Capítulo
4
Liberation
El rubio se movió en el asiento del coche, observando las
calles que iban pasando. Se preguntaba por qué tan lejos,
si había algunos bares cerca de la clínica a los que
habrían podido ir.
–¿Tienes algún lugar en mente?
–Sí, cierto lugar –le aclaró para nada
el moreno, aparcando el coche por entre unas calles, por las cuales,
sospechosamente, sólo se veían pasar a hombres –.
Vamos –le dijo antes de bajarse.
–Claro. Este lugar... No, nada –sonrió, seguro
de que estaba asumiendo cosas. Pero no veía una sola mujer
por allí –. ¿Vienes por aquí a menudo?
–Sí, casi todos los días –se guardó
las manos en los bolsillos, llevándolo hacia un bar. La luz
era oscura, y desde luego allí también había
sólo hombres. Algunos en actitud que definitivamente no era
heterosexual. Lo habría llevado a un sitio más extremo,
pero por el momento aquello le parecía más que suficiente.
–Oye, este lugar... ¿Qué es este lugar? –preguntó,
ahora sí, definitivamente nervioso. Ya podía imaginarse
el rostro de Masa como se enterase –No creo que debamos quedarnos
aquí.
–¿Por qué? ¿Qué vas a tomar?
–le preguntó, sentándose en uno de los sillones
al fondo, sujetándole el antebrazo para que se sentase.
–Eh... un gin & tonic. Eso –pidió más
por confusión que porque lo hubiese convencido.
–Un Gin & Tonic y Ron con lima para mí –le
dijo el moreno a un chico que acababa de acercarse.
–Ahora mismo –les sonrió, regresando tras la
barra y dejando allí los tragos.
–Relájate… es un sitio agradable. Aquí
puedes comportarte como realmente eres, Fujiwara –le ofreció
el trago y lo miró a los ojos.
–Yo no soy... ¿Qué insinúas? Yo no soy
así. Estás equivocado –le contestó, frunciendo
el ceño terriblemente. Dios, ¿por qué no traje
mi propio coche?
–Oh… claro –se rió –. Comprendo
que te pongas a la defensiva, pero no tiene sentido ante otro como
tú. ¿Crees que no podemos distinguir eso? –bebió
un poco, sin hacer caso de su aspecto molesto.
–¿Tú también...? –lo miró
sorprendido, sintiendo deseos de confesárselo. De poder hablar
con sinceridad por una vez –. No, yo no soy así. Es
algo enfermo.
–Sí, es porque tengo el epitalamio muy largo. Eso
hace que me gusten las pollas –le sujetó el antebrazo
de nuevo y lo miró –. Me gustan los hombres –le
dijo serio –. No hay de qué esconderse ahora.
–Usui, esto no es normal. ¿No lo comprende? A los
hombres les gustan las mujeres. Es así, así debe ser
–le aseguró, a pesar de estarse lastimando a sí
mismo con esas palabras. Pero era cierto, él era un desviado.
–¿No es normal? Hazlo tú ser normal –el
moreno suspiró y le dio otro trago a su vaso –Créeme,
hay muchos más de lo que puedes imaginarte, y no son desviados,
son personas normales, con estudios e incluso con cargos elevados.
En el hospital hay unos cuantos… –sonrió al decir
aquello –Te veo sufrir continuamente, es como si creyeses
que eres el único es esa circunstancia. ¿Es así?
–Pero que haya muchos no lo hace estar bien. ¿O sí?
–bebió un poco de su trago, observándolo, en
realidad intrigado. ¿Cómo podía estar tan tranquilo?
–No, tienes razón –se rió, apoyándose
en el respaldo con un brazo –Pero no es algo tan extraño.
–No tenía ni idea –suspiró sin saber
si sentirse relajado o agobiado –. ¿No te preocupa
que te puedan ver entrando a esta clase de lugares?
–Si están por esta zona es porque son como yo. No
me preocupa si otros maricones me ven – movió el vaso
en su mano, haciendo chocar los hielos entre sí –.
El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Araiso se rió espontáneamente, enrojeciendo y dedicándose
a beber de nuevo.
–Es una locura. Pero supongo que no se puede hacer nada más.
Kotaro se rió también, observándolo.
–Te sentirás menos solo si vienes aquí, a mí
no me importaría que me acompañases, hay mucha gente
aquí como nosotros. Créeme, es agradable cuando puedes
decir las cosas con toda la libertad del mundo. ¿No te sientes
más libre?
–Me siento... No sé qué decirte. Llevo tanto
tiempo ocultando esto –le confesó, por fin aliviado
de poder hablar con libertad –. Pero no creo que pueda venir
aquí tan seguido.
–Bueno, eso depende de ti –el moreno observó
a un chico que los miraba desde la barra, y lo llamó con
un gesto para que se aproximase.
El joven de aspecto algo extraño sonrió, acercándose.
–Hola –se sentó al lado del rubio, le apoyó
una mano en la pierna y le besó la mejilla.
–¿Cómo te llamas, chico? –le preguntó
el moreno que comenzaba a sospechar que era un prostituto o un fresco
simplemente.
–Iki –giró el vaso con su refresco en la mano
y sonrió –. Ah… me estaba aburriendo mortalmente.
–Y no deberías saludar a extraños así
–le riñó Araiso, enrojeciendo y bebiéndose
casi todo su trago.
–Pero quería saber si eras suave… –el
chico de cabello azulado sonrió, sujetándole la mano
y tocando sus dedos –Que manos más bonitas –le
dijo, aunque en realidad estaba revisando su reloj para ver si era
caro.
–Te parecerían más bonitas si supieras que
salva vidas con ellas –le explicó el otro doctor. Animándolo
a seguir molestando al rubio.
–¿Eres doctor? –le preguntó más
interesado ahora.
–Sí, cirujano, pero no es para tanto –retiró
sus manos, nervioso. El chico era atractivo, pero él tenía
a Masa. Y además, era demasiado joven.
Iki se rió porque le retirase las manos y se recostó
un poco en el asiento, girándose hacia él y pasando
un brazo por encima de sus hombros.
–Quería acercarme, pero no estaba seguro de si estabais
juntos.
Kotaro se rió entre dientes.
–No, no creo que eso le gustase mucho.
–Sí, te he visto alguna vez –el chico se rió
entusiasmado, como si fuera muy divertido –. Así que
eres cirujano… ¿De qué tipo? –le preguntó,
jugando ahora con su cabello.
–Del... del corazón... ¿Puedes dejar eso? –le
apartó la mano, intentando no ser rudo. Le ponía nervioso
con tanto toqueteo.
–Que malo… –el chico se rió –¿Estás
casado? – le preguntó, seguro de que era un reprimido
por como se comportaba.
–¿Te molesta? –le preguntó a su vez Kotaro,
susurrando.
–Soy... divorciado, pero tengo a alguien –le contestó
sin dejar de estar rojo, observando a su amigo luego –. Creo
que debo irme. No debería estar aquí de todas maneras.
–No, si te molesto me voy –el chico se levantó,
sonriendo levemente y cogiendo su vaso de la mesa.
Kotaro suspiró con fuerza y cruzó una pierna sobre
la otra, mirando al médico después.
–No tienes que ponerte tan tenso. Aquí la mayor parte
de la gente viene buscando sexo.
–Lo siento. ¿Crees que lo ofendí? Bueno, pero
no debiste invitarlo sin preguntarme siquiera. ¿Intentabas
conseguirme...? –carraspeó, enrojeciendo de nuevo y
pidiendo otro trago –¿Sabías que tengo a alguien?
–Él quería acercarse, no vi por qué
no. Claro que tampoco sabía que era tan lanzado –se
rió entre dientes y lo miró de soslayo –. Lo
sabía. No, bueno, lo sospechaba –bebió un poco
y suspiró –. ¿Va todo bien?
–¿Tú qué crees? –suspiró,
meneando la cabeza –Entre tener que escondernos, y lo mucho
que trabajamos. Además, está casado... –miró
hacia su trago sin querer confesarle que tampoco estaba seguro de
que lo quisiera –¿Y tú? ¿Tienes a alguien?
–Estoy en ello –le explicó –. Todo es
más complicado cuando además de homosexual eres como
yo –sonrió levemente –. O no, tal vez lo complicado
es lo exigente que soy. Un hombre casado, para mí es impensable.
Pero aún y si no lo fuera, no querría tocar una polla
que acaba de salir de ahí.
–Bueno, es el único hombre... No podría estar
con alguien más. Supongo que sueno patético –sonrió,
bebiendo más. Se iba sintiendo más relajado –.
¿Cómo eres? ¿Exigente? Yo solía pensar
que no era... así. Pero seguía enamorado de él.
–Exigente. Sí, soy amo –bebió un poco
más y lo miró a los ojos –. Supongo que sólo
has estado con él.
–Amo... –repitió, sin comprenderlo del todo,
pero teniendo el presentimiento de que era mejor no ahondar en eso
–Sí, sólo con él.
–Pero él no deja a su esposa, y tú has dicho
que eres divorciado –suspiró con fuerza y se pasó
la mano por el cabello –. Supongo que puedo comprender lo
que sucede.
–¿Puedes? Yo no me divorcié, fue ella la que
se divorció de mí –le aclaró, observándolo.
–Es normal. ¿Por qué querría estar
casada con un gay? –sonrió levemente, pensando que
parecía no asimilar su situación. Desde luego su mujer
sí había parecido haberlo hecho. Podía imaginar
a ese amante suyo como un absoluto cretino.
–Sí, supongo que tienes razón, pero el divorcio...
–negó con la cabeza, serio –Tal vez somos de
distintas generaciones. Para mí no es tan fácil como
para ti.
–No creo que se trate de generaciones. Se trata de que yo
siempre hago lo que deseo. Y nadie me prohibirá vivir a mi
gusto. ¿Comprendes? Sólo yo tengo el control de mi
vida. No tendría sentido para mí estar acobardado
o preocuparme de la opinión de los demás sobre mis
decisiones –lo miró atentamente –. ¿Y
tú? Cuando pasen los años… ¿Sentirás
que has desperdiciado tu vida?
–Me lo he preguntado, pero creo que estoy perdido. No quiero
que mi hijo se entere, y en cuanto a... la persona a la que amo,
no creo que le hiciera gracia tampoco. Tiene mucho que perder.
–¿Y que hay de ti? ¿Cada cuanto tiempo os
veis?
–Cada mil años, cada dos meses, los fines de semana
en el gimnasio... da igual –sonrió, pensando que aquel
último dato había sido demasiado, pero no estaba para
paranoias –. Es muy poco, lo llamé hoy, pero me dijo
que estaba ocupado.
–¿Y lo estaba? –preguntó realmente intrigado.
–No lo sé, me pareció escuchar el sonido de
la calle, tal vez iba algún lado. No lo sé –bajó
la cabeza sintiéndose expuesto. No quería criticarlo,
tal vez era él quien estaba equivocado –. Soy muy viejo
para esto.
–Ah… por Dios, yo te encuentro increíble y
ese chico, que sin duda tenía como mucho veinte siete, parecía
opinar lo mismo –se rió de él sin poder evitarlo
–. Así que apenas os veis, no estás casado y
no sales… debes estar al borde. Podría ocuparme de
ti, ¿sabes?
–Kotaro... No me digas que para eso me invitaste aquí.
Yo no soy ese tipo de persona –se apartó un poco ahora
sí, frunciendo el ceño –. Yo amo a... Yo ya
tengo a mi pareja...o...da igual.
–Quieto –se rió, sujetándole el antebrazo
–. Sólo bromeaba. Te traje aquí para que te
relajases e intentases comprenderte mejor. Yo no tengo sexo con
mis amigos, y no tengo una relación con nadie que tenga sexo
con otra persona sin mi consentimiento, y desde luego, no me interesa
alguien que ame a una persona que no sea yo.
–¿Sin tu consentimiento? –dejó escapar
una risita incrédula, y se tranquilizó un poco, aunque
seguía rojo –No deberías hacer esas bromas,
no soy alguien que las tome a la ligera.
–Ya veo –sonrió naturalmente –. ¿Te
hace gracia la dominación? Es curioso.
–No, es sólo que encuentro la idea de que dejes...
¿Quién...? Yo no podría hacer algo así
–suspiró, recostándose un poco en el sofá
–¿Realmente te gusta eso? No sabía si también
era una broma.
–Yo nunca presto a mis esclavos. Me gusta tenerlos sólo
para mí, pero podría hacerlo como castigo si me provocasen
–observó su vaso, ya estaba vaciándose, pero
no le apetecía levantarse a por otra copa –. Cuando
un esclavo es compartido, él sólo piensa en satisfacer
a su amo. No disfruta del otro hombre, sólo disfruta que
su amo disfrute. Es difícil encontrar a un esclavo real –suspiró
con fuerza y lo miró a los ojos –. La humillación
también es un tipo de sumisión, ¿lo sabes?
Apuesto a que ese hombre es frío y te humilla constantemente.
Te infravalora…
–No soy sumiso, lo amo. No lo entenderías –se
defendió, con el ceño fruncido –. Es algo que
sólo puedo tener con él. Es... la única persona
con la que quiero estar. Aunque me vuelva loco.
Kotaro sonrió levemente, sin querer ahondar más
para no hacerlo sentir violento. Eran las tres y diez. Estaba bien,
no tenía prisa.
– ¿Y piensas seguir soportando que esté con
su mujer? ¿Que te ignore y sólo te llame cuando le
haces falta? ¿Eso es amor? Te creía más orgulloso…
claro, ahora lo veo. Lo eres, salvo con él.
Araiso bajó la mirada, pensando que tenía razón.
No quería admitirlo, pero tenía razón. Siempre
esperando, siempre callando.
–Tiene dos hijos y una carrera. Un divorcio... no sería
conveniente. Pero no pienso permitirle que me ignore.
–Te diré algo, Fujiwara. Posiblemente tengas la convicción
de que un sumiso es alguien que se postra como un perro miserable.
Pero no es así. Un sumiso es una persona muy fuerte y con
mucho carácter que sabe perfectamente lo que quiere. Es sólo
que lo que desea es entregarse a todos los deseos de quien lo domina…
y la entrega muchas veces implica sufrimiento. Ahora bien. Te diré
otra cosa, el único temor de un amo… amante de su esclavo,
es perder a su sumiso. Yo no te diré cual es tu situación.
Sólo te digo eso. Si te ayuda bien… si no, ignóralo.
Pero creo que unos hijos, un empleo importante… Eso son cosas
que tú también tienes y no has perdido por reconocer
que lo necesitas.
–Mi hijo no lo sabe, y si lo dijese... seguramente me despedirían
–sonrió con tristeza, pensativo. Era extraño,
no podía asimilar que algunos considerasen eso como algo
normal –. Lo he amado desde que estábamos en la escuela.
¿Te parece triste eso?
–Me parece bien, creo que no te merece…
–Yo también lo creo. No me merece... –se rió
débilmente, pero tomando una decisión. Tenía
que escucharlo de sus labios. Quería saber que lo amaba también.
–Pues házselo saber… Él piensa que eres
suyo y puede hacer contigo lo que quiera –le dio coraje.
–Eso haré. Pienso decírselo. No esperaré
a que me dé permiso para ir a verlo.
–No lo necesitas, no es tu amo, ¿cierto? Y tú
no eres sumiso. Así que puedes tomar tus propias decisiones
sin su consentimiento –bebió un poco del vaso del rubio,
y sonrió levemente –. Vamos a que nos dé el
aire.
–Sí, me siento un poco mareado –sonrió,
poniéndose de pie y sintiendo el mareo con más fuerza.
En realidad, por aquella sonrisa que llevaba en el rostro, se podía
adivinar que era más que un mareo.
–Oh –el moreno se rió –. Creo que te
llevaré a casa…
–Sí.
Lo acompañó al coche y entró, observando la
hora de nuevo y girando la llave.
–¿Cómo se llama tu amigo?
–No puedo decírtelo. Se enfadará –se
rió, pensando en su rostro y sintiéndose tentado a
decírselo de todas maneras.
–Pero yo no le diré que me lo has contado…
–le dijo, conduciendo y mirando adelante. Se notaba que estaba
ebrio.
–Masa... –casi susurró como si fuese la palabra
más preciosa de todo el vocabulario –Masamitsu.
–No ha sido tan difícil, ¿verdad? Apuesto
a que es agradable decirle a alguien a quién amas. Al fin…
–lo miró de soslayo. No sabía por qué,
sentía la necesidad de ayudarlo –De todos modos no
lo conozco –sonrió, pensando que seguramente tenía
la paranoia de que cualquiera sabría de quien hablaba con
sólo pronunciar su nombre.
–No, claro que no. No tendrías por qué –sonrió,
aliviado –. Usui, gracias por esto.
El moreno le sonrió sin decir nada al respecto y detuvo
el coche delante del edificio al cual ya lo había acompañado
en alguna otra ocasión.
–Nos vemos mañana…
–Hasta mañana –se despidió, bajando del
coche y por esta vez, agradeciendo que su hijo no estuviese allí
para recibirlo.

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