.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capítulo 45
I Love you so Much, it Scares Me

Madrugada. Casa de Adamo Drago.
Jueves 4 de Junio

Drago se quitó el casco y se pasó la mano por el cabello para peinarse un poco. Llevaba el ceño fruncido terriblemente y se veía más allá de molesto. Encendió un cigarro y sacó las llaves de su bolsillo, alzando la mirada y encontrándose con el siquiatra de frente. Entreabrió los labios, inclinando un poco la cabeza a un lado. – ¿Se te ha olvidado algo?

– Un detective caprichoso con alma de adolescente... – Le sonrió, acercándose un poco nervioso por cómo estaba actuando. – ¿Me vas a invitar a pasar?
–No lo sé… te has portado mal… – sonrió levemente sin poder evitarlo.

– No, he cedido, aunque me ha costado trabajo, y a pesar de que huiste de mi oficina esta tarde. Y traje una botella de vino. – Se la mostró, moviéndola un poco a manera de disculpa. Se preguntaba si se veía un poco cursi.

–No huí, me fui despechado para hacerte sentir culpable y que vinieras a consolarme, y a sentirte bien contigo mismo. Ha funcionado. Ya sabes que a los detectives nos encantan todas esas basuras sicológicas…– lo sujetó de la cintura, llevándolo con él. –Así que vino… ¿Eh? ¿Aún no has cenado?

– Sí, es sólo vino, aunque supongo que podemos comer algo. – lo miró a los ojos, pensando que de verdad era un niño caprichoso, aunque no le creía. – No me diga que no ha cenado, detective. Y no crea que no le preguntaré por qué venía con el ceño fruncido.

–No me han dejado detener al sospechoso por falta de pruebas, una mierda…– frunció el ceño de nuevo. –Aquí detrás hay alguien poderoso… – Abrió la puerta del piso y se quitó la cazadora, dejándola sobre uno de los sofás de mala manera. –Y sí, comí algo en el coche…– se llevó el cigarro a los labios mientras se quitaba el arma y la camisa.

– Alguien poderoso... ¿Un político quizás? – Le preguntó sin basarse en nada concreto, sólo especulando, a la vez que se sentaba en el sofá del moreno. – ¿Has podido hablar con él?

–No, ese hijo de puta me echó de su consulta, y encima he tenido que aguantar otra bronca del inspector sobre mis faltas a la hora de atenerme a las normas. – murmuró con el cigarro colgando de los labios mientras cogía unos chocolates de la nevera. –Dice que está harto de recibir llamadas diciéndole que no sabe manejar a sus empleados. Cómo si hiciera falta que nos manejasen. – siguió protestando mientras apoyaba la bandejita en la mesa por si quería alguno y se fue de nuevo a coger dos copas.

– Creo que tiene un punto. Pero eso no significa que no te comprenda. – Tomó uno de los chocolates, metiéndoselo en la boca, pensativo. No solía comer muchos dulces, pero de vez en cuando no estaba mal. – Aunque no sé cómo lo abordaste. ¿Te dijo algo? ¿Fue por alguna pregunta en particular? ¿O sólo se molestó porque lo interrogases?

–Sólo se molestó porque le dijese que era el detective Adamo Drago de la policía. – Torció una sonrisa y se sentó por fin. – ¿Te dice eso algo? O es que ya se me conoce como enemigo público, o es que tiene alergia a los policías.

–O es que tiene algo que ocultar. – se giró hacia él, observándolo. – ¿Cree que sea alguno de sus pacientes? O tal vez también lo hayan contratado a través de un vínculo. Asumiendo que es culpable, claro. En algún lugar se tiene que acabar la cadena.

–No lo sé, y no lo sé porque no tengo la maldita orden para registrar su casa ni su consulta. Sucederá la misma historia de siempre y volveremos a repetir el círculo. – alzó una mano y lo miró a los ojos, abriendo el vino y quitándose las gafas antes de servir en ambas copas. –Al final acabaré haciendo una locura, y podré vivir en paz conmigo mismo aunque viva en una celda.

– Adamo. – Lo detuvo molesto, carraspeando luego, sintiéndose poco profesional. Pero no estaban en la consulta, tal vez se había relajado demasiado. – Eso no ayudará a nadie. Eres un buen detective. Creo que eres alguien que le servirá mejor al mundo si permanece en libertad. Creí que ya habíamos pasado esta etapa autodestructiva.

Drago lo miró a los ojos, notando lo que hacía y ofreciéndole la copa para que bebiese. –No uses esas bazofias conmigo.

– No son bazofias. Es la realidad. – lo miró a los ojos, molesto, aceptando la copa finalmente y mirando el vino pensativo. – No quiero continuar nuestras visitas con un vidrio de por medio y guardias detrás de nuestras espaldas.

–Te creo eso, pero no esa mierda de que serviré al mundo, esa basura guárdatela para quien le afecte ayudar al mundo. – bebió un poco y se recostó hacia atrás en el respaldo del sillón. Tapándose la boca con la mano mientras le daba una calada al cigarro. –He tenido un mal día… –cedió después, disculpándose a su manera.

– Ya veo... – suspiró, pensando en que a veces le daban ganas de golpearlo como aquella vez. Pero eso no serviría de nada, sólo les haría daño a ambos. –A veces siento que no te valoras lo suficiente. No todos los policías son tan dedicados como tú. Sólo te digo lo que pienso, no tienes que ser tan agresivo.

–Ya me he disculpado…– susurró, apoyando el brazo en el respaldo y besándole un hombro.

– Tenga cuidado o le devolveré sus palabras. – suspiró, refiriéndose a aquello de que no perdonaba. Ya le resultaba bastante difícil expresarse así, no lograba controlarlo.

–No te enfades de nuevo…– suspiró, apagando el cigarro en el cenicero sobre la mesa y rodeándolo con un brazo para aproximarlo hacia sí. Le pasó la mano por la cara y lo hizo mirarlo a los ojos antes de besarlo con suavidad. – ¿No vas a perdonarme?

Kaigan suspiró observando sus ojos. – Eres incorregible, Adamo. Desesperante... – contestó asintiendo. Lo derrotaba, quisiera admitirlo o no. – No voy a permitir que cometas una tontería. Promete que me llamarás si sientes el impulso.

– ¿El impulso de allanar una morada y conseguir pruebas? ¿O te refieres a otra clase de impulsos?

– Adamo, no me tientes... – le advirtió, sin apartar la mirada, serio. – Promételo.

–Lo prometo, papi. – sonrió levemente, pensando que tenía un genio de los mil demonios, y encima le decía que no lo tentase. ¿Es que pensaba pegarle otro puñetazo o escaparse de nuevo?

– Sin bromas. – sonrió finalmente, besándolo en los labios. –Te odio, me desesperas y no me dejas pensar bien. Eso es la muerte para un psiquiatra. ¿Por qué, Adamo?

–No lo sé, tú eres el que responde a los por qué yo sólo los creo. – le pasó un dedo por los labios y la quijada. –Creía que no ibas a venir…

– Yo también. Pero no podía... No podía dejarte así sólo por mis inseguridades. – exhaló, sintiéndose débil. – Debo aprender yo también.

– ¿Por qué no querías venir? Ya me amas. ¿Qué puede empeorar? – le besó la mejilla de nuevo y olió su cabello, sonriendo levemente mientras le acariciaba el pecho.

– Que te sientas... Que te vuelvas más caprichoso. Estoy empeorando tus dependencias. – sonrió ligeramente, aunque lo decía en serio. No quería ser un salvavidas. Pero tal vez eso era lo natural.

–Oh… ya veo. Temes tener que proteger a alguien. ¿Qué alguien dependa de ti? – lo rodeó con delicadeza y se recostó hacia atrás en el asiento, llevándolo con él. –Pues siento decírtelo, pero desde el principio has estado deseando protegerme, así que no te niegues…

El médico lo observó, nuevamente serio, vulnerable en realidad. – No quiero... fallarte. Y ya dejé de pensar racionalmente.

–La racionalidad no viene a cuento en estos temas, doctor…– le desabrochó algunos botones de la camisa y se apoyó mejor en el cojín que tenía tras la espalda. –Vamos a la cama…

– Sólo vine a dormir. – le aseguró con una voz no muy convincente, pero poniéndose de pie. – Y eso... lo he escuchado muy a menudo. El amor no tiene razones, ¿eh?

–No, nunca sabrás a lo que vas cuando quedes conmigo. – se levantó también, y le rodeó los hombros mientras lo llevaba a su cuarto. – ¿Cuanto tiempo hace que no duermes al lado de alguien? – le preguntó ya en el dormitorio mientras le quitaba la camisa.

– No he dormido con nadie en este país. – Le confesó, dejándose desnudar con naturalidad. – No tengo la suficiente confianza.

–Eso es que confías en mí… – Sonrió levemente y se quitó la camiseta, abrazándolo para sentir su piel y besándole el cuello mientras desabrochaba su pantalón. Le pasó las manos por la espalda y las nalgas, una vez consiguió desnudarlo.

– Por supuesto que confío en ti. Si no confías en la persona que te salva la vida, ¿en quien puedes confiar? – Los ojos aqua del albino se alzaron para mirar los suyos intensamente. – Tú confías en mí también.

–Sí. Cómo no hacerlo después de haberme pegado un puñetazo de amor…– Alzó una ceja, metiéndose con él y separando las sábanas para que se acostase. Rascándose un poco la mandíbula mientras lo observaba.

– No fue un puñetazo de amor...– Sonrió un poco, metiéndose debajo de las sábanas y esperándolo. – Fue un puñetazo de furia, provocado por la preocupación que a su vez fue provocada por esa innegable atracción que ejerce sobre mí.

–Ah… o lo que también se conoce cómo te golpeé porque te quiero, o puñetazo de amor. – Se burló, sentándose en la cama y bebiendo de una botella de agua antes de recostarse hacia él. – ¿No estás muy lejos? – le preguntó susurrando mientras acariciaba su hombro.

– Estoy a una buena distancia, detective. – Bromeó, acercándose un poco y acariciando su pecho. – ¿Te sientes solo?

Drago lo miró a los ojos, sin sentir muchas fuerzas para disimular en ese momento. –Probablemente… – le pasó la mano por la cintura, dibujando su espalda con los dedos.

– Podemos hacer esto... cada vez que te sientas así. Es buena terapia, ¿no? – comentó, fingiendo bromear para no hacerlo sentir vulnerable. – ¿Alguna vez has traído alguien más aquí?

– ¿Para qué quieres saber eso? – lo miró a los ojos buscando una respuesta.

– Soy tu pareja ahora, es lo justo. Y tú me lo preguntaste a mí, respondí sinceramente. ¿Por qué no me quiere responder, detective?

–Uf… cuantos argumentos a la vez. No hace falta que te alteres. – se rió ligeramente. –Alguna vez, sí.

– Alguna vez. Ya veo... – Contestó, quedándose luego en silencio como perdido en sus propios pensamientos.

– ¿Qué ocurre? Si no lo querías saber… no haberlo preguntado. – suspiró levemente, apagando la luz, aunque no había cerrado las persianas. Bajó las sábanas hasta sus caderas mientras lo acariciaba.

– Sí lo quería saber, es sólo que... No es nada. – suspiró, seguro de que actuaba como un chiquillo de nuevo. Era una tontería ponerse inseguro por algo así. Eran dos hombres adultos y maduros. Por lo menos él lo era. Podía manejar los riesgos de una relación.

El moreno lo abrazó con fuerza, besándolo profundamente. –Hay cosas que no hace falta saber… – le aseguró.

– Eso suena peor aún. La sinceridad es la base de una verdadera relación. ¿No lo sabes? – Cerró los ojos como si fuese a dormir, aunque no creía poder hacerlo ahora.

–Quiero decir, sí, me acosté con algunas mujeres y las traje aquí, pero sólo fue para eso y no tiene ninguna importancia. Saberlo o no, no debería cambiar nada, porque no significaron nada. – Lo miró, apretando ligeramente la mandíbula y tratando de no pensar en todo lo demás sobre su pasado que nunca le podría contar.

– ¿Mujeres? Es bisexual entonces... Cierto, lo es. – asintió, recordando lo que le había contado. – No cambia nada. Sólo me sentí inseguro porque soy humano por más que razone. Podría decirse que eres mi primera relación real desde la secundaria.

–Eso ha quedado un poco lejos. – Suspiró, sonriendo levemente. –Pero no te voy a engañar, así que déjalo. Lo que haya sucedido antes no tiene importancia. Eso ni siquiera forma parte del pasado. Sólo era… un desahogo.

– Pero es el pasado el que nos hace lo que somos. Alguien me dijo eso hace poco... – Sonrió, pensando que sólo utilizaba aquellas excusas cuando le convenía. – No he permitido que nadie se me acerque desde entonces. No es que no me haya involucrado con personas, pero nunca fue algo profundo ni significativo. Un desahogo como dice usted, supongo. Y ahora estoy en la cama de un hombre al que he admitido amar. Y no dejo de tratarle de usted.

–Porque tienes miedo de entregarte, tienes miedo de muchas cosas, doctor. Pero a mí no me importa. Yo sé lo que quiero muy bien. – le pasó la mano por el cabello y se lo echó hacia atrás. –Puedes seguir usando esa frase en mi contra, pero tengo que decirte que ellas no forman parte de mi pasado, para eso al menos debería recordar sus nombres, y la verdad es que no. Ya te lo dije una vez… es muy duro. Tener este trabajo y estar solo.

– Puedo comprender eso. Pero siento como si no me lo dijeras todo. Está bien, no tienes que hacerlo. No es una sesión. – Suspiró, abriendo los ojos en la oscuridad de nuevo. Se sentía agradable aquella caricia. – Pero puedes confiar en mí.

–Ya sabes el motivo. Tú lo dijiste. No quiero decepcionarte y perderte. Ya te lo he dicho. Te amo.

– No lo harás. Ya trabajaremos en eso. – Le aseguró, dispuesto a tomárselo con calma. La confianza era algo que se ganaba, después de todo. – Yo también te amo, Adamo.

Drago sonrió levemente y le besó los labios con suavidad, abrazándolo mejor contra sí. –Y no querías venir…– susurró, besándolo de nuevo para que no contestase.

El albino tocándole el cuello con una mano mientras le devolvía el beso, cerrando los ojos de nuevo. Había deseado aceptar su invitación desde el principio, pero no se había atrevido a admitirlo.


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