Capítulo
61
Sin Máscaras
Mañana, Clínica Siquiátrica Sakura.
Domingo 7 de Junio
–Sí, ya puedes marcharte… – Drago le apoyó
la mano en el hombro al chico que hacía guardia delante de
la sala del siquiatra.
– ¿Dejamos un patrulla aquí?
–Sí, por si acaso…– Drago le hizo una
señal con la mano para que se fuese ya si lo deseaba.
–Está durmiendo. – le advirtió el chico
antes de irse.
Drago observó la hora en su muñeca. Ya eran las
siete de la mañana y se sentía hecho polvo. No tenía
ganas de enfrentarse a una discusión ahora, y mucho menos
con alguien como él. Se sintió tentado a quedarse
afuera y dejarlo dormir, pero finalmente entró. Caminó
hasta el diván y se quitó la cazadora para cubrirle
los hombros con ella. Rozó su cabello con dos dedos y suspiró
desviando la mirada.
Kaigan abrió los ojos al sentir la leve caricia, sujetando
la cazadora contra su cuerpo y alzándose un poco. –
Adamo... no creí que fueras a venir aún. – lo
saludó con la voz somnolienta todavía. Había
tenido que tomar un somnífero para dormir y a pesar de eso
le había costado trabajo.
–Son las siete. – le aclaró. –Supongo
que no tengo por qué explicarte mi actitud en tu casa.
– No, lo comprendo... – se sentó pasándose
una mano por el rostro y exhalando. – Lo siento, no estaba
en mis cabales.
–Eso sí que puedo comprenderlo. Siento haberte metido
en esto. – se rozó la mandíbula con la mano,
la barba rascaba. Estaba un poco impresentable. –Tengo que
pedirte que te vayas con tu familia una temporada.
– ¡¿Qué?! ¿Estás loco?
No pienso irme... – negó, mirándolo serio. No
iba a salir huyendo y mucho menos lo iba a dejar solo.
– Tú estás loco si crees que puedes quedarte.
– le devolvió, hablando bruscamente también.
– ¿Es que quieres que te maten? ¿Quieres ser
otro fiambre?
– Claro que no. Pero no pienso huir, Adamo... – negó
con la cabeza, como aturdido. – ¿Qué hay de
ti? ¿Qué va a pasar contigo?
–Este es mi trabajo. Tú eres siquiatra, limítate
a hacer el tuyo. Es mi culpa por haberte animado a meterte en esto.
Ellos saben que estás conmigo. ¿Crees que no sé
lo que están haciendo?
– ¿Crees que yo tampoco? Soy el siquiatra de la policía
en todo caso. Es natural que me inmiscuya. No pienso retroceder.
Y tampoco voy a abandonar a mis pacientes de pronto. – continuó
negándose, necio.
–Dios… Eres insoportable. – se llevó
la mano a la sien. Cualquiera habría querido marcharse en
su lugar. – ¡Intento protegerte!
– ¡Y yo intento protegerte a ti! ¿No te das
cuenta? ¿Qué voy a hacer allá solo, preocupado?
¿Y qué van a pensar si huyo ahora? ¿Crees que
no pueden enviar alguien a matarme en Japón? – le sujetó
la mano como llamando su atención. – Adamo, ¿realmente
quieres que me vaya?
– ¡No! – se sentó en el diván
y arrastró las manos por entre su cabello. –Este caso
me está desquiciando… y eso es lo que ellos quieren…–
se frotó la cara y se subió las gafas a la cabeza.
Kaigan le rodeó los hombros, atrayéndolo hacia él.
– No lo permitas. Tú eres más fuerte que esto.
Lo sé, lo he visto. Yo no lo permitiré. Estaré
bien y tú estarás bien. No dejes que jueguen con tu
mente.
–La huella, era de unas deportivas, la misma marca que usaba
Ashram el día que hablamos con él. – lo miró
a los ojos largo rato. – ¿Seguro que no quieres ir
unos días con tú familia? No me detengo ante nada…
tal vez no quieras verme.
El médico lo miró a los ojos por unos segundos, pensativo.
– No, no me iré. Mucho menos si me dices eso.
–Bien… los dos hemos elegido, y está bien claro.
– Somos adultos responsables. Si nos asustásemos fácilmente,
no seríamos buenos en nuestro trabajo. – comentó
el albino sin soltarlo.
–Esto no va a salir bien…– le advirtió.
Observando su mano sobre la propia.
– Deje el pesimismo, detective. Los dos... Esto es algo de
los dos. – volvió a mirarlo a los ojos. – No
me diga que prefiere no intentarlo.
–Te digo que no me hables de ese modo cuando me siento susceptible.
No puedo no intentarlo. Ya sabes cómo soy. Creo que eres
mío, no hables como si de pronto pudiera ignorar eso…
– lo miró a los ojos también, y algunos cabellos
se soltaron de debajo de sus gafas sobre su mirada. –No veo
muy bien de cerca, la verdad…– le comentó de
pronto, para ver si quitaba ese aspecto serio de su rostro, a pesar
de que él estaba serio también.
El albino le sujetó la cara, alejándolo un poco.
– Funcionaría si te bajases las gafas. Creo que sólo
huyes de mí porque estás asustado. No es una buena
excusa, eso de no poder ver. – Le sonrió, porque realmente
veía ese reflejo de miedo en sus ojos. – No tiene por
qué salir mal.
–Voy a ser sincero, pero no quiero hablar con el siquiatra.
Voy… a ser muy sincero, tengo miedo de que te mueras. –
lo miró a los ojos fijamente de todos modos, pese a que veía
algo borroso.
– No te preocupes, hoy el siquiatra... está algo indispuesto.
– contestó como si se tratase de una personalidad que
pudiera guardar a su antojo. Lo cierto es que sus defensas habían
sido derrumbadas. – Lo sé, yo también tengo
miedo. No creas que no estoy consciente de lo arriesgado que es
este caso. Lo impulsivo que eres. ¿Por qué crees que
accedo acompañarte a donde vayas? ¿Sólo por
curiosidad?
–No, sé que lo haces para cuidar de mí. Es lo
que has deseado hacer desde que me conociste. – bajó
un poco la cara y se puso las gafas de nuevo. –Y yo me dejo,
a estas alturas ya deberías saber que me gusta.
– No te resistas entonces. Nos cuidaremos el uno al otro,
como lo hemos estado haciendo. Sin máscaras esta vez. –
se acercó un poco, besando sus labios.
Drago entrecerró los ojos, serio. –Mi resistencia
es parte de mi encanto. ¿Quieres escuchar lo que creemos
que sucedió?
– Sí, pero déjame traer al siquiatra de vuelta.
Yo no soy muy bueno sin su ayuda. – le sonrió, recostándose
contra el respaldo, observándolo.
–Antes de que venga, te mudarás conmigo. Ya que no
quieres irte, te quiero pegado a mi culo las veinticuatro horas,
no saldrás de la clínica sin mí y no irás
sin mí.
– Bien, si eso te hace sentir mejor... – suspiró,
pensando que iba a ser un problema, pero lo cierto es que lo hacía
feliz que le ofreciese quedarse en su piso.
–Ya veremos qué cojones digo en la comisaría…–
suspiró con fuerza. –Me haré la victima y diré
que eres un castigo divino, no creo que me cueste mucho. –
torció una sonrisa, sin poder evitarlo al meterse con él.
– Usted no es ningún paseo, detective. – le
devolvió, sonriendo de aquella manera. – Tendré
más tiempo para observarlo.
– ¿Profesionalmente, o hablas de mis nalgas? –
le preguntó serio, frunciendo el ceño para meterse
con él y recostándose un poco después, sobre
él. –Estoy agotado.
– Sospechaba que no habría descansado. Tendré
que atarlo a la cama para que duerma. En cuanto a lo otro... –
le acarició el cabello como distraído. – Tendrá
que vivir con la duda.
–No…– sonrió cerrando los ojos. –Puedo
ver esa clase de cosas en tu mirada. – deslizó la mano
por su pecho y de nuevo le abrió la camisa sin casi hacerse
notar, apoyando la cara en su pecho desnudo y entreabriendo un ojo.
–Déjame en paz…
– Yo no empecé esta batalla, Adamo. – sonrió
de una manera más dulce, ahora que no lo miraba directamente.
No, no hubiera podido irse si así lo hubiera deseado. No
podía estar alejado de él. – ¿Por qué
no duermes un poco? Tenemos tiempo...
–Sí… – se quitó las gafas de nuevo
y las dejó en el suelo, apoyando la mano en uno de sus muslos
y sujetándolo con firmeza, como para asegurarse de que no
se iba de donde estaba.
El albino se inclinó un poco para tomar sus gafas y colocarlas
en la mesita con cuidado, antes de abrazarlo contra sí, cerrando
los ojos también.

Continua leyendo!
|