.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 49
Truth hidden in Lies (Or is it the other way around?)

Madrugada. Casa de Adan y Aki
Viernes 5 de Junio

Damian se asomó por la ventana, con cuidado de no ser visto ni escuchado. Esta vez iba vestido de negro, como siempre que hacía ese tipo de cosas. Sabía que era el cuarto del moreno, ya lo había observado en varias ocasiones. También sabía que la ventana estaría abierta. Se deslizó dentro, rodeando la cama para encontrarlo dormido en el suelo.

Ashram entreabrió los ojos un poco, sin moverse del suelo. –No puedes entrar en esta casa…

–No, dijiste que no podía acercarme a tu familia. No lo hago. – le aclaró sin poder contenerse, agachándose a su lado luego y poniendo cara de inocencia. – Te he estado esperando.

El moreno empujó con un dedo la empuñadura de la katana por si tenía que desenvainarla rápidamente. –Sal afuera, no quiero que estés aquí.

– Ashram, por favor, ven conmigo. Te espero afuera. – le contestó con un gesto de tristeza perfectamente estudiado antes de salir por la ventana nuevamente.

Ashram se levantó tras observarlo salir. Preguntándose qué hacer y mirando el dibujo de Daniel que estaba haciendo en la pared del cuarto. Cerró la puerta de su dormitorio con pestillo y salió al jardín con la katana en la mano.

El rubio permaneció en silencio, esperando que se acercase por su propio pie, luchando con las ganas de sonreír. Alzó la mirada, extendiendo una mano hacia él, sin embargo.

El chico la miró y se acercó, aunque desde luego no le tomó la mano. – ¿Qué quieres? No quiero matar a nadie… – miró a un lado, pensando en el dolor que eso causaría a las personas que amaba.

– No tienes que hacerlo, sólo acompáñame. Se nos acaba el tiempo. – Le pidió bajando su mano, habiendo anticipado aquello ya. – Otro ángel morirá si no lo detenemos. No puedo hacerlo solo.

Ashram lo miró fijamente, no quería que murieran más niños. Más ángeles, pero tenía pesadillas desde que había visto a aquel rubio y no podía ignorar aquello. –Puedo protegerte si eso quieres.

–Eso quiero – le sonrió como si lo hiciera inmensamente feliz aquello. – Siento tener que pedirte esto. Hubiese preferido que vinieras a verme antes. – se dio la vuelta, echando a caminar.

–No quería verte. Tengo pesadillas y es por tu culpa. – lo siguió despacio, sujetándolo por la camiseta para que se detuviese. –Antes dime a dónde vamos.

– A la casa del asesino, es un doctor, un psiquiatra. – Le contestó, girando el rostro para mirarlo dulcemente. – No quiero provocarte pesadillas. No debes temerme. Soy Abaddon, el destructor, pero sólo destruiré a aquellos que no sigan Su palabra.

–No te temo, sólo me molestas. Me encontraba bien antes, y no me gusta ocultarle cosas a Daniel. – lo miró fijamente, observando su sonrisa. – ¿Dónde vive? No pienso ir por la calle para que todos me vean.

– Eres cruel, Belial. Sólo cumplo con mi misión, creí que comprendías eso. – suspiró, sintiendo que se le colmaba la paciencia. – Sígueme entonces. – echó a correr, seguro de que lo seguiría, metiéndose entre las casas y ocultándose en las sombras.

Ashram corrió tras él, sintiendo como un aroma familiar en las calles, aunque aquello no tuviese sentido alguno. Se coló por entre los barrotes de las escaleras de incendios, trepando tras el rubio y siguiéndolo hasta la ventana del dormitorio de la casa. El hombre estaba sólo y parecía dormir plácidamente.

Damian lo observó, sonriendo un poco, esperando que no le fallase. Claro que no tenía por qué. Todo lo que tenía que hacer era fingir. Se coló por la ventana, sacando una pequeña daga de entre su ropa mientras se acercaba a la cama de aquel moreno. Por supuesto que podía matarlo tranquilamente si así lo deseaba. Sin embargo, al alzar el arma con las aparentes intenciones de clavársela, le dio una sutil patada al colchón, haciendo que el hombre despertase, emitiendo un sonido de protesta y susto. Damian bajó la daga de manera que le diese tiempo a sujetarlo, luchando con él.

El moreno los miró, dando un paso atrás y de pronto pensando que era patético. El rubio cayó hacia atrás cuando el hombre lo empujó. Sacó un arma de debajo de la almohada y antes de que quitase el seguro sus manos cayeron al suelo. Acto seguido la sangre chorreó desde su cuello, por encima de Ashram, que bajaba la katana impasible. Sí, había sido un instinto. Era verdad, eso era él. El olor de la sangre… empalagoso. Le mareaba.

Damian lo observó, realmente impresionado. Sabía casi todo lo que necesitaba saber del moreno, pero nunca lo había visto matar en persona. Era increíble. Se puso de pie, tomando su daga nuevamente para no dejar evidencia que pudiese seguir. Aún así, se arrodilló junto al cadáver, sacando un crucifijo de esos que se podían conseguir en cualquier lugar y colocándolo sobre su cuello cercenado, luchando nuevamente por no sonreír. –“Belial, vamos...” – lo miró, saltando por la ventana nuevamente para bajar.

El moreno saltó tras él y lo detuvo, empujándolo ligeramente entre los edificios. –No puedo regresar así…

– No, no puedes, pero no regresábamos. – Se giró algo molesto porque lo empujase, pero fingiendo tanto como podía. – Hay otro piso cerca. En él podrás limpiarte. No he sido tan descuidado...

–No eres muy bueno en esto. – el moreno lo miró a los ojos. –Podrías no haber contado con ello, o simplemente no importarte…
– Ya lo sé. Por eso necesitamos tu ayuda. – Le devolvió la mirada, poniendo gesto de humildad ahora. – Belial, tú salvaste mi vida. Te estoy agradecido.

Ashram lo miró y suspiró. –No volveré a hacerlo y vamos, no debemos esperar más.

Damian se giró con el ceño terriblemente fruncido. ¿Cómo que no volvería a hacerlo? Suspiró, intentando relajarse y mantenerse en su papel mientras echaba a correr de nuevo, tenía que pensar en algo.

..........

El moreno entró por la ventana en la casa que el chico le había indicado. Era un piso vacío salvo por algunas ropas y cosas de ese tipo. Fue hacia el baño con la katana en la espalda y lo miró un momento antes de cerrar la puerta para quitarse la ropa y limpiarse. Su reflejo le pareció natural cubierto de aquel líquido rojo que empezaba a secarse. Necesitaba ropa y no se atrevía a pedirla.

El rubio exhaló con fuerza, pensando que era imposible, necio y desesperante. Había representado su papel a la perfección. A ese hombre lo hubiese podido de matar de mil maneras antes de que tomase su arma. Detestaba parecer débil y encima le decía eso. Le tocó la puerta, llamándolo con voz dulce sin embargo. – ¿Estás bien? Tengo algo de ropa limpia si la necesitas...

–Vale, pero no entres. Estoy bien, no me afecta haberlo hecho…– abrió la puerta tan sólo una rendija y extendió la mano para que le diese la ropa.

Damian le pasó la ropa con cuidado, pero sin apartarse de la puerta, a pesar de que el moreno había vuelto a cerrarla. – Siento haberte traído así, esperaba que lo comprendieras... Pero el tiempo está en nuestra contra.

–Hice la promesa de que no volvería a matar. – le aclaró el moreno, vistiéndose y saliendo. –Y quiero estar con Daniel.

– Lo sé, comprendo que no quieras hacerlo. No te obligaré. Pero esta es tu misión, asignada por Dios. Protegiendo a esos ángeles, proteges a Daniel también. – lo miró con tristeza, sin moverse de aquel lugar junto a la puerta. – Nacimos para esto, es la única manera.

–La única manera… ¿De qué? – le preguntó revisando que su katana estuviese completamente limpia. – ¿Quieres a alguien, Abaddon? Te he visto en un edificio…

– Qué preguntas… Claro que quiero a alguien. Has visto mi anuncio. – Le sonrió con suavidad, deseando que se mantuviera en una sola conversación a la vez. Pero tal vez eso le ayudaría. – La única manera de regresar, de redimirnos. Dios nos ha dado nuestras misiones para que podamos ayudarle, y así mismo, limpiar nuestros pasados. Si no vienes conmigo, seguiré ocupándome de ellos, pero no sé qué seré capaz de hacer.

–Tú crees que esto nos redimirá… ¿Eso te ha dicho tu…maestro? – preguntó reflejándose en él.

– Sí, pero no es sólo por eso. Lo siento aquí. – se tocó el pecho, sonriendo aún un poco de manera sutil. – Y lo haría aunque no me redimiese. Lo haría sólo por salvar a esos niños, ellos no merecen esto. – Lo miró a los ojos de pronto, acercándose tan sólo un paso. – ¿Por qué me odias?

–No te odio. Me pones nervioso, y eso no me agrada. – lo miró a los ojos sin moverse del sitio, se sentía retado al haber notado como se aproximaba. –Pareces un ángel, pero puedo notar que no eres del todo sincero. Tu sonrisa no es pura tampoco, eres mentiroso, pero no sé cual es tu mentira… porque lo que dices parece tener sentido.

Damian bajó la mirada, molesto, pero aún fingiendo. Lo cierto es que lo sorprendía su capacidad de observación. Siempre convencía a todo el mundo. – Soy un demonio, un ángel caído. Por supuesto que no soy puro, como tú. Si fuese puro no necesitaría redimirme. – se arrodilló en el suelo, apretando los ojos, logrando que se le escapasen algunas lágrimas. – Intento convencerte... porque sé que puedo ayudarte, sé que puedo ayudarlos.

Ashram le apoyó la mano en la cabeza y le acarició el cabello ligeramente. –Creo que eras hermoso con aquellas alas.

El chico alzó la mirada, sonriendo tan sinceramente como podía a través de las lágrimas. – Gracias... A veces desearía gritarlo. Lo que está sucediendo, pero nadie lo comprendería.

–Creerían que estás loco…– se arrodilló frente a él y lo miró a los ojos. –Pero debes saber que el detective que se ocupa del caso ya ha venido a mi casa en una ocasión, me ha buscado, y lo hará de nuevo cuando vea esas heridas en el cuerpo del doctor. También me preguntó si alguien había sobrevivido al culto de Arestiel… ¿Tú? ¿Tu maestro tal vez? No me mientas…

Damian negó con la cabeza. – Yo... y mi maestro. Pero él se había separado de ellos un tiempo atrás de que todo sucediera. Y yo era un niño. Mis padres murieron allí. – Lo miró serio, sincerándose, no tenía por qué mentir sobre aquello. Sonrió un poco, recordando. – Te vi una vez...

–No lo recuerdo… procuraba pasar desapercibido. ¿Te hacían daño?

– No realmente. Sólo cuando me castigaban. Porque no era muy obediente, ¿ves? – Le confesó, observándolo. – No era culpa de mis padres, Arestiel creía en la disciplina física. Y ellos creían en él.

–Claro que era culpa de ellos, nadie les obligó a creer en Arestiel y no les importó escuchar tu llanto cuando te pegaban. No hay excusas, aunque te duela.

– Yo creo que sí les importaba, pero creían que era por mi bien. – Le explicó, pensando que más que llorar, gritaba. Siempre había encontrado más fácil dejarse llevar por la furia en cualquier ocasión. – También podían ser muy cariñosos.

–El sexo no es cariño. – le advirtió.

– Lo puede ser. Depende de las circunstancias. – lo miró a los ojos, atreviéndose a tocar su mejilla, seguro de que no lo atacaría en ese momento. – Tal vez es sólo algo que quiero creer. ¿Piensas que eso está mal?

Ashram se quedó quieto, aunque se sentía un tanto incómodo. Pero no podía evitar verse de algún modo reflejado y le daba lástima. –Protegerse con mentiras está mal y no es digno. Tú eres orgulloso.

– Sí, lo soy... – sonrió, pensando que tal vez estaba siendo demasiado sincero, pero aquello parecía funcionar. Era mejor dejarse llevar. – Pero creo que ahora comprendes por qué hablé así de Arestiel cuando nos conocimos. Me preguntaba por qué lo defendías si te había hecho tanto mal.

–Porque yo también tengo mi orgullo y menospreciar a alguien a quien yo temía es menospreciarme aún más a mí. – bajó la mirada ligeramente y se miró las manos enguantadas en cuero. – ¿Cómo es él?

– ¿Mi maestro? Adramelek no es realmente mi maestro, más bien es… como mi compañero. Como un padre. – le sonrió, explicándole y pensando en el moreno. Esta vez su sonrisa era sincera a pesar de todo. – Es maduro, imponente, demanda respeto, pero no es un tirano ni nada así. Jamás me haría daño, por ejemplo.

– ¿Es a él a quien quieres? – le preguntó a pesar de que lo tenía bastante claro.

– Sí, es a él a quien quiero. – contestó, serio de nuevo. No era algo que pudiese esconder, ni quería hacerlo.

–No tiene nada de malo…– Ashram lo miró a los ojos. –Puedes querer a quien desees.

– Ya sé que no tiene nada de malo. – suspiró, cerrando los ojos por un momento. De todos modos, amar a alguien así de perfecto, no podía ser negativo de ninguna manera. – ¿Recuerdas lo que me dijiste acerca de acercarme a Daniel o a tu familia? Es algo así, pero no lo tomes a mal. Supongo que es natural. Aunque sé que no le harías daño.

–Tampoco quiero acercarme a él para nada, y no estoy a sus órdenes. – se levantó, no porque estuviera molesto ni nada por el estilo. En realidad quería volver a casa. Se sentía un poco culpable con Aki y deseaba sentir que aún lo quería. –Debo irme.

– Belial... – Damian lo miró sin levantarse aún. Odiaba aquello, pero tendría que aguantarlo si quería convencerlo. – Piénsalo por favor. Por ti, por los que quieres y por esos ángeles. Seguiré esperando.

–Bien…– el moreno saltó desde la ventana y se descolgó entre las calles para echar a correr de vuelta a casa, con Aki.

Capítulo 49
Truth hidden in Lies (Or is it the other way around?)

Madrugada. Casa de Adan y Aki
Viernes 5 de Junio

Damian se asomó por la ventana, con cuidado de no ser visto ni escuchado. Esta vez iba vestido de negro, como siempre que hacía ese tipo de cosas. Sabía que era el cuarto del moreno, ya lo había observado en varias ocasiones. También sabía que la ventana estaría abierta. Se deslizó dentro, rodeando la cama para encontrarlo dormido en el suelo.

Ashram entreabrió los ojos un poco, sin moverse del suelo. –No puedes entrar en esta casa…

–No, dijiste que no podía acercarme a tu familia. No lo hago. – le aclaró sin poder contenerse, agachándose a su lado luego y poniendo cara de inocencia. – Te he estado esperando.

El moreno empujó con un dedo la empuñadura de la katana por si tenía que desenvainarla rápidamente. –Sal afuera, no quiero que estés aquí.

– Ashram, por favor, ven conmigo. Te espero afuera. – le contestó con un gesto de tristeza perfectamente estudiado antes de salir por la ventana nuevamente.

Ashram se levantó tras observarlo salir. Preguntándose qué hacer y mirando el dibujo de Daniel que estaba haciendo en la pared del cuarto. Cerró la puerta de su dormitorio con pestillo y salió al jardín con la katana en la mano.

El rubio permaneció en silencio, esperando que se acercase por su propio pie, luchando con las ganas de sonreír. Alzó la mirada, extendiendo una mano hacia él, sin embargo.

El chico la miró y se acercó, aunque desde luego no le tomó la mano. – ¿Qué quieres? No quiero matar a nadie… – miró a un lado, pensando en el dolor que eso causaría a las personas que amaba.

– No tienes que hacerlo, sólo acompáñame. Se nos acaba el tiempo. – Le pidió bajando su mano, habiendo anticipado aquello ya. – Otro ángel morirá si no lo detenemos. No puedo hacerlo solo.

Ashram lo miró fijamente, no quería que murieran más niños. Más ángeles, pero tenía pesadillas desde que había visto a aquel rubio y no podía ignorar aquello. –Puedo protegerte si eso quieres.

–Eso quiero – le sonrió como si lo hiciera inmensamente feliz aquello. – Siento tener que pedirte esto. Hubiese preferido que vinieras a verme antes. – se dio la vuelta, echando a caminar.

–No quería verte. Tengo pesadillas y es por tu culpa. – lo siguió despacio, sujetándolo por la camiseta para que se detuviese. –Antes dime a dónde vamos.

– A la casa del asesino, es un doctor, un psiquiatra. – Le contestó, girando el rostro para mirarlo dulcemente. – No quiero provocarte pesadillas. No debes temerme. Soy Abaddon, el destructor, pero sólo destruiré a aquellos que no sigan Su palabra.

–No te temo, sólo me molestas. Me encontraba bien antes, y no me gusta ocultarle cosas a Daniel. – lo miró fijamente, observando su sonrisa. – ¿Dónde vive? No pienso ir por la calle para que todos me vean.

– Eres cruel, Belial. Sólo cumplo con mi misión, creí que comprendías eso. – suspiró, sintiendo que se le colmaba la paciencia. – Sígueme entonces. – echó a correr, seguro de que lo seguiría, metiéndose entre las casas y ocultándose en las sombras.

Ashram corrió tras él, sintiendo como un aroma familiar en las calles, aunque aquello no tuviese sentido alguno. Se coló por entre los barrotes de las escaleras de incendios, trepando tras el rubio y siguiéndolo hasta la ventana del dormitorio de la casa. El hombre estaba sólo y parecía dormir plácidamente.

Damian lo observó, sonriendo un poco, esperando que no le fallase. Claro que no tenía por qué. Todo lo que tenía que hacer era fingir. Se coló por la ventana, sacando una pequeña daga de entre su ropa mientras se acercaba a la cama de aquel moreno. Por supuesto que podía matarlo tranquilamente si así lo deseaba. Sin embargo, al alzar el arma con las aparentes intenciones de clavársela, le dio una sutil patada al colchón, haciendo que el hombre despertase, emitiendo un sonido de protesta y susto. Damian bajó la daga de manera que le diese tiempo a sujetarlo, luchando con él.

El moreno los miró, dando un paso atrás y de pronto pensando que era patético. El rubio cayó hacia atrás cuando el hombre lo empujó. Sacó un arma de debajo de la almohada y antes de que quitase el seguro sus manos cayeron al suelo. Acto seguido la sangre chorreó desde su cuello, por encima de Ashram, que bajaba la katana impasible. Sí, había sido un instinto. Era verdad, eso era él. El olor de la sangre… empalagoso. Le mareaba.

Damian lo observó, realmente impresionado. Sabía casi todo lo que necesitaba saber del moreno, pero nunca lo había visto matar en persona. Era increíble. Se puso de pie, tomando su daga nuevamente para no dejar evidencia que pudiese seguir. Aún así, se arrodilló junto al cadáver, sacando un crucifijo de esos que se podían conseguir en cualquier lugar y colocándolo sobre su cuello cercenado, luchando nuevamente por no sonreír. –“Belial, vamos...” – lo miró, saltando por la ventana nuevamente para bajar.

El moreno saltó tras él y lo detuvo, empujándolo ligeramente entre los edificios. –No puedo regresar así…

– No, no puedes, pero no regresábamos. – Se giró algo molesto porque lo empujase, pero fingiendo tanto como podía. – Hay otro piso cerca. En él podrás limpiarte. No he sido tan descuidado...

–No eres muy bueno en esto. – el moreno lo miró a los ojos. –Podrías no haber contado con ello, o simplemente no importarte…
– Ya lo sé. Por eso necesitamos tu ayuda. – Le devolvió la mirada, poniendo gesto de humildad ahora. – Belial, tú salvaste mi vida. Te estoy agradecido.

Ashram lo miró y suspiró. –No volveré a hacerlo y vamos, no debemos esperar más.

Damian se giró con el ceño terriblemente fruncido. ¿Cómo que no volvería a hacerlo? Suspiró, intentando relajarse y mantenerse en su papel mientras echaba a correr de nuevo, tenía que pensar en algo.

..........

El moreno entró por la ventana en la casa que el chico le había indicado. Era un piso vacío salvo por algunas ropas y cosas de ese tipo. Fue hacia el baño con la katana en la espalda y lo miró un momento antes de cerrar la puerta para quitarse la ropa y limpiarse. Su reflejo le pareció natural cubierto de aquel líquido rojo que empezaba a secarse. Necesitaba ropa y no se atrevía a pedirla.

El rubio exhaló con fuerza, pensando que era imposible, necio y desesperante. Había representado su papel a la perfección. A ese hombre lo hubiese podido de matar de mil maneras antes de que tomase su arma. Detestaba parecer débil y encima le decía eso. Le tocó la puerta, llamándolo con voz dulce sin embargo. – ¿Estás bien? Tengo algo de ropa limpia si la necesitas...

–Vale, pero no entres. Estoy bien, no me afecta haberlo hecho…– abrió la puerta tan sólo una rendija y extendió la mano para que le diese la ropa.

Damian le pasó la ropa con cuidado, pero sin apartarse de la puerta, a pesar de que el moreno había vuelto a cerrarla. – Siento haberte traído así, esperaba que lo comprendieras... Pero el tiempo está en nuestra contra.

–Hice la promesa de que no volvería a matar. – le aclaró el moreno, vistiéndose y saliendo. –Y quiero estar con Daniel.

– Lo sé, comprendo que no quieras hacerlo. No te obligaré. Pero esta es tu misión, asignada por Dios. Protegiendo a esos ángeles, proteges a Daniel también. – lo miró con tristeza, sin moverse de aquel lugar junto a la puerta. – Nacimos para esto, es la única manera.

–La única manera… ¿De qué? – le preguntó revisando que su katana estuviese completamente limpia. – ¿Quieres a alguien, Abaddon? Te he visto en un edificio…

– Qué preguntas… Claro que quiero a alguien. Has visto mi anuncio. – Le sonrió con suavidad, deseando que se mantuviera en una sola conversación a la vez. Pero tal vez eso le ayudaría. – La única manera de regresar, de redimirnos. Dios nos ha dado nuestras misiones para que podamos ayudarle, y así mismo, limpiar nuestros pasados. Si no vienes conmigo, seguiré ocupándome de ellos, pero no sé qué seré capaz de hacer.

–Tú crees que esto nos redimirá… ¿Eso te ha dicho tu…maestro? – preguntó reflejándose en él.

– Sí, pero no es sólo por eso. Lo siento aquí. – se tocó el pecho, sonriendo aún un poco de manera sutil. – Y lo haría aunque no me redimiese. Lo haría sólo por salvar a esos niños, ellos no merecen esto. – Lo miró a los ojos de pronto, acercándose tan sólo un paso. – ¿Por qué me odias?

–No te odio. Me pones nervioso, y eso no me agrada. – lo miró a los ojos sin moverse del sitio, se sentía retado al haber notado como se aproximaba. –Pareces un ángel, pero puedo notar que no eres del todo sincero. Tu sonrisa no es pura tampoco, eres mentiroso, pero no sé cual es tu mentira… porque lo que dices parece tener sentido.

Damian bajó la mirada, molesto, pero aún fingiendo. Lo cierto es que lo sorprendía su capacidad de observación. Siempre convencía a todo el mundo. – Soy un demonio, un ángel caído. Por supuesto que no soy puro, como tú. Si fuese puro no necesitaría redimirme. – se arrodilló en el suelo, apretando los ojos, logrando que se le escapasen algunas lágrimas. – Intento convencerte... porque sé que puedo ayudarte, sé que puedo ayudarlos.

Ashram le apoyó la mano en la cabeza y le acarició el cabello ligeramente. –Creo que eras hermoso con aquellas alas.

El chico alzó la mirada, sonriendo tan sinceramente como podía a través de las lágrimas. – Gracias... A veces desearía gritarlo. Lo que está sucediendo, pero nadie lo comprendería.

–Creerían que estás loco…– se arrodilló frente a él y lo miró a los ojos. –Pero debes saber que el detective que se ocupa del caso ya ha venido a mi casa en una ocasión, me ha buscado, y lo hará de nuevo cuando vea esas heridas en el cuerpo del doctor. También me preguntó si alguien había sobrevivido al culto de Arestiel… ¿Tú? ¿Tu maestro tal vez? No me mientas…

Damian negó con la cabeza. – Yo... y mi maestro. Pero él se había separado de ellos un tiempo atrás de que todo sucediera. Y yo era un niño. Mis padres murieron allí. – Lo miró serio, sincerándose, no tenía por qué mentir sobre aquello. Sonrió un poco, recordando. – Te vi una vez...

–No lo recuerdo… procuraba pasar desapercibido. ¿Te hacían daño?

– No realmente. Sólo cuando me castigaban. Porque no era muy obediente, ¿ves? – Le confesó, observándolo. – No era culpa de mis padres, Arestiel creía en la disciplina física. Y ellos creían en él.

–Claro que era culpa de ellos, nadie les obligó a creer en Arestiel y no les importó escuchar tu llanto cuando te pegaban. No hay excusas, aunque te duela.

– Yo creo que sí les importaba, pero creían que era por mi bien. – Le explicó, pensando que más que llorar, gritaba. Siempre había encontrado más fácil dejarse llevar por la furia en cualquier ocasión. – También podían ser muy cariñosos.

–El sexo no es cariño. – le advirtió.

– Lo puede ser. Depende de las circunstancias. – lo miró a los ojos, atreviéndose a tocar su mejilla, seguro de que no lo atacaría en ese momento. – Tal vez es sólo algo que quiero creer. ¿Piensas que eso está mal?

Ashram se quedó quieto, aunque se sentía un tanto incómodo. Pero no podía evitar verse de algún modo reflejado y le daba lástima. –Protegerse con mentiras está mal y no es digno. Tú eres orgulloso.

– Sí, lo soy... – sonrió, pensando que tal vez estaba siendo demasiado sincero, pero aquello parecía funcionar. Era mejor dejarse llevar. – Pero creo que ahora comprendes por qué hablé así de Arestiel cuando nos conocimos. Me preguntaba por qué lo defendías si te había hecho tanto mal.

–Porque yo también tengo mi orgullo y menospreciar a alguien a quien yo temía es menospreciarme aún más a mí. – bajó la mirada ligeramente y se miró las manos enguantadas en cuero. – ¿Cómo es él?

– ¿Mi maestro? Adramelek no es realmente mi maestro, más bien es… como mi compañero. Como un padre. – le sonrió, explicándole y pensando en el moreno. Esta vez su sonrisa era sincera a pesar de todo. – Es maduro, imponente, demanda respeto, pero no es un tirano ni nada así. Jamás me haría daño, por ejemplo.

– ¿Es a él a quien quieres? – le preguntó a pesar de que lo tenía bastante claro.

– Sí, es a él a quien quiero. – contestó, serio de nuevo. No era algo que pudiese esconder, ni quería hacerlo.

–No tiene nada de malo…– Ashram lo miró a los ojos. –Puedes querer a quien desees.

– Ya sé que no tiene nada de malo. – suspiró, cerrando los ojos por un momento. De todos modos, amar a alguien así de perfecto, no podía ser negativo de ninguna manera. – ¿Recuerdas lo que me dijiste acerca de acercarme a Daniel o a tu familia? Es algo así, pero no lo tomes a mal. Supongo que es natural. Aunque sé que no le harías daño.

–Tampoco quiero acercarme a él para nada, y no estoy a sus órdenes. – se levantó, no porque estuviera molesto ni nada por el estilo. En realidad quería volver a casa. Se sentía un poco culpable con Aki y deseaba sentir que aún lo quería. –Debo irme.

– Belial... – Damian lo miró sin levantarse aún. Odiaba aquello, pero tendría que aguantarlo si quería convencerlo. – Piénsalo por favor. Por ti, por los que quieres y por esos ángeles. Seguiré esperando.

–Bien…– el moreno saltó desde la ventana y se descolgó entre las calles para echar a correr de vuelta a casa, con Aki.


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