Capitulo
37
Levántate y Anda
Mañana. Apartamento de Adamo Drago.
Sábado, 30 de mayo.
Drago se pasó la toalla por el cabello mientras se lo secaba,
tenía la camiseta medio empapada por culpa del agua y aún
sentía más sueño que otra cosa. Se llevó
la taza de café a los labios. Secándose un poco más
la cara antes de colgarse la toalla de los hombros. Dirigiéndose
a la puerta para coger el periódico.
Sintió el sonido de papel arrastrarse y miró al
suelo, descubriendo una nota justo bajo su pie. Se inclinó,
dejando escapar un suspiro y abriendo el papel. La sangre pareció
helarse en su cuerpo al leer el mensaje.
“¿Cuánto tiempo podría haber resistido
Lázaro?”
¿Qué demonios significaba eso? Sus peores y más
pesimistas pensamientos acudían a él. Se levantó
raudo y telefoneó a la comisaría de policía.
Acto seguido encontrándose en el sumado desconcierto de estar
llamando al siquiatra. Colgó antes de que le contestase y
se apresuró a ponerse unos jeans sin tan siquiera molestarse
en ponerse la camisa.
Kaigan se quedó con la palabra en los labios observando
el identificador de llamadas, reaccionando y cerrando antes de salir
de su oficina. – Suspenda mis citas para esta tarde. –
le indicó a la enfermera, también dejándola
con la palabra en la boca a pesar de ser un comportamiento inusual
para él. Estaba preocupado, aquello parecía grave.
............
En menos de diez minutos ya se encontraba aparcando frente a la
comisaría, y entrando en la misma para preguntar por el detective
Drago.
–Hashimoto…– el detective lo llamó al
escuchar su voz. –Acompáñame…– le
dijo, sujetándole el brazo y haciendo que lo siguiese afuera
de la comisaría. –Esa nota. Los del laboratorio forense
están tratando de sacar algo en limpio de ella. Pero no puedo
quedarme de brazos cruzados mientras tanto.
– Lo sé, pero ¿a dónde piensa ir? ¿Tiene
alguna idea? – le preguntó, tratando de calmarlo un
poco. Aquello ya era un ataque personal, no podía negar que
le preocupaba.
–A los cementerios cercanos. Hemos llamado para preguntar
si en alguno han detectado movimientos estas últimas noches.
Al menos en cinco. Ah… maldita sea… – se pasó
la mano por el pelo. Increíblemente angustiado. – ¿Has
traído tu coche?
–Por supuesto, por eso llegué tan rápido. –
le señaló en donde estaba aparcado el coche, apresurándose.
– Tal vez esta vez desean que lo encuentre antes.
– ¿Esos cabrones? No lo creo…– Revisó
el mapa que tenía delante y lo miró de soslayo. –
¿Sabes donde está…San Sebastián? Vamos
allí.
El albino asintió, tomando esa dirección y manejando
tan rápido como podía. No creía en faltar a
las leyes de tránsito, pero seguramente al detective aquello
le importaba poco en ese momento. La verdad es que él tampoco
veía mucha esperanza.
Drago se apretó la mandíbula con la mano, estaba
tan nervioso que no podía ni fumar. De hecho ni siquiera
había recordado coger un paquete antes de salir de casa.
–El papel tenía dos huellas de pisadas en distintas
direcciones, ambas eran mías.
– ¿Qué significa eso? Parece una señal.
Dos direcciones... tal vez significa que está confundido.
Ninguna de las direcciones es la correcta. – comentó
pensando, refugiándose en aquello ya que no podía
dejarse llevar por la preocupación. Era un caso peligroso,
más de lo que había pensado.
El moreno lo miró fijamente. –Pisadas en dos direcciones…
– murmuró tratando de no pegarle un grito. –Eso
quiere decir una pisada en una dirección y otra en la dirección
contraria. Ya estaba ahí cuando llegué por la noche.
– Oh, lo siento... tiendo a... Ya lo sabe. – suspiró,
meneando la cabeza. – No pudo haberlo sabido, no es su culpa.
– aparcó en el cementerio, bajándose a la vez
que el detective.
–Deja de tratarme de usted…– murmuró,
pasando a hablar con el vigilante para que le indicase donde había
sentido la acción hacía dos noches. –Vamos…–
le hizo una seña con la mano al albino y se dirigió
hacia el fondo del cementerio. Revisando la tierra por ver si estaba
removida en los pocos ataúdes que había en el suelo.
La mayoría eran nichos, si estaba en un nicho… –Como
esté en un nicho, sin saber exactamente en qué cementerio
siquiera… será imposible.
– Lázaro, tal vez haya algo más en esa pista
que sólo una metáfora. Tal vez una referencia en una
lápida o una estatua... – sugirió el médico,
revisando con la mirada tanto como podía, murmurando para
sí. – Es una referencia a la vida eterna, es muy común.
–O a un enterrado vivo sin más. – contestó
el moreno que estaba “en plan negativo” y no podía
evitarlo. Se colocó la placa en la cintura de los jeans porque
ni siquiera había recordado hacer eso. Comenzó a peinar
el suelo, buscando algo. Sintiendo que cada minuto que desperdiciaban
era peor. No quería, no podía imaginar el terror que
debería estar pasando ese niño si es que aún
estaba vivo. Enterrado bajo tierra. Cuando te entierran vivo sufres
una regresión en la mayor parte de las ocasiones.
–Detective... nada. – suspiró, porque comprendía
que no era el momento, volviendo a buscar, alejándose un
poco. Era una situación desesperante, pero prefería
no pensar en eso. Se detuvo frente a la estatua de un ángel
que se llevaba un dedo a los labios pidiendo silencio y bajó
la vista, notando unas líneas en la tierra a pesar de que
aquello no era una tumba. – Detective... ¡Adamo!
El moreno se apresuró a ir hasta él. Mirando al
suelo y diciéndole al vigilante. – ¡Traiga una
pala!
–Claro. – el hombre salió corriendo para buscarla,
y al momento el policía comenzó a cavar cuidadosamente
ya que ni siquiera sabía cómo lo habrían enterrado.
Dios, deseaba que estuviese allí más que ninguna otra
cosa. Lo dejó casi al momento. –Esta tierra está
demasiado dura. No ha sido removida… – descolgó
el teléfono al recibir una llamada.
Kaigan suspiró desanimado, observándolo luego y recuperándose
al instante. – ¿Buenas noticias?
–La hoja tenía restos de ceniza, residuos de huesos
y pelo quemado de animal. – miró al albino por largo
rato sin decir nada. –Hijo de puta…– murmuró
de pronto. Volvió a coger el teléfono para llamar
a los demás chicos. –Dirigíos al cementerio
de animales. – le dijo al chico con el que hablaba, antes
de colgar y dirigirse al coche del albino. – ¿Sabes
donde está? Rápido. – lo apresuró a contestar.
– Creo que sí... – meditó, recordando
y luego asintiendo. – Sí, lo sé. Vamos. –
se dirigió al coche, apresurado, poniéndolo en marcha
en cuanto se hubo subido el detective. Por lo menos era una pista.
Drago golpeteó la puerta del coche con los dedos. Moviendo
la pierna que tenía cruzada sobre la otra y deseando haber
cogido sus cigarros. Comenzaba a necesitar uno urgentemente. Le
parecía que el siquiatra conducía como una tortuga
y no era así.
...........
Cuando llegaron ya había dos coches de policía y
varios chicos buscando por el cementerio. – ¡¿Habéis
encontrado algo?!
–Aún no. Pero no tienen vigilante tan siquiera.
Drago negó con la cabeza, pasándose una mano por
el cabello y mirando a su alrededor. –Perros lazarillo…
– le dijo al siquiatra, pegándole un ligero puñetazo
en el brazo y corriendo hacia una de las estatuas. –Busca
algo… por aquí.
– Sí... –contestó, tocándose el
brazo y agachándose un poco, ya que las lápidas era
más pequeñas como era de esperarse. La tierra allí
parecía mucho menos cuidada que en el otro cementerio. –
Perros lazarillo... Un valiente guardián, Un compañero
fiel... –empezó a leer en voz baja para mantenerse
ocupado mientras examinaba las tumbas.
– ¡Aquí!– gritó uno de los chicos
que llevaba a un pastor alemán con él. Comenzando
a remover la tierra con sus patas. Otro de ellos cogiendo una pala.
– ¡Con las manos! ¡¿Sabéis si
está en un ataúd?! – Drago por poco le pega
con la pala en la cabeza y se agachó a cavar junto con los
otros. Apartando la tierra con las manos.
Kaigan se acercó, ayudando a cavar sin pensar en nada más.
– La tierra está empezando a ceder... – avisó
por si estaban cerca ya que parecía no tener soporte. Le
retumbaba el corazón en el pecho, llevaba años sin
sentirse así.
–Aquí está…– Drago apartó
la tierra de encima de su cara. Los de la ambulancia ocupándose
del chico.
–Está vivo. – dijo uno de ellos, dándose
prisa en darle aire y poniéndolo sobre la camilla.
–Está vivo…– repitió Drago, casi
como si estuviese en medio de una pesadilla extraña y angustiosa.
–Nos lo llevamos. – dijo uno de los enfermeros mientras
se apresuraban a meterlo en la ambulancia.
Kaigan sonrió, aún exaltado de más, pero aliviado.
– Está vivo, detective. Puedes respirar.
–Sí…– Drago suspiró, sonriendo
ligeramente, aunque aún tenía miedo de que no pudiese
sobrevivir. Vigilando cómo se marchaba la ambulancia. –
Bueno… voy a echar una mano para recoger todo lo que pueda
ser una pista…– lo miró a los ojos serio de nuevo.
–Si quieres marcharte… me llevará de vuelta cualquiera
de estos. – se aproximó un poco más. –Aunque
si quieres quedarte… también puedes. – casi susurró.
Kaigan exhaló, negando con la cabeza ante su cambio de actitud,
aunque lo consideraba lógico. – Me quedaré,
cancelé todas mis citas de esta tarde. Y sinceramente, me
gustaría poder ayudar. – le respondió con voz
calmada, incluso si seguía internamente agitado.
–Probablemente habrán forzado la cerradura para entrar,
así que echemos un vistazo, allí tal vez pueda conseguir
algunas huellas… – se dirigió con el albino hacia
la puerta, vigilando también las pisadas en el suelo. Pero
aquello ya estaba demasiado hecho un desastre como para encontrar
algo de valor. –El inspector me ha dicho algo curioso esta
mañana… – le dijo mientras se ponía unos
guantes de látex y le pasaba unos al doctor.
– ¿Sí? ¿Qué le dijo? –
preguntó el médico con curiosidad, siguiéndolo
y observando el suelo por si notaba algo extraño. Claro que
no visitaba cementerios de animales tan seguido como para saber
qué era extraño y qué no.
–Me preguntó el motivo por el cual debía llamarlo…
– Oh... Creí que necesitaba mi ayuda, de una o dos
maneras. Pero quisiera saber cual fue su respuesta y si es la verdadera.
– le preguntó ahora él, observándolo.
–Me da miedo responderte cuando siento que es un examen…
– Bueno, pero no te voy a calificar, sólo quiero saber.
–Siempre me calificas. – se subió las gafas
ligeramente mientras se ocupaba de tomar las huellas. –Le
dije que querías supervisarme en mi medio de trabajo, para
estar seguro de que no hacía teatro durante las sesiones.
– esbozó una sonrisa mientras seguía con su
trabajo.
– Y normalmente ¿haces teatro? Porque debió
creerte, ¿no? – sonrió sin dejar de observarlo
ahora interesado en él. Realmente no servía para detective.
– ¿Lo ves? Me estabas examinando…– contestó
con una sonrisa en los labios.
–Ya te advertí que lo haría. Y si estoy aquí
en calidad profesional... Y como dijiste tú, para cuidar
de que no hagas teatro. Aunque la verdad... creo que hubiese sido
más creíble y realista el decir que estoy aquí
para asegurarme de que no entres en casas ardiendo o derrumbándose.
– le contestó, aparentemente serio, aunque una pequeña
sonrisa amenazaba con surgir.
–Mejor vigílese a sí mismo, que es el que se
quemó el brazo y la chaqueta fina…por hacer el intrépido.
– le devolvió. Guardando un trozo de fibra en una bolsita.
– Por protegerlo, querrá decir usted. Aunque si me
hubiese dejado llevar por mis sentimientos, ahora estaría
muerto y usted preguntándose qué demonios hacía
en esa casa yo. – sonrió seguro de sí mismo,
agachándose a su lado. – ¿Alguna vez tuviste
una mascota?
–No. A mi madre no le gustaban los animales y a mi madre
adoptiva no le gustaba nada. – lo siguió con la mirada.
–Así que sentimientos ¿eh?
– No le gustaba nada. Le gustaba usted. – sonrió,
pensando que ese hombre lo desquiciaba. Era como si hubiese dado
justo con la persona que le destrozaba todos sus parámetros.
– Sí, sentimientos, contrario a lo que puedas pensar,
aún soy un ser humano. Es sólo que me gusta controlarlos.
–Pero eres muy frío…– se levantó.
Caminando por los alrededores para echar un vistazo a las verjas
por si habían elegido ese camino. –Le gustaba yo, era
una chica mala.
– Una chica mala con un chico malo. Creo que debemos darle
gracias al cielo que no siguen juntos... – sonrió,
preguntándose si realmente era tan frío. Intentaba
no aparentarlo con sus pacientes, tranquilizarlos, pero era un balance
difícil.
–Eso me daría escalofríos. Ni siquiera me gustaba
en su momento. – le dijo, observando las vallas. –Y
se lo demostré demasiado claro. Tanto que me echó
de casa…– murmuró, explicándole un poco
más de su pasado, sólo porque sabía que sentía
curiosidad y tampoco veía el motivo por el cual ocultárselo.
– ¿Qué hizo? Como chico malo que es, asumo
que se portó mal. Tú sabías de sus sentimientos,
¿no? – lo miró, intrigado nuevamente.
–Por supuesto que sí, era completamente dependiente
de mí, me lo consentía todo. Me pagaba mis estudios,
me compraba todo lo que quería…– se acercó
a las verjas y examinó unos trocitos de tela que había
en la parte superior. Trepando por las vallas para cogerlos. –Me
pilló en la cama con unas chicas… y no le gustó
nada. – dijo serio y con la mente en otra parte, tratando
de sacar los jirones.
–Pero tengo la impresión de que usted quería
ser pillado. ¿O me equivoco? Tenga cuidado. – le advirtió,
vigilando lo que hacía por si perdía el equilibrio.
Lo cierto es que se preguntaba si no habría sido un auto
castigo ante aquella figura materna.
–No, no quería irme a la calle. Fue muy duro. Me quedé
sin nada y tuve que hacer de todo para pagar la universidad. –
saltó abajo y observó la tela. –Hay sangre,
sí. Creo que sí…
– ¿De todo? – el albino alzó una ceja,
cambiando de tema luego, prefiriendo observar si Adamo continuaba
hablando de eso por sí solo o no. Era importante dejarlo
decidir. – ¿Crees que la sangre sea del asesino?
–No puedo saberlo con sólo mirarla. Le daré
las pruebas al laboratorio a ver que nos pueden decir. De todos
modos no tiene mucho valor. Lo sabes… – suspiró
con fuerza y le sujetó el brazo a un chico que salía
con una bolsa. –Ten esto…
–Vale…
– ¿Tienes un cigarro? – cogió el pitillo
que le daba el chico y lo encendió antes de devolverle el
mechero. –Te veo el lunes.
–Sí, ciao. Que vaya mierda de sábado…–
se fue quejando.
– Sí tiene valor, serán cabezas de turco, pero
no son perfectos. Así como el primer asesino nos reveló
el paradero de esos chicos, este puede revelarnos algo más.
– le recordó, pensando que perdía las esperanzas
con facilidad. – Creo que puedo asegurarte que quien sea que
está detrás de esto, sí se cree perfecto, invencible
seguramente. Y eso... ese es el primer paso para cometer un error.
–Sí, pero ese hijo de puta es un cabrón muy
listo. De eso estoy seguro. – le dio una calada al cigarro,
aliviado. –Vámonos ya… Ellos se ocuparán
de lo demás… y debería ponerme una camisa…
No es lo más correcto ir por ahí mostrando el revolver.
–No se preocupe, usted también es un cabrón
muy listo. – sonrió el albino como si hubiera dicho
lo más normal del mundo y prefiriendo no hacer comentarios
sobre su revólver.
–Ha dicho cabrón… Qué maleducado, doctor…–
sonrió de medio lado. Burlándose y acompañándolo
al coche. Sentándose después de que abriese el albino.
– ¿Quieres comer conmigo?– le preguntó
serio, temiendo que tal vez era muy pronto. Pero le había
salido solo. Quería estar con él.
– Sí, ¿por qué no? Ya le dije que estoy
libre. Te dije. – se corrigió, sonriendo y poniendo
en marcha el coche. – Sólo lo dije porque te imitaba,
eso creo.
–Ya, ya…– el moreno abrió la ventanilla
y apoyó el brazo por fuera. –Así podrás
ver mi piso y sicoanalizarlo también.
– Qué proposición más interesante, detective.
– le devolvió, preguntándose si no tendría
segundas intenciones con esa frase. – Quería matarme
cuando lo vine a buscar. ¿No es así?
–No, Pero si te refieres a cuando te confundiste con lo
de las pisadas en el papel… no me hubiera importado ahogarte
un poco. Te hubiera soltado antes de que hubieses empezado a azular.
– Sólo intentaba ayudar, detective. No sé mucho
acerca de ese tipo de cosas y la verdad... es que me pongo nervioso
en ese tipo de situaciones. Usted me pone nervioso. – le confesó,
sin quitar la mirada de la calle.
–Y eso… ¿Por qué?– preguntó,
mirándolo de soslayo. –Aún no me he comido a
nadie.
– Me pone nervioso, no me da miedo, detective. – sonrió,
mirándolo de soslayo apenas por unos segundos. – Porque
contrariamente a mi filosofía, me preocupo más de
lo necesario por usted. Estaba pensando en ese niño, pero
también me preocupaba que se culpase a sí mismo. Intentaba
protegerlo a la vez que intentaba hacer mi trabajo. Eso no es muy
recomendable.
–A mí me gusta eso, cómo me cuidas…–
sonrió levemente. Aguantándose la risa y mirando hacia
fuera. –Yo creo que te pongo nervioso por otras cosas también…
– No esta mañana. No me... No me distraen esas cosas
cuando está la vida de un niño de por medio. –
le aseguró, sonriendo de manera extraña.
–Oh… ya veo… pero después sí.
¿Verdad? – sonrió de medio lado, mirando hacia
él ahora.
– Después... soy humano, Adamo. – negó
con la cabeza, sintiéndose extraño de contestar algo
así, pero era la verdad.
–Gracias a Dios sí. – el moreno suspiró
suavemente. Dejando salir el humo. –Así que…–
se acercó un poco a él para molestarlo. – ¿Fue
la camiseta o mis nalgas de adolescente?
– ¿Le gustaría que me estrellase? Mejor quédese
quieto hasta que lleguemos. – se rió, evitando el contestarle
por el momento.
–Cuando me riñes me hablas de usted. – le dio
un beso en la oreja antes de sentarse bien de nuevo. Riéndose
entre dientes.
– Y pareces muy divertido por eso. ¿No serás
un poco masoquista? – preguntó, mirándolo de
nuevo y aparcando el coche por fin frente a aquel edificio. –
¿Por qué me gusta este lado tuyo? Es ilógico
e infantil. Me desespera.
–Yo creo que debe ser porque es usted un poco masoquista,
sin duda. – sonrió. Saliendo del coche y riéndose
mientras buscaba las llaves en el bolsillo de sus jeans. –
¿Sabes cocinar o pedimos algo?
–Depende de lo que tenga en la casa. No sé hacer platos
complicados. – le confesó, siguiéndolo sin poder
evitar que sus ojos bajasen al contorno de sus nalgas. – ¿Qué
suele comer?
–No suelo comer en casa, sólo ceno de vez en cuando.
Y entonces hago pasta, es lo único que se hacer. ¿Te
gusta la carbonara? – le abrió la puerta del ascensor,
murmurando con lo que ahora ya sólo era una colilla en sus
labios. La tiró al suelo del ascensor y la pisó, echando
el humo a un lado. Y abriendo la puerta de nuevo en el segundo.
– Sí, me gusta. – asintió, pensando
que deberían inventar los ceniceros ambulantes o poner un
cenicero en los ascensores. Entró en el piso, notando la
manta sobre la silla del comedor. – ¿Duerme en su cama,
detective?
–Cuando llego a ella… – le contestó.
Dejando el revolver en un cajón con la sobaquera y la placa
junto al mismo. Tiró de la manta y del almohadón y
los dejó sobre otro sillón. – ¿Por qué
soy tan descuidado? ¿Me lo dirás?
– No lo sé, creo que debo ahondar más en ese
asunto. – sonrió, pensando que no le había pedido
que moviera aquello. – Tal vez es sólo parte de su
acto de niño malo.
– ¿Acto? Así que…– entró
en la cocina y cogió una pota para llenarla de agua y ponerla
a hervir. –En realidad soy un niño bueno…
– Eres el prototipo de chico malentendido. Actúa mal,
pero en realidad tiene un corazón de oro... ¿O no?
Pero no creo que todo sea un acto, creo que realmente disfruta portarse
mal. – continuó ya que eso le pedía, apoyándose
contra el marco de la puerta.
Drago se rió, negando con la cabeza. –Puedo asegurarte
que mi corazón no es ni de hojalata, pero si te da morbo
crearte esa imagen de mí, por mí está bien.
– comenzó a batir unos huevos con la nata y lo miró.
– ¿Sabes qué creo yo? Que eres un niño
bueno, pero en realidad te mueres de ganas de portarte mal. Y eso…
no es ser un niño bueno, pecar de pensamiento también
es pecar.
– Pero yo no dije que fuera un niño bueno. No realmente.
– se rió de pronto, sintiéndose extraño
de estar allí en un día de trabajo, observando a ese
hombre cocinar como si nada. – Aún así ya se
lo dije, los niños buenos quieren ser malos. Y los malos,
buenos.
– ¿Y lo consiguen doctor? ¿Consiguen cambiar?–
sonrió maliciosamente, mirándolo a los ojos, intrigado
por su respuesta.
– Algunos... algunos logran resultados sorprendentes supongo.
O yo me moriría de hambre. No me entusiasman mucho las consultas
para dejar de fumar y esas cosas.
–No, ¿Verdad? Porque en realidad le gustan los hombres
que fuman…– se metió con él. Recordando
los cigarros y saliendo un momento a buscarlos a la mesa del salón.
– ¿No quieres uno?
–No, admito que me he visto tentado, pero sólo necesito
pensar en las consecuencias. Sabe... no me molestaría ayudarlo
con eso. – sonrió, esperando su respuesta.
–Ah… no, no quiero que trates de convertirme en un
niño bueno. – se apoyó con las manos en la mesa
tras él. Observando la zona de su abdomen. – ¿No
quieres quitarte la chaqueta?
– Quiero cambiarme de ropa, la verdad, pero no es posible.
– se quitó la chaqueta como se lo había sugerido
colocándola con cuidado en el respaldo de una silla. No estaba
acostumbrado a andar por ahí lleno de tierra.
– ¿Cambiarte? Yo creía que vestirías
de traje todos los días. Hasta el domingo. – lo miró
serio. Fumando y apartándole una silla. – ¿Quieres
sentarte?
– Qué amable está, detective. – sonrió,
sentándose y apoyando un brazo en la mesa. – No me
visto de traje los domingos, pero la clínica está
abierta los sábados también. Hay personas que pueden
ir en los días de semana.
– ¿Y cómo te vistes? – le preguntó
curioso.
– Ropa casual, pantalones, camisas... no sé. ¿Qué
pensaba usted? – lo miró un poco serio, aunque era
por la curiosidad.
–Pantalones y camisas… entonces sí que te vistes
igual. – alzó una ceja, echando el agua de la pasta
en el fregadero y vertiendo la salsa en la pota para que se cuajase
mientras freía un poco de tocino. –Dudaba mucho que
fuera a decirme que usaba un chándal o unos jeans.
– No, no soy de ese tipo. Pero no me pongo ropa de trabajar.
¿Está decepcionado? –continuó mirándolo
con una ligera sonrisa en los labios ahora.
–No, pero creo que sí lo habría hecho de decirme
que se ponía una camiseta. – se rió entre dientes.
Sirviendo los platos y cogiendo una botella de vino. – ¿Quieres
comer en el sofá del salón? No es lo más tradicional,
pero es mejor que la cocina.
– Es tu hogar, supongo que tú haces las reglas. –
tomó su plato, saliendo de la cocina tranquilamente y sentándose
como mejor podía con el plato en las piernas. – ¿Siempre
come aquí?
–No, casi siempre como fuera. – le recordó,
acercando la mesa baja para que se apoyase ahí si quería.
–Qué pijo eres.
– No soy pijo, soy educado, detective. ¿Tiene problemas
con la gente educada? – le preguntó, mirándolo
a los ojos y dejando el palto sobre la mesa, empezando a comer.
–Define problemas. – le sirvió vino en la copa
y se recostó hacia atrás, comiendo con el plato en
una mano.
– Le molestan, le desesperan... no lo sé. Esto está
delicioso. – comentó de pronto, ya que había
quedado gratamente sorprendido.
–O se hace bien o no se hace…– el moreno se
colgó las gafas de la camiseta, aunque no veía muy
bien sin ellas, pero no quería que le dejasen marcas. –Entonces
no tengo problemas con ellos. Generalmente no soporto a la gente
maleducada.
– Me sorprende... – se rió, observándolo
ya que lo consideraba un rebelde. – Pero creo que voy a acostumbrarme
a que me sorprenda.
–Ya no sería tan divertido. Aunque si lo dices porque
quieres estar conmigo, y que de tanto estarlo te acostumbrarás
a ello…
Entonces puede que sea entretenido de todos modos. – bebió
un poco, apoyando el plato sobre sus piernas. –No tiene que
ver ser educado con ser refinado. Por cierto. Tú eres refinado,
o pijo.
–Prefiero refinado. – le sonrió, mirándolo
beber pensativamente. – Me acostumbraré porque no voy
a dejar de verlo y siempre tiene un as bajo la manga.
– ¿Y eso le gusta?– se giró un poco
para verlo mejor. – ¿Sabes que sólo te trato
de usted porque me parece que jamás dejarás de hacerlo
tú? De todos modos creo que es conveniente, nadie quiere
que piensen que su juicio sobre mi cordura se ve influenciado. ¿Cuándo
comenzáis los japoneses a trataros por el nombre?
– Hum... cuando hay cierta confianza establecida, más
que nada tiene que ver con los lazos de intimidad. O cuando recibimos
permiso de la otra persona. Pero no lo hago por eso. – le
aclaró, metiéndose algo más de comida en la
boca y esperando a tragar para continuar. – Es costumbre y...
algo psicológico, supongo.
– ¿Psicológico?
– Le dije que también tengo mis asuntos. No soy precisamente
el alma de la fiesta y eso tiene sus motivos.
– ¿No me los quiere contar? – preguntó
intrigado en que predicase con el ejemplo.
– Ya lo sabe. No me gusta involucrarme emocionalmente con
las personas, aunque sepa que está mal. – lo miró
serio, una vez más pensativo. – Creo que utilizo el
usted como una manera de alejarme un poco. Pero no tiene que ver
contigo, es más bien acerca de mí.
–Pues vas a tener que usar algo más que una palabra
para alejarme, porque me gustas mucho y sé que te gusto.
– se aproximó un poco más, sólo para
ver si rehuía. –No voy a dejarte huir, soy bueno atrapando
fugitivos. Voy al gimnasio todos los días. Así que
no habrá problema.
– Yo también voy al gimnasio, no todos los días,
pero voy... – sonrió, ya que prefería correr
en realidad, simplemente se le estaba escabullendo de nuevo. –
Creo que debo preguntarme por qué estoy haciendo esto.
– ¿El qué? ¿Huir de esto? No lo sé,
la verdad. Porque de mí desde luego no huyes. Tal vez por
miedo al fracaso. Pienso cobrarte la consulta.
– No, el acercarme a ti después de tanto tiempo. –
le aclaró incómodo, aunque sonriendo un poco. –
No tengo miedo del fracaso, tengo miedo de... perderme.
– ¿Perderte? ¿Diste demasiado y no te lo devolvieron?–
le preguntó, sirviéndole más vino.
–No, quiero decir... en mi mente. ¿Me ha estado prestando
atención, detective? No sirve para psiquiatra. – le
sonrió, devolviéndole todas sus críticas juntas.
– ¿Por qué cree que huí de mi familia?
–No lo sé. ¿Por qué? – preguntó
interesado. –Y sé que no valgo, pero no será
algo que me frustre. – Le aclaró de todos modos por
necedad.
Kaigan suspiró, negando con la cabeza. – Porque no
quería ser asociado a ellos. Creí... que si me mantenía
alejado no me pasaría nada. Es un poco loco supongo, e injusto.
– sonrió, apartando la mirada del moreno.
–No creo que sea algo infeccioso. – Drago lo miró,
observando su forma de sonreír. –Así que por
un lado estudias psiquiatría… ya sabes. Cuanto más
cerca se está del peligro, menor es el daño. Y por
el otro quieres huir. No creo que vayas a volverte loco.
–Yo creo que eso ya suena bastante loco de por sí.
Supongo que si me he de volver loco... no hay nada que pueda hacer
para evitarlo. – continuó hablando de aquella manera,
aún sonriendo, aunque la sonrisa empezaba a desvanecerse.
– También... huía de mi hermano. – lo
miró a los ojos, pensando que nunca le había confesado
aquello a nadie. – Yo soy el mayor así que tenía
que cuidarlo. Lo cierto es que puede manejarlo cuando toma su medicamento,
pero cuando no... Llegó el momento en que no podíamos.
Pero no me siento orgulloso de eso.
–Es normal, a nadie le agrada tener que cuidar de alguien
mal de la cabeza, aun menos a un chiquillo. Los locos causan temor.
Y tú no debiste tener que hacerte cargo de él. Eso
debían hacerlo tus padres…– lo miró serio.
Pasándole la mano por los hombros y apretándoselos
un poco.
– No, todos lo hacíamos, pero es un poco... Supongo
que es distinto en Japón. – sonrió, intentando
reponerse. –Yo tenía que cuidar de que fuese a la escuela,
ese tipo de cosas. Y además, sentía que era mi responsabilidad.
No creas que no lo quiero, siempre ha sido muy inteligente... más
que yo. Y divertido... Tal vez por eso no soportaba verlo así,
estaba enfadado con él. Y tal vez usted sí sirva para
psiquiatra.
–No. Pero tú sí. Y es normal, culparlo en
cierto modo. Es más fácil. ¿Cómo se
llama tu hermano?
– Akira. Tal vez debería regresar... – sonrió,
sintiéndose más afectado de lo que le era cómodo,
pero a la vez extrañamente aliviado. – Debería
disculparme.
– ¿Por qué no le ofreces venir contigo una
temporada? Tiene la suerte de tener un hermano que puede ayudarle.
No creo que debas abandonar tu empleo por nadie. Esta es tu vida
ahora, está bien incluirlo en ella, pero no dejarla por él.
Kaigan rió con suavidad. – ¿Le preocupa que
lo deje, detective? No. Sólo decía ir a visitarlo.
Pero creo que es una buena idea. Seguramente le gustaría
conocer este país.
–No estaba pensando en mí…– Drago suspiró
y le revolvió el pelo un poco. Levantándose y sirviéndose
un trago en un vasito pequeño. – ¿Quiere?
– Sí, sólo un poco. –asintió,
sonriendo mucho más tranquilo ahora. – Lo sé,
sólo bromeaba. Es usted... muy bueno para escuchar. Otra
sorpresa. Y ya sé... tengo que dejar eso.
–Es igual, no me afecta. – se rió. Sujetando
el cigarro con los dedos mientras servía el licor en los
vasos. Se sentó de nuevo a su lado y le ofreció un
vaso. –Yo no bebo mucho, la verdad. En realidad… básicamente
nunca, ayer bebí después de mucho tiempo. –
le dijo, sólo por cambiar de tema para que se relajase un
poco.
– Pero... se sentía bien ayer, ¿verdad? Yo
tampoco soy de beber mucho, te hace perder el control y ya sabemos
lo mucho que me gusta eso.
Drago sonrió levemente. –A mí no me importaría
hacerte perder el control…– le susurró al oído.
– Ya lo hace... – contestó sonriendo, aunque
le había dado un escalofrío.
El detective le besó el cuello bajo la mandíbula
con suavidad, girándole la cara hacia él. Lo miró
a los ojos, apartándole un poco el pelo de la cara antes
de besarlo profundamente, deslizando la mano por su cuello y echándole
un poco la cabeza hacia atrás con el pulgar.
Kaigan entrecerró los ojos sin poder resistirse a aquello,
sintiendo cómo se aceleraba su corazón, dejando su
cabeza inclinarse hacia atrás con suavidad, aunque su mano
tocaba la del moreno.
Drago le besó el cuello de nuevo, recostándolo contra
el respaldo y bajando la mano por su pecho. Deshaciéndose
de los botones con una facilidad increíble.
– Adamo...– protestó el albino, nervioso a pesar
de que no era un inexperto. Pero aún así no lo quería
detener. Sus manos bajaron a los bordes de la camiseta del moreno,
alzándola un poco, sintiendo la piel bajo la misma.
–Ah…– el moreno jadeó suavemente contra
su cuello y le apartó la camisa a los lados, observando su
pecho y el abdomen suavemente trabajado. Le besó un hombro,
oliendo su piel y besándole el pecho mientras bajaba las
manos por sus piernas y lo giraba para recostarlo.
Kaigan subió las manos por su pecho, delineando la forma
de sus músculos con los dedos, su respiración haciéndose
más pesada. Finalmente sujetó la camiseta, alzándola
para quitársela.
Drago sonrió levemente, separándose un poco para
dejarla a un lado. El rosario moviéndose en su pecho mientras
se inclinaba de nuevo sobre él. Lo besó profundamente,
apoyando las manos tras su cabeza y deslizando la rodilla entre
sus piernas, apretando su sexo con ella.
El albino aguantando la respiración para no gemir de alguna
manera vergonzosa, sus manos ahora deslizándose por la espalda
de Adamo, sujetándose con fuerza mientras buscaba sus labios
una vez más, permitiéndole profundizar en su boca.
El moreno se acostó contra él, rozando su sexo erecto
contra el del doctor, lamiéndole el cuello y succionándoselo
con fuerza. Una de sus manos revolviéndole el cabello mientras
la otra bajaba por su espalda. Sujetándole las nalgas. Lo
miró a los ojos antes de besarlo de nuevo. –Vamos a
la cama…
– No debería estar haciendo esto. No aún...
– los ojos aqua del médico lo observaron, inusualmente
inseguros. Sin embargo se aferró a los brazos del moreno
para poder levantarse con él.
–Yo creo que sí…– se levantó y
lo aproximó a él por la cintura, sujetándole
las manos y apoyándolas en sus nalgas. Apretándoselas
con las manos del albino bajo las suyas mientras lo besaba. Apartó
las suyas, recorriendo sus brazos y su espalda. –No necesitamos
control ahora.
Kaigan le apretó las nalgas con verdaderos deseos, pegándose
a él y besándolo de nuevo, aún mientras se
movían hacia la cama de aquella manera apasionada y algo
torpe.
Drago lo empujó en el colchón y apoyó una
rodilla en el suelo, abriéndole el pantalón poco a
poco mientras sus labios iban besando cada milímetro de piel
que se descubría. Lo olió con fuerza, apretando los
labios sobre la tela de la ropa interior, mordiendo su sexo con
suavidad.
El teléfono sonó en uno de los bolsillos de sus
jeans y dejó escapar una bocanada de aire, mirando quien
era y descolgando, sentándose en la cama y acariciándole
una mano como pidiéndole que comprendiese. Su rostro cambió
por completo. –Bueno…– contestó simplemente
a la llamada, dejando el teléfono a un lado.
Kaigan se apoyó en los brazos, observándolo preocupado
por ese cambio. – ¿Qué sucede? ¿Malas
noticias? – se sentó, colocando una mano sobre su hombro.
–Ha muerto…– apretó las mandíbulas
ligeramente. Lo cierto es que tenía ganas de pegarle un puñetazo
a algo y si no lo hacía era porque Kaigan estaba allí.
– Lo lamento... – Kaigan se pasó una mano por
el cabello, alterado también. Deseaba que ese chico sobreviviera.
– No es tu culpa, Adamo. Hiciste lo que pudiste.
–Pues no fue suficiente para que ese chico viviese. No murió
sólo por asfixie. Le habían extraído sangre,
tanta que no saben ni cómo aguantó hasta hoy. Y los
padres creían que lo habían recuperado… Dios.
¿Qué coño les pasa a esos tíos?
– Están enfermos, es todo, ese chico... No es tu culpa.
– repitió, por primera vez encontrándose sin
palabras. Lo comprendía, comprendía cómo debía
sentirse, incluso él se sentía desanimado.
Drago negó con la cabeza, rascándose la mandíbula.
–Le harán la autopsia, pero no van a encontrar nada…
estoy seguro. Creo que iré a ver si ya han examinado las
pruebas, tal vez les vendría bien tu ayuda, a los padres.
– se levantó. Buscando una camisa. –Lo siento.
–No, está bien. Me alegro de poder ayudar en algo.
– negó, abrochándose la camisa, observándolo
serio. – Vas a atraparlos, lo sé. Las personas como
tú no se detienen.
–Te aseguro que no, pero… – se quedó
callado. Mirándolo a los ojos mientras se cerraba el pantalón.
–Tal vez sea peligroso para ti seguir con esto. Están
jugando conmigo, tal vez deberías ir a visitar a tu familia.
– respiró con fuerza, pesadamente.
–No es un buen momento. Es un caso intrigante. – le
contestó, dándole a entender que no pensaba apartarse
de él. – Detective... es peligroso para ti. Lo comprendes,
¿verdad? –le preguntó porque era consciente
de su manera de descuidarse.
–Sí, pero estoy preparado para ello. Tú no,
y sinceramente… sólo te falta tener nombre bíblico.
– se colocó la placa y cogió el revolver, cerrándose
las correas de cuero y poniéndose la cazadora. –Esta
no era mi idea de cómo pasar la tarde…
– No es la idea de nadie. Pero no puedes vivir esperando
que suceda algo malo. Porque... – se quedó callado
de pronto, poniéndose de pie. – No pienso irme a ningún
lado. No voy a dejarte solo y no creo que sepas medir el verdadero
peligro cuando se trata de ti.
Drago inclinó un poco la cabeza. Deseando decirle que dejase
de sicoanalizarlo y callándose porque sabía que se
lo diría de forma desagradable. Se puso las gafas y cogió
el casco de la moto de encima de una silla. –Si algo te sucede…
me culparé de por vida, y no sé si puedo cargar con
tanto peso ya. – le dijo de espaldas a él mientras
abría la puerta.
– Y si algo te sucede... – exhaló, tomando fuerzas
a pesar de lo incómodo que le resultaba, pero ya no tenía
sentido, no con él. – Esta vez voy a entrar en esa
casa, ¿me escuchas?
–Sí…– lo miró a los ojos, haciendo
una ligera mueca de desacuerdo. –No puedo decirte que no hagas
lo que yo haría.
– No, no puedes. Y yo... Vamos. – le tocó el
codo con suavidad pensando que no era el mejor momento para decirle
que necesitaba cuidarlo, que temía por él a veces
y no solamente por los asesinos.
–Vamos…– el moreno lo acompañó
abajo y se subió en la moto. Sujetándole la mano y
atrayéndolo un poco. Finalmente soltándolo sin poder
decirle lo que quería.
– Cuídate... – el albino lo miró a los
ojos, preocupado, súbitamente, acercándose él
para besarlo. – Estaré esperando a los padres.
–Vale… – le apretó un poco la mano, poniéndose
el casco antes de salir hacia la carretera.

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