Capítulo 3
Diamonds and coal
Siete años después.
Viernes, 11 de Marzo
Noche.
Okimoto se bajó del mercedes negro y se subió un
poco las gafas, tras haber bajado la cabeza para meterse bajo el
paraguas que sujetaba uno de sus hombres. Estaba lloviendo de forma
casi torrencial, pero de todos modos había ido a ver la mercancía.
Atravesó dos naves en el puerto, y subió después
a uno de los barcos que estaban atracados cerca. En apariencia era
un barco pesquero, pero los hombres del mismo lo saludaron con gran
respeto, señalándole y guiándolo a la parte
interior por la escotilla.
–No son gran cosa... –le advirtió uno de sus
hombres.
Okimoto no le contestó, ya contaba con ello, pero no era
el mayor de sus problemas. A ellos les llegaba con que fueran jóvenes
y nuevos.
Había varias chicas y algún que otro chico allí,
llevaban pocos enseres con ellos, y se veían congelados y
bastante sucios. No, no era gran cosa. La mayoría eran chinos.
Había algunas excepciones sin embargo, y precisamente uno
de esos chicos alzó la mirada, observando al recién
llegado, entre curioso y temeroso. No tenía ningunas ilusiones
de escaparse, era imposible y de todas maneras, había aprendido
a adaptarse a las circunstancias. Se pasó la mano por la
cara, intentando limpiarse un poco y recogiendo las piernas de todas
maneras.
El moreno se aproximó un poco a él, y le sujetó
la cara para que alzase la vista.
–Levántate –le ordenó, observándolo
atentamente.
–¡Vamos! Arriba –uno de sus hombres lo levantó
por el brazo, y Okimoto le alzó un poco la camiseta, soltándola
de nuevo y pasándose los dedos por el pantalón, como
si existiese la posibilidad de que lo hubiese manchado.
–¿Hablas japonés? –le preguntó
de pronto.
–Sí –contestó el chico de manera nerviosa,
aunque arreglándose luego la camiseta de manera inconsciente.
Aquel era un hombre muy fino y se notaba, no le sorprendía
que se hubiese limpiado así.
Okimoto le tocó los labios con el pulgar, abriéndole
la boca un poco.
–Llevadlo al coche –le dijo a sus hombres, mirando
a su alrededor sin ver nada más de su agrado y limpiándose
la mano de nuevo antes de salir él mismo tras ellos.
Escuchaba murmullos de dudas y miedo, pero uno de sus hombres les
mandó callar en un chino bastante burdo, alzando la voz y
pegando un golpe contra una de las paredes de la bodega del barco.
Akagi se sobresaltó, mirando hacia atrás por un
momento, pero ya lo estaban empujando para que saliera rápido
de allí. Empezaba a preguntarse si era afortunado o todo
lo contrario, pero no pudo evitar sentirse impresionado al ver el
coche hacia el que lo llevaban, jamás se había subido
en uno así.
Okimoto estaba hablando afuera con sus hombres, diciéndoles
lo que debían hacer, y pronto entró en el coche atrás
con aquel chico, mientras un hombre conducía de regreso hacia
la casa bajo aquella lluvia incesante.
Tomó un cigarro de su bolsillo y lo encendió, mirando
fijamente a aquel pelirrojo.
–¿De dónde eres?
–Nací en Japón, pero mi padre era de Rusia
–le contestó, en caso de que lo preguntase por su aspecto
y el hecho de que venía en aquel barco.
–¿Te prostituías allí?
Los ojos de Akagi lo observaron por un segundo, desviándose
luego hacia la ventana.
–Me lo estaba planteando –contestó, pensando
que de una manera o la otra, correría la misma suerte.
Okimoto le giró la cara hacia él para que lo mirase
de nuevo. Con un no, hubiera bastado.
–¿Eres inteligente? Te gusta el dinero, ¿verdad?
–¿A quién no? –sonrió un poco,
preguntándose luego si no estaría metiendo la pata,
no sería la primera vez –Intento... pensar en las cosas
antes de actuar –contestó a lo otro.
–Pero no piensas mucho antes de hablar, ¿verdad?
–lo soltó, pensando de nuevo que estaba sucio.
Ya no hubo más conversación, cuando al cabo de unos
minutos el coche se detuvo en el interior de la casa, se bajó
del mismo, y lo sujetó del brazo, llevándoselo con
él sin mediar palabra con sus hombres. No tenía nada
que explicar, ni por qué hacerlo.
Akagi se dejó llevar, aunque mirando a los lados, nervioso.
Aquella casa era increíble, si pudiera vivir así...
–Disculpe, ¿puedo preguntar a dónde me lleva?
No voy a huir, no soy tonto.
–Eso todavía no lo hemos concretado –le contestó,
sonriendo un poco sin embargo, y llamando la atención de
una de las mujeres que se encargaba de la casa, aunque esta fue
discreta.
Lo hizo entrar en su cuarto, y lo metió en el baño,
entrando con él y soltándolo por fin.
–Pero... –estamos aquí, finalizó en
su mente, pensando que incluso aquel baño era enorme a su
parecer. Luego de estar viajando en aquella pequeña bodega
llena de gente y maloliente para colmo...
–Aséate –se apoyó contra la pared con
la espalda, observándolo –¿O tengo que hacerlo
yo? Estás sucio.
–No tengo más ropa... –le advirtió,
aunque comenzando a desnudarse, pensando que era un hombre muy extraño,
pero sonriendo un poco para sí.
–Si eres inteligente te compraré ropa –le dijo
como solucionando una obviedad –, y todo lo que tú
quieras. Ahora no la vas a necesitar.
Deslizó la mano por su espalda, observando su nuca y el
nacimiento del cabello en esa zona. No se había equivocado.
El pelirrojo sonrió curioso, mirándolo y abriendo
el grifo del agua sin apartarse de su tacto. ¿Iba en serio?
No quería hacerse ilusiones, pero... podía verse con
ese hombre, era atractivo por lo menos. Se metió bajo el
agua, sintiéndose refrescado inmediatamente.
–¿Quieres saber mi nombre?
–Si no quieres que te llame tú –se llevó
el cigarro a los labios de nuevo, lavándose la mano después.
Le parecía que olía a pescado, pero era natural, aquel
barco tenía como tapadera ser un pesquero.
–Akagi –le contestó, enjabonándose y
mirándolo de soslayo, antes de girarse, dejando que el agua
le mojase la espalda ahora –. ¿Puedo saber el tuyo?
–Masamune Okimoto –le contestó, quitándose
la chaqueta del traje. Lo miraba sin ningún reparo, y el
otro no parecía cohibido, tampoco se ocultaba, le dejaba
ver su cuerpo con toda naturalidad.
Se acercó a la ducha, subiéndose la manga de la
camisa y dejando ver parte de aquel brazo que era recorrido por
un dragón esmeralda. Llevaba anillos en dos dedos, y le pasó
la mano por el abdomen hacia abajo.
–Eso es sumamente atractivo... –Akagi le sujetó
la mano, recorriendo el dragón con dos dedos y volviendo
a bajar su brazo por la piel húmeda, llevándolo hasta
el nacimiento del vello. Lo estaba mirando a los ojos ahora, no
había imaginado que aquella noche terminaría así.
Era más que posible que lo devolviese luego, pero por ahora
pensaba disfrutar. Ese tipo de oportunidades no se presentaban todo
el tiempo.
El moreno lo miraba a los ojos también, y le ardía
el pecho al pasar los dedos por sus genitales. Sentía un
calor entre las piernas como hacía tiempo no experimentaba.
Era porque le recordaba a ella en su forma de tratarlo y su mirada.
Que no había nada que mereciese la pena habían dicho.
Rosas a los cerdos, pensó. No serían capaces de distinguir
el carbón de un diamante.
Movió el brazo hacia delante y sus dedos apretaron con
toda la fuerza de aquella mano grande y masculina, la carne tierna
y mojada de sus nalgas. El agua seguía corriendo sin nadie
bajo el chorro ya, pues se había empapado al cogerlo, y ahora
lo sujetaba a horcajadas contra su cuerpo, besándolo con
los cristales de las gafas empañados y la templanza hecha
añicos. Parecía herido además de excitado,
lo tocaba con las mismas ansias que devoraría a un ciervo
un león hambriento.
Akagi le devolvía los besos de manera intensa, rodeando
su cuello con ambos brazos. De pronto se sentía necesitado
de ese tipo de contacto, ese deseo más allá de la
simple lujuria. Se apartó de sus labios para quitarle las
gafas, sonriendo un poco ahora que podía ver sus ojos claramente,
y volviendo a besarlo, apretándose contra él.
Okimoto lo miró a los ojos, no comprendía el por
qué de su sonrisa, pero sentía que le llenaba de un
modo no sexual. Volvió a besarlo, sujetándole la cabeza
con una mano para poder pegarlo más a él y arrastrar
la lengua profundamente en su boca. Cuando rompió el beso
lo dejó bajar y cerró el grifo de la ducha, abriéndose
la camisa acto seguido y haciéndole una seña para
que se fuese al dormitorio si lo deseaba.
Akagi lo miró por un momento, recorriendo sus tatuajes
con los ojos y sonriendo aún.
–Vienes conmigo, ¿no? –le preguntó, saliendo
del baño, a su paso tomando una toalla para no mojar aquella
impresionante habitación.
–Ahora voy –le contestó, esperando a que saliera
del baño y descargando el revólver que llevaba en
la espalda. Se lo colocó de nuevo en el mismo lugar y fue
junto a él. Estaba recostado en la cama y no pudo evitar
recorrer su cuerpo entero con la mirada.
Tomó el revólver de nuevo, y lo dejó sobre
la mesita, abriéndose los pantalones y siguiendo la mirada
del chico, que obviamente había seguido la trayectoria del
arma. Era una prueba, para saber si era inteligente o no.
Sin embargo, Akagi se arrodilló en la cama, sujetando con
delicadeza el brazo de Okimoto y sonriendo melosamente.
–¿Te gusto? No le harías daño a alguien
como yo, ¿verdad?
–No he llegado a donde estoy teniendo contemplaciones basadas
en el aspecto físico de nadie –le contestó tranquilamente,
tocándole el cabello mojado y apartándoselo un poco
de delante de la cara –. Yo nunca le hago daño a nadie
si no es necesario. ¿Será necesario? –le preguntó
ahora él, apoyándole la mano sobre la cabeza y llevándolo
hacia su sexo, que ya estaba erguido. A pesar de que su buen juicio
había calmado por el momento sus ansias.
–No, soy inofensivo –le aseguró, riéndose
un poco, aunque no de manera burlona, más bien se sentía
aliviado. Lamió su sexo varias veces antes de metérselo
en la boca, sujetándose de sus caderas con las manos.
Okimoto bajó la cabeza para observar cómo lo hacía,
moviéndolo un poco y mirando sus labios. Eran carnosos y
suaves, realmente calientes. Lo sujetó contra él para
que se lo tragase por completo, sintiendo su resistencia por un
momento, aunque finalmente cedió.
Salió de su boca, dejándolo respirar fatigosamente.
Su sexo estaba palpitando enhiesto, y la saliva del pelirrojo resbalaba
por él, haciéndolo brillar.
Le pasó dos dedos por el labio inferior, tocando su calidez
y observando su rostro.
Akagi succionó sus dedos, mirándolo a los ojos.
Sabía lo que era y lo que probablemente le haría si
se enfadaba, pero por alguna razón, se sentía seguro
esa noche, le resultaba extraño, quizás era por la
manera en la que lo miraba. Además, lo mejor era que le demostrase
que podía complacerlo.
Se alzó un poco, acariciando su pecho, y tocándose
su propio sexo para demostrarle que lo deseaba también.
Okimoto se inclinó sobre él, sujetándole
la quijada y besándolo profundamente otra vez, mientras con
la mano sujetaba su sexo y lo masajeaba.
Aquel chico era dulce, delicioso, hacía tiempo que esperaba
algo así. Le apretó un poco el cuello como para sentir
su fragilidad, y acto seguido lo empujó sobre la cama, volteándolo
de espaldas y deslizando la mano por su columna. Se llevó
los dedos a los labios, deslizando la lengua por los mismos y empujándolos
contra su ano después.
–¿Esto es lo que hacías? No me mientas.
–No me atrevería –le contestó sinceramente,
girando un poco la cara para verlo de soslayo –Sí,
estoy acostumbrado a esto... –le aseguró por si pensaba
que era virgen o algo así.
–Lo supuse –le contestó mientras se arrodillaba
tras su cuerpo, alzándole las caderas un poco y penetrándolo
de una sola vez. Había esperado poder mantener aquella calma
que había conseguido hasta entonces, pero su interior estaba
ardiendo, y sus músculos apretaban su sexo, exprimiéndolo
y succionándolo de forma más profunda dentro de él.
Se echó sobre su cuerpo, apoyándose en una mano
y sujetando sus nalgas con la otra, haciéndolo moverse contra
él. Algunos mechones de cabello negro se desprendían
de su flequillo y le caían sobre los ojos, bajó la
cabeza y le besó la nuca, recorriéndola luego con
la punta de la lengua.
El chico cerró los ojos, dejándose hacer, realmente
disfrutándolo, incluso estaba sonriendo. Lo penetraba de
forma poderosa, como si quisiera poseerlo por completo, su propio
sexo se rozaba contra aquellas suaves sábanas, pulsando y
mojándolas con sus fluidos. Los gemidos empezaron a escapar
de sus labios cada vez con más frecuencia y movió
una mano hacia atrás para sentir las caderas del moreno.
Okimoto le mordió el cuello, pasando el brazo por encima
del suyo y sujetando su sexo. Respiraba fuertemente tras una de
sus orejas, y lamía el borde de la misma, jadeando en silencio.
El chico era alto pero delgado, menudo, se sentía delicado
bajo su cuerpo fuerte, y sintió la tentación de romperlo.
Por supuesto, no iba a hacerlo, sin embargo se acostó por
completo sobre él, rodeándolo con el otro brazo y
apretándolo contra él fuertemente mientras lo penetraba.
Olía bien y su piel era suave, casi como la de una mujer.
Notaba la forma en la que se movía bajo él en la cama,
y provocaba que aumentase la fuerza y rapidez de sus embestidas.
Los gemidos de Akagi ahora parecían jadeos forzados por
el peso de su cuerpo, pero aquello le agradaba. Se sentía
sumamente excitado, más aún por la manera en la que
masajeaba su sexo, como apresurándolo, provocándole
sensaciones fuertes, casi eléctricas.
–Te quedarás aquí conmigo –le advirtió
Okimoto, aunque ya sabía que era lo suficientemente inteligente
para notar que aquello era lo mejor que podía pasarle en
su situación –, y no harás nada, nunca, jamás...
sin mi permiso –susurró en su mejilla, estrujando su
sexo y moviendo las caderas con fuerza –. Y te lo daré
todo... –jadeó apretando los dientes.
–Todo... –repitió el chico, estremecido por
sus palabras y por cómo lo tocaba. Hacía tan solo
unas horas, estaba en un barco rumbo a lo que sólo podía
clasificarse como esclavitud, y ahora este hombre le estaba prometiendo
cuidar de él. Era lo mejor que podía haberle ocurrido.
Abrió los ojos, girando un poco la cara y esforzándose
por contestar entre jadeos –No te decepcionaré...
Okimoto volvió a besarlo, lamiendo su lengua y succionándola.
Se empujó contra su cuerpo por completo, haciéndole
estirar la espalda bajo su cuerpo. Se sentía totalmente fundido
con aquel desconocido, cómo si sus cuerpos fueran sólo
uno por unos instantes.
Apretó las mandíbulas, corriéndose dentro
de él y estrujando el sexo del chico hasta que el semen manó
del mismo también, empapándole la mano.
Akagi se movió, gimiendo con fuerza y estremeciéndose
bajo el efecto del orgasmo. Sonreía, no podía evitarlo,
nunca había estado tan feliz en toda su vida. Se desplomó
completamente, con el cuerpo de Okimoto aún sobre el suyo,
y dejó escapar una ligera risa.
El moreno se quedó sobre él unos segundos más,
y le pasó la mano por la nuca, despeinándole el cabello
hacia arriba.
–¿Estás contento? –le preguntó
extrañado, suponía que era por el alivio. Se apartó
de encima de él, consciente de que le pesaba, y cogió
un cigarro de sus pantalones en el suelo, acostándose de
boca arriba en la cama.
–Por supuesto que lo estoy –el chico se giró
de medio lado, apoyándose en una mano para mirarlo –.
Nadie nunca se ha ocupado de mí, no por voluntad propia...
No sé cómo agradecértelo, la verdad –confesó,
deslizando un dedo por su pecho lentamente –. Si no fuera
por ti...
–Me lo podrás agradecer cada día –lo
miró con curiosidad, pasándose una mano por el cabello
para peinárselo de nuevo hacia atrás y riéndose
con los labios entrecerrados –. Resulta que ahora te he hecho
un favor...
–No sé si llamarlo un favor, es más... ¿Acaso
es tan terrible estar contigo? –le preguntó, riéndose
un poco. Por supuesto que sabía que era gracias a él
que estaba allí, en vez de tener su libertad, pero lo había
sacado de aquello, fuera como fuera. Seguramente no lo comprendería.
–Eso no puedo responderlo yo, ¿o sí? –lo
miró a los ojos, sujetándole la muñeca para
que se apoyase en su pecho, aunque había sido bastante brusco
–¿Cómo vivías? ¿De qué?
–No vivía, existía... haciendo lo que tuviese
que hacer. Robando, rogando... trabajando por miserias... y sin
derecho a protestar –se rio, aunque no era una risa precisamente
alegre. Se recostó por completo sobre su pecho, cerrando
los ojos de nuevo, olía bien, sumamente masculino –.
¿Estás casado?
–Viudo. Murió a manos de la mafia china –le
aclaró, ya que suponía que iba a preguntárselo
–. Murió por mí. Tal vez eso responda a tu pregunta
sobre si es tan terrible estar conmigo.
–No, creo que tuvo que quererte mucho para morir por ti.
Eso responde a mi pregunta –le aseguró, mirándolo
serio y preguntándose si aún estaría de luto.
Okimoto se rio entre dientes, llevándose el cigarro a los
labios otra vez. Le pasó la mano por la espalda y por el
cabello, que ya estaba casi seco.
Akagi se quedó mirándolo por un momento, preguntándose
en qué estaría pensando. Ahora tenía curiosidad,
pero no quería profundizar demasiado en un tema que no le
concernía.
–¿Debería llamarte de alguna manera en particular
o está bien si utilizo tu nombre? –le preguntó,
ya que nunca antes había estado con un yakuza, por supuesto.
–Utiliza mi nombre –le dijo casi con indiferencia,
sujetándole una mano mientras se giraba de lado y apagaba
el cigarro –. Te adaptas deprisa. Te da igual, ¿no
es así? No tienes miedo.
–Ahora mismo podría estar siendo violado por un gordo
con mala higiene y quizás incluso... hábitos peligrosos.
Si lo ves así, esto no se ve muy aterrador –le aclaró
riéndose y asintiendo mientras se sentaba a su lado –.
He aprendido a adaptarme a las cosas, es la única manera
de sobrevivir. ¿Debería temerte?
–No soy una persona violenta, pero uso lo que necesito cuando
lo necesito y al coste que sea, para proteger a mi familia. Si eres
leal, no tienes nada que temer, al contrario –lo miró
de soslayo, pensando que no se estaba quieto, parecía un
chiquillo excitado el día de su cumpleaños –.
¿Crees que soy atractivo? Incluso con esta cicatriz... –se
pasó el dedo por la cara, como dibujándola.
–Creo que eres muy atractivo. Me gusta tu cicatriz, te hacer
ver peligroso y probablemente lo eres –se rio, pensando que
hablaba como un tonto. Tenía ganas de preguntarle por qué
lo había elegido a él, pero le daba miedo que se lo
pensase mejor –. ¿Cómo te la hiciste?
–Aquel día, protegiendo a mis hijos. Tengo el ojo
ciego –le contestó sin profundizar más. Se lo
había preguntado por curiosidad, pero el caso es que no le
importaba lo más mínimo, por supuesto, podía
tenerlo le gustase físicamente o no.
–¿Tus hijos? ¿Qué sucedió? –le
preguntó de otra manera ahora, acomodándose mejor
en la cama y observándolo.
–Mataron a mis hombres y a mi mujer, me quedé solo
para deshacerme de ellos. Son cosas que suceden en este mundo. No
es nada importante, debía protegerlos, y es lo que hice –lo
cierto es que tampoco le gustaba hablar de ello. No se sentía
cómo un héroe precisamente –. Ahora están
fuera del país.
–¿Cuántos tienes? ¿Son mayores? –le
preguntó, ahora mucho más curioso. Se dejó
caer nuevamente sobre su pecho, aunque boca abajo y con la cabeza
alzada.
–Dos, son mayores que tú, pero eran pequeños
entonces –le explicó, aunque sólo lo juzgaba
por el aspecto del pelirrojo.
–Mayores que yo... Supongo que no los voy a conocer –se
rio, pensando que seguramente lo odiarían –. ¿Por
qué me elegiste? –preguntó luego sin poder contenerse.
–¿No cogerías tú algo que brillase
entre la basura? Por lo menos para averiguar si es de valor –preguntaba
demasiado, y no parecía callarse nunca, pero la verdad, se
sentía revivir de alguna manera –. Los conocerás
cuando regresen.
Akagi bajó la cara, sintiéndose conmovido ante sus
palabras, nadie le había dicho algo así antes. Cerró
los ojos por no verse cursi, sonriendo en vez de eso.
–No les agradaré...
–No me preocupa su opinión. A ellos tampoco les preocupa
la mía, y no vamos a invitarlos a la cama –se giró,
resoplando un poco y recostándose sobre él, pensando
que se tomaba unas confianzas increíbles, como si aquello
tuviera todas las trazas de ser algo sólido. Sí, eso
era lo que deseaba, abandonar aquella soledad, dejarla atrás
y olvidarla. Lo miró a los ojos, observando los suyos –.
No dirán nada, son yakuza, yo soy su oyabun. No hay nada
que decir.
–Nunca he estado en una familia yakuza –sonrió
nuevamente –. Oyabun... No vas a lamentar esta decisión.
–Pareces muy seguro... –murmuró, en realidad
seducido por aquel chico, del que básicamente no sabía
nada. Como tampoco había sabido nada de su mujer cuando se
había vuelto loco por ella –. Mañana comenzarás
a averiguar, lo que significa ser mi amante.
–No puedo esperar –le aseguró, besándolo
suavemente, seguro de que Okimoto no comprendía lo que significaba
para él, tan sólo estar allí esa misma noche.
El moreno resopló pesadamente de nuevo, y comenzó
a besarle el cuello. Suponía que estaba cansado y maltratado
por cómo había llegado, pero su cuerpo mandaba, e
iba a drenarle hasta lo último de sus fuerzas con él.

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