Capitulo
33
You Can Never Trust a Psychiatrist or a Policeman
Tarde. Clínica siquiátrica Sakura.
Viernes, 29 de mayo.
– Recuerde, puede llamarme si tiene algún problema...
– el albino sacudió con delicadeza la mano de la mujer
que se despedía de él, sonriendo un poco.
– Muchas gracias, doctor. Nos vemos dentro de un mes.
– Sí, que tenga un buen día. – el albino
cerró la puerta tras de sí, apoyándose un poco
en ella. Estaba cansado, no dejaba de pensar en eso. Había
sido muy estúpido de su parte descontrolarse así.
Se dirigió a su escritorio para revisar el expediente de
su próxima cita, mejor se concentraba en el trabajo.
– Doctor Hashimoto… – el detective entró
sin llamar. –No llamo a la puerta porque ya que somos tan
próximos…– el moreno que entraba con parte de
la mandíbula morada le sonrió desagradablemente antes
de cerrar la puerta. –Aunque usted no halla tenido la educación
mínima de llamarme al menos para disculparse, he venido a
informarle del caso a ver si me ayuda con algo… – espetó,
sentándose en el diván. –Oh y su secretaria
dice que la señora Andrade no podrá asistir a su cita.
Kaigan lo miró, frunciendo el ceño más aún
porque lo hubiese tomado por sorpresa. – Detective... –
se puso de pie, caminando hacia el diván, aunque finalmente
deteniéndose para inclinarse un poco ante él. –
Lo lamento, no debí haber actuado así. Fue inapropiado.
– Era lo que debía hacer, pero lo cierto es que estaba
pensando en que había sido violento, ilógico, pero
no estaba tan seguro de que hubiese sido inapropiado.
Drago se inclinó hacia él a su vez y lo miró
a los ojos. –Es mi trabajo. ¿Comprende? Antes de nada
está mi trabajo. ¿Cree que debería haberlo
dejado escapar para evitar que usted se asustase? Píenselo
fríamente. Trate de apartar por un momento sus sentimientos
personales de la escena.
–Pudo haber gritado, avisado de alguna manera. ¿O
le es muy difícil gritar y correr a la vez? – soltó
lo que realmente estaba pensando, sentándose luego. –
Disculpe, creo que aún estoy un poco alterado. El hecho es
que escapó, ¿no es así?
–Desgraciadamente… Pero guárdese el sarcasmo
donde le quepa. No estoy acostumbrado a trabajar de otro modo que
no sea solo. Si es que puede hacer el esfuerzo de comprenderlo.
– se pasó la mano por el cabello, suspirando con fuerza
y levantándose. Ya no estaba tan seguro de querer arreglar
aquello. –La verdad es que me pegó porque estaba preocupado
de que algo me hubiese ocurrido. ¿No es así? –
apoyó la mano en su mesa, mirándolo fijamente.
El albino lo miró a los ojos antes de desviar la mirada.
– Estaba enfadado porque hizo que me preocupara. Estuve a
punto de hacer una estupidez. Así que hice otra. –
sonrió sin mirarlo aún, no le gustaba sentirse así.
– Usted tiene una atracción hacia el peligro.
–Eso está mejor… mucho más sincero.
– suspiró, sentándose en el borde de la mesa
y cogiendo un cigarro, dejando escapar el aire por sus fosas nasales
como si lo hubiese agotado. –Usted también siente esa
atracción, ¿verdad? Por eso lo atraigo tanto. –
Se inclinó en la mesa y lo miró a los ojos. –Yo
hago todo lo que usted no se atreve a hacer… Como esto. –
le besó los labios tratando de abrirse paso en su boca.
Kaigan abrió los ojos sorprendido, empujándolo hacia
atrás, nervioso e incómodo. Se tocó el rostro,
rogando no haberse sonrojado, aunque no recordaba haberlo hecho
jamás. – ¿Qué cree que está haciendo?
Drago sin embargo lo atrajo a la fuerza. – Besarlo. Y usted
puede golpearme después si quiere…
Kaigan respiró con fuerza, esta vez dejándose besar.
En realidad, devolviéndole el beso con algo de violencia,
sintiendo que lo quería matar a la vez por ponerlo así.
Se separó de él, limpiándose los labios luego.
– Idiota...
Drago sonrió alzando una ceja, incrédulo. –Oh…
no me digas eso, me harás sonrojar. – se rozó
el labio inferior con un dedo. –Vaya, eres una caja de sorpresas,
me encantan los siquiatras.
– Ya veo... – suspiró, alejándose y regresando
detrás de su escritorio, intentando ganar un poco de tiempo.
– ¿Por qué hizo eso? ¿Le parece divertido?
– ¿Divertido? No lo calificaría de aburrido,
claro… Pero se me ocurren otros modos de definirlo. –
caminó despacio hasta detrás de su silla. Inclinándose
ligeramente. –Sabes por qué lo he hecho. Nunca había
conocido a una persona tan madura, inteligente, atractiva y divertida
antes. Tienes otros dones, pero… no quiero que me pegues otro
puñetazo. – apoyó las manos en sus hombros y
le rozó la cara con la suya desde atrás.
– No tengo nada de divertido a menos que le agrade burlarse
de mí. Y creo que sí... – sonrió un poco
sin poder evitarlo, suspirando. – Es usted odioso.
–Ah… lo sé. ¿No te encanta? –
olió su piel en el cuello y se lo besó abruptamente,
succionándola un poco y sujetándolo para que no huyese.
–Y llámame Adamo… a estas alturas sería
lo más apropiado.
–Adamo... Sigo sin estar seguro de esto. – le advirtió
observándolo. Definitivamente no era algo ético, y
eso era el menor de los problemas. – No eliminará las
sesiones. Nada de lo que haga.
–No creerás que hago esto para saltarme las sesiones.
Sé que será peor incluso… – suspiró
con fuerza. Sentándose en la mesa y mirándolo fijamente.
–No estás seguro, entonces dime que no quieres seguir
adelante y no volveré a besarte. Es simple.
– No, no lo es. Te dije... que es difícil para mí
expresar lo que siento. No me gusta dejarme llevar por mis sentimientos,
no me deja pensar con claridad.
–Déjate llevar por los míos… –
encendió un cigarro mirando hacia la ventana. –Tienes
muchos motivos para hacerlo y muy pocos para evitarlo. Soy tu paciente.
¿Y qué? Buscaré otro siquiatra si me pones
esa excusa.
– ¿Sí? Pero ese es el problema, no quiero que
lo hagas. Y es lo que debes hacer. Es estúpido y egoísta
de mi parte. – observó su rostro, preguntándose
qué le atraía de ese hombre. Tenía deseos de
besarlo y lanzarlo por la ventana a la vez. – No es todo...
es por cómo soy, por lo que he estado haciendo toda mi vida.
Drago suspiró con fuerza, fumando y alzando la cabeza ligeramente.
–Kaigan… deja de complicarte con eso. Ya veremos qué
pasa. No pienso cambiar de siquiatra. Con que uno me golpee es suficiente.
– Ya te lo expliqué. – bajó el rostro,
aún mirándolo de soslayo, intentando recuperarse.
– Kaigan... No te he dado permiso para que me llames así.
¿Sabes? Para un japonés eso es una falta de educación.
–Pero yo soy italiano, ya sabes. Nos gusta la pasta y somos
de la mafia. – torció una sonrisa, hablando de los
tópicos de la gente. Se giró un poco y lo miró
a los ojos. Realmente lo debía de haber dejado en shock con
ese beso, parecía como si no pudiese asimilarlo. Lo miró
serio, fumando, pensativo. –No puedes evitar estar enamorado
de mí, ni siquiera con todos los razonamientos del mundo.
– Pero puedo meditarlo y buscar la mejor manera de proceder.
¿O no? – le sonrió ligeramente, tratando de
defenderse, aunque era consciente de lo que hacía. –
¿Realmente vino aquí a hablar del caso?
–Desde luego, pero antes debo dejarle tomarse un respiro
para que salga de su shock. – siguió fumando tranquilamente.
–Puede meditarlo y buscar la mejor manera de proceder o lo
que quiera. Sólo enséñeme luego el contrato
por si deseo o no firmarlo…
– ¿Sabe una cosa? Me desespera. Es un problema que
tengo con usted. – le confesó, mirándolo serio
y moviendo la silla hacia atrás, poniéndose de pie
súbitamente. – Vamos...
– ¿A dónde? – lo miró sorprendido.
Pensando que estaba peor que él y se suponía que debía
hacerle caso.
–Dijo que necesitaba tomarme un respiro. Iré a beber
una taza de café. Eso siempre me ayuda. – le aclaró,
observando la expresión en su rostro y sonriendo un poco.
– ¿Pensó que lo llevaría a un cuadrilátero?
–Estaba seguro de que a un hotel no. – alzó
una ceja serio, devolviéndosela por donde veía que
le afectaba a su vergüenza.
– Estoy recuperándome de un shock, no necesito otro.
– le contestó, mucho más repuesto por esa pequeña
lucha.
–Me alegra saber que eso le ocasionaría un shock.
Es incómodo seguir hablando de este modo después de
habernos besado. Señor japonés… ¿Está
seguro de que es necesario para que no entre en shock de nuevo?
– se guardó las manos en los bolsillos de los jeans
mientras lo seguía afuera de la clínica.
–No, no es necesario, pero me resulta difícil cambiar
así. Por otro lado, no puedes venir a las sesiones y que
tu siquiatra te hable así. – se quedó pensativo
ya que lo hacía con Ashram, pero era distinto.
–Claro que sí, lo sé por experiencia. –
lo miró escéptico.
– Lo sabes por... – lo miró recordando lo que
le había comentado y aclarando. – No es lo mismo hablarle
a un niño de trece años que a un detective de la policía...
–Aja… pero nadie está hablando de niños
de trece años ahora.
– A eso me refiero, no se... no te pongas a la defensiva.
De todos modos, creo que quedamos en que eres un adolescente.
–Si quedamos en eso, también quedamos en que tú
eres un crío…– lo miró a los ojos y entró
en la cafetería. Sentándose y pidiéndole un
café largo. – ¿A qué te refieres? ¿A
qué aún no nos conocemos bien?
– A que no es profesional. Y no, aún no nos conocemos
bien. Pero creo que es más por su lado que el mío.
Y eso me inquieta. – confesó, desviando la mirada de
nuevo y tomando uno de los sobres de azúcar, moviéndolo
en su mano. – Por otro lado, las personas son lo que son,
no su pasado, ni su trabajo. Tal vez sí nos conocemos.
–Se te empiezan a acabar las excusas…– se apoyó
en una mano mientras revolvía su café. –Sinceramente,
no necesito un siquiatra tanto como otras cosas. – miró
la espuma girar tras el movimiento de su cuchara como si fuese realmente
interesante.
– Necesitas hablar de tus problemas, de las cosas que no
te gusta discutir. Por eso necesitas un siquiatra. – le aseguró,
sin estar dispuesto a aceptarle eso, alzando la mirada de nuevo.
– Pero todos necesitamos otras cosas.
–A lo mejor lo que necesito es un amigo… – lo
miró a los ojos serio y bajó la mirada para beber
de su taza. –Y un par de cafés.
– Ya tiene eso... – sonrió, bebiendo un poco
de su taza y dándose cuenta de que lo había tratado
de usted de nuevo.
–Pues deja de empujarme y de tratar de considerarme un simple
paciente interesante. Es molesto. Aunque creo que me excita…–
le dijo luego, sólo para que dejase de sentirse con el control.
– Creo que a usted lo excitan muchas cosas extrañas,
tal vez debería analizar eso. – le sonrió, notando
lo que intentaba hacer y contestando con sinceridad luego. –
No lo considero sólo un paciente. No eres... muy observador
para cierto tipo de cosas.
– ¿Eso me lo dice el que pregunta qué hago
después de que lo besé? Y yo creía que ya lo
habrían besado antes…– bebió un poco de
café y sonrió ladinamente.
– He sido besado antes, pero no de esa manera y menos aún
por alguien a quien consideraba enfadado. – frunció
ligeramente el ceño por un segundo, volviendo a beber de
su café. – Si fueras sólo un paciente, hubiese
recomendado a otro siquiatra desde aquella conversación que
tuvimos.
–No hiciste eso porque no querías dejar de verme…
– se pasó la mano por la frente, pensando que no sabía
en qué quedaba la cosa. Posiblemente en nada y tendría
que volver a las mismas en poco tiempo. Se apoyó observándolo.
–Hablemos del caso… que es lo importante.
– ¿Y esto no lo es? – Lo observó a los
ojos, como estudiándolo, pero sin saber cómo hacerle
entender. – Hablemos del caso entonces. ¿Encontró
algo en esa casa?
–La mujer estaba al final del pasillo… En cuanto me
vio, sonrió. Pero no parecía estar mirándome
realmente, no me dio tiempo a hacer nada. Se voló la tapa
de los sesos. Era la asesina del sagrado corazón. Hemos contrastado
su ADN, no hay duda, así que probablemente el asesinato del
hijo del señor Martín se perpetrase entre ambos o
al menos con conocimiento de ella. – miró al siquiatra
a los ojos, esperando su opinión. –Tal vez ella lo
mató durante una visita… o lo coaccionó para
que lo hiciese.
– Probablemente sea lo segundo. Quizás incluso su
hijo estaba reclutado. ¿Puede ser? Pero el hecho de que haya
sonreído... ¿Tal vez lo estaba esperando? ¿Cómo
podía saber que usted iría? – negó con
la cabeza, intentando apartar lo demás de su mente y pensar
con claridad. – Había alguien más con ella,
la persona a la que usted persiguió. Tal vez... “dios”.
Se sentía feliz de poder complacerlo.
–Me volteé porque escuché un ruido. Estaba
quemando los papeles y demás. Los forenses han tratado de
recuperar lo máximo posible, pero…– negó
con la cabeza, dándole a entender que no habían tenido
éxito por el momento. –Entre el fuego y el agua apenas
se puede hacer nada. Al menos perseguirlo me sirvió para
hacerme una idea de cómo es. Un varón, joven, delgado
y rubio… de nuevo. Ese no es un cabeza de turco. Es algo más.
Debe ser su mano derecha. “Dios” lo envía para
comprobar que las cosas se hagan bien…
– Pero aún tienen a un niño... y ya no tienen
cabeza de turco como los llama usted. Aún así no creo
que lo hagan ellos mismos. Odio admitirlo, pero parece que consiguen
a estas personas con bastante facilidad. Una familia entera. Y lo
saben. En caso de que te descubran, morirás. – meditó
pensando en la mujer, recordando su cadáver. – Pero
ellos acceden a esto.
–Podría ser uno de esos grupos de apoyo para matrimonios.
– el moreno se cruzó de brazos, pensativo. –Nadie
dice que tengan a un chico, sólo hemos hecho la predicción
de que en tres días habría uno, porque esa era la
pauta de los primeros asesinatos. No saltes a conclusiones…
– suspiró con fuerza, pensando y tratando de lograr
que se le ocurriese algo. –No creo que ese centro o lo que
quiera que sea pueda localizarse abierta y públicamente…
– se apretó una ceja con los dedos porque empezaba
a dolerle la cabeza a causa del sueño. –Eso explicaría
por qué en el caso del primer chico no fue realizada la denuncia
de su desaparición…
– Lo explicaría, pero de alguna manera tienen que
enterarse de estos centros y sería demasiado que todo fuese
tan secreto. Nadie se esfuerza así por conseguir terapia
matrimonial habiendo tantos... – lo miró pensativo,
registrando su gesto casi sin darse cuenta. – Tal vez son
pacientes de algún psicólogo. Tal vez su médico
les recomienda este lugar. Sólo es una idea, claro.
–Tal vez sí. Un psicólogo podría discernir
qué son capaces de hacer esas personas con el estímulo
necesario. ¿Cierto?
– Probablemente, uno bueno podría. – asintió,
sin apartar la vista de sus ojos. – Incluso si los convence
de someterse a hipnosis por ejemplo. Y no me refiero al tipo de
cosas que ve en la televisión, pero es posible implantar
ciertas ideas, falsas memorias incluso. Claro, tal vez sólo
las estudia antes de recomendarles ese lugar.
–Ya veo… Es una buena teoría, pero desgraciadamente
sólo es eso…– se terminó el café
y pidió otra taza. –Uno no puede fiarse de su psicólogo…
– Sí puede. Tanto como puede fiarse de su cartero
o de un policía. Los hay buenos y malos... – le sonrió
para que no condenase a toda la profesión por ello. –
Es una teoría, pero estoy en posición de averiguar
los nombres de los sicólogos que se especialicen en este
tipo de casos. Si quemaron sus papeles es posible que no haya rastros
de que sean pacientes, pero puedo intentarlo de todas formas.
–Eso sería genial… – el moreno se emocionó
ligeramente ante la perspectiva de poder encontrar una pista de
base. –Pero suponiendo que ese cabrón ejerza con título…–
se echó el cabello hacia atrás, ligeramente agobiado.
–Esto no se va a detener porque esa mujer haya muerto, ni
siquiera va a retrasarse. Mañana habrá un nuevo cadáver.
– se pasó la mano por el pecho, colándola por
la abertura de su camisa.
– Lo sé. Siempre que muera uno, encontrarán
otro. No me sorprendería que ya los tuvieran elegidos...
– lo miró a los ojos, de manera seria. – Pero
es un comienzo. Si no ejerce con título, de alguna manera
debe anunciarse.
– ¿Cree que se vería mal de chica? –
esbozó una sonrisa para hacer patente que bromeaba. –A
estas alturas ya deben saber de mí, de todos modos no podría
infiltrarme.
– Y no creo que sea indicado. Suficiente con estar entrando
en casas en fuego y saltando por las ventanas. – frunció
el ceño, bebiendo de su taza de manera un tanto brusca, mostrando
la leve quemadura que tenía en el brazo.
– ¿Y eso? – Drago le sujetó la mano
sin molestarse en explicarle de nuevo que hacer esas cosas era su
trabajo.
– ¿Qué cree? Traté de subir... y perdí
una chaqueta fina en el intento. – exhaló como si eso
le molestase más. –Debería cobrársela.
Drago sonrió levemente. –Claro, ¿Cuánto
le costó? – Preguntó, aunque no estaba pensando
en eso. –Cuando entra en una casa en llamas para salvar a
otra persona y aún así no quiere admitir lo que siente…
es que realmente tiene un problema.
–Lo sé. Tengo un problema, se llama Adamo Drago. –
sonrió, negando con la cabeza. – Olvídalo, sólo
estaba bromeando.
Drago sonrió y miró a otro lado sólo para
observar sus ojos de nuevo casi de forma inmediata. –Cena
conmigo.
– Lo consideraré una disculpa. – sonrió,
aceptando de manera sutil y ladeando un poco la cabeza.
–Aunque no puedo prometerte que no vayan a llamarme en medio
de la noche… – lo observó, respirando con fuerza
mientras encendía un cigarro.
– Tendré que ir contigo entonces, si eso sucede. No
quiero que tenga más accidentes, o el inspector pensará
que no sirven de nada las sesiones.
–Excusas…– encendió un cigarro y golpeó
la cajita contra la mesa. –Los bomberos se lo pasaron genial
después de que me pegase ese puñetazo, hasta tuvieron
que llevarme de vuelta.
–Claro, no podía llevarlo de vuelta. Nos hubiésemos
estrellado. – le aclaró, aunque en realidad se había
ido por furia. – No me siento orgulloso de ello. Mucho menos
de que alguien como Adan Adler me haya visto así. Espero
que no se lleve una mala impresión.
–Se llevó la misma impresión que todos los
demás, que éramos una pareja discutiendo. –
le aclaró serio, fumando y alzando un poco la cabeza distraído
en una niña que corría por la calle.
– ¿Una pareja? – lo miró sorprendido
ya que no lo había pensado.
–Por supuesto, uno se expone al peligro, el otro entra para
ayudarlo. Luego se da cuenta de que se estaba preocupando por nada,
le pega y se va furibundo. – lo miró a los ojos de
nuevo y se apoyó en una mano.
Kaigan suspiró, deseando fumar en esos momentos, seguro
que era relajante... – Entonces, esperemos que no diga nada.
– ¿Qué podría decir? Ellos son una
jaula de grillos…
– Mientras sólo hablen entre ellos... – le sonrió,
girando su taza en la mesa. – Sólo me preocupo por
las sesiones, lo sabes.
–A estas alturas… ¿A quien le importa la orientación
sexual de su siquiatra? Quien quiera pensar que eres gay lo hará
y quien no… dirá que no pasó nada, eso es todo.
– se echó hacia atrás en la silla, observándolo.
– No es eso, me refiero a la parte en la que dicen que no
es muy ético involucrarse sentimentalmente con un paciente.
Y tampoco es muy sano de su parte involucrarse con su siquiatra.
Drago se rió con el cigarro entre los labios. –A
mí lo único que me interesa es que me gusta.
– Es un irresponsable, por eso se mete en tantos líos.
– sonrió igualmente el médico. – ¿No
le importa mi credibilidad?
–No creo que pueda afectarle. Lo tiene tan simple como decir
que no soy su paciente. Sólo necesito su ayuda para esto
y por eso acudo tanto a la consulta. Nadie sabe lo que ocurre dentro.
Debería aprender a mentir.
– Usted es un experto en eso. Y sigue siendo irresponsable.
– negó con la cabeza, desaprobando. – Creo que
debo regresar a la consulta. ¿Y usted?
–Yo iré a la oficina del forense…– se
levantó cogiendo la cajetilla de cigarros y dejando el dinero
sobre la mesa. – ¿Dónde quiere cenar?
– Ya que me da a elegir... iremos a ese restaurante de sushi
en la avenida 34. Me siento algo nostálgico. – le sonrió,
preguntándose si le gustaría algo así. Tenía
curiosidad.
–No sé cual es. – confesó sincero. –
¿Es un sitio fino?
– Sí, espero que se arregle, detective. – asintió,
divirtiéndose un poco por dentro.
–Tranquilo. No le haré pasar vergüenza. –
lo miró de soslayo, sospechando que estaba metiéndose
con él. – ¿Me va a venir a buscar? – le
preguntó de camino a la consulta. –Si lo hago yo…
me odiará, dirá que soy un inapropiado por llevar
traje e ir en moto.
– Le iré a buscar yo, de todos modos no conoce el
restaurante. – sonrió, imaginándoselo vestido
así en moto. Por alguna razón, no le desagradaba la
imagen.
–Bien. – sentenció, subiéndose sobre
la moto y mirándolo. –Sea bueno, doctor…oh…
y por cierto… Tiene una marca en el cuello. – sonrió
malditamente mientras cogía el casco.
El albino se cubrió el cuello, pensativo, observándolo.
– No se meta en más líos, detective. –
le aconsejó, despidiéndose mientras el otro arrancaba.

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