Capitulo
35
The Past is Relevant to the Present
Media Noche.
Viernes, 29 de mayo.
Drago se pasó la mano por el pelo mientras leía el
periódico, a pesar de que no eran horas para estar enterándose
de las noticias recientes. Se llevó el cigarro a los labios,
pasándose la mano por el pecho ya que desde luego no se había
puesto una corbata, a pesar de haberse puesto un traje oscuro para
hacer feliz al siquiatra. Tiró el diario a la papelera al
lado del banco del parque, el cigarro colgando de sus labios mientras
se devanaba los sesos tratando de encontrar una pista.
A ratos le hacía sentirse culpable. Estar pensando en él
cuando aquellas cosas estaban sucediendo. Pero nunca había
sido bueno conteniendo sus deseos.
El coche plateado se detuvo junto a la acera, el albino observándose
de soslayo en el espejo a pesar de que no solía ser vanidoso.
Se sentía extraño, descontrolado. Se bajó del
coche, observando al detective y sonriendo. – ¿Cuánto
tiempo llevas aquí?
–No mucho…– suspiró, levantándose
y observando su sonrisa. – ¿Has decidido tratarme ya
de tú o se te ha escapado?
–Lo decidí cuando bebíamos ese café.
Ya te dije que es difícil acostumbrarme. – Lo miró
de arriba abajo disimuladamente, pensando que se veía muy
atractivo de traje. – ¿Dormiste en algún momento?
–Después de ducharme. – sonrió levemente,
guardándose las manos en los bolsillos y pensando que realmente
debía de ir en serio eso de que le daban tentaciones de cuidar
de él. –Te ves muy bien…– le pasó
la mano por la espalda, acompañándolo de vuelta hacia
el coche. – ¿Está cerca o vamos a ir en coche?
– Vayamos caminando, hace una noche agradable. – Cerró
la puerta de su coche, ya que le había propuesto aquello.
– Usted también se ve muy atractivo así. –
sonrió, notando su propia tendencia a regresar al usted.
Seguramente intentaba poner distancia, eso estaba mal.
– ¿Te molesta que te lleve por la cintura?– le
preguntó intrigado. Tal vez le estaba molestando. De hecho,
nunca antes había tenido una relación con un hombre
y no estaba muy seguro de qué debía y qué no
debía hacer públicamente.
– No. Me pone nervioso, pero es agradable. – le aseguró,
aclarando luego. – No soy bueno para estas cosas, creo que
deberías saberlo desde el principio.
–Lo sé, incluso creo que debe ser una de esas personas
con miedo al compromiso. Que salen corriendo cuando ven que la cosa
se pone seria y le ponen trabas a todo…– torció
una sonrisa y encendió un cigarro.
– Tal vez, ya se enterará si no sale corriendo usted
primero. – sonrió, observando el cigarro en sus labios.
– Si te hago una pregunta, ¿te enfadarás?
–Depende de qué pregunta me hagas. No, no me enfadaré,
pero si insistes, probablemente sí…– tomó
aire y exhaló lentamente.
– Sólo quería saber por qué empezaste
a fumar. La verdad sencilla, sin ir más allá. –
sonrió de nuevo, comentando luego. – Creo que se está
engañando conmigo.
–En algunas cosas, es probable y natural, aún no
nos conocemos bien. – se apartó un poco el cabello
de la cara, pensativo. –Mi padre me dijo que me ayudaría
a ser un hombre. – torció la boca un poco en una sonrisa.
–Era un hombre rudo, y bastante anticuado.
– Ya veo. No lo necesita... Me refiero a fumar. – aclaró,
notando su gesto al hablar de su padre. No quería presionarlo
esta noche. Sería como sabotearse a sí mismo y ya
sabía que tenía esa tendencia.
–Lo sé, pero una vez que te acostumbras es difícil
dejarlo y mucho más cuando estás estresado…–
suspiró con fuerza y lo miró de soslayo. –He
llegado a fumarme colillas, así que… supongo que no
tengo mucha fuerza de voluntad.
– No fume colillas por lo menos... – se rió
el médico, negando con la cabeza. – Ya había
notado que siempre enciendes uno cuando te pones nervioso.
–Sí. No tenía dinero para gastármelo
en tabaco. No es que vaya fumando colillas ahora…– se
rió ligeramente, dándole una calada al cigarro. –
¿Qué pasa? ¿Te molesta que fume?
– No, me preocupa tu salud. – contestó, negando
suavemente con la cabeza y entrando al restaurante, saludando con
una reverencia a las mujeres vestidas de forma tradicional que los
recibieron, aunque estaba claro que no eran ni asiáticas.
Lo cierto es que había mentido un poco. El lugar era fino,
sí, pero también había personas vestidas de
manera casual. Suponía que sólo tenía deseos
de ver al detective vestido de aquella manera.
Drago lo siguió por el local, acompañándolo
a su mesa y observando aquellos trajes bordados. – ¿Alguna
vez te has puesto algo así? – preguntó curioso.
Él no se pondría una falda de esas jamás.
– ¿Un kimono? Por supuesto. Pero uno de chico... –
se rió, sentándose y observando la cara que tenía.
– Me pregunto cómo se vería en uno.
–Terrible… Estoy seguro, creo que las faldas no me
sientan bien. – Observó la carta, pensando “pescado,
pescado…” –Aunque seguramente tú te verías
bien. Sí te vistieras así te dejaría sicoanalizarme…
– No es una falda y se supone que me dejes sicoanalizarte
sin necesidad de vestimentas especiales. – lo miró
como desaprobando y volviendo a revisar la carta, decidiéndose
finalmente por un plato variado.
–Te deje o no, lo harás igual…– alzó
una ceja serio, mirando la carta y mostrándole lo que quería.
–Me niego a decir eso en alto. ¿Ves? Algo que me da
vergüenza…Gyu Cheese… – se rió en
bajo, apagando el cigarro.
– Vale... yo haré el pedido. – se rió,
llamando a la camarera y pidiendo lo que ambos deseaban. –
¿Te molesta que te analice? Es algo que no puedo evitar.
–Sólo cuando me tratas como si fuera un ratón
de laboratorio. Ya te he dicho que tengo debilidad por los siquiatras.
Sois personas muy comprensivas. Aunque en tu caso… Me pegaste
un puñetazo. – se lo reprochó, pensando que
ambos estaban muy relajados y era agradable. Por no hablar de que
le atraía mucho más tras estarlo viendo desde esa
perspectiva.
– Ya me disculpé. Supongo que fue una reacción
natural después de todo. – aseguró un poco serio,
como justificando aquello. – Y espero que no le atraiga sólo
mi profesión.
–No creo que realmente pienses que soy tan simple…–
giró el encendedor en su mano, deseando fumarse otro cigarro
y conteniéndose. –Me sentía un poco culpable
por tomarme la noche libre… me siento…
– Lo sé, es algo que hace, culparse constantemente.
No es el único detective de la policía y no puede
detener lo que no puede detener. – lo miró a los ojos,
serio nuevamente.
–Lo sé… No es cómo que por estar en
la oficina mesándome el cabello vaya a llegar a una conclusión…
Sólo a la calvicie. – se rió, negando con la
cabeza y apartándose un poco mientras les servían
lo que habían pedido. – ¿Vive en un piso?
– Sí y me empezaba a preguntar por qué lo tuve
que buscar en un parque. ¿Tiene miedo de que sepa en dónde
vive? – le sonrió, apoyándose un poco en la
mesa.
–Muchísimo… me atemoriza que pueda venir y
violarme por la noche. – alzó una ceja y suspiró.
–No, es sólo que no quería estar ahí
devanándome los sesos, prefería que me diese el aire.
Tengo un apartamento, justo detrás del parque, y si quiere
puedo mostrárselo. – se burló después.
– En otra ocasión tal vez. Son demasiados cambios
para un mismo día. – le contestó, poniéndose
recto de nuevo. – ¿Alguna vez ha estado en una relación
antes?
–Más o menos… – suspiró, pensando
que no quería entrar en aguas profundas en ese momento.
–Cierto... creo que mencionaste algo. Bueno, no es como que
me ponga celoso. – le aseguró, notando su incomodidad
y empezando a comer.
–Se trataba de mi madre adoptiva…– decidió
contarle finalmente. Prefiriendo ser sincero.
– Ya veo. Supongo que era una relación complicada
entonces. – lo miró sorprendido de que le dijese eso,
pero agradecido de que confiase en él.
–Sí… se encaprichó de mí cuando
me ingresaron en la clínica siquiátrica, y yo me refugié
en ella. Buscaba una madre, pero ella no buscaba un hijo. Así
que me aferré a un clavo ardiendo… y acabé acostándome
con ella a cambio de una vida más o menos normal. –
se rascó entre las cejas, colocándose las gafas después
y hablando de ello relajadamente.
– Sí, puedo comprenderlo. A ningún chico le
gustaría vivir en un lugar así... – asintió,
asumiendo que aquello había ocurrido luego de la muerte de
su padre, pero era lo suficientemente inteligente como para no mencionar
eso ahora. Por hoy estaba haciendo un esfuerzo. – No sé
qué pensar, supongo que dadas las circunstancias no puedo
criticarla... – sonrió un poco, preocupándose
por un momento.
–Ahora no soy un niño pequeño. Sé muy
bien lo que hago y no me interesa porque no tenga a donde ir…
o porque esté solo. Aunque lo estoy, pero eso no me afecta.
– se llevó la carne a los labios con cierta desconfianza.
Pero sabía bien. –Pero no me malinterprete, no le guardo
rencor.
– Admito que me preocupa... que esté repitiendo un
patrón. Es algo que hacemos sin darnos cuenta, no necesariamente
porque sea algo que necesitamos. – suspiró sin apartar
su mirada del moreno.
Drago lo miró a los ojos y suspiró, bebiendo un
poco de vino. –No estoy repitiendo un patrón. Tú
me gustas, no hago esto por desesperación. Pero puedes seguir
tratando de alejarme… hasta que al final lo consigas si es
lo que quieres.
– No intentaba alejarte, pero yo también tengo mis
patrones. Te advertí que no era bueno en esto. – exhaló
bebiendo un poco de vino él también y desviando la
mirada.
–No me interesa que tan bueno seas. Está claro, los
dos somos unos negados para relacionarnos con los demás…
– alzó una ceja y siguió comiendo. – ¿Con
cuantos años te marchaste de Japón?
– A los veinte. Hice casi todos mis estudios aquí
y luego conseguí que Oshitari sensei me tomase como alumno.
– le contestó, observándolo antes de continuar
con su comida.
–Lo echarás de menos…
– A veces, pero no todo el tiempo. Supongo que tendré
que regresar en algún momento. – miró al techo,
sonriendo un poco. – Usted... ¿nació aquí?
–No, soy italiano… se lo dije esta mañana.
– sonrió levemente. Pensando de nuevo que era poco
observador o tenía mala memoria. Encendió un cigarro
y se recostó un poco contra la silla. – ¿Y tú…
has tenido alguna relación seria?
– No, pero nunca lo he intentado tampoco. No me gusta ponerme
emocional... – sonrió, mirándolo de nuevo y
pensando en la realidad. Seguía teniendo miedo. – ¿Extraña
Italia?
–No, ahí pasé lo peor de mi vida. No pienso
volver nunca. – apoyó un codo en la mesa y lo miró
a los ojos, bajando la mano para tocar la suya y finalmente girando
el cenicero como si aquella hubiera sido su primera intención.
Kaigan notó su gesto, suspirando, decidiendo que debía
ceder en algo. – Sabe... no es el único con problemas
familiares. No ha habido ninguna muerte en mi familia inmediata,
pero no ha sido por falta de intentos...
–Lo escucho…– lo miró a los ojos, bebiendo
un poco y preguntándose a qué se refería exactamente.
– Mi hermano menor... es maníaco depresivo. Siempre
ha habido un historial de ese tipo de problemas en mi familia, pero
nunca le presté mucha atención hasta que sucedió
eso. – lo miró, sintiéndose analizado, pero
forzándose a continuar. – Cuando éramos pequeños,
solía inventar estas historias, hacer las cosas más
alocadas, pero en ese entonces yo pensaba que era original, ingenioso.
Pero cada vez se fue poniendo peor. Los llantos sin sentido... la
paranoia, esos días en los que parecía que todo iba
a estar bien... Y entonces al día siguiente, me lo encontraba
lastimándose y diciendo que no valía la pena.
–Suena terrible…– se tapó los labios
ligeramente con la mano que sujetaba el cigarro. – ¿Dices
que es hereditario o algo así?
– Es... Según los estudios, suele haber más
posibilidades en las familias que tienen varios casos. Posibilidades
de que sea algo genético, aunque no está del todo
comprobado. Es por eso que empecé a estudiar psiquiatría.
– le contestó, pensando que estaba hablando más
acerca de sí mismo de lo que había hablado en años.
– Siempre que me mantenga pensando lógicamente puedo
controlarlo. No me sucederá a mí.
–Parece muy seguro de ello…– dejó caer
la ceniza en el cenicero y lo observó fijamente. –Existen
muchas cosas impensables que podrías acabar haciendo sólo
con el estímulo necesario.
– ¿Crees que no lo sé? No olvides con quien
estás hablando. – sonrió ligeramente. –
¿Sabes? Sólo pensé en ceder un poco. Esto no
es una consulta después de todo. No puedo esperar que confíes
en mí si yo no soy sincero.
–Yo creí que simplemente estabas hablando conmigo
porque era agradable. Pero como es obvio, no era así…–
desvió la mirada al cenicero. Apagando el cigarro y aplastando
la ceniza.
–Para mí nunca es agradable hablar de eso. Yo también
tengo mis culpas, detective. – frunció el ceño,
apretando su copa sin querer, más descontrolado de lo que
le gustaría.
–No quería decir eso. Me refería a que pensaba
que habías deseado contármelo porque el ambiente entre
ambos era agradable y confiabas en mí. No que el mensaje
lo fuera… Es igual. – observó como apretaba la
copa y se la quitó de la mano.
– No le contaría eso a alguien en quien no confiase.
– se apartó el flequillo del rostro, incómodo
por haber reaccionado así y colocando sus manos sobre sus
piernas. – Está bien, sólo me pongo un pongo
emocional.
–Es comprensible. – suspiró, dejando la copa
a un lado. –Tal vez deberíamos habernos citado en un
sitio algo más íntimo. Por más que tenga miedo
a acercarse a mí.
– No, soy capaz de comportarme en un lugar público.
– suspiró, sonriendo un poco de nuevo. – No se
preocupe, no voy a empezar a llorar.
–Tranquilo, soldado, que no estamos en guerra… –
el moreno alzó una ceja. Creía que tenía mucho
auto control, pero la verdad es que él no lo veía
tan controlado para nada. –En realidad lo decía porque
así no hay quien se aproxime. A no ser que suba por encima
de la mesa, pero mis dotes de striper son muy limitadas…
– Pero fue usted quien retiró su mano hace un momento,
¿no es así? Y así no hay quien se aproxime
tampoco. – le recordó, mucho más tranquilo ahora,
recuperando su copa para beber.
–Creí haber sido discreto… parece que no. –
sonrió malditamente y extendió la mano en la mesa.
Tenía un sello grande y plateado en un dedo y bastantes cicatrices
pequeñas sobre la piel morena surcada de venas.
– No lo suficiente para mí. – sonrió
el albino, colocando su mano pálida y desprovista de adornos
sobre la del moreno, no sin que se le pasasen por alto aquellas
cicatrices.
Drago giró la mano y sujetó la suya, observando
sus dedos delicados y la piel suave, acariciándola. –Seguro
que eras un niño muy tranquilo, con estas manos tan delicadas.
No son de jugar duro…
– No, no jugaba duro, pero tú sí, ¿verdad?
Seguro te metías en muchas peleas... – Observó
cómo lo acariciaba, pensando que aquello se sentía
bien.
–Era el típico mamoncete que se mete con todo el
mundo. Un imbécil, pero gracias a Dios la gente madura. –
se calló sus motivos para ser de ese modo y le apretó
un poco la mano. Llevándosela a sus labios para besársela,
entrelazando los dedos con los suyos después.
– O eso piensan... – se rió ligeramente, comprendiendo,
aunque sintiendo un escalofrío por el contacto con sus labios.
– Yo creo que eres un hombre muy inteligente. Es la verdad.
–Mientes, tú crees que soy un adolescente muy inteligente…–
se burló, jugando con él y observándolo. –Vamos
a dar una vuelta… esta música es horrible…
Kaigan se rió, meneando la cabeza. – Acepto. Pero
no sé qué hago paseando con un adolescente. No tendremos
mucho de qué hablar.
–Pues nadie lo diría… – suspiró,
esbozando una sonrisa. Reticente a soltar el agarre de su mano.
Era cálida y se sentía bien. – ¿Quieres
volver a casa ya o prefieres dar un rodeo?
– Quedamos en que daríamos un paseo. Qué poca
memoria... – le recordó, soltándolo con suavidad
antes de ponerse de pie. – ¿Está listo?
–Sí, pero no estaba seguro si era un paseo de…
cuando llegue al coche te despacho o de… espero que el coche
esté muy lejos…– alzó una ceja serio.
–Vamos…– le soltó la mano y se guardó
ambas en los bolsillos.
Ambos salieron del restaurante, el psiquiatra en realidad aliviado
de sentir el aire fresco de la noche en su rostro. – Hace
mucho que no doy un paseo. Solía hacerlo con frecuencia cuando
vine aquí.
–Tal vez era antes de saber la cantidad de maníacos
que hay en este país…– Drago lo observó
de soslayo. –Japón es un lugar mucho más tranquilo.
¿Su padre es doctor también?
– No, trabaja en bienes raíces. – sonrió,
negando con la cabeza mientras metía sus manos en los bolsillos.
– Yo me interesé por el tema, empecé a investigar
por mi cuenta. ¿Qué me dice de usted? ¿Por
qué policía?
–Tengo la carrera de teología pero… finalmente
acabé estudiando criminología… Pensé…–
se quedó callado un momento. –Pensé que…–
respiró con fuerza, pensando en como decir aquello. –Sería
un buen modo de expiarme.
– Ya veo, por lo que sucedió cuando era pequeño,
¿no es así? – lo miró intrigado, pero
conteniéndose. Le interesaba ese hombre, precisamente por
eso debía aprender a comportarse. – Supongo que los
dos buscamos nuestros caminos...
Drago se sacó las manos de los bolsillos para encender un
cigarro. –Supongo que debería contártelo, después
de lo que hice, mi madre comenzó a no soportar mi presencia.
De hecho ni siquiera venía a verme. Lo maté para protegerla…
– ¿Protegerla? ¿Era tu padre un hombre violento?
– le preguntó, con aquella voz suave, tranquila, mirándolo.
–Sí, era un borracho. Le pegaba continuamente y yo
no era menos afortunado. – le explicó serio. Subiéndose
un poco las gafas después. –Cogí su pistola…
y le pegué un tiro mientras violaba a mi madre. – no
pudo evitar recordar sus manos temblorosas y como se había
desplomado tras el disparo. Lo miró de soslayo y se llevó
el cigarro a los labios. –No me siento orgulloso, está
claro.
–Sí, alguien que estuviese orgulloso no intentaría
redimirse. – lo miró pensativo, atreviéndose
a colocar la mano sobre su hombro por fin. – Debió
ser difícil para un chico de esa edad. Las reacciones violentas
son... No son poco comunes.
–Era violento para todo, la primera vez que disparé
un arma tenía diez años y era bastante más
joven cuando empecé a tener un vaso de vino en la mesa mientras
comía. – observó su gesto y respiró con
fuerza. –Estoy bien, ya te he dicho que estoy acostumbrado
a hablar de esto. No soy inmune al tema, pero tampoco me afecta
apenas ya.
–Ha afectado toda tu vida. Y te alterabas cada vez que te
preguntaba sobre eso. – le recordó, bajando la mano
por si lo incomodaba. – Creo que es algo importante, de la
misma manera en la que mi pasado es importante para mí. –
le aclaró para que no pensara que lo trataba como a un paciente
de nuevo.
–Claro que me altero. No me gusta hablar de mi vida privada
con alguien a quien apenas conozco. No es algo para poner en tu
tarjeta de presentación. – frunció el ceño
ligeramente y se subió las gafas.
– No, supongo que no, pero sólo lo intentaba ayudar,
¿sabe? No puedo repetir nada de lo que diga en mi consultorio.
Y tampoco repetiré nada de lo que me digas ahora... –
sonrió, pensando que no tenían remedio.
–Pero tal vez no quería que tú lo supieras.
Independientemente de si se lo dirías a alguien o no. No
puedo llegar acusado de ser violento y confesar que he matado a
mi padre. Sólo para después argumentar que puedo controlarme…
¿Es qué no lo comprende? Mi trabajo es lo único
que tengo.
– Eso no es cierto. No debe ser así aunque no sea
el más indicado para decirlo. Y la verdad... es que mi opinión
profesional es... – lo miró a los ojos un poco serio.
– Nadie se beneficiaría si no puedes hacer tu trabajo.
Pero aún creo que necesitas relajarte. Por eso insistí
con la terapia. Y por eso firmé aquel papel.
–Y te lo agradezco. Aunque creo que no necesito ayuda siquiátrica.
Lo cierto es que sólo he seguido yendo a la clínica
para que me ayudases con el caso… bueno, y para verte…–
se rió, alzando una ceja.
– Entonces déjame ayudarte como un amigo, como un...
eso. – sonrió, desviando la mirada y sintiéndose
un poco torpe. – Pero estoy mintiendo, continuaremos con las
sesiones. No son tan malas, ¿o sí?
Drago se rascó una ceja, riéndose entre dientes.
–Eres cómo una tortura…
–Y tú eres exasperante... – se rió el
médico también, volviendo a mirarlo.
–Pues todavía no has visto nada…– lo
amenazó, bromeando con una sonrisa en los labios. Sujetándolo
por los cuellos de la chaqueta del traje y aproximándose
ligeramente. Besándolo superficialmente pero cargado de pasión.
Lo miró a los ojos antes de entrar en su boca, sujetándole
la nuca.
Kaigan apenas dudó por un momento, preguntándose
si alguien los vería, pero no tenía ganas de pensar
por esta vez. Cerró los ojos, dejándose llevar y devolviéndole
el beso. Drago le succionó suavemente el labio inferior mientras
rompía el beso. –Por ejemplo… seguro que también
te ha exasperado que hiciera eso en la calle…– le dijo
serio.
– Sólo un poco... – le contestó, ligeramente
agitado, mirándolo a los ojos. – Pero es tarde.
El moreno dejó escapar una risa acallada y miró
a un lado. –Un beso y ya tienes prisa por irte. ¿Y
eso por qué? No puede haber sido tan malo.
– Me refería a que no hay mucha gente en la calle.
Y además, debo llevarte a tu piso, no me puedo ir corriendo.
– le contestó, notando que siempre tenía una
respuesta para todo.
–Si no me llevas tampoco me pierdo…– sonrió
levemente. – ¿Por qué te pones tan serio cuando
trato de acercarme?
–Es la costumbre supongo, me pongo... me pongo nervioso. –
le confesó con cara de pesadumbre por un momento. No le gustaba
confesar esas cosas.
–Ya lo veo… – lo sujetó por la cintura
de nuevo. Llevándolo con él hacia el coche. Tocándose
el pecho con una mano y dejándola resbalar hasta su abdomen
con la mirada perdida.
– De nuevo ese silencio... – comentó el psiquiatra,
quitando la alarma del coche antes de abrir las puertas. –
¿Está planeando una estrategia?
–No, me estaba culpando de nuevo. – sonrió
levemente, confesándole aquello. – ¿Ha sido
agradable?
Kaigan asintió, sonriendo, su mirada observándolo
atentamente. – Mucho, hacía tiempo que no me relajaba
así. ¿Y para ti?
–También…– apoyó la mano en el
techo del coche. –Vivo aquí detrás, así
que no hace falta que me lleves a casa…
– No, me... gustaría llevarte a casa. No te cobraré
el combustible. – bromeó, preocupado por si lo estaba
incomodando. Seguro que no iba a dormir, se sentía como un
chiquillo de nuevo.
–Bueno…– abrió la puerta del coche y
esperó a que el albino entrase para bajar la ventanilla.
–Es aquí, en el edificio que está al lado de
la tabacalera…– le explicó, pasándose
la mano por el cabello y observándolo de soslayo.
– ¿La tabacalera? – se rió sin poder
evitarlo. Era poético. – No me extraña que no
pueda deshacerse del hábito.
–Cierto, huele bien cuando pasas por ahí. –
respiró con fuerza, observándolo de nuevo y desviando
la mirada al escaso tráfico que había a esas horas.
–Seguro que mañana nos vemos con motivo de algo muy
diferente.
– Sí, ya envié un fax a los psicólogos
que conozco para ver si saben algo. – le avisó pensativo,
sintiendo que regresaban a la realidad. Aunque seguramente era lo
mejor. – Descanse esta noche, no le servirá de nada
quedarse en vela.
–No lo haré, tengo sueño… para no variar.
Tal vez debí pedir un café después de la carne.
– sonrió, aunque hablaba en serio.
– No, duerma. No quiero que se enferme. – casi le ordenó,
serio, aunque no era su intención sonar así.
–Te tomas muy en serio eso de cuidarme, papá…
E incluso me tratas de usted de nuevo…– frunció
el ceño ligeramente, observándolo y apartando la mirada
después, negando con la cabeza.
– Es natural preocuparse por ti, no tomas en serio tu salud.
Y además, soy tu médico. – le aseguró,
a pesar de no ser su médico general. Aparcó el coche
frente al edificio, girándose para mirarlo. – Tu trabajo
es lo más importante para ti. No podrás hacerlo bien
si te enfermas o estás agotado.
Drago lo miró a los ojos y se apoyó con un brazo
en el respaldo del asiento. –Creía que mi médico
se llamaba Barral y era calvo y feo, tal vez me esté confundiendo…
– No sea cruel, seguro que se preocupa por usted. –
sonrió dándolo por imposible. – Pero me alivia
saber que no lo ha invitado a cenar.
–Buf… por favor. – le apoyó una mano
en la pierna, apretándole el muslo ligeramente. – ¿No
va a besarme antes de que me acueste, doctor?
– Sólo un beso... – colocó su mano sobre
la del moreno, como deteniéndolo mientras sonreía,
inclinándose para besarlo.
–O dos…– se echó un poco más hacia
él para continuar el beso, apretando la mano en su pierna
bajo la del albino. –Hasta mañana…– susurró
casi antes de salir del coche.
– Hasta mañana, detective. “Dulces sueños.”
– susurró, sonriendo mientras salía del estacionamiento,
dando la vuelta.

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