Capítulo
40
Purpose
Noche, Ruinas.
Sábado 30 de mayo
Las manos de Ashram estaban sucias por la tierra oscura que rodeaba
a la planta que trataba de sacar con sumo cuidado. No le llevaba
el rosal grande, si no uno pequeño que había nacido
por sí sólo en el mismo jardín. Quería
llevárselo a Daniel tal y como le había prometido.
De cualquier modo, esta vez la katana colgaba de su espalda, pues
no se fiaba.
Sin embargo, aquel par de ojos verdes lo observaba, al igual que
la noche anterior. Pero en esta ocasión no tenía ningún
interés en pasar desapercibido. La figura del chico rubio
salió de su escondite, caminando con gracia y agilidad hacia
el moreno, como si no le temiese. Vestía de blanco esta vez,
aunque no acostumbraba usar ese color muy a menudo, los pantalones
ajustados y la camiseta estratégicamente diseñada
para que se adhiriese a su cuerpo, mostrando algo de piel y a la
vez dándole un aire etéreo. – “Belial...”
susurró casi, sonriendo.
Ashram se volteó de golpe. Con el arma ya en la mano por
delante de su rostro. Hacía mucho tiempo que no escuchaba
ese nombre por boca de otro. – ¿Quién eres?
– preguntó sin fiarse en absoluto, pese a que su rostro
le invitaba a tranquilizarse.
– Alguien que te quería conocer, alguien que sabe
quien eres. Cual es tu misión. – le sonrió,
ladeando la cabeza juguetonamente, dando la impresión de
que no temía a su espada. – Soy Abaddon, aunque tengo
un nombre humano como tú.
El moreno se levantó despacio, observándolo atentamente
y desconfiando de él. –No es verdad.
– Es verdad. ¿Cómo explicas que sepa tu verdadero
nombre entonces? – le preguntó con un gesto de descontento
algo infantil, aunque poniéndose serio luego. – Sé
todo acerca de ti, cómo te sientes, lo que buscas.
– ¿Y qué es lo que busco? A mí no me
pareces un demonio… – bajó el arma, aunque no
la enfundó.
– Soy un ángel, como todos los demonios, ¿no
es así? – lo miró a los ojos, sonriendo de nuevo.
– Buscas tu camino porque estás perdido. Tienes una
misión, Belial, una misión importante. Pero nadie
lo comprende, ¿no es así? Tu familia, las personas
que te quieren, no comprenden nada.
–No, no comprenden nada. – Ashram lo observó
de distinto modo de pronto. Le parecía que no mentía
ahora. –Son ángeles realmente. ¿Verdad? Lo son…–
dijo. Seguro de que comprendería, de no ser así, aquella
conversación había acabado.
– Claro que lo son, lo han sido siempre. Pero alguien tiene
que encargarse de estas misiones. Alguien tiene que hacer que las
cosas sucedan. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio y sacrificarse
de esta manera, ¿no, Belial? – le sonrió de
manera algo cínica, como si fuesen cómplices. Le estaba
prestando atención, era perfecto. – Arestiel... nunca
comprendió tampoco. Te hizo sufrir más de lo necesario,
te utilizó para sus propios fines egoístas. Porque
no creía en ti. Y al final, el único que quedó
fuiste tú. Él no era más que un pequeño
hombrecito engañado por su propia ambición.
–Arestiel no era un hombrecito o tú mismo lo habrías
derrotado. Ya que tanto hablas de él. – lo miró
a los ojos, molesto por soportar que alguien dijese que ese hombre
al que tanto había temido era un insignificante. Eso lo convertía
a él en alguien aún más bajo. –Y tú
querrás utilizarme para tus fines, lo cual seguro que sí
es algo loable… ¿Verdad? ¿Los has matado tú?
– preguntó apretando el puño de la katana.
– No. Creo que no me has entendido. – le sonrió
de aquella manera de nuevo, bajando la mirada a su puño y
luego mirando los ojos de Ashram nuevamente, dando un paso hacia
delante. – Los demonios somos ángeles. Nos encargamos
de las misiones que los ángeles no pueden llevar a cabo.
Y les protegemos para que ellos no tengan que ensuciarse las manos.
¿No es así? ¿Por qué los mataría
entonces? – desvió la mirada, observando las flores.
– Todo lo que quise decir es que Arestiel no te comprendía,
estaba equivocado. Y yo, no estaba listo aún.
–No te recuerdo. – Ashram siguió su mirada
y luego se apartó un poco el cabello. – ¿Y cual
es tu misión, Abaddon?
– Encontrarte a ti, en primer lugar. – le sonrió
de nuevo, moviéndose a un lado sutilmente. – Protegerlos
a ellos. Y... estoy seguro de que lo demás lo sabes. Pero
necesitas que te lo confirme, ¿es eso? – dejó
escapar una ligera risa, aunque su sonido era cristalino, nada amenazador.
– Cuando el momento llegue... me será entregada la
llave del abismo y liberaré a los demonios y las criaturas
allí encerradas, para que destruyan a aquellas que no tengan
su sello.
–Abaddon cayó. Tú no pareces un demonio, pareces
un ángel. – Ashram lo miró, un poco sobrecogido
por aquel golpe de realidad que hacía de pronto su mundo
girar sobre el vértice. – ¿Qué quieres
de mí? ¿Estás solo? ¿A quien sigues?
– Abaddon es un demonio y un ángel. No dejas de serlo
porque caigas. – suspiró con un poco de tristeza. –
Eres justo como pensé que serías, muy observador.
No estoy solo, no. Adramelek me acompaña. Y de ti... sólo
quiero tu ayuda. Quiero darte lo que estás buscando, aquello
con lo que naciste, tu razón de ser.
–Mi razón de ser. La ejecución. Soy un arma…
no, no puedo volver a matar, me entregué… Aki. –
se volteó, enfundando la espada y volviendo a arreglar la
rosa, confundido.
– Aki no comprende. – contestó, atreviéndose
a murmurar aquel nombre, aunque sabía que era un poco arriesgado.
Se agachó a su lado, estirando una mano para tocar delicadamente
los pétalos de una de las rosas. – Y el chico para
quien recoges estas rosas... No vine a hacerte daño. También
los estarías protegiendo a ellos.
–No comprenden nada, nunca. – dijo serio, como meditando.
Lo miró a los ojos por un buen rato. –Si te acercas
a ellos te mataré, te mataré de forma tan lenta e
insoportable que creerás que es un alivio.
– No lo dudo. – sonrió sosteniendo su mirada.
– Pero no era una amenaza. Me refería a este mundo,
a la situación, a esos asesinos... Si un soldado va a la
guerra no sólo lucha por su nación, también
protege a su familia. ¿No es así?
–Sé a lo que te referías, sólo te estoy
previniendo, no es que no quiera que les hagas daño. No quiero
que te acerques a ellos, ellos no deben saberlo. – volvió
con el rosal, y con cuidado lo metió en una maceta para llevárselo.
–Es un ángel. ¿Verdad?
– Sí, un ángel... – sonrió de
nuevo el chico, relajando un poco su posición, aunque sin
tocar la tierra con las manos. – Precisamente por eso corre
peligro. No les diré nada, él no es parte de la misión.
Y los demás tampoco. No es nuestra manera de actuar.
–Tengo que pensarlo. No confío en ti. – se
levantó con la maceta en las manos. –Me tengo que ir,
no me sigas.
– Belial... Está bien, no tienes que confiar en mí.
No te presionaré, pero piénsatelo. – le pidió,
poniéndose de pie, aunque no pensaba seguirlo. Estaba claro
que no le convendría a ninguno de los dos.
– ¿Quieres que ejecute a los asesinos de los ángeles?
– le preguntó, mirándolo a los ojos. –Seguirán
muriendo entonces… ¿Por qué dicen que son siempre
asesinos diferentes? ¿Qué los impulsa? Por alguien
han de estar matando… ¿Quién los ha matado hasta
ahora? ¿Tú?
– Sí, he sido yo. Hasta donde he podido, pero no es
mi especialidad. – lo miró a los ojos de nuevo, con
una expresión sincera. – Son muchos porque el enemigo
es fuerte. Ángeles y demonios, al final existimos para el
mismo fin. Pero hay quienes no lo creen así.
– ¿Por qué lo hacen?
– ¿No acabo de decírtelo? No pueden ver la
realidad. No pueden ver que somos la misma cosa. Y ¿cuál
es la mejor manera de asegurar el triunfo del mal? ¿La victoria
de los demonios? Según ellos...
–Son una secta entonces… ¿Y Adramelek? ¿Cómo
es él? ¿Él te ha dicho que me encontrases?
¿Hay más? – siguió hostigándolo.
– No, sólo nosotros. Y sí, él me lo
ha dicho. Es... muy impresionante. – le contestó, pensando
que no conocía a nadie que preguntase tanto en tan poco tiempo.
Ashram le sujetó una mano, mirando luego la otra también,
sus palmas, manchándolo de tierra desconsideradamente. –No
tienes marcas…
– No, no tengo por qué tenerlas. Adramelek no me lastimaría
si eso te preguntabas. – le sonrió, aunque internamente
pensaba que odiaba haberse manchado de tierra sin ningún
sentido.
– ¿Y en el cuerpo? – preguntó, reacio
a tocarlo más allá para averiguarlo. Deseaba saber
si estaba sometido a algún tipo de presión.
El rubio lo miró serio por un momento, quitándose
la camiseta luego y antes de que pudiese decirle nada, bajándose
los pantalones, girándose para revelar tan sólo un
tatuaje en la parte baja de la espalda, una espada con alas de demonio.
– Por eso te dije antes que Arestiel te había hecho
sufrir innecesariamente. Adramelek no me maltrata y nadie te hará
daño. Hago esto de buena voluntad y sin temores.
Ashram dio un paso atrás alterado. Seguía sin parecerle
un demonio. Apartó la mirada incómodo. – ¿Dónde
podré encontrarte? Necesito estar seguro.
– Por supuesto. Volveré aquí, mañana
por la noche. Y si no vienes, entonces pasado mañana. –
se subió los pantalones, sólo porque se veía
nervioso, aunque no se volvió a poner la camiseta aún.
– Comprendo tus dudas, pero no intento engañarte. Aún
hay más ángeles en peligro, niños que aún
no conocen su verdadera identidad.
– ¿Y cómo sabré quienes son los responsables?
Yo sólo los ejecutaba. ¿Lo sabes tú?
– Adramelek me lo dirá. – le aseguró,
alzando la vista al cielo nocturno como si estuviese pensando en
algo. – Eres más que un asesino, Belial. Eres un instrumento
maravilloso, alguien verdaderamente especial.
Ashram lo observó pensativo, observando el tatuaje al final
de su espalda. –No estoy loco…
– Por supuesto que no. – negó el chico con la
cabeza. – Las personas normales no pueden comprender esto.
Y eso también tiene una razón de ser. Si no me hubieras...
pedido que me mantuviese alejado de esos chicos, yo te hubiese pedido
que guardaras el secreto.
–No se lo diría a nadie de todos modos, me internarían
en un siquiátrico y yo huiría. No podría volver
a verlos. Pero se lo diré a Lucifer, y si me dice que me
has engañado, te mataré. – le aseguró.
– No, Lucifer... – el chico suspiró, negando
con la cabeza. – Ese hombre no es realmente Lucifer. Él
nunca vendría a la tierra de ese modo, detesta todo lo humano.
Ese hombre sólo era un representante, ya ha cumplido su misión.
– le aseguró, mirándolo a los ojos, serio. –
Lo hizo bien, pero ahora no sería de utilidad. Y tampoco
sería justo con él, ¿no lo crees? Ya que no
es un demonio realmente.
–No lo entendería…– Ashram lo miró,
seguro de que lo que el chico decía tenía sentido.
–Debo irme, es tarde. – le dijo. Apartándose
y saltando sobre el tejadillo con la maceta, observándolo
de pie sobre las tejas, sintiéndose como si hubiese regresado
atrás en el tiempo.

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