.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 47
A Cage of Thorns amidst the Roses

Tarde. Casa de Daniel.
Jueves 4 de Junio

Ashram llamó a la puerta de la casa de Daniel y esperó, mirando al suelo y pensando en lo que habían estado hablando los demás durante la comida. Sobre Azrael y Kiyoshi. Él siempre iba a tener que estar atado a Aki. Y le gustaba estar con él. Pero suponía que era una carga, y que tampoco era agradable para Daniel. –Soy yo. – le avisó al escucharlo acercarse a la puerta.

– Ashram. – El rubio abrió, sonriendo. – ¿Sabes una cosa? Esta puerta tiene una mirilla. Claro que no me sirve, pero sí que funciona cuando las personas no saben que estoy ciego. Una vez asusté a un chiquillo, aunque no era mi intención... – se rió, dejándolo pasar. Estaba vestido de blanco, tal y como le había prometido.

–Estás muy guapo…– Ashram sonrió levemente y lo abrazó con delicadeza. Recordando cómo le había preguntado a Abaddon sobre si Daniel era un ángel y lo que el chico le había contestado. Daniel no lo comprendía. Pero no importaba… algún día lo sabría.

–Gracias. Me hace feliz que lo pienses. Ven. – Lo llevó de la mano, sonriéndole y guiándolo hacia su escritorio. – Ya terminé tu rostro. Cierra los ojos y no me mientas.

–Vale…– se dejó llevar, un poco incómodo por no ver nada. Le hacía sentirse bastante indefenso. – ¿Por qué tengo los ojos cerrados, quieres que la toque? Yo no me toco a mí habitualmente…

–No, eso ya lo sé. Es porque quiero darte la sorpresa. Pero no es sorpresa si ya te lo dije. Creo que estoy un poco tonto. – se rió, sacando la tela que le había puesto para que no le cayese polvo por la noche. – Abre los ojos.

Ashram se aproximó un poco más y pasó los dedos por la arcilla. –Es increíble Daniel, está muy bien. Si que soy así…– el moreno miraba aún el modelo, sorprendido.

– ¿De verdad? Quiero decir... sí, claro. Así es como yo te veo. Pero no estaba tan seguro de mis habilidades de artista.

–De verdad…– le corroboró el chico. –Daniel… – lo miró, preguntándose si eso le pondría triste. – ¿Tienes alguna foto de cuando eras pequeño?

– Sí, aunque es mi madre quien las guarda. Yo no las puedo ver de todas maneras. – Sonrió, tocándole la mejilla con suavidad. – Pero tengo una porque me dijo que si conocía a alguien, iba a querer verla. Y luego me dijo que no me perdonaba si conocía a alguien y no se lo decía. – se rió, separándose de él para dirigirse a su habitación.

–Entonces deberías presentármela. No diré nada extraño y sólo pensará que soy un poco raro…– decidió. Siguiéndolo de todos modos y esperando.

– Ya pensaba hacerlo. Pero no sabía si te asustaría. Reunirte con mis padres. Ya sabes, como esas chicas que salen contigo en una cita y al día siguiente ya están planeando la boda. – Le aclaró, ya que en verdad le había preocupado que pensase aquello. – No es así, es que son muy protectores... – Abrió el segundo cajón de su mesita de noche, sacando aquella foto y mostrándosela. Era una foto de navidad en la que estaba sentado debajo del árbol con un regalo entre las manos y sonriendo a la cámara.

El moreno la observó, su madre estaba un poco más atrás y sonreía. Parecía una persona agradable, pero a él lo que más le llamaba la atención eran los ojos de Daniel. Claro, no eran del mismo color, se veían mucho más azules y vivos. Lo observó cómo tratando de explicarle en qué había cambiado. –No has cambiado mucho, sólo que ahora eres más guapo.

– Gracias. El accidente me dejó ciego, pero no desfigurado, aunque sí tuve algún hueso roto... – Bromeó, indicándole que no le afectaba ya. – Me pregunto si algún día inventarán las fotografías en braille.

–Para eso existen los grabados… – le dijo el moreno que no lo había pillado. –Yo te haré uno en estaño, y ya sé que no estás desfigurado, eso se nota.

– Lo sé, era una broma. Pero gracias, Ashram. – le sujetó la mano, apretándosela con cariño. ¿La quieres? Aunque podríamos tomarnos una juntos.

–Sí la quiero. Pero también quiero tener una foto contigo, aunque no me gusta sacarme fotografías. – le apretó la mano un poco también y se la soltó para guardarse la foto en la cartera. –Esta noche no voy a poder venir. Adan me vio salir de mi cuarto anoche. Me apresuré demasiado…

–Lo comprendo. En realidad... esta mal, ¿no? Te estoy poniendo en peligro. – suspiró, pensando que siempre se dejaba llevar. – No quiero hacerte mentir, pero tal vez pueda dormir en tu casa en algún momento. Bueno, si tú quieres...

–Yo quiero, y a mi hermano le parece bien, puedes venir siempre que quieras. Deberías… venir conmigo siempre. – le dijo nervioso, tapándole la boca luego, aunque con delicadeza.

Daniel sujetó la mano, sonriendo un poco y bajándola con delicadeza también. – Sospecho que ya sabes la respuesta. No puedo todos los días, tengo exámenes, tarea, pero... siempre que se pueda. Y que no moleste a tu familia.

–Ya…– Ashram miró abajo sin saber cómo reaccionar.

– Ashram... – Daniel escucho la desilusión en su voz y se pegó un poco más a él, alzando su rostro con una mano. – No significa que no desee estar contigo. Lo deseo, tanto como tú.

–Kiyoshi se va a ir a vivir con Azrael, los dos solos.

– Pero es distinto. –murmuró, entristeciéndose un poco. Sabía que ellos no podrían hacer eso. Se preguntaba si Adan y Aki lo aceptarían siquiera en su casa. Era como aceptar una carga más. – No importa. No tenemos que vivir como los demás. Encontraremos nuestra manera de hacer las cosas.

–Pero no quieres venir conmigo… – Ashram movió un poco un hombro, incómodo.

– Eso no es cierto. Es sólo que aún no es el momento. – suspiró, apretando su mano, intentando hacerlo comprender. – Quiero valerme por mí mismo. Tener una carrera. Y no sé qué pensarían tu hermano y su novio de tener que vivir con un ciego en su casa.

–No pensarían nada, no eres un ciego. Eres Daniel y estás ciego. Es igual…– se recostó en la cama y le sujetó la mano. –Supongo que sólo estoy preocupado.

– Ya, pero es difícil saber que tienes que andar con cuidado cada vez que mueves algo. Yo no podría desenvolverme con libertad en una casa ajena...

–Ya lo había pensado, no importa, seguiré saliendo por las noches a verte.

– No quiero que te lleven por mi culpa, Ashram. Iré a tu casa, por esta noche. Tal vez en un futuro, las cosas cambien. – sonrió esperanzado. Después de todo, Ashram se estaba portando bien desde hacía años. Tal vez en algún momento le permitiesen vivir con él si mantenían una relación estable.

–Tal vez. – le contestó por no desmoralizarlo, aunque sabía que no.

– Ashram... – Daniel se acostó a su lado y extendió la mano, sujetando su rostro con delicadeza hacia el suyo, al sentir aquella voz teñida de tristeza, besándole los labios de pronto.

El moreno se dejó besar y le pasó la mano por el cabello, besándolo también y recostándolo sobre él.

– “Te amo.” – le susurró el chico, acomodándose y sonriendo un poco sin poder evitarlo. Siempre se sentía bien entre sus brazos, como si perteneciera allí.

–A veces pienso… en que ojalá no hubiera matado a toda esa gente. Así podría estar siempre que quisiera contigo. Pero luego me doy cuenta de que no es así, no tuve elección, no pudo ser de otro modo… así que no puedo ni siquiera imaginar nada de eso. Yo nunca puedo elegir nada, mi vida siempre está dirigida por los demás. – se quedó en silencio, pensando de nuevo en Abaddon. Esa sí era su elección.

– No es cierto, tú me elegiste a mí. No tenías por qué estar conmigo. Elegiste qué estudiar también. – suspiró, comprendiéndolo de todas maneras. Por esa razón se había mudado solo después de todo, ¿no? Porque no quería depender de los demás. Lo comprendía mejor de lo que pensaba. – No es tu culpa, lo que sucedió antes. No tenías otra salida.

–No, no la tenía y eso sólo lo reduce todo a lo mismo. Quiero mucho a Aki, pero a veces quisiera huir muy lejos.

– Estoy seguro de que se pondría triste si le dijeras eso. – Le acarició la cara, bajando por su cuello con suavidad. – Pero creo que sé lo que quieres decir.

–Se pondría triste, ya. Pero yo no soy feliz.

– ¿Nunca? – Le preguntó, deteniéndose allí, la siguiente pregunta que se abría paso en su mente no sería justa. “¿Ni siquiera conmigo?”

–A veces me siento bien, pero no creo que eso sea ser feliz. – deslizó los dedos por encima de la mano que el rubio tenía sobre su pecho y cerró los ojos. –Siento como si siempre tuviera una correa en el cuello. Sé que no me merezco la libertad. Yo maté a toda esa gente, se lo arrebaté todo, a ellos… a la gente que los quería. Supongo que tengo suerte de que crean que estoy loco.

– No... Todo el mundo merece ser feliz, eso creo. – Se recostó contra su pecho, hablando suavemente, ya no sentía la tristeza en la voz de Ashram, la sentía dentro de sí. – Estoy seguro de que tu familia hace lo que puede por alegrarte. Pero no es posible realmente hacer feliz a alguien. ¿Tú crees que las demás personas son felices?

–Algunas personas lo son. Algunas personas a veces se sienten infelices. En mi caso es al contrario.

– Pero nadie es feliz todo el tiempo. – Cerró los ojos, aferrándose a él como si así pudiese hacerlo sonreír. – Te amo, Ashram.

–Yo también te amo. Antes de conocerte a ti no me sentía bien nunca. – lo abrazó con fuerza y se giró en la cama para acostarlo en el colchón a su lado. –Casi eres tan blanco como la ropa.

Daniel sonrió, negando con la cabeza. – Es porque nunca voy a la playa. – Bromeó, aunque sin muchas ganas, esforzándose. – Imagino que no te gusta.

–Me da igual, pero no me quitaría la ropa. Todos me mirarían y sería incómodo. No, creo que de todos modos me pondría nervioso.

– No te preocupes, no voy a invitarte a la playa. –se puso serio, abriendo los ojos de nuevo y suspirando. – Prométeme que no harás nada sólo por complacerme a mí. Me refiero a que si no quieres hacer algo o te pone nervioso, me lo digas y no lo hacemos, ¿vale?

–Vale, no me gusta la gente desnuda.

El chico sonrió sin poder evitarlo, esperando que no se molestara. – ¿Ni siquiera yo? Di la verdad.

–Tú sí me gustas, mucho… – miró a otro lado como si necesitase rehuir de su mirada realmente.

– Menos mal, porque me iba a sentir consciente de mi cuerpo. Y eso que dicen que el problema es el espejo. – se rió ahora sí, buscando su cuerpo con una mano nuevamente. – No te pongas nervioso.

–Bueno… – Ashram le sujetó la mano contra su pecho y se acercó un poco más, besándole los labios y mirando abajo entre ellos después. – ¿Puedo verte ahora?

– ¿Ahora? Creí que querías verme de blanco. Estoy de blanco... – enrojeció sorprendido, recapacitando luego. No tenía nada de malo. No quería hacerlo pensar que era algo prohibido. – Vale, ayúdame, ¿quieres? – le pidió, sacándose la camiseta.

–Vale. Así ya llega… – le dijo nervioso de pronto por si había pedido algo extraño. De todos modos no había estado muy convencido de que fuera una buena idea pedírselo cuando lo hizo.

– No, si quieres verme no me molesta. Me tomaste por sorpresa es todo. – sonrió, bajándose los pantalones de todas maneras porque había sentido las dudas en su voz.

Ashram lo miró, pensando que era un necio. – ¿No te da vergüenza?

– Un poco, pero... – sonrió un algo rojo, sentándose. – Quiero que lo comprendas, Ashram. Que estas cosas no son malas y que... mi cuerpo es tuyo.

El moreno lo miró un poco extrañado de que le dijese algo así y se arrodilló tras él, inclinándose hacia delante para apoyarse en su espalda con la cara. Entrecerró los ojos, imaginándose cómo se sentiría así apoyado si tuviese unas alas enormes y blancas. Rápidamente su mente tornó aquello en una visión ensangrentada y cerró los ojos abrazándose a él con fuerza.

– Está bien. – Daniel sujetó sus brazos, acariciándolos, notando aquella urgencia en su abrazo. – Yo siempre te voy a querer, Ashram. Lo sé.

–Y yo a ti…– olió su piel y le besó la espalda. Acariciándose contra esta y rodeándole el pecho con los brazos.

– Sí... – sonrió, deseando que fuese cierto. Que no se fuera a cansar de él o a verlo como otro grillete en su vida.


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