Capitulo
34
The Angel Amidst the Ruins
Noche. Afueras.
Viernes, 29 de mayo.
Azrael bostezó mientras conducía el coche hacia las
afueras de la ciudad donde se encontraban las ruinas del monasterio
y aparcó en una carretera de gravilla entre los árboles.
–Menos mal que Aki nos dejó el coche, venir hasta aquí
andando sería una paliza.
– Llegábamos mañana. – se rió
Kiyoshi, aunque ya lo habían hecho antes, pero la ruta era
distinta.
– ¿Dónde estamos? – preguntó Daniel
entusiasmado, ya que Ashram sólo le había dicho que
iban a un lugar especial para él.
–En unas ruinas…– le dijo Azrael, cerrando el
coche y guardándose las llaves en el bolsillo. Preguntándose
si no sería un terreno un poco incómodo de más
para Daniel.
–Es dónde yo vivía…– le dijo Ashram.
Sujetándolo de su brazo. –Hay piedras en el suelo.
– le explicó para que no fuera a tropezarse.
–Ahora estamos pasando por un huerto, pero ya no hay más
que rastrojos.
– Vale. – sonrió el chico, comprendiendo ahora
lo importante que era aquello para Ashram. – ¿Me mostrarás
tu jardín? Dijiste que te gustaba plantar. ¿O lo hacías
en este huerto?
Kiyoshi se agachó, recogiendo una piedrita para lanzarla
lejos. Ese lugar era muy tenebroso, pero era eso lo que le había
atraído de pequeño. Incluso solía jugar a las
escondidas con Azrael en ese entonces.
Azrael le dio una nalgada y lo sujetó por la cintura después.
–Vas a despertar a los fantasmas…– le advirtió,
bromeando.
–No creo que haya fantasmas. – le dijo Ashram muy
convencido de que estaba hablando en serio. –Te lo enseñaré,
no es aquí, está dentro, ahora hay unas escaleras…–
le explicó. –Y ya estamos entrando. Hubo un incendio,
así que está bastante destrozado.
– Pero tú me guiarás. – Daniel continuó
caminando, sintiendo el terreno inseguro, pero sin sentir miedo
realmente. Se estaba imaginando como debía verse aquel lugar.
– “Los fantasmas se fueron de vacaciones, pero no me
hables de eso.” – se rió Kiyoshi mientras, susurrándole
a Azrael y señalando a la otra pareja. Ashram jamás
había llevado a nadie más allí, ni siquiera
a Aki.
Ashram se quedó mirando una columna desmoronada antes de
llegar a la sala de sacrificios y lo sujetó en brazos con
cuidado de no sorprenderlo. Saltando sobre los escombros y luego
al otro lado. –Había una columna…– le explicó,
sujetándolo de su brazo de nuevo y entrando en la sala. –Esta
es la sala donde se celebraban las ceremonias. Es muy grande y el
techo es muy alto. – su voz hacía eco allí.
–Hay un altar de mármol negro, una pila de agua y paredes
blancas, pintadas con sangre. Son monstruos y un arcángel
luchando contra ellos…
Azrael subió por los escombros también, escuchando
lo que Ashram le contaba a Daniel y ayudando a Kiyoshi, aunque no
lo necesitase realmente. –“No sé como no le da
miedo…”
– A nosotros tampoco... – le contestó, aunque
sí que le daba miedo ese mural. Pero prefería no confesarlo.
– “Supongo que se lo toma todo con calma. Es un poco
extraño, la verdad”
Mientras tanto, Daniel continuaba adelante con Ashram, escuchándolo
con atención. – Tú pintaste ese mural ¿no
es así? Debe ser increíble, aunque sea con sangre.
¿Te sientes bien aquí?
–Depende de lo que me acuerde. No, no mucho…–
confesó después. –Y sí, lo pinté
yo. Ven…– lo llevó hasta el altar. Era alto y
tenía el largo de una persona adulta. Sujetó sus manos
desde atrás, haciéndole palpar las figuras talladas
en el mármol. – ¿Puedes sentirlas?... Son demonios,
de los que te hablé.
–“A mí este sitio me sigue dando escalofríos…”–
Azrael miro atrás un tanto inquieto.
–“¿A ti también?” – sonrió
Kiyoshi, agradecido de no ser el único. – “Casi
se siente como si nos vigilasen, ¿no?”
–“Sí, es desagradable…”– Azrael
lo abrazó un poco para tranquilizarlo a él y a sí
mismo.
– Los siento. Están muy trabajados, puedo verlos.
– asintió el rubio, deslizando sus manos por ese altar,
sintiéndose triste de pronto.
¿Cuántas personas habrían muerto allí?
¿Cuánto sufrimiento habría tenido que pasar
Ashram?
– ¿Sientes el dolor? – le preguntó Ashram
sin apartar las manos de encima de las del rubio. – Sí,
lo siento. – contestó el chico en una voz suave.
– ¿Ves? Los objetos tienen alma. Estas piedras han
bebido mucha sangre…– apretó las manos suavemente,
encerrando las de Daniel dentro de las suyas. Lo llevó hacia
la pila y se las lavó, aunque sólo tenían musgo.
– Lo sé, los objetos tienen alma. Como tu espada...
– sonrió tristemente, recordando la primera vez que
le había dicho eso.
– Pero la rosa que hiciste para mí también.
–“Me siento un poco voyeur…”– le
confesó Azrael a Kiyoshi. – “Pero si los dejamos
solos, y encima aquí, Aki nos mata…”
–Te llevaré al jardín…– le indicó.
Sujetándolo por la cintura y caminando con él a través
de una de las puertas.
–Vamos… – le dijo Azrael a Kiyoshi aliviado
de salir de allí.
–Vamos. Puedes mirarme a mí si te hace sentir mejor.
– bromeó el chico, besándole la mejilla. –
¿Recuerdas cuando éramos pequeños y no pensábamos
tanto las cosas? Tenía menos miedo entonces, era un inconsciente.
Pero luego me daba miedo por la noche en mi propio cuarto.
–Baka…– Azrael se rió y le apretó
una nalga. Sentándose en la entrada del jardín y dejándolos
solos afuera. –Pero a mí me gusta este lugar, de algún
modo extraño…
– A mí también, me recuerda muchas cosas. –
asintió Kiyoshi, sentándose a su lado y besándole
la mejilla como si aún fuera un niño pequeño.
Ashram observó los panales de abejas, preguntándose
si aún estarían vivas y alejándose hacía
el fondo del jardín. –Aún crecen las rosas…–
le dijo al rubio. Cortando un tallo con las manos y comprobando
que no tenía pinchos. Lo miró fijamente, rozándosela
contra la mejilla para que la sujetase. Se sentía extraño
y por algún motivo aquella flor le recordaba a Daniel.
– Debe ser porque aún te recuerdan. – sonrió
tomando la rosa y oliéndola profundamente. – Tal vez
esta sea la forma de sanar de este lugar. ¿No lo crees?
–Yo creo que no tiene remedio. Está podrido. Estoy
seguro de que hay cadáveres bajo esta tierra, así
que incluso esa rosa está envenenada. No debí dártela…
Daniel se quedó callado, meditabundo. Lo cierto es que aquello
era para salir corriendo, pero comprendía a Ashram. Más
de lo que hubiese pensado en un principio. – No, esta rosa
es... algo bello. Nace entre las sombras y aún así
huele de esta manera. Es una superviviente.
Ashram lo observó en la penumbra con un gesto triste. –No
tienes que quedártela, puedes dejarla caer…
– No la dejaré caer. Es preciosa. – le aseguró,
sosteniéndola con cuidado. – ¿Crees que sobreviva
si la siembro en una maceta?
–No, no sobreviviría… sólo puedes dejar
que se seque si la quieres conservar. – observó la
rosa sin poder evitar acordarse de nuevo como se teñían
aquellos pétalos cuando la sangre caía sobre ellos.
–Yo creo que eres un ángel… – le aseguró
aún mirando la flor.
Azrael se giró un poco más, sintiéndose extraño
por observar aquellas cosas y escuchar aquella conversación
delirante que a él le hubiera hecho salir corriendo. Ellos
no se daban cuenta porque estaban acostumbrados a Ashram, pero se
notaba que estaba completamente mal de la cabeza. Eso le hacía
sentir mal.
– Yo creo que tú haces que este rosal sobreviva. –
le sonrió, aunque sabía que aquello no tenía
ningún sentido. Pero él tampoco era un ángel.
– Entonces quiero que plantes una rosa en mi piso. Puedes
hacerlo ¿no? Conservaré esta.
–Supongo que sí…– siguió con la
mirada baja sin saber qué decir y sintiéndose un poco
molesto.
– ¿Sucede algo? – le preguntó el rubio,
escuchando el cambio en su voz y extendiendo la otra mano para tocarlo.
– No tienes que hacerlo si no quieres...
–Me da igual. – respiró con fuerza, conteniendo
los deseos de apartarlo y mirando hacia arriba. Apretando las mandíbulas
angustiado a pesar de que de todos modos le bajó una lágrima
por la mejilla.
– No... – le pidió nervioso, deteniendo su mano
antes de tocarlo. Podía sentir esas cosas, le retumbaba el
corazón. – ¿Hice algo malo? ¿Acaso dije
algo?
Ashram lo miró y desvió la vista ligeramente. –No.
Es sólo que me gustaría que me comprendieras…
y no puedes, nadie puede…– se frotó la cara con
la mano. Sentándose en el suelo.
Azrael sujetando la mano de Kiyoshi para llevárselo más
hacia el interior y alejarse de ellos. Entre otras cosas porque
le estaban dando ganas de llorar a él.
– Lo intento. Pero creí que esta rosa... era esperanza.
– se sentó un poco cerca al escuchar sus movimientos.
– Ashram, no quiero lastimarte. No puedo leer mentes ni nada
así. Sólo... puedo sentir tu sufrimiento porque te
amo. ¿No quieres... que conserve esta rosa?
–Sí, no tiene nada que ver con la rosa. Pero sé
cuando alguien me contesta con evasivas para no decir lo que piensa…
– Pero yo no he hecho eso. ¿Qué me preguntaste?
Yo no tengo por qué ocultarte nada, Ashram. – le contestó,
sintiéndose un poco agitado él mismo.
–Yo creo que tú... haces que este rosal sobreviva…–
repitió sus palabras y siguió mirando a la hierba.
–Eso lo dijiste porque no sabías que contestar a lo
que yo te dije. Que creo que eres un ángel, sé que
se supone que estoy loco… pero yo no lo creo.
– Sólo contestaba lo que yo creo. Es lo que creo,
por ilógico que parezca. – suspiró, extendiendo
sus manos nuevamente para tocarlo. – ¿De verdad crees
que soy un ángel? Me gusta, me hace sentir bien. Pero no
lo soy... soy sólo un chico. Esta es la prueba, ¿no?
Pero no me molesta si quieres creerlo. Porque yo pienso seguir creyendo
lo del rosal sin importar lo que digas.
–Eso no es la prueba de nada. Los ángeles no son
perfectos. No es la prueba de nada…– repitió
serio, necio. –Tú no puedes saber si eres un ángel
o no. Yo creo que lo eres y aunque tú creas que no…
No es más cierto que lo que yo crea.
– Tienes razón, supongo. –suspiró, sujetando
su mano con suavidad. – Por eso te dije que yo creeré
lo que quiera. Te amo, Ashram, no me importa ser tu ángel.
Ashram lo miró, tranquilizándose un poco y aproximándose
a él, besándole los labios con suavidad mientras lo
abrazaba. –Lo siento…
– No, yo lo siento. No me gusta escucharte así. –
lo abrazó de vuelta, apretándose contra él.
– No soy muy cuidadoso.
–Sí lo eres, es sólo que yo soy así.
Sé que no es fácil estar conmigo, y aún así
tú nunca me dices nada…– lo abrazó con
algo más de fuerza, temiendo de pronto perderlo. –No
me volveré a poner así…
– No, no me importa. No tienes que fingir conmigo. –
le aseguró, sintiendo los ojos aguados. – Es fácil,
para mí es fácil, no quiero estar con nadie más.
–Te quiero…– susurró, tirando un poco
de él para sentarlo sobre sus piernas. Acariciándole
el cabello y suspirando un poco cansado de haber contenido sus sentimientos.
Azrael miro a Kiyoshi en la oscuridad del monasterio. –Espero
que no se pongan a hacer guarrerías… – bromeó
para aligerar la tensión.
– No lo harán, es Ashram... – sonrió
el chico, aliviado. No quería ni pensar en lo que sucedería
si Ashram se deprimía aún más de lo normal.
Sonrió, dándole un ligero codazo a Azrael. –
¿No quieres hacer guarrerías tú?
–Yo siempre quiero, pero no me apetece causarle un trauma
permanente a Ashram ¿Sabes?– se rió. Pegándole
una nalgadita. –Y este sitio no hace que se me levante…
– El sitio no importa cuando estás conmigo. ¿No
aprendes? – se rió, sentándose en sus piernas
también, quisiera o no el moreno.
– ¿Qué haces? ¿Sabes a qué juegas?–
torció una sonrisa, sujetándole las nalgas con las
manos para aproximarlo más a él. Besándolo
profundamente y oliendo su rostro después, mientras bajaba
hacia su cuello. –Qué bueno estás…
– Sé a qué juego. Y es un juego que me gusta
mucho... – se rió, bajando la voz luego porque en esas
ruinas había eco. – “Me gusta sentir tu respiración.”
–“No, lo que te gusta es ponerme caliente y dejarme
con las ganas para que luego te siga como un lobo…”–
le dio una nalgada. Alzándolo un poco y hundiendo la cara
contra su vientre. Mordiéndole una cadera.
– “Pero así debe ser. Dijiste que te hiciera
mirarme, ¿no? Ya no te voy a dejar descansar.” –
sonrió, acariciándole la espalda.
–Eso dije… ¿Y vas a hacer todo lo que yo te
diga? – se rió, subiéndole la camiseta con los
dientes y lamiendo uno de sus pezones al alzarla. Mordiéndoselo
suavemente. Sumamente excitado por su parte, oliendo su piel a cada
instante de forma intensa.
– Hm... No, sólo lo que me convenga... – le
aseguró, entrecerrando los ojos y observando de manera nublada
aquel techo altísimo.
–Hay alguien aquí…– murmuró Ashram,
mirando a Daniel y levantándose. No creía que fuese
conveniente que lo vieran allí a él.
–Tenemos que irnos. Entró a buscar a los otros dos
chicos, sintiéndose golpeado por la visión y tocándose
la cara un momento. –Kiyoshi… Hay… alguien aquí.
– ¿Ashram? – el moreno se apartó de
golpe.
– ¿Alguien? Vámonos. – el rubio casi
saltó, asustado, imaginándose quien sabe qué
y ansioso por estar en su piso ya.
Ashram les hizo una seña para que se callasen y se quedó
en silencio absoluto. La otra persona había dejado de moverse
también. Eso le preocupaba aún más. –“Llevaos
a Daniel por el jardín…e iros.”
– “No, Ashram...” – negó el chico,
susurrando porque suponía que debía de tener su razón,
pero no quería dejarlo solo allí.
– “Vamos... Confía.” – le pidió
Kiyoshi, llevándolo de un brazo, preocupado también.
Pero fuera lo que fuera, ellos no podían hacer nada.
–“Luego volveré…” – le aseguró.
Mirando a Kiyoshi y a Azrael antes de saltar hacia las vigas del
tejado. Colgándose de ellas y subiendo por el agujero entre
las tejas.
Alguien en el interior del edificio se movió, siguiendo
aquel sonido contrario al jardín.
–“Larguémonos, no le pasará nada.”
– les dijo Azrael, levándolos hacia el jardín,
tratando de no hacer ruido y confiando como siempre en Ashram, aunque
esta vez… estaba desarmado.
– “Ashram es... Él estará bien.”
– le aseguró Kiyoshi también, aunque Daniel
podía escuchar la inseguridad en sus voces. Si le pasaba
algo no sabía qué iba a hacer.

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