Capítulo
39
A Sight for Sore Eyes
Tarde, casa de Daniel.
Sábado 30 de mayo
Ashram se movió un poco del sofá donde se había
dormido con Daniel apoyado contra él. Había descubierto
que el rubio dormía mucho, y no sólo eso, si no que
le hacía dormirse a él. Había tenido un sueño,
pero no había sido como los de siempre, había sido
tranquilizador. Le apartó el cabello de la cara, tocándole
los labios con un dedo.
Daniel sonrió, despertando y abrazándose más
a él, alzando un poco el rostro. – Nunca he dormido
tan bien. ¿Descansaste?
–Sí. – le besó la frente, observándolo
fijamente aún. –Yo no suelo dormir.
– Muy mal, todos necesitamos dormir. Yo me pongo de mal humor
si no duermo bien. – se rió, acariciándolo un
poco. – ¿Qué hora es? ¿Es muy tarde?
–Tú tienes mal genio. – Ashram miró
a su alrededor sin ver ningún reloj. –No sé
que hora es, no tengo reloj, creo que serán las ocho. –
le dijo después, observando la ventana.
–Vale, pero igual haré café. ¿Quieres
té? – le preguntó, recordando que prefería
las cosas dulces y levantándose un poco sobre él luego.
– No tengo mal genio, no sé por qué insistes
con eso.
–Porque lo tienes. – insistió de nuevo. Pensando
que era un necio. –No quiero nada, estoy bien, gracias.
– ¿Seguro? – suspiró, decidiendo no seguir
con esa lucha sin sentido acerca de su genio, mientras se levantaba
y empezaba a caminar hacia la cocina. – Esta noche me pondré
a trabajar en tu escultura.
–Tengo ganas de saber cómo me imaginas. Me gustaría
que pudieras verme. – le dijo sin percatarse de que tal vez
eso no era muy delicado. Lo siguió, caminando tras el. –Me
gustó verte cocinar.
– ¿En serio? Me alegra. – sonrió, poniendo
la cafetera a funcionar y apoyándose un poco contra la encimera.
– Pero sé exactamente cómo eres. ¿Por
qué quieres que te vea?
–Porque a mí me gusta mirarte.
– Pero puedes mirarme todo lo que quieras. ¿No es
mejor que no te vea? Así no te pregunto qué tanto
miras. – se rió, tomándoselo a broma como siempre,
sin siquiera pensarlo mucho.
–Sí, ya lo había pensado. – Ashram le
contestó sincero, observándolo. –Pero me gustaría
que me vieras al menos una vez, para saber qué opinas de
mí.
– Ya...– suspiró, seguro de que no lo comprendería.
Ashram era tan necio como él mismo. – Yo opino que
eres muy guapo, alto, dulce, especial, único.
–No es lo mismo. A lo mejor te decepcionas si me ves. Además
da igual. Yo quisiera que me vieses, y ya está. – sentenció.
Él no podía decirle lo que él deseaba o no.
– Sí. – asintió el chico, bajando un
poco la cabeza y girándose. – No me voy a decepcionar.
No lo haría. Pero debo lavarme el rostro. – Decidió
de pronto, apartándose para dirigirse al baño.
Ashram lo siguió con la mirada. Seguro de que probablemente
tenía ganas de llorar y se metió en el baño
con él. Apoyando la mano en la puerta y sintiendo como un
vacío en el estómago.
Daniel abrió el grifo apoyándose en el lavamanos,
temblando un poco. – Ashram... no me sigas. – le pidió
porque lo había escuchado allí. Se llenó las
manos de agua, mojándose el rostro y cerrando los ojos, restregándose
un poco.
El moreno lo observó sin querer molestarlo. Pero no podía
apartarse de allí. No sabía por qué había
hecho eso si ya sabía que Daniel sólo se estaba negando
mientras le llevaba la contraria. Se sentía la peor persona
del mundo. –Daniel… perdóname. – casi susurró,
sin atreverse a tocarlo. Sin comprenderse a sí mismo siquiera.
El rubio negó con la cabeza, tapándose la boca con
una mano, el flequillo mojado pegándose a su frente. –
No es tu culpa, ¿verdad? Pero... creí que me aceptabas
como soy. Nunca voy a ver, Ashram, nunca.
–No me importa que no puedas ver. Es sólo que…
no dejabas de decirme lo que yo quería o no. Creo…–
le sujetó el brazo, aproximándolo a él despacio.
– Sí te importa. Quieres que te vea, ¿no? Esto...
no te sirve – le mostró sus manos, dejando resbalar
las lágrimas por sus mejillas ahora que el agua las ocultaba.
Ashram le apoyó las manos en su cara, tocándose
con ellas y llorando por haberle hecho aquello. Abrazándolo
contra él con fuerza. No era capaz de expresarse, de decirle
lo que sentía. Se apretó un brazo con la mano, hundiendo
las uñas en él, buscando hacerse daño.
Daniel le acarició el rostro sintiendo la humedad, su expresión
cambiando mientras alzaba el rostro. – ¿Estás...
Estás llorando, Ashram? ¿Por mí?
El moreno sólo se atrevió a acariciar su cabello.
–Sólo pensé que si me vieses al menos una vez,
te pondrías contento. Y no lo quería decir y después,
ya no podía dejar de llevarte la contraria.
– Ashram, yo soy feliz con tenerte aquí. Con sentirte
de esta manera. No necesito verte con los ojos para ser feliz. –
le aclaró, intentando detener las lágrimas, tanto
las suyas como las del moreno. – No me entristece ser ciego,
ya no.
–Entonces no llores, sonríe. – le pidió,
abrazándolo aún con fuerza.
– Pero sí me entristece que no me acepten. –
sonrió ligeramente, apretándolo. – Necesito
que me comprendas.
–No soy bueno comprendiendo a la gente, a mí no me
comprende nadie, y no me quejo. Bueno, sí lo hago…–
admitió, notando que eso hacía. –Yo te acepto,
me da igual, sólo me entristece por ti, pero nunca por mí.
– Eres necio, Ashram. – se rió el chico porque
casi se había molestado con ese comentario sobre la comprensión.
– Yo intento comprenderte. Pero no quiero que te entristezcas
por mí. Odio la lástima.
–No me das lástima, pero no puedo alegrarme o pensar
que eres más feliz así. Algunas personas tienen tanto
miedo de dar lástima que no se dan cuenta de que sólo…
Los demás… sólo se preocupan por ellos. Por
que no pueden comprenderlo, nadie puede salvo ellos mismos. –
le dijo un poco confuso ya con su propio discurso.
El rubio suspiró bajando la cabeza de nuevo. – Pero
soy feliz, Ashram, puedo ser feliz. La única manera de ser
feliz es aceptando lo que eres, viviendo así, sin lamentarte
por lo que no tendrás nunca. Mi problema no es la ceguera,
son las personas.
–Sé que eres feliz, pero no voy a pensar que esto
te ha hecho feliz, Daniel… eres muy necio. No escuchas lo
que te estoy diciendo, tergiversas mis palabras.
– Pero normalmente... soy bueno escuchando. – se rió,
intentando calmarse, ambos eran necios. Estaba consciente de eso.
– No me hizo feliz, no. Es sólo que no quiero ser “ese
pobre chico ciego”.
–Pero yo no pienso eso. Para mí eres, eres un ángel.
Y no hay modo de que sienta lástima por ti de esa forma.
Aunque no me gusta dejarte sólo, pienso que algo puede pasarte
mientras no estoy. Pero no por estar ciego. – le advirtió
después por si de nuevo pensaba ponerse pesado.
– No lo digas así. – contestó escuchando
su tono de voz, pero acariciándole el rostro nuevamente.
– ¿Por qué? Me gusta que te preocupes por mí,
yo me preocupo por ti. Pero no me va a pasar nada.
–No sé por qué, sólo sucede. –
observó sus ojos y le tocó el cabello con las puntas
de los dedos de ambas manos. –Y lo digo así porque
tú siempre estás listo para enfadarte.
– Que no... – protestó el chico, ahora riéndose
con suavidad. – Estoy bien, lo siento. Es un tema sensible
para mí. Sé que no tienes malas intenciones.
–No, no las tengo. Yo te quiero, tal y como eres. –
suspiró. Pensando que había anochecido con tanta discusión.
–Debería volver a casa.
– Sí, se van a preocupar si no regresas pronto. –
suspiró, apoyando la frente contra el pecho de Ashram. –
Te extraño cuando te vas. Es infantil, lo sé.
–Puedo regresar, cuando todos estén durmiendo. –
le besó el cabello, sonriendo levemente y sujetando su mano
para que lo sintiese, ya que incluso él mismo se extrañaba
cuando sucedía.
La sonrisa que iluminó el rostro de Daniel no tenía
precedentes. Deslizó sus dedos por el contorno de sus labios
con suavidad. – Es hermosa, ahora no podré dejar de
sonreír yo en toda la noche.
Ashram lo abrazó con suavidad ahora, besándole el
cabello –Espérame durmiendo, yo volveré pronto.
– Bien, pero no lo prometo. Dormí toda la tarde, ahora
quiero trabajar un poco. – le recordó, pensando que
tenía la manía de enviarlo a la cama.
–Vale. – le besó los labios suavemente. Tocándole
la cara y aproximándose a la ventana. –Me voy. –
Le anunció.
– Ten cuidado, Ashram. Y come algo. – le recordó,
porque le parecía que sólo aceptaba postres.
–Sí…– le dijo antes de soltarse para
caer sobre el tejadillo. Corriendo para regresar a casa cuanto antes.

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