Capítulo
42
Therapy
Medio Día, Clínica siquiátrica.
Miércoles 3 de Junio
Drago llamó dos veces a la puerta antes de pasar, ya que
de todos modos la secretaria le había dicho que estaba solo.
Se sacó la cazadora de cuero y cómo si estuviesen
dando marcha atrás en el tiempo abrió la boca para
espetar. –Según mi superior necesito hablar contigo…–
suspiró profundamente, dejando salir el humo de sus labios.
El albino lo observó, poniéndose de pie y acercándose.
– Te estaba esperando. Desde hace días... – añadió,
aunque lamentándolo. Aparentemente era una visita profesional.
Era precisamente por eso que no debías involucrarte sentimentalmente
con un paciente. – ¿Cómo has estado?
–Como es lógico estar en estos casos…–
el moreno se sacó el cigarro de los labios, observándolo
y poniéndose de pie también, ya que no le gustaba
hablar a alguien a otra altura. –Yo también estuve
esperando, pero al parecer debe haber más distancia desde
ti hasta mí, que a la inversa. Aunque teóricamente
el orden de los factores no debiera de alterar el producto.
– No quise molestarte, supuse que necesitabas tiempo... Y
también supuse que me llamarías, pero los psiquiatras
no somos buenos suponiendo cosas. ¿O sí? – le
sonrió, controlándose un poco y sentándose
de nuevo. Había notado aquel gesto en el moreno, pero lo
cierto es que sólo se había puesto de pie para dirigirse
a un sillón más cómodo. – Detective...
¿Ha sucedido algo que merezca esta visita de manera tan profesional?
–Probablemente que era mi mejor excusa sin tener que parecer
patético. Y no, no me he portado mal, sólo trabajo
de más, pero de algo hay que quejarse. Supuestamente lo hago
por la muerte de ese niño. – caminó hacia la
ventana, mirando afuera y dejando que la brisa lo refrescase un
poco.
– No necesitas una excusa para venir a verme. – Kaigan
se puso de pie, acercándose un poco a él, ya que la
situación había cambiado un poco. – Y no tienes
que avergonzarte por sentirte mal. Es lo natural. Tú querías
que ese chico sobreviviera. Yo también, pero claro... no
es lo mismo.
–No lo es…– murmuró el moreno, mirando
afuera. –Siento que cada vez me hundo más…
– Te hundes. ¿Por qué te hundes? Sé
que es difícil, pero tal vez lo que necesites es dar un paso
atrás. El que sufras por esos chicos te empuja a resolver
el caso, pero también puede cegarte.
–Cuando la vida de las personas corre de tu cuenta, doctor…
llegas un punto en el que sólo existes tú y el asesino.
Y cuando él va ganando es difícil usar la razón.
Porque entras en su mundo y allí nada tiene lógica
natural. Me están presionando. El alcalde quiere mi cabeza
en una bandeja, y el inspector no deja de acosarme.
–Es natural que cedas ante la presión. Pero piénsalo
de esta manera. Sin importar qué tanto te presionen, no lograrás
salvar a esos niños deprimiéndote. No sois sólo
tú y el asesino.
–No estoy deprimido, por favor. – lo miró de
soslayo, haciendo una mueca de disconformidad.
El albino permaneció observándolo. – Entonces,
¿cómo estás?
–Cansado, tengo sueño…– le contestó,
mirando a la calle de nuevo. La verdad es que estaba cabreado, no
comprendía qué querían de él. Ya hacía
todo lo que podía y más. –Probablemente podamos
cogerlo hoy o mañana, estamos tras la pista de alguien, pero
es igual, porque entonces al próximo lo matará otro
y ya está…– le dijo, revelando para los más
perspicaces su sentimiento de impotencia. –A ellos les da
igual, sólo quieren tener un culpable por cada asesinato.
No son mejores que ese “Dios”…– observó
el edificio de al lado mientras colocaban una pancarta publicitaria.
– Pero no puedes dejar otro niño morir sólo
para atrapar al verdadero culpable. – comentó, imaginando
lo que sentía y apoyando una mano en su hombro. –Tengo
algo que mostrarte, en realidad... te iba a llamar hoy.
–Que casualidad, yo creía que no ibas a llamarme
nunca…– se volteó y lo miró a los ojos.
–Dime.
– No sea pasivo agresivo, detective. – le sonrió
ligeramente, buscando en su escritorio. – Recibí dos
respuestas. Una de una enfermera que solía trabajar aquí.
Dice que una pareja muy parecida a los señores Martín
fue a la consulta del doctor Craner, poco antes de que empezasen
los asesinatos. Por supuesto... es un poco cotilla así que
podría estar exagerando y si eran ellos no utilizaron sus
verdaderos nombres. El caso es que sólo fueron una vez. Y
también... uno de mis colegas me envió esta lista.
– Extendió la mano mostrándosela. – Son
centros comunitarios en los que dan consejo psiquiátrico
gratuito. Algunos doctores se ofrecen como voluntarios... cuando
pueden.
–Así que hizo sus deberes…– le dijo,
revisando las notas por si le sonaban de algo aquellos nombres.
Se subió las gafas mientras le decía. –No soy
pasivo, eso debería usted saberlo ya…– se apartó
un poco, sentándose en el marco de la ventana. –Curiosamente
nuestro sospechoso es un doctor…
– Curiosamente. – asintió, mirándolo
y asumiendo por esa broma, que aún le quedaba algo de espíritu
de lucha. – Sí, creo que es activo, pero... no me terminó
de convencer la última vez.
–No quería asustarte, ya he visto lo malas que son
las películas porno japonesas…– murmuró,
molestándolo y aproximándose a la ventana de nuevo,
apoyando la mano con el cigarro en la cornisa.
– Hum... tal vez si sigue con esos comentarios, tendrá
que alquilar más. Ya sabe, para que no le falte... –
suspiró, pensando que eso no era muy profesional, pero prefería
verlo así. Y de todas maneras, estaba funcionando, aunque
los métodos fuesen cuestionables.
Drago lo miró, sonriendo malditamente. – ¿Y
quien le dice que me faltaría?
–Alguien a quien pudiese ofender. No soy un chiquillo, ¿lo
sabe? – le sonrió de vuelta.
–No, eso ya lo he notado…– le señaló
la publicidad en la fachada del edificio, ya que ya habían
acabado de colocar el enorme cartel donde un rubio vestido con sólo
unos pantalones negros aparecía arrodillado en un charco
de sangre con las alas a su espalda. –Algunos se sirven de
cualquier cosa para hacer publicidad. Hay que joderse…
– Bueno, esas cosas venden. El sensacionalismo... –
lo miró de soslayo, apartando la mirada de aquel cartel.
– ¿Le molesta esto?
–Me molesta mucho que se juegue con eso. Pero nadie puede
demandar a ese hombre. – le dijo, refiriéndose a Dante
Hamon. –Así que da igual lo que la opinión pública
sienta al respecto, el caso es que lo criticarán o lo apreciarán,
pero se saldrá con la suya. Que es vender a cualquier precio.
Pero el modelo no me molesta… ya ve…
– Ya veo... – lo miró más directamente,
alejándose y cerrando la persiana con una mano. – Problema
resuelto.
–Creí que no era un chiquillo… ¿O es
que cierra la persiana para tener más intimidad? –
se apartó de la ventana, ya que no tenía sitio para
apoyarse ahora.
– No soy un chiquillo, por eso cierro la ventana. –
le sonrió, apoyándose en su escritorio. – Son
malos modales, detective. Mirar a otro así... por lo menos
espere a que no esté delante.
–Sólo es un crío. ¿Crees que siento
el más mínimo interés? No lo sentiría
ni aunque estuviese delante. Aunque quien sabe… Tal vez él
me llamase.
– O tal vez usted le llamase a él. Quien sabe... –
contestó, alzando una ceja. – Creí que habíamos
pasado esa parte de la conversación.
–Es mi siquiatra, tendrá que hablar conmigo de lo que
yo quiera. Y yo quiero hablar de que siempre soy yo el que tiene
que ir tras de ti. Hablemos de eso. ¿De nuevo asustado de
las relaciones?
– Si vas a jugar la carta de que soy tu siquiatra, entonces
no debería hablar de mí. – Sonrió nuevamente,
negando con la cabeza. – Te dije que no soy bueno en estas
cosas. Nunca he estado en una relación realmente.
– ¿Has intentado llamarme? – le preguntó,
de todos modos molestándolo. La verdad es que se estaba sintiendo
mucho mejor. Pero no le apetecía decirle eso.
– No. Sí, pero no marqué. – confesó,
desviando la mirada y sintiéndose como un crío. –
Porque no sabía si debía llamarte. Si necesitabas
tiempo. Si...
–Te echaba de menos. – casi lo cortó el moreno.
–Eres un cobarde.
– No soy cobarde, es confuso... – suspiró, pensando
que era un inconsciente. – Yo también te extrañé.
– ¿Qué es confuso?
– Lo que debo y no debo hacer. Cómo debo comportarme.
Supongo que es tonto de parte de un siquiatra, pero... – negó
con la cabeza. – La última vez fuimos interrumpidos.
Supongo que me sentí desbalanceado.
–Eso no fue el mejor modo de acabar la tarde. Me pregunto
por qué siempre nos mantenemos a distancia uno del otro doctor.
¿No va a explicármelo? – le preguntó
desde donde estaba.
–Es porque somos similares, detective. En caso de que no
lo haya notado. – sonrió, mirándolo de nuevo.
– Cada vez que nos acercamos, uno de nosotros pone algún
tipo de barrera, como lo acabo de hacer hace un momento. En todo
caso... Adamo, los dos somos cobardes.
–Eso no me lo habían llamado nunca. – se subió
un poco las gafas, riéndose y mirando a un lado. –
¿Por qué lo soy?
– Es sólo mi opinión, pero creo que tiene miedo
de involucrarse demasiado. Puede salir lastimado, miedo de que al
conocer más de ti, pueda rechazarte. Que vea algo que no
quieres que vea... – lo miró a los ojos acercándose
un poco. – Y la última vez, intentaste apartarme por
miedo de que yo salga lastimado. Y dije que no te abandonaría...
– continuó más serio. – Discúlpame,
debí haberte llamado.
Drago lo miró sin saber qué decir. Un poco incómodo
ahora por aquel análisis de su personalidad tan indicado.
–No es lo mismo tener miedo que ser un cobarde. Los que tienen
miedo lo hacen de todos modos, los cobardes no.
– Pero los cobardes pueden cambiar. –se acercó
un poco más, sujetándolo por la nuca y mirándolo
a los ojos. – Detective, no sabe usted aceptar una disculpa.
Es otra cosa que he notado.
–Lo sé… No sé para que aceptar si no
voy a perdonar. – le sujetó la camisa, aproximándolo
un poco más. –Te lo recordaré todos los días
de tu vida…– le dijo, sin dejar de mirarlo a los ojos.
– Eso está mal. Debe dejar ir el pasado o siempre
le afectará. – le contestó sin apartar la mirada
tampoco.
–El pasado es lo que nos forma, olvidarlo sería muy
injusto para él. ¿Estás esperando a que te
bese? – le preguntó, sonriendo levemente y sujetándole
la cintura con las manos para que no fuera a protestar ni alejarse.
Aproximándolo a él y rozando la cara contra la suya
para oler su cuello. Se quitó las gafas y lo miró
a los ojos de nuevo. –No sé si puedo besarte y sólo
eso…
– No crea que puede aprovecharse de mí... –le
advirtió, aunque su aliento temblaba ligeramente. –No
necesita olvidar, sólo dejarlo ir. No dejes que rija tu vida.
–Ya lo he hecho varias veces, sé cómo saben
tus puñetazos, así que ya no tengo mucho miedo. Debiste
guardar esa carta para más tarde. – le besó
los labios por fin, sin poder aguantarse, rodeándolo con
ambos brazos y tirando de su chaqueta, metiendo las manos por debajo
para sacarle la camisa del pantalón y a las prisas al fin
tocar su piel.
Sus dedos se hundieron en su espalda y una de sus manos bajó
para sujetarle las nalgas, empujándolo y haciéndolo
apretarse contra su sexo erecto mientras respiraba agitado en su
boca.
El albino jadeó tan silencioso como pudo, respirando agitado
también, sin poder detenerlo a pesar de que sabía
que no era apropiado. – Esto... no está bien, detective...–
protestó, sin poder resistirse a besarlo nuevamente, su piel
caliente ante las caricias.
–No me importa…– jadeó el moreno, estaba
completamente excitado y lo empujaba contra la pared mientras abría
su camisa. Le besó el pecho mientras tiraba del nudo de su
corbata, mordiendo con suavidad aquella piel tan blanca. –Detenme.
– No. – se negó el albino, sorprendiéndose
a sí mismo y abriéndole los pantalones con algo de
prisa. Estaba nervioso. – No te detengas.
–No iba a hacerlo…– se soltó las bridas
de cuero del revolver, que cayó al suelo, y sujetó
la mano del siquiatra para que tomase su sexo mientras él
le abría el pantalón y dejaba caer toda su ropa. Respiró
profundamente, apartándose un poco para verlo desnudo y abriéndose
la camisa mientras se tomaba su tiempo en observarlo.
Kaigan acarició el sexo del moreno de manera algo apresurada.
Se sentía excitado. Aunque lo intentase no podía pensar
bien. Todo su cuerpo lo deseaba. La manera en la que lo había
observado, sólo lo incitaba más.
Drago se agachó, apoyando una rodilla en el suelo y pasándole
las manos por las piernas mientras su lengua se deslizaba por el
interior de sus muslos, acarició sus testículos con
ella antes de sujetar su sexo con la mano y metérselo en
la boca, devorándolo casi, de lo enfebrecido que se sentía.
Sus ojos grises se alzaron para observarlo y apretó sus nalgas
con fuerza para moverlo en su boca.
– Dios... – jadeó con fuerza el albino, llevándose
una mano a la cara enrojecida, intentando controlarse. No recordaba
si había cerrado la puerta. – Adamo... tu lengua...–
se recostó completamente contra la pared, moviendo una pierna
por el placer.
–Mi lengua… ahora va a por más. – jadeó
el detective. Deslizándola por una de sus caderas y por su
pecho mientras se levantaba. Lo besó profundamente y sujetó
sus nalgas antes de cogerlo en brazos y acostarlo en el diván.
Su mano jugando con aquel sexo empapado mientras su lengua tomaba
su cuello. Besándolo y notando cómo el albino se agitaba
por el placer, sus brazos rodeándolo, sus piernas separándose
para darle mejor cabida.
Deslizó los dedos por su espalda hasta llegar a sus nalgas,
pegándolo más contra sí para rozarse, su lengua
moviéndose desesperada dentro de la boca de Adamo.
El moreno se echó un poco hacia atrás, separándose
y sujetándole las piernas para subirlas a sus hombros. Observándolo
fijamente mientras sus caderas empujaban su sexo dentro del japonés.
–Oh…– se inclinó de nuevo, su rostro invadido
por el placer mientras de una embestida lo penetraba completamente.
Besándolo y sujetando sus piernas para que las mantuviese
erguidas y abiertas pese a todo.
No recordaba haberse excitado tanto jamás, su sexo parecía
derretirse dentro de aquel cuerpo suave y caliente que lo apretaba
haciendo que el vello se erizase en su espalda.
– Adamo... Adamo...–gimió el albino, aún
logrando mantenerse en aquel tono de voz no muy alto. Su cuerpo
moviéndose contra el del moreno siguiendo su ritmo. Se sentía
completamente caliente y apretaba las nalgas de Adamo con fuerza,
ayudándolo a penetrarle aún más mientras su
propio sexo pulsaba erguido entre ambos.
–Eres increíble…– el moreno se tumbó
completamente sobre él, rozándose con fuerza para
sentir su sexo contra el abdomen y le rodeó la cintura con
un brazo para pegarlo contra sí. –No puedo estar más
enamorado de ti…– le apartó el cabello hacia
atrás con una mano, observando sus ojos aguamarina y empujándose
con fuerza dentro de él, sin poder apartar la mirada de sus
gestos.
Kaigan sintió cómo su rostro se sonrojaba, aunque
no era algo que le ocurriese a menudo. Claro que, en esa situación,
probablemente ya estaba rojo. – Te... te amo... Adamo... –
contestó nervioso, aferrándose a él y jadeando,
estremeciéndose un poco. No iba a aguantar mucho más.
Adamo lo besó profundamente, frunciendo un poco el ceño
por el placer y ayudándolo a contener los gemidos. –
¿Puedo hacerlo dentro?... –le preguntó, soportando
tan sólo el tiempo justo hasta obtener una respuesta.
El albino asintió, su respiración entrecortada, aún
apretándolo más contra sí. Él mismo
lo deseaba de aquella manera. Sintió que ya no podía
más y lo besó apasionadamente para acallar sus gemidos,
corriéndose a la vez que alzaba un poco las piernas para
atraerlo sobre su cuerpo. El moreno le mordió el labio inferior
suavemente y se los lamió mientras el semen salía
a borbotones de su sexo. Se rozó contra su estómago
empapado y le besó el cuello mientras trataba de tranquilizar
su cuerpo.
–Esto... – Kaigan cerró los ojos, tratando de
tranquilizarse también, llevando una mano a su cara para
apartar el flequillo. – Esto fue malo... – se rió
en bajito, una parte de su mente sintiéndose avergonzada
por su irresponsabilidad, aunque no se arrepentía.
–Yo creo que ha sido muy bueno…– Adamo sonrió
levemente y se irguió en los brazos para poder observar su
rostro. –El inspector tenía razón, ahora me
siento mucho mejor…
– No creo que fuese esto lo que tenía en mente. No
soy un terapeuta sexual, ¿lo sabes? – sonrió
de nuevo, alzándose un poco sobre sus codos. – Pero
creo que también lo necesitaba.
Adamo se sentó en el diván, echándose el
cabello hacia atrás con las manos. –Pareces mucho más
joven sin traje, doctor…
– Tengo la misma edad sin embargo. – Lo observó,
sonriendo ahora tan confiado como si no estuviese desnudo. –
Nadie diría que eres un policía, detective...
– ¿Y eso por qué? Si me hubieras dicho que
te excitaba eso me habría dejado el arma puesta…–
lo miró de soslayo, esbozando una sonrisa.
– Así estuvo bien. No te esfuerces demasiado. Después
de todo, los japoneses no sabemos ni besar, ¿no es así?
– le devolvió sin dejar de observarlo, preguntándose
a la vez por qué aquella especie de lucha siempre surgía
entre ellos, y por qué ambos parecían disfrutarla.
– ¿Qué no me esfuerce demasiado? Eso lo dices
ahora, porque antes bien que me estabas metiendo caña para
que te lo hiciese bien duro…– le devolvió, levantándose
y besándolo profundamente. Estrujándole el cabello
en la nuca.
– No voy a olvidar lo que dijiste... –susurró
el albino contra sus labios, mirándolo a los ojos.
–No sé de qué me habla, doctor…–
el moreno se separó, cogiendo su ropa y la del albino. Se
la pasó mientras se subía los pantalones, observándolo
con una sonrisa en los labios mientras cogía un cigarro.
– No lo sabe, ¿eh? – sonrió el albino
también, empezando a vestirse. – Pero el pasado es
lo que nos ha hecho, es injusto olvidarlo... Y eso sólo fue
hace unos minutos.
– ¿Qué quieres? – le preguntó,
cerrándole la camisa y abrochando los botones poco a poco,
demasiado cerca para ser cómodo. Le levantó los cuellos
de la camisa y pasó la corbata plateada por este, anudándola.
– ¿Qué te diga que te amo sin estar haciéndolo?
Lo haré…– besó sus labios y sonrió
levemente, colocándole el cuello de la camisa. –Cuando
tú lo hagas.
– Yo sólo decía que no pienso olvidarlo. Nada
más. – Contestó, sonriendo aún un poco
y acomodándole la camisa al moreno como respuesta. –
Pero es cierto...
–Lo sé, lo sabía…– le besó
los labios, mirándolo a los ojos y sonriendo levemente. –Supongo
que tienes trabajo ahora…
– Tú también. Pero creo... que tomaré
unos 15 minutos para prepararme. – suspiró, seguro
de que así no se podía concentrar. – Te llamaré
más tarde. Así no tendrás que inventar una
excusa la próxima vez.
–Eso sería todo un detalle de tu parte…–
se sentó en el borde de la mesa mientras se colocaba el arnés
de cuero que sujetaba el revolver, y la placa en el cinto del pantalón.
–Bueno, debo irme…
Kaigan se acercó de nuevo al detective, sujetándolo
con suavidad por el cuello para besarlo. – Ten cuidado. Y
no te dejes estresar.
–Me ayudaría no dormir sólo esta noche…
– lo miró a los ojos para comprobar su reacción.
–Me ayudaría mucho…– lo presionó
antes de darle tiempo.
–No creo que necesite de esas cosas...– le contestó
serio, desviando la mirada luego. – Ya veremos.
–Ya veremos no me sirve, sí o no. Aprende a tomar
tus decisiones, ya eres mayorcito. – se subió las gafas
bastante serio.
– Sí, soy lo suficiente mayorcito como para no dejarme
presionar. – Alzó una ceja, algo molesto, cruzándose
de brazos. – No tienes por qué forzar las cosas.
–No estoy forzando nada, sólo quiero una respuesta,
no puedo estar a expensas de si te apetece o no pasar la noche conmigo.
De todos modos creo que ya has respondido. – cogió
su cazadora antes de salir por la puerta.
– Adolescente caprichoso… – murmuró el
médico, observando la puerta, tenso ahora. ¿Realmente
pensaba que eso no era presionar?

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