Capítulo
73
It Must Be The Moon
Atardecer, Apartamento de la policía.
Sábado 19 de Junio.
–Joder…– murmuró el moreno que no había
hecho otra cosa que dormir y ducharse además de comer algo,
antes de regresar con Damian. No se lo podía creer, un maldito
eclipse y no habían advertido nada en las noticias. La ciudad
entera estaba a oscuras, esperaba que pronto se encendiesen las
farolas.
Aparcó el coche, seguramente no de muy buenas maneras y
salió del mismo, mordisqueando un poco el cigarro y llamando
a la puerta. –Soy Drago.
El policía abrió la puerta dándole paso y
dejando ver al rubio que sonreía recostado de espaldas en
el sofá. –Todo ha estado tranquilo.
– Detective Drago. ¿Sabía que iba a haber un
eclipse? – le preguntó Damian, poniéndose de
pie asombrado.
–No lo dijeron en las noticias. ¿Cómo iba
a saberlo? – le preguntó, sacándose la cazadora
de cuero y dejándola a un lado. –Ya puedes irte. –
le dijo al otro, cogiendo un cigarro y observando por la ventana
el curioso fenómeno.
– Y gracias... – se despidió el rubio, sonriendo
muy educadamente antes de ir junto al moreno. – Me asusté,
aunque me dé vergüenza confesarlo.
– ¿Por el eclipse? – le preguntó Drago,
girándose un poco y apoyándose en el marco de la ventana
para observarlo. –Te creía una persona más segura.
– Lo soy, pero supongo que estos días han sido un
tanto inestables. Todo se empezó a poner oscuro y... luego
me sentí como un chiquillo ignorante. – se rió
de manera natural, pero delicada.
–Eres un chiquillo…– lo miró y torció
una sonrisa.
– No... Es sólo que nos hemos conocido bajo estas
circunstancias. Además, no hable como si usted fuera viejo.
No lo es. – lo miró, acercándose disimuladamente.
–Para mí eres un niño…– lo miró
de soslayo, percatándose de su acercamiento y apartándose
de la ventana. Sentándose en el sofá y cogiendo unos
papeles para entretenerse con los informes.
– ¿Qué hace? – le preguntó el
chico observándolo contrariado y apoyándose en el
centro de la ventana. – ¿Está molesto? Es sábado,
seguramente tenía otros planes.
–Seguramente tú también. No estoy molesto,
estoy trabajando. – lo miró un momento y suspiró
con fuerza. Bajando la vista a los papeles otra vez.
– No quiero molestar, lo siento... – se disculpó,
contradictoriamente yendo a sentarse a su lado. – Me siento
solo cuando mi padre no está.
–Aja…– le contestó el moreno que pretendía
no hacerle demasiado caso. Lo peor de todo… ya lo había
notado la noche anterior, olía… de forma atrayente.
Cómo si despertase su deseo, torció una sonrisa preguntándose
si sería su desodorante. Burlándose de sí mismo.
Damian se apoyó contra su hombro sin ninguna consideración.
Si lo creía un chiquillo podía actuar como uno impunemente,
¿o no? Era la estrategia que había decidido adoptar.
Drago lo miró de soslayo y decidió seguir como si
nada, pasando las hojas y tratando de pensar en la lógica
que habrían usado para dictaminar quien era un ángel
y quien no.
– ¿No quiere decirme en qué trabaja? Tal vez
lo pueda ayudar. No soy mucho de ver televisión. –
insistió el chico, sonriendo un poco para sí.
–No, no quiero, porque esto es una investigación
policial. Es información confidencial y tú no deberías
meter tu preciosa nariz en este asunto…– cerró
la carpeta y la apartó un poco ya que no se fiaba.
El rubio suspiró, apartándose un poco. – Comprendo...
lo siento. – se dejó caer sobre el lado contrario del
sofá en actitud de niño pequeño aburrido.
–Eres un caprichoso…– el moreno encendió
la televisión y cruzó los pies sobre la mesa de nuevo.
–Y deja de disculparte.
– Como quieras... No soy un caprichoso, me siento solo, ya
se lo dije. – recogió sus piernas mirando la televisión.
– No me gusta estar solo.
–Dios… estoy contigo. ¿No? ¿Qué
más quieres? ¿Qué te cuente un cuento? Toma,
fúmate un cigarro. – le dijo ofreciéndole uno.
–No fumo, es malo para la piel... –sonrió, rechazándolo
con una mano. – Espero que no le ofrezca cigarros a sus hijos
cuando los tenga. Sólo quería alguien con quien hablar.
Pero está bien, me comportaré.
–No voy a tener hijos, odio a los críos. – apagó
la televisión y se guardó el cigarro de nuevo. –Bien,
¿De que quieres hablar?
–Nada en particular... –sonrió travieso, sentándose
bien. – ¿Me odia a mí?
–Lo intento… – lo observó con una sonrisa
en los labios, pasándose la mano por el cabello para echárselo
hacia atrás.
– ¿En serio? Pero usted me agrada... Es distinto de
todas las personas que conozco, tal vez sea por eso. – meditó
en apariencia, cruzando sus piernas. –Ojalá no lo consiga.
–No creo que tengamos el suficiente tiempo para averiguarlo.
– suspiró levemente y se giró hacia él.
–Dime… ¿Cómo es vivir allí? Rodeado
de tanta gente… y teniendo que guardar las apariencias constantemente.
–Cansino, excepto cuando está mi padre. Me siento
bien con él, pero... – suspiró, desviando la
mirada. – Es solitario. Las personas tienen ciertas ideas
acerca de ti, te juzgan sin conocerte. Y nunca sé a quien
le agrado realmente. No me malentienda, me gusta ser modelo y agradezco
todo lo que ha hecho mi padre por mí. Pero la mayoría
de las personas se esfuerzan por agradarme, para que trabaje para
ellos.
–Ya veo… no puedo decirte que lo comprendo, lo siento.
– se llevó el cigarro a los labios y le dio una calada.
– ¿No estás con gente de tu edad?
El rubio sonrió mirándolo ahora. – Otros modelos,
los que no quieren beneficiarse de mi fama, quieren destronarme
o dormir conmigo. Supongo que es lo mismo, nunca me llevé
bien con las personas de mi edad.
–Eso sí que lo comprendo. – lo miró a
los ojos y pasó la mano por el respaldo del sillón.
–Supongo que entonces te gustan los hombres mayores. ¿Es
cierto lo que dicen en los periódicos?
– ¿Cuál de todos los rumores? – se rió,
mirándolo a los ojos. – Me gustan los hombres mayores,
eso es cierto.
–Que tu padre y tú sois más que eso...
– ¿Qué crees tú?– le preguntó,
jugando e inclinándose hacia él.
–Usted, no recuerdo que te diera permiso para tutearme. Creo…–
le apoyó un dedo en el pecho y lo empujó hacia atrás.
–Que no.
El rubio se rió, dejándose caer. – Es un juego.
Lo cierto es que estamos muy unidos, pero a los periódicos
no les interesa una relación de padre e hijo, prefieren pensar
lo otro. Y si ayuda a mi carrera... no veo por qué no seguirles
el cuento.
–Bueno, a mí no me parecería tan extraño.
– suspiró, apagando el cigarro y mirándolo a
los ojos también. – ¿Por qué no me haces
un café?
– Porque no sé hacer uno. Nunca me he atendido a mí
mismo, ¿sabes? Pero gracias al cielo... su suplente dejó
una jarra lista.
– ¿Por qué no me sirves una taza de café?
– formuló de nuevo su pregunta, esbozando una sonrisa
ahora y golpeteando con los dedos en el respaldo.
– ¿En serio va a hacer que lo atienda yo? –se
rió, realmente divertido. – ¿Puedo hablarle
de tú? No estoy acostumbrado a tanta formalidad.
–Está bien. Si me traes una taza de café…
¿Sabes? A mí me gusta que me atiendan también,
así varias en tu tónica y no te aburres. Venga, sé
bueno… – le pidió algo reído.
– Yo siempre soy bueno...–sonrió, poniéndose
de pie y dirigiéndose a la cocina. –Bebes mucho café...
¿No dormiste en tu casa?
–Sí… pero siempre tengo sueño. –
lo observó en la cocina y se abrió un poco la camisa.
Miró hacia la ventana de nuevo, era extraño que estuviese
tan oscuro a esas horas. Se preguntaba cuanto duraría.
El chico regresó al poco tiempo con dos tazas, aunque prefería
un café más fino. En realidad, hubiese preferido vino,
pero no tenía opción. – Aquí tienes.
Me siento como si fuese invierno en una película de terror.
Pero por lo menos estoy con el detective. Y ese personaje siempre
sobrevive al final.
– ¿Y tú qué eres? ¿La chica o
el malo? – le preguntó, cogiendo el café e intercambiándoselo.
– El protegido... que no puso veneno en tu café. –
Lo miró ligeramente serio. ¿Cuánto le iba a
llevar relajarse? – ¿Por qué desconfías
tanto de mí?
–No es algo personal. – bebió un poco y se frotó
la nuca con una mano. Abriéndose después la camisa
hasta la mitad del abdomen sin molestarse en guardar las formas.
–Me cuesta confiar en la gente, eso es todo.
– Supongo que puedo comprender eso. –sonrió,
bebiendo de su café y subiendo las piernas al sofá,
mirando el pecho del moreno. – Por el contrario, tú
me inspiras confianza. Y de todos modos no soy un asesino. A veces
siento que me mira más como un sospechoso que como una víctima.
–Un asesino… – murmuró. –Todos podemos
matar con el incentivo adecuado. ¿Eres cristiano? –
le preguntó al ver como miraba su pecho. Riéndose
después.
– ¿Te parecería extraño? ¿Acaso
te parezco un demonio? – se rió también, sin
contestarle, finalmente murmurando. – Creo en Dios.
–No, ya te he dicho que sólo me pareces un niño
mimado. – se acabó el café y dejó la
taza en la mesa. – ¿Vas a la iglesia?
– No... Algunas veces. Me gustan las ceremonias. –
le sonrió, pensando en otro tipo de ceremonias, por supuesto.
– Pero creo que incluso en una iglesia habrían problemas
si se presenta un modelo famoso.
–Ya veo, pero…– se giró en el sillón
de lado y rozó su pierna contra la del rubio, la apartó
un poco al notarlo. No comprendía por qué aquel calor
cuando lo tocaba. –Es extraño que no haya capilla en
el retiro.
– ¿Lo crees? No hay por qué asumir que todos
nuestros clientes serán cristianos. En todo caso tendríamos
que poner un templo budista, una sinagoga... ¿entiendes?
– Le explicó, aunque lo había tomado desprevenido
la pregunta. Lo que sí había notado era aquel ligero
roce.
–Ya veo… a lo mejor tienes razón. – le
contestó por no otorgársela completamente. Enredando
los dedos en su propio cabello a la altura de la nuca y rascándose,
aunque eso le daba sueño. – ¿Tienes estudios,
Damian?
– Sí, historia del arte. Psicología básica,
filosofía...Ninguna carrera en particular. – respondió,
ya que se dejaba llevar por lo que le interesaba en el momento.
– Así que no soy sólo un modelo estúpido.
–Inconstante… ¿Para qué estudiar una
carrera cuando papá me tiene la vida arreglada, eh? –
lo miró a los ojos fijamente y luego la hora en su propio
reloj. –Son las diez y media. ¿Tienes hambre?
– Un poco. Tú también me juzgas... –
le sonrió amargamente, desviando la mirada. – Soy modelo,
es mi profesión. Y me gusta. No soy un chico bonito sin talento.
–No, ya he visto que tienes mucho talento… –
le concedió, ya que realmente se lo parecía, nunca
había visto una persona tan poco atractiva para él
y a la vez tan atrayente. –He traído comida china,
seguramente aún esté caliente, y aunque supongo que
no es la mejor dieta para un modelo… la verdad, no me importa
un huevo. – murmuró, cogiendo la bolsa y poniéndola
en la mesa.
Damian se rió, relajándose de nuevo. – No suelo
comerla, no. Pero no me matará por esta vez...

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