era él, tampoco le quedarían muchas
ganas de protestar –Ju... be... i....
El moreno giró un poco la cara, ya que reconocía
su voz, desde luego.
–Estoy ocupado... –murmuró casi con pesadez,
ya que ahora que había comenzado, además no le apetecía
dejarlo a medias. Pero en el fondo sabía que no se iba a
quedar así.
La chica lo miró de soslayo, había abierto la camisa
de Jubei y tocaba aquel pecho fuerte, lleno de tatuajes.
–No lo estás, nunca estás ocupado para mí
–se acercó de manera agresiva y se colocó al
lado de ambos –. La tienes dura, eso lo puedo arreglar yo,
¿sabes? Te va a dar una enfermedad haciendo estas cosas en
la calle.
–Me puse mis vacunas... –susurró, haciéndola
agacharse y acariciándole el cabello, como para que se estuviese
tranquila, aunque ella no las tenía todas consigo, y Jubei
tampoco. Estaba tenso, y la miraba para no ver la cara de Ranmaru.
Si la hubiera visto, habría notado la expresión
terrible que tenía. Sujetó a la chica por el cabello,
apartándola de pronto e interrumpiendo sus protestas
–Esas cicatrices... se las hice yo para que recuerde que
es mío –se abrió el kimono que llevaba, mostrándole
los tatuajes a la chica –, pero no estoy por encima de hacerte
unas a ti, para que recuerdes a quién no debes tocar.
–¡Waka! –Jubei resopló, cerrándose
el pantalón y soltándola de la mano del albino, manteniéndole
la muñeca sujeta con fuerza. Lo puso tras él y le
dio unos billetes más como disculpa –Vete.
La chica estaba asustada, pero su gesto se suavizó al ver
todo ese dinero, y se fue, cerrándose la blusa por el camino.
Jubei se giró y lo miró a los ojos con el ceño
fruncido.
–No puede ir por ahí creando problemas y encima cantando
a los cuatro vientos que quien los crea es el hijo de Akiyama-san.
–¿Por qué no? No sirve de nada ser su hijo
si no puedo utilizar su poder –sonrió como si no hubiera
sucedido nada grave, tocándole la mejilla luego –.
Además, esto no fue un problema, sólo es una puta...
Creí que te gustaban las chicas buenas.
–Precisamente, es una puta, y las putas hablan, nunca son
sólo putas –se fue cerrando la camisa, pensando que
no tenía remedio y colocándose la corbata de nuevo.
Lo peor es que ahora se quedaba con las ganas, como casi siempre
–. A mí me da igual que sean buenas o no, mientras
tengan tetas –le dijo luego para molestarlo, ya que sabía
que era homosexual, todos lo sabían, aunque se hacían
los locos.
–Las tetas son sólo un aditamento –protestó
el chico, colgándose de su cuello luego, a pesar de que ya
era todo un adulto, su comportamiento no había cambiado mucho.
Si acaso, se había vuelto aún más salvaje –.
Me aburrooo...
–Cómprese un mono, waka. Dicen que son muy divertidos...
–le recomendó, sujetándolo de la cintura para
sacárselo de encima antes de salir de aquel callejón,
ya que sino iba a parecer lo que no era.
–No quiero un mono, te quiero a ti –se soltó,
acomodándose el kimono nuevamente para que no lo fuera a
reñir –. Si quieres te pago otra puta, pero sólo
si me dejas ver.
–Eso no tiene sentido –enrojeció, pensando
que además sería absolutamente bochornoso hacer algo
así –. ¿Por qué no se paga usted una,
y yo me voy con otra? Mire, esa es muy bonita –le dijo, señalando
a una que estaba obviamente esperando algún cliente.
–No me gusta, sabes que no es mi tipo... Además,
yo quiero verte a ti –le aseguró, carraspeando al escuchar
una protesta proveniente de uno de sus hombres, que los seguían
a cierta distancia.
Jubei le pasó el brazo por los hombros, tocándole
la cara como si fuera un crío.
–Pues eso no va a poder ser. Waka, ¿nunca se ha acostado
con una mujer? Entonces no puede saber si le gusta o no.
–Lo mismo te digo, nunca te has acostado con un hombre,
¿verdad, Jubei? –sonrió con malicia –Me
acostaré con una mujer si tú te acuestas con un hombre
frente a mis ojos.
–No puedo acostarme con un hombre, no se me levantaría.
Le dejaré ver cómo lo hago con una mujer, si usted
se lo hace primero, waka –se rio, como siempre tomándoselo
con paciencia y filosofía.
–Eso no me parece divertido –el chico frunció
el ceño, pensando que Jubei lo desesperaba –. Aún
la tienes dura –le advirtió a propósito para
desconcentrarlo, moviéndose con rapidez y sujetándosela,
apretando un poco –Se siente bien, ¿o no?
–¡Waka! –le riñó, sujetando su
mano y apartándosela de allí. Se había puesto
rojo y negó con la cabeza, frunciendo el ceño otra
vez –. Creo que me voy a ir, es mi noche libre –lo amenazó.
Las noches libres se las daba Akiyama-san, de ser por Ranmaru,
no tendría ni una.
–No te vas –le ordenó como si eso de la noche
libre no tuviera ninguna importancia para él, de hecho, no
la tenía cuando se trataba de Jubei –. ¿Por
qué nunca pasas tus noches libres conmigo? ¿Acaso
te desagrado?
–Porque ya paso todas mis noches ocupadas con usted –dejó
la mano sobre su hombro, suspirando profundamente y sintiéndose
un poco cansado. De todas formas normalmente acababa interrumpiéndolo
con una aparición, o una llamada, o él se ponía
nervioso e iba a buscarlo –. Además, quería
acostarme con esa chica. Usted no lo entiende porque aún
es un niño, waka.
El ceño de Ranmaru se frunció de manera increíble
y lo empujó con brusquedad.
–No soy un niño, es sólo que me gustan los
hombres. ¡Los hombres! ¿Escuchaste? ¿Para qué
somos yakuza si no podemos hacer lo que se nos venga en gana? ¡¿Quieres
acostarte con esa puta?! ¡Pues acuéstate con la puta!
Te estaré esperando en casa... –se alejó, haciéndole
una seña a los demás y deteniéndose por un
momento –sin importar la hora a la que llegues.
Jubei resopló, alzando un poco una ceja y llevándose
una mano a la frente. Eso sonaba fatal, se preguntaba si debía
hacer justo lo que acababa de mandarle, ignorarlo e ir a pasárselo
bien para variar. Pero inevitablemente lo siguió, caminando
tras él y observando su piel tan blanca.
Le hacía recordar cuando eran pequeños, más
de una vez se habían acercado hombres a él, a causa
de su belleza extraña. Pero por supuesto, se habían
aproximado aquella vez, y nunca más. Se preguntaba si no
se sentía más rencoroso todavía a causa de
ser tratado casi como un preso.
Es cierto que lo consentía su madre, pero nunca podría
tener lo que deseaba, él no lo iba a permitir. Akiyama-san
no iba a permitirlo tampoco.
Ranmaru lo miró por el rabillo del ojo, aún serio,
pero sonriendo finalmente. Por supuesto que lo estaba siguiendo,
más le valía. Tenía ganas de decirles a los
demás que los dejaran solos, pero de todas maneras tenían
que regresar a la misma casa.
El chico tras él se adelantó unos pasos y fue a
su lado, mostrándole el lacito azul del que pendía
un cascabel del mismo color. Se lo dejó ver sólo un
momento, y luego se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
Ranmaru sonrió ahora por completo y se sujetó de
su brazo, apoyándose en él. Quien los hubiese visto
sin conocerlos, habría pensado que eran una pareja.
–Eres mío, no puedes ser de nadie más, no quieres
serlo.
–Soy... –un hombre, remató en su mente. Pero
claro, de eso se trataba para él –, de su padre.
La sonrisa se borró de la cara de Ranmaru tan súbitamente
como había aparecido y se soltó de Jubei.
–Mi padre... No sé qué tiene de bueno mi padre.
Vete a pasar la noche con él.
–¡Sabe que no lo decía en ese sentido, waka!
No bromee con eso –resopló con el ceño fruncido,
pensando que tenía el don de desesperarlo por más
que se esforzase, y para colmo lo había hecho enrojecer.
–No bromeaba –se giró, observándolo
serio y sonriendo levemente luego –. Estás rojo, ¿te
gusta mi padre, Jubei?
–¡Claro que no! No diga eso, por favor.
Los hombres de Ranmaru comenzaron a entrar en la casa tras ellos,
y Jubei miró disimuladamente, comprobando que nadie lo hubiera
escuchado.
–¿Tienes miedo de que nos escuche? –se rio,
pensando que en realidad no tenía por qué preocuparse.
Si acaso los escuchaba, probablemente lo reñiría por
decir esas cosas y ya. Nunca le echaba la culpa a Jubei después
de todo –Acompáñame a mi habitación.
Jubei lo hizo, aunque no las tenía todas consigo, y se
cerró los botones de la chaqueta del traje como si fueran
un seguro.
Por el contrario, Ranmaru se iba aflojando el kimono, dejándolo
resbalar suavemente desde los hombros, asegurándose de que
lo estuviera viendo. No lo iba a engañar con esa actitud,
estaba seguro de que no se le podría resistir.
El moreno cerró la puerta del cuarto de Ranmaru, cruzando
los brazos bajo el pecho y esperando a ver qué hacía.
Probablemente tendría que “huir”.
El albino se giró, observándolo y quedándose
sólo en calzoncillos. Se rio, acercándose y mirando
su entrepierna, susurrando.
–Sigue dura... O aguantas mucho o se te ha vuelto a poner
dura.
–Tengo mucho aguante –se guardó las manos en
los bolsillos, sujetándosela por dentro para que no fuera
a tocarlo. Era cierto, su visión le excitaba. Era por ese
cuerpo sin vello, y aquella piel extremadamente pálida en
la que resaltaban sus pezones rosas y pequeños, algo abultados,
suaves en su pecho, como si esperasen ser tocados y endurecidos
–. Creo que debería irme, si no quiere nada más.
–Quiero algo más, quiero darte unas nalgadas por
haber dicho que soy un niño. Bájate los pantalones,
Jubei –le ordenó como si aquello fuese de lo más
natural.
–No –sentenció serio, acostumbrado ya a sus
tretas. Lo ponían muy nervioso –. Si quiere castigarme,
hay formas adecuadas de hacerlo.
–¿Cómo cual? ¿Quieres otra cicatriz?
Me gusta cómo te ves ahora, no quiero decorarte –se
rio, apoyándose contra el moreno y dejándolo sentir
su cuerpo –. Mi padre es muy tradicional, ¿no? Demasiado...
–Su padre es un buen lider, y sus métodos y decisiones
me resultan indiscutibles –se irguió un poco más,
nervioso –. ¿Va a castigarme o no? Porque si no quiere
nada más, debería irme.
–¿Qué sucede, Jubei? ¿Tanto te interesa
el castigo? Ponte a gatas entonces –le ordenó alejándose
un poco.
–¿Para qué? –le contestó, aunque
si se lo hubiese ordenado el oyabun, lo habría hecho sin
más. Sabía que no debía contestarle, pero tratándose
de Ranmaru...
–Para castigarte. Mientras más demores, peor será
–le aseguró, cruzándose de brazos y alzando
una ceja. Estaba harto de que se le resistiera, en todos los sentidos,
y mucho más con aquella adoración que parecía
sentir por su padre.
El moreno se agachó lentamente, arrodillándose y
apoyando las manos en el suelo después. Le daba miedo lo
que pudiese hacer. Tenía el ceño fruncido a más
no poder, y las mandíbulas apretadas.
Ranmaru sonrió un poco, descruzando los brazos y tomando
una vara de madera que tenía para practicar en su habitación.
La alzó en el aire, bajándola con fuerza y haciéndola
restallar contra las nalgas del moreno.
–Por llamarme niño... –la alzó de nuevo
–y por no querer bajarte los pantalones
Jubei resopló un poco, ahogando un quejido y bajando la
cabeza porque sentía un sudor frío con aquel dolor
intenso. Tampoco es que se pudiera quejar, tenía razón,
era desobediente con él, y ya lo sintiese como su hermano
o no, era su waka. Más le preocupaba la sensación
en su sexo, que parecía haber pulsado al recibir el segundo
golpe.
–Y por demorarte... Y por interrumpirme cuando hablaba de
mi padre... –Ranmaru seguía golpeándolo, enumerando
motivos, algunos claramente inventados. Por alguna razón,
no quería dejarlo ir esa noche, además de que le gustaba
verlo así –Pídeme perdón..., Jubei.
El moreno se giró hacia él, inclinándose
en el suelo con las manos delante y bajando la cabeza.
–Lo siento, waka –quería irse, quería
irse de allí de inmediato. Ni siquiera podía mirarlo,
aquella situación era inexcusable.
Ranmaru le tocó la cabeza con aquella vara, aunque sin
hacerle daño esta vez y luego la apartó, mirándolo
con sospecha.
–No te muevas –le ordenó, inclinándose
un poco y notando lo que el moreno intentaba ocultar –. Jubei...
–se rio, tocando su erección con el extremo de aquella
vara –¿Quieres que siga?
–No, quiero irme. ¿Puedo irme, waka? –siguió
con la mirada baja, notando un escalofrío recorrer su pelvis.
–No... Está bien, pero primero di que te pongo caliente.
No te puedes levantar si no dices eso –le ordenó sin
apartar aquella vara de allí, la movió de manera casi
imperceptible por ver si reaccionaba.
Jubei resopló un poco, apretando el puño en el suelo.
–Me pone caliente, waka –se levantó avergonzado,
sin mirarlo y girándose para salir de aquel cuarto.
–Voy a pensar en eso mientras me toco, Jubei. Y eso no lo
puedes evitar. Ni tú, ni mi padre, ni nadie –sonrió,
soltando la vara por fin, aunque sin dejar de mirarlo. Estaba seguro
de que no había sido una casualidad, había descubierto
algo importante.
–Waka –le dijo como despedida, saliendo de su cuarto
y apresurándose a encerrarse en el suyo. Dejó chocar
la espalda contra la puerta y se llevó la mano a la entrepierna.
Le quemaba, y se movió por la pared, apoyándose contra
ella para ver si lo escuchaba. Puso atención a los suaves
gemidos del chico a través de la pared.
Ranmaru se estaba tocando apoyado contra la misma, con los ojos
entrecerrados. No dejaba de visualizar a Jubei en aquella posición
diciendo esas palabras, claro, en su mente estaba desnudo además.
–Waka... –susurró el moreno, percatándose
entonces de que no era ninguna broma, realmente estaba haciendo
aquello. Tenía los ojos cerrados por el calor de su propia
excitación, y se pasó una mano por las adoloridas
nalgas. Era enfermizo, ¿cómo podía excitarse
con aquello? Se descubrió a sí mismo con la otra mano
metida por los pantalones, masajeando su sexo suavemente. Frunció
ligeramente el ceño al escucharlo gemir algo más alto
y se tocó bajo la nariz, secándose el sudor sobre
el labio y abriendo los ojos, dejando de tocarse. No podía
hacer eso, no pensando en Ranmaru. Ahora estaba convencido de que
tendría que salir de nuevo.

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