Capitulo
30
Fanning the Flames
Medio Día.
Jueves, 28 de mayo.
–Ya… eso imaginaba…– Drago suspiró
con fuerza. De pie ante la puerta del hospital siquiátrico,
caminando de un lado a otro despacio mientras hablaba por teléfono.
El cigarro colgando de sus labios mientras se preguntaba para qué
lo habría invitado a comer con esa excusa de hablar del caso.
Peor aún… Comenzaba a pensar que tenía ciertos
problemas con los siquiatras.
– ¿Le hice esperar demasiado? Podía haberse
quedado en la sala. – lo saludó el médico, sonriendo
mientras se acomodaba la chaqueta.
–No, acabo de llegar. – lo miró mientras guardaba
el teléfono en su bolsillo. –Me han dado nuevos datos
de la autopsia del chico, Ashram tenía razón. Se pinchó
mientras colocaba las espinas. No hay sólo sangre del niño,
también la de una mujer.
– ¿Una mujer? – el psiquiatra lo miró
sorprendido, suspirando luego. – Supongo que eso explicaría
las dudas un poco más. Aunque también recalca el hecho
de que no sirvo para detective. – le sonrió, echando
a caminar hacia su coche.
– ¿Sigue sin querer subirse a mi moto, doctor? ¿Es
muy mayor para eso?– preguntó, sonriendo levemente
sin mirarlo.
– Si lo soy, entonces dentro de un año, usted también
lo será. – se giró, observándolo y notando
aquella sonrisa. – ¿Tiene algún interés
en que me suba a su moto, detective?
–No, sólo me regocijo en la vergüenza que le
ocasiona… – se rió entre dientes. Por un momento
olvidándose del trabajo.
– ¿Qué le hace suponer que me da vergüenza?
– le preguntó como examinándolo, casi sin percatarse
de lo que hacía.
–Dígame que no se la da…– lo miró
a los ojos serio. Esperando su respuesta.
– No me la da, es sólo que pienso que sería
incómodo. Somos dos hombres adultos... – le contestó,
mirándolo a los ojos también.
Drago comenzó a esbozar una sonrisa y se apoyó en
el coche plateado del siquiatra, esperando a que le abriese la puerta.
–Se la da…
– Bien, digamos que me da vergüenza. Ahora dígame,
¿usted no tiene nada que le dé vergüenza? –
le preguntó aún sin abrir la puerta del coche, observándolo.
–Hay muchas cosas que me hacen sentir avergonzado y ninguna
que me dé vergüenza…– lo miró a los
ojos preguntándose qué pretendía con esa pregunta.
– Bien, pensaba hacer un intercambio, pero si así
lo quiere... – sonrió ligeramente, abriendo las puertas
del coche y entrando en él, girando la llave en el contacto,
esperando.
–Hm…– Drago entró en el coche y abrió
la ventanilla. – ¿Qué clase de cosas le dan
vergüenza? Me debe una respuesta sincera…
El albino lo observó, sonriendo un poco incrédulo,
pero era de esperarse. – Cualquier cosa que me parezca poco
digna. O... – desvió la mirada más serio, conduciendo
con cuidado. – ... tener que expresarle a alguien cercano
lo que siento.
–Así que le parezco indigno cuando voy en moto…
– lo miró de soslayo, conteniendo las ganas de dejar
escapar una carcajada.
– No, me parece que yo me vería indigno en una. No
soy ese tipo de persona. – sonrió, observándolo
de soslayo antes de volver su vista a la calle. – ¿Le
parece gracioso?
–Ah… me parece terriblemente gracioso…–
se rozó los labios con la mano, sonriendo después
y mirando por la ventanilla mientras encendía un cigarro.
–Infantil incluso…
– Gracias, siempre me han dicho que parezco más joven
de lo que soy... – contestó, tomándoselo a broma,
al menos en el exterior. – Pero la última vez que me
salió huyendo yo pensé que usted parecía un
adolescente.
–Gracias, siempre me han dicho que tengo unas nalgas muy
juveniles.
– ¿Por qué asume que le miraba las nalgas?
– preguntó el albino añadiendo luego. –
Ha estado fumando más estos últimos días, ¿no
es así?
–No, siempre fumo sin parar. – mintió, ya que
sí fumaba más desde que este caso había comenzado.
– ¿Las miraba?
– No, ¿ve? Yo también puedo mentir. –
sonrió, girando a la derecha y pensando que eso no era muy
ético. Pero por alguna razón, no se sentía
tan mal por haberlo hecho. Tal vez era porque ya habían roto
el protocolo hasta cierto punto.
El detective se rió para sí. Pasándose una
mano por el cabello y poniéndose serio a medida que se sumía
en sus pensamientos.
Kaigan suspiró, girando a la izquierda ahora y reduciendo
la velocidad. – Tranquilo, me va a costar trabajo. Pero quedamos
en que no lo analizaría fuera de la consulta. ¿Recuerda?
–No puedo estar tranquilo, sólo me quedan dos días.
– suspiró con fuerza, llevándose el cigarro
a los labios y pasando de comentarle nada acerca de si pensaba analizarlo
o no. Estaba claro que lo haría.
– Me refería a que puede estar tranquilo en cuanto
a mí. Ya sé que el caso no es algo para relajarse
exactamente. – negó con la cabeza, pensando que era
obvio en donde estaba su mente. – ¿Le fue de ayuda
hablar con Ashram?
–Sólo para confirmar mis sospechas, pero espero que
recuerde a alguien. A alguien debe recordar…– golpeteó
con los dedos en marco de la ventana. –Dirá que son
cosas mías, pero a veces me parecía que estaba desafiándome…
– Creo que a Ashram no le gusta que duden de él, detective.
Y también creo que lo estaba midiendo contra la figura del
detective Sven. Parece tenerlo en alta estima. – le explicó,
aparcando el coche frente al restaurante. – ¿Realmente
está tan convencido de que es la misma secta? Él mismo
dijo que parecía un show.
–Ojalá pudiera estar convencido de algo con este caso…–
suspiró, bajándose del coche y dándole una
calada al cigarro antes de tirarlo en el borde de la acera. –Quisiera
tener algo por donde empezar, pero los crímenes ilógicos
siempre son los más difíciles. Ha de tener una lógica,
una descabellada y enfermiza. Es sólo que yo no soy capaz
de encontrarla…
– Tiene lógica. Por supuesto. Tiene una serie de reglas
y procedimientos. Eso siempre demuestra cierta lógica. Pero
es difícil ver la imagen completa a menos que se pueda ver
dentro de la mente del asesino. Y eso no es nada fácil. –
le aseguró por si se estaba culpando de nuevo. – Ashram
parecía creer que las edades no son importantes, tal vez
no sean las edades si no el día en el que nacieron.
–Tal vez sí… pero quién sabe quién
es un ángel y quién no para ellos. No puedo poner
a Ashram a trabajar delante de una base de datos noche y día…–
satirizó la situación, sentándose a la mesa
y mirando la carta. –Probemos algo… Usted es el señor
Martín. Está casado desde hace dieciocho años,
tiene un hijo, un empleo seguro, es feliz… ¿Por qué
se une a mi secta? Yo no lo he ido a buscar, usted no es especial.
Me valdría cualquier otro.
– Tal vez porque me hace falta algo, tal vez he vivido negando
algún aspecto de mi vida... – le contestó pensativo,
intentando ponerse en esa situación. – Tal vez no soy
tan feliz como les hago pensar a los demás. Y en su secta...
veo esperanza. Pero ¿cómo me enteré de su secta?
–Cómo… – Drago se apoyó una mano
en los labios, golpeando con los dedos la mesa de forma impaciente.
–Tal vez yo conocía a alguien que lo encontraba el
cabeza de turco perfecto, no. Demasiado difícil, demasiadas
molestias. Una iglesia en un barrio marginal. No, tampoco. No me
parece la clase de hombre que se movería por ese tipo de
lugares. Cuando registraron la casa no encontraron nada importante.
Algo como un centro de ayuda o cualquier cosa de ese tipo donde
personas anónimas se reúnan. Personas que crean que
les falta algo en sus vidas… Seguro que pasarían por
alto algo así. Debo volver a la casa…– por poco
se levantó. Sentándose de nuevo.
–Después de comer…
– Comprendo que esté alterado, pero debe disfrutar
su comida. Le hará bien. – lo observó, notando
su inquietud y dejando la carta a un lado. – O puedo acompañarlo
ahora y tener una cena tardía.
–Lo que sea por estar conmigo…– el moreno se
levantó. –Comamos algo por el camino. Pida algo mientras
hago unas llamadas.
– O podemos dejar esto para otra ocasión si le es
tan incómodo. – le devolvió alzando una ceja,
aunque de igual manera dirigiéndose al mostrador para pedir
algo que pudiesen llevar.
–Sí, lo sé…– discutió Drago
al teléfono con el inspector. Apoyando su mano en la cintura
del siquiatra para molestarlo mientras hacía el pedido. –Mire…
el doctor Hashimoto está de acuerdo. No, no hace falta que
lo llame, maldita sea. Está a mi lado… Joder. –
le pasó el teléfono con cara de castigo divino, aunque
a pesar de eso seguía con la mano en su cintura.
– ¿Buenas? Sí, soy el doctor Hashimoto. –
contestó, mirando de lado al detective, preguntándose
qué hacía, pero prestando atención al inspector
que le hablaba en el teléfono. – No tiene que preocuparse,
es perfectamente lógico. Estoy al tanto de que el tiempo
apremia, lo comprendo. Sí, sí, como le dije, no se
preocupe, me haré cargo. – sonrió, colgando
el teléfono y devolviéndoselo. – Parece que
no confía en su juicio, detective.
–Confía en mi juicio. Lo que no confía es en
mis métodos. Esa mujer está en casa de su madre, lo
que también podría decirse de otro modo: Allanamiento
de morada. Lo siento. Si se lo hubiera dicho, probablemente no habría
accedido. – le quitó el teléfono por si acaso
y se tapó los labios con un dedo.
– Detective... Eso puede meterlo en problemas. ¿Está
seguro de que quiere hacer eso conmigo por delante? – le preguntó
ya que estaba seguro de que lo haría de cualquier manera.
Drago se rió jocosamente. –No me busque la broma fácil…–
murmuró saliendo del restaurante hacia el coche.
– Pero usted sabe... aún si encuentra algo no sería
admisible en un juicio. – le recordó, abriendo las
puertas del coche y entrando, dejando la bolsa con comida en el
asiento de pasajeros para que la tomase el detective. – Pero
a usted no le interesa este juicio realmente, ¿o sí?
–No, ese hombre está muerto. Sólo me interesa
el niño. Ni siquiera me interesan estos asesinos. Sé
que debo cogerlos, pero también sé que sólo
me hacen perder el tiempo y distraerme de mi objetivo. – Se
subió con él al coche y abrió la ventanilla
de nuevo. –Salvar a esos niños y coger a ese cabrón…
– Pero no podrá hacerlo si le suspenden. – le
recordó, ya que por esta vez se haría la vista gorda.
Pero no quería alentarlo a quebrantar las leyes cada vez
que se le ocurriese algo.
–Fuiste tú quien me animó. – lo miró
serio. Pensando que jugaba con él.
– ¿Yo, eh? No sabía que incurriríamos
en allanamiento de morada. –sonrió, notando el cambio
en su manera de hablarle.
El moreno chasqueó los labios, ligeramente fastidiado. Mirando
hacia fuera y pensando que de todos modos pensaba entrar.
..............
Kaigan aparcó el coche junto a la acera, mirando al detective.
– Bien, aquí estamos. – le anunció, observando
la casa en sombras. No se sentía muy tentado de cometer un
delito, no era sabio de su parte tampoco. Pero se sentía
aún menos tentado de permitir que entrara solo.
– ¿Seguro que quiere ser un chico malo? Puede esperarme
aquí si quiere…– buscó en su abrigo una
ganzúa y alzó una ceja observando al medico. –Sea
bueno y espéreme aquí, así me avisa si alguien
viene… ¡Sh! – le mandó callar y llamó
a la puerta. El ruido cesó por completo entonces. –Abra
la puerta. – la golpeó esperando un momento. –Sé
que está ahí. ¡Abra la puerta!
Kaigan permaneció en silencio, observándolo, aún
sin estar seguro de si estaba haciendo lo correcto. No, claro que
no, estaba haciendo algo completamente ilógico. Abrió
más los ojos al ver un ligero resplandor naranja dentro de
la casa, escuchando un sonido como de algo que se rompía
al caer. – Detective... creo que se está quemando la
casa. – le advirtió con la voz un poco alterada al
notar el patrón con el que se movía aquel resplandor.
–Mierda… llama a los bomberos. –empujó
la puerta varias veces con el hombro y finalmente le pegó
un tiro a la cerradura. Cubriéndose inmediatamente la cara
con el brazo y recordando que podría haberse matado por entrar
de ese modo en un incendio. Gracias a Dios, pensó inmediatamente.
Un golpe de humo y calor sacudiendo su rostro.
Subió por las escaleras corriendo a toda prisa ya que las
llamas comenzaban a inundarlo todo. Olía a gasolina. El sonido
de una pistola resonó en la casa. La mujer al final del pasillo
sonriendo antes de caer desplomada.
– ¡Detective! – gritó el albino al escuchar
el disparo, temiéndose lo peor. Pisó adentro de la
casa, deteniéndose antes de lanzarse ilógicamente,
en vez de eso, tocando la tecla que llamaría a los bomberos.
– ¿Bomberos? Vengan rápido. – procedió
a dar la dirección, mirando a su alrededor. – Sí,
traigan una ambulancia también, puede haber un herido...
–les pidió, aunque sabía de sobra que los bomberos
estaban preparados para esa clase de circunstancias.
– ¡Mierda! – el detective arrastró el
cuerpo y el arma con él hacia las escaleras. Pero si estas
estaban ya en llamas cuando entró, ahora parecían
parte del mismísimo infierno. – ¡Eh! ¡Alto
ahí! – dejó el cadáver en el suelo de
pronto. Corriendo hacia una de las habitaciones y tapándose
la cara para cubrirse del fuego. Habían originado allí
otro incendio y la persona que lo había hecho corría
ahora calle abajo. – ¡Mierda! – se debatía
entre salvar el cuerpo, tratar de encontrar lo que quiera que tenían
tanto interés en quemar y correr tras el sospechoso. Finalmente
se descolgó por el marco de la ventana trasera tras tirar
al suelo el cadáver.
– ¡Detective! – lo llamó el albino aún
esperando que bajase, pero no lo veía y las llamas cada vez
estaban peor. – ¡Detective! Demonios... – repitió,
frunciendo el ceño y quitándose la chaqueta para colocarla
sobre su cabeza, tratando de subir las escaleras, pero luego de
subir dos escalones era claro que no lo lograría. –
¡Ah!– dejó escapar un grito al sentir el calor,
notando que una de las mangas de su chaqueta estaba prendida y tirando
la misma al suelo, saliendo de allí. Los bomberos debían
estar por llegar, pero aún así no podía sentarse
a esperar, ya había pasado demasiado tiempo. Le dio la vuelta
a la casa para ver si había otro modo de subir, deteniéndose
al ver el cadáver, justo cuando las sirenas de los bomberos
se empezaban a escuchar a lo lejos.
– ¿Hay alguien en el interior? – le preguntó
uno de los chicos que observaba el cadáver fijamente. –
¿Habéis llamado a la policía?
–Doctor…– Adan lo miró – ¿Qué
ha pasado?– preguntó mientras los chicos extinguían
el fuego.
– ¡El detective Drago! Está... el detective
Drago entró y no ha vuelto a salir – le contestó
el albino, observando el cadáver por un momento. –
Hubo un disparo...
Los chicos de la ambulancia recogieron el cadáver.
– ¿Hay un policía dentro? – preguntó
el bombero que acto seguido entraba con Adan en el interior.
Al poco rato el mismo policía al que buscaban se paraba
al lado del siquiatra con cara de agotamiento y sudando. –
¿Y el cadáver?
Kaigan se giró, mirándolo sorprendido y luego a la
casa, exhalando con fuerza. – ¿No estaba usted... dentro
de la casa?
–Salté por la ventana. – le contestó
como si fuera una obviedad. –Había alguien más
ahí dentro, maldita sea… se me ha escapado…
Uno de los bomberos negó con la cabeza y avisó a los
que estaban dentro de que la casa estaba vacía.
– Detective... – Kaigan apretó un puño,
y antes de que pudiera pensar siquiera en lo que estaba haciendo,
ya le estaba estampando un puñetazo en el rostro. A duras
penas le prestó atención al par de bomberos que corrieron
hacia ellos, ya había empezado a caminar hacia su coche.
Drago se sujetó la mandíbula, escuchando un ligero
estallido y observándolo de soslayo. – ¿Qué
coño?...
– ¿Sabe qué ha pasado aquí? –
preguntó Adan, que hacía lo posible porque el chico
que tenía al lado no se riese del detective.
El detective procedió a explicárselo mientras llamaba
al inspector de policía. Lo que le faltaba… Vaya día.

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