Capitulo
22
Mirroring Feelings
Madrugada. Iglesia de la Santísima Trinidad.
Miércoles, 27 de mayo.
Drago miró la hora en su reloj y alzó una ceja, telefoneando
al siquiatra de la policía a pesar de que eran las seis.
Kaigan observó el teléfono, preguntándose
quien podía ser a esas horas y apresurándose a contestar
mientras se pasaba la mano por el cabello para acomodárselo
un poco. No mucha gente conocía el teléfono de su
casa, así que lo más probable es que fuese algo importante.
– Buenos días, habla Hashimoto Kaigan.
–Doctor…– el moreno alzó la vista al chico
que pendía de la puerta de la iglesia. –Me dijo que
lo mantuviese al tanto del caso ¿Verdad?
El albino suspiró, restregándose un ojo. – Es
usted, detective. Sí, eso le dije. ¿Ha sucedido algo
más?
–Hay un niño de unos… tres años colgando
de la puerta de una iglesia. La santísima trinidad. ¿Sabe
de cual le hablo? Tal vez le gustaría echarle un vistazo
a esto antes de que lo bajen. ¿Dormía?– preguntó
después.
–Acabo de despertarme. – le aseguró, ya que
solía despertarse temprano, aunque aún estaba un poco
aturdido como para digerir aquella noticia. – Iré enseguida,
déme unos diez minutos.
–Haré lo que pueda. – le dijo antes de colgar
el teléfono. –Espera un momento antes de bajarlo. ¿Cuántas
horas llevará muerto?– le preguntó al forense.
–Creo… unas… seis o siete horas, sí. ¿A
qué esperamos?
–Al siquiatra.
– ¿Para qué?
–Para comprender al asesino. Ah… cállate y haz
tu trabajo.
.........
Exactamente diez minutos después, el coche del psiquiatra
se detenía a una pequeña distancia de le escena del
crimen. Se bajó, caminando con prisa, observando los coches
de la policía, la cinta que impedía la entrada. Por
lo menos era muy temprano para una multitud.
– Lo siento señor, no puede pasar. – lo detuvo
uno de los policías que vigilaban.
– Soy el psiquiatra, el detective Drago me llamó.
– le explicó con voz calmada, esperando a que el hombre
confirmase.
–Déjalo pasar. – Drago hizo una seña
con la mano para que no molestasen y luego cogió el zippo
del bolsillo, girándolo entre los dedos.
–Omael. Es el nombre del niño…– murmuró
serio.
– Omael, lo han podido identificar esta vez. Es un niño
más pequeño ahora... – comentó el médico,
tomando valor para lo que iba a ver. Ya lo había estado pensando
en el coche. – ¿Cree que tenga algún significado?
O tal vez sólo fue la oportunidad pero... – se quedó
en silencio al alzar la mirada, observando aquel cuerpo tan pequeño
colgado allí, con el pecho abierto. Se quedó observando
su corazón, serio, de nuevo, intentando mantenerse neutral.
–No estoy seguro. De momento no le he dado mucha importancia
a la edad. – lo miró de soslayo, asegurándose
de que se encontraba bien. –Podéis bajarlo…–
susurró a uno de los chicos discretamente. –Pero de
nuevo otro niño rubio de ojos azules. Nombre de ángel…
El corazón con la corona de espinas… Parece una burla
al sagrado corazón. ¿Está usted bien?
– Estoy bien. Sólo un poco estremecido. – le
aseguró, mirándolo ahora. – Estaba pensando
eso, es una imagen muy representativa sin duda. El sagrado corazón...
siempre sufriendo, siempre amando. –exhaló, un poco
más compuesto, entregándose a sus pensamientos. –
Me llama la atención que sea más pequeño. Este
tipo de personalidad suele ser insistente. Elegir a la misma víctima
una y otra vez. Pero como dije antes, también puede ser por
la oportunidad, aunque lo del nombre pareciese indicar lo contrario.
¿Hubo algo distinto esta vez? ¿También... tuvieron
el mismo proceder con los genitales... las alas?
–Los genitales están intactos y no parece haber índices
de violencia sexual. El chico fue asesinado por asfixie antes del
corte. Bastante considerado. ¿No cree? Este asesino no se
parece en mucho al anterior. O bien es un imbécil tratando
de imitarlo, o nos encontramos ante otro encarguito de su dios.
¿Recuerda esas imágenes de la virgen ofreciendo el
sagrado corazón a Cristo? ¿Cuántos años
cree qué tiene allí? – se rozó el labio
con un dedo, pensativo. –Omael… significa la paciencia
de Dios.
– La paciencia. Por lo que describe parece ser que por lo
menos el asesino la tiene. El significado de su nombre, su edad.
Esta víctima fue elegida cuidadosamente. Alguien lo observaba...
– se colocó un mechón de cabello detrás
de la oreja, analizando aquello. – Pero los detalles de este
caso no han sido divulgados al público ¿o me equivoco?
Si fuese un imitador... intentaría que el crimen fuese lo
más parecido posible a los anteriores, aún con los
detalles faltantes. En realidad tengo la impresión de que
su “Dios” les da los encargos y les permite una interpretación
abierta. Con tal de que el niño muera.
– ¿De qué él niño muera, o de
qué un niño muera, doctor? Creo que esa es la cuestión…–
el moreno suspiró con fuerza, observando el cadáver
y apretando la mandíbula. –No, no se hicieron públicos
los detalles, pero sí las víctimas. Así que,
no hace falta ser muy genio para escoger a unas víctimas
similares y crear un aura satánica a su alrededor.
– Supongo que no, pero tendría algo de sentido elegir
un chico de la misma edad que los anteriores. Claro, eso asumiendo
que el asesino tenga algo de lógica. Por otro lado, el hecho
de que el niño con el sagrado corazón sea hallado
en la Iglesia de la Santísima Trinidad... Cualquiera de estas
cosas podría ser una coincidencia, pero en mi experiencia,
las coincidencias no se dan en grupos... por lo general. –
le comentó calmadamente, sin que se le pasase su gesto al
ver el cadáver. Era de esperar. – Lo único que
puedo asegurar es que si es un imitador, parece ser mucho más
compasivo que el anterior. Tal vez sea alguien que simpatice con
su mensaje o más bien, con lo que cree que es su mensaje.
Pero no ve la necesidad de hacerlos sufrir más de lo necesario.
–Probablemente… de todos modos ya están hablando
con sus padres. Sólo por si acaso…– volvió
a girar el zippo en su mano y desvió la mirada a un lado.
Observando como se llevaban el cuerpo. Era horrible… un niño
de esa edad…
– Debe ser muy difícil... – comentó,
pensando que perder un hijo nunca podía ser fácil,
pero de esta manera era aún peor. La verdadera recuperación,
probablemente ni siquiera empezase hasta que se atrapara al asesino.
Miró al detective, recordando la conversación que
habían tenido el día anterior. – Si cree que
necesitan hablar con alguien... puede contactarme.
–Están atendidos ya. – el moreno se guardó
las manos en los bolsillos. Aproximándose a la puerta y observando
las pocas gotas de sangre en el suelo. – ¿Dónde
lo habrá matado?
– No aquí, eso está claro. Tal vez se vio obligado
a improvisar ya que descubrieron su lugar de ceremonia. –
le contestó, mirándolo observador, notando su actitud
nuevamente. – Yo creo que los niños son elegidos, no
les sirve cualquier niño rubio. Lo que me pregunto es si
los elige “Dios” o el asesino. Tal vez... los mata en
algún lugar en el que pueda estar “Dios”. En
donde pueda supervisar.
–Él debe presenciar los sacrificios de algún
modo… si no, no se molestarían tanto en la escena.
¿Por mí? No lo creo…– torció una
sonrisa amarga. Hablando irónicamente. –Los otros chicos
fueron asesinados en la furgoneta del correo. Allí los violaba
y mataba. Luego los trasladaba. El forense ha dicho que tenía
una marca en el gemelo, tal vez saquemos algo de ello.
– Pero este asesino tampoco tendrá ningún antecedente,
estoy seguro de ello. Y aún así, tampoco son personas
elegidas al azar. – meditó intrigado, observando el
lugar en donde había estado el chico colgado. – Y este
chico es una bofetada a plena vista...
–No a estas horas… De hecho la persona que nos alertó
fue un conductor de ambulancia. De no haber sido por él,
me pregunto cuanto tiempo más habría estado ahí.
A la vista de todos. – Drago lo miró a los ojos. –Cierto.
Está a plena vista, no escondido esta vez.
Kaigan asintió, sosteniéndole la mirada. –
Claro, puede ser que el asesino tomase esta decisión, pero
a juzgar por la reacción del señor Martín,
no me parece probable.
– ¿Qué quiere decir? No son horas para acertijos…–
pasó por encima del precinto y cogió un cigarro del
bolsillo de su camisa.
– No era mi intención, disculpe. – sonrió
un poco, consciente de su hábito de acabar las ideas en su
propia mente. – Quise decir que la colocación del cadáver
puede haber sido idea del asesino en sí. Pero recuerde cómo
se puso el señor Martín cuando supo que habían
descubierto a esos chicos. Creo que eso lo decide “Dios”.
El asesino es libre de interpretar, tal vez, pero no las cosas importantes.
– ¿Cree que su dios aún no había visto
su obra y por eso el histerismo?– preguntó intrigado.
Dándole una calada al cigarro y observando como recogían
posibles pruebas.
– Es una posibilidad. Y juzgando por el arreglo artístico,
sería su obra maestra. – asintió pensativo.
– Pero tal vez su Dios llegó antes que la policía.
Y no estaba satisfecho con el error cometido. ¿Tuvieron éxito
con la muestra de sangre y el cabello?
–El ADN no estaba en nuestras bases de datos y no pertenecía
a ninguno de los chicos. Veremos si pertenece a Omael, sin tener
con quién comparar… Sólo puedo decirle aquello
de varón blanco europeo, rubio y joven.
– Y no se puede arrestar a todos los rubios jóvenes
europeos... – sonrió, no porque le alegrase, si no
porque aquello era un rompecabezas. Le gustaría tener más
respuestas. – Lo único que se me ocurre es investigar
si ha desaparecido algún otro chico rubio con nombre de ángel,
pero... supongo que eso lo sabe usted mejor que yo. Siento no poder
decirle nada más por el momento.
–Han desaparecido demasiados, y ninguno en los últimos
días. Creo que no los retienen con ellos más tiempo
del necesario. – suspiró con fuerza y se pasó
las manos por el cabello. –Dos casos como estos en tan pocos
años. – murmuró divagando.
– ¿Dos casos? Creí que este era considerado
uno solo. ¿Ha habido otro anteriormente? – le preguntó
intrigado, observando su rostro.
–Me refiero al caso de los Adler… Claro, usted no estaba
aquí por entonces. ¿Me equivoco?
– Sí, estaba estudiando precisamente con Oshitari
sensei. – le contestó, recordando aquello. Había
sido muy escandaloso, claro. Negó con la cabeza. –
No lo asocié... ¿Cree usted que tengan relación?
–No estoy diciendo eso, pero no puede negarme que dos crímenes
de este tipo y magnitud en tan corto espacio de tiempo y en el mismo
lugar es un tanto… extraño. Hay muchos crímenes
rituales, no sólo me dedico a los cristianos ni mucho menos,
y le aseguro que no todos suelen ser tan elaborados. Vudú,
magia negra, levantamiento de cadáveres en los cementerios.
Pero esto. Esto es diferente. –murmuró, como sumido
en sus pensamientos. La ceniza cayendo desde su cigarro sin que
lo notase siquiera. –No ha escogido un buen caso para meter
sus narices.
– Por el contrario, creo que es muy interesante. Aunque por
supuesto, nunca es bueno que exista un asesino. – le aclaró,
suspirando. – A usted, ¿le tocó trabajar en
el caso Adler? Si mal no recuerdo el encargado era ese hombre que
le inspiró a seguir este camino.
–Sí, por entonces yo estaba en homicidios, simple y
llanamente…– le explicó. Entrecerrando los ojos
y subiéndose un poco las gafas, mirándolo descaradamente.
– Ya veo... – asintió, pensando en Ashram por
un momento sin poder evitarlo. Sonrió, notando la mirada
del detective. – ¿Hay algo que quiera decirme?
Drago negó con la cabeza, sonriendo ligeramente y mirando
a un lado mientras se subía las gafas ahora sin motivo. –
¿Un café?
– Creí que evitaba ese tipo de situaciones. Acepto.
– sonrió antes de que se pudiese retractar. –
No tuve tiempo de poner la cafetera siquiera.
–No, yo tampoco. No crea que entro a trabajar a estas horas.
– suspiró con fuerza y se pasó la mano por el
cabello antes de meterse las manos en los bolsillos de nuevo. –No
sé a qué clase de situación se refiere. Yo
no tengo ningún problema en tomarme un café con un
compañero de trabajo.
– Tiene razón, es algo muy natural. – le contestó
observándolo. – Suelo despertar temprano. Es una costumbre.
– ¿Cómo la adquirió? – preguntó
intrigado. Rascándose la mandíbula y bostezando discretamente.
– Sólo... adquirida. Supongo que comencé cuando
era adolescente. Me daba tiempo de prepararme para la escuela. Y
ahora, me da tiempo de prepararme para el trabajo. – le explicó,
un tanto pensativo, sin ahondar más en el asunto.
– ¿Y qué tanto tenía que prepararse?
¿Maquillaje y rulos?–se burló, aunque de nuevo
estaba serio mientras entraban en la cafetería.
– Estudios. Siempre fui muy serio con los estudios. –
le contestó, siguiéndolo un poco serio.
–Eso lo comprendo. Yo también lo era, pero nunca se
me ha dado bien madrugar. Siempre tengo sueño. – se
sentó en una de las mesas del fondo y pidió lo mismo
de nuevo. Mirando al albino mientras se recostaba hacia atrás
en la silla. – ¿Cuántos años tiene?
Kaigan sonrió, apoyándose en la mesa. – ¿Por
qué siento que estamos cambiando papeles? Tengo treinta y
cuatro. ¿Y usted?
–Treinta y tres. Parece más joven, o será que
yo estoy muy cascado. – torció una ligera sonrisa y
se subió las gafas al pelo, echando azúcar en el café
y revolviéndolo distraídamente. –Le diré
algo, mi madre adoptiva era siquiatra…
– Ya veo por qué nos conoce tanto entonces. No sabía
que fuera usted adoptado, detective. – lo miró a los
ojos, echándose un poco hacia atrás mientras la mesera
colocaba las tazas de café. – Yo no creo que se vea
cascado.
Drago alzó las cejas un momento, aún sonriendo ligeramente
con cara de necesitar dormir. –No necesito decirle por qué.
– le respondió, sin dejar muy claro a qué comentario
se refería.
– No necesita decirme nada. Sólo estamos conversando,
¿no es así? – le sonrió, echándole
azúcar a su café. – Pero se pone a la defensiva
con facilidad, detective.
–Sí, será que tengo algo que ocultar. ¿No
cree?– le preguntó, sicoanalizándose a sí
mismo sólo por seguirle el juego. Mirándolo fijamente,
serio ahora. –O tal vez es porque sé qué trabaja
veinticuatro horas, como las farmacias de guardia.
–Puede ser, pero yo creo que teme sentirse lastimado. –
le contestó sinceramente. – Es una respuesta natural.
¿Le agrada conversar conmigo?
– ¿Lastimado? No lo creo…– cogió
las gafas de su cabeza y limpió los cristales con una servilleta.
–Creo que usted ya sabe si me agrada o no, o si no, debería
replantearse su vocación. ¿Por qué me lo pregunta?
¿Comienza a sentir más curiosidad de la necesaria
por el chico malo? – se burló, aunque seguía
serio y mirando sus gafas.
– Siento... la curiosidad necesaria. ¿O es que está
usted reflejando sus sentimientos? – le sonrió, aunque
consideraba aquello peligroso. Tenía que relajarse. –
Se lo pregunté porque parece molestarle que le haga cierto
tipo de preguntas. Pero me temo que no puedo evitarlo.
–Interesante, tal vez es usted un poco obsesivo, y dependiente
de su empleo. Debería vivir un poco… y hacérselo
mirar. No es bueno…– alzó sus ojos grises al
rostro del siquiatra. –Le gusta defenderse con esa frase,
¿Cierto? Pues no funciona. Se lo digo, más que nada…
para que no siga viviendo con esa ilusión. – alzó
una ceja y luego bebió café de nuevo. Notando que
se había vuelto a poner a la defensiva.
– ¿No funciona? Es una lástima. Tendré
que pedir una nueva edición de “Frases para Psiquiatras”.
– bromeó, sintiéndose un poco a la defensiva
también y bebiendo algo de su café. – El problema
de ser un psiquiatra... es que estás perfectamente consciente
de tus obsesiones. Pero eso no impide que puedas hacer un buen trabajo.
Drago apretó las mandíbulas, cruzándose de
brazos y observándolo fijamente. – ¿Seguro qué
es objetivo consigo mismo?– lo peor es que le había
hecho gracia aquello, pero no iba a reírse de que lo hiciese
retroceder.
– Estoy seguro de que no, pero soy consciente de eso también.
Es como una maldición, ¿lo ve? – le sonrió,
notando su mirada.
–Qué miedo, una maldición…– murmuró,
cogiendo un cigarro de la cajetilla y dejándola después
sobre la mesa. Mirándolo a los ojos fijamente mientras encendía
el pitillo sin decir nada más.
–Sabe que no lo dije de ese modo. – le sostuvo la mirada,
preguntándose a qué estaba jugando. ¿Acaso
necesitaba derrotarlo o algo así?
–Doctor… ¿Qué está pensando? Me
siento estudiado.
– No todo es acerca de usted. – le contestó,
mirándolo por un momento más y luego sonriendo. –
A ver, déjeme adivinar, le gusta retar a la autoridad, ¿es
eso?
–No, sólo a usted. Y no mienta, sé que estaba
pensando en mí.
–No miento, le acabo de confesar que pensaba en usted. Creo
que no le gustan las sutilezas. – sonrió, bebiendo
un poco más y notando que el moreno parecía haberse
olvidado de su café.
–Depende del momento en que sean utilizadas. Creí
que no había venido a sicoanalizarme. Si lo hubiera sabido
habría invitado al forense.
– Ya le dije que no puedo evitarlo. Como ve, soy increíblemente
popular en las fiestas. – se rió un poco, meneando
la cabeza. – No sabía que era tan fácilmente
reemplazable.
–No he dicho eso. – recordó su café y
bebió un trago más, aunque no tenía prisa por
entrar antes de tiempo. Aún se sentía adormecido y
quería esperar a que los forenses hubieran sacado algo en
claro. –Yo creía que a la gente le encantaba que le
dijesen cosas de ellos con ver simplemente su forma de hablar, de
vestir o incluso sus rasgos faciales. – se apoyó mejor
en la mesa para verlo bien y se puso las gafas. –Debe de ser
una suerte no tener que afeitarse. – le dijo, después
de que pareciese haber estado reflexionando sobre algo más
profundo.
– ¿Por qué cree que no me tengo que afeitar?
– le preguntó sorprendido, bebiendo lo que le quedaba
del café luego. – A las personas no les agrada que
les hagas preguntas sobre ciertos asuntos. Usted lo debería
saber.
–Lo sé, no pregunte, limítese a observar y
a guardarse sus observaciones para usted. Es lo que hacemos los
policías, y lo que los siquiatras no hacen. Por eso tocan
tanto las pelotas…– se rió para sus adentros
y bebió un poco más. – ¿Se afeita?
– Soy un hombre, por supuesto que me afeito... Y no puedo
hacer eso. Es difícil una vez que entro en conversación.
Pero la verdad... – le sonrió, mirándolo a los
ojos. – Es cierto que los policías son los menos comunicativos.
– ¿Usted cree? Yo creo que hay policías demasiado
comunicativos. De esos que jamás se callan y no te dejan
ni pensar. ¿Sabe a lo qué me refiero?– le preguntó,
mirando sus labios y pensando que debía ser por ser albino.
Parecía suave.
– Sí, pero no es así cuando están en
mi consulta. Súbitamente todos son tímidos. –
le aseguró, dejando la taza quieta. – Incluso me hacen
pensar que los entrenan para eso.
Drago se rió ligeramente, aunque no por felicidad. –Ponen
en sus manos su licencia para llevar un arma o para trabajar. ¿No
cree qué es un motivo suficientemente de peso para que no
se sientan muy comunicativos? Para empezar si están allí,
es porque alguien ha dudado de sus capacidades. Lo cual… ya
es lo suficientemente hiriente para el orgullo de cualquier policía.
Que por otra parte, solemos tener unos valores morales lo suficientemente
altos como para saber nosotros mismos cuando debemos dejarlo. No
somos policías porque nos guste el uniforme, o porque suene
bien, y mucho menos porque los de homicidios tengamos muchos amigos
precisamente.
– Por supuesto que comprendo todo eso. No crea que soy un
inconsciente. Pero los policías son personas que diariamente
están expuestos a peligros, a situaciones desagradables.
Y en ocasiones a cosas realmente espantosas. Eso no puede ser bueno
para nadie. – continuó mirándolo a los ojos,
pensando en cada pequeño gesto que había observado
en él en las dos visitas a las escenas del crimen. –
Tienen que ser fuertes, por eso suelen encerrar ciertas cosas muy
dentro de sí. Pero eso no significa que desaparezcan. Todo
eso... termina afectándote. Y si lo sumamos a los problemas
de la vida diaria...
– ¿Sí?– lo instó a seguir. –Sumado
a los problemas de la vida diaria ¿Qué? Vivo cada
día con la esperanza de que mañana seré una
mejor persona y que el mundo será mejor también. ¿Cree
qué es peligroso que tenga un arma? ¿Me ve capaz de
hacer algo malo? Como asesinar a alguien… – lo miró
a los ojos, curioso por su respuesta y guardándose para sí
su opinión respecto a ello.
– Sí. No en este momento, pero lo veo en peligro,
permite que su furia se apodere de usted con demasiada facilidad.
Se siente culpable, impotente. Y no puede comprender cómo
es que alguien pueda reírse de esto, disfrutarlo incluso.
Y seguir allí como si nada... – le contestó
serio, preparado por si se molestaba, pero no veía la razón
de mentirle. – Y también creo que podría hacerse
daño a sí mismo. Y no me refiero al suicidio por si
eso está pensando.
–Muy interesante, doctor. Pero ya es tarde… deberíamos
ir a trabajar. – se puso la cazadora despacio, para que no
diera la impresión de estar huyendo.
– Sí, ya casi es hora. – lo miró atentamente,
poniéndose de pie luego. – Pero puede contestarme si
así lo desea. No tiene que guardarse sus opiniones para sí.
Drago frunció el ceño ligeramente y apretó
la mandíbula. Aproximándose a él, hablando
en bajo aunque de forma hosca. – ¡¿Sabe lo difícil
qué es tener un empleo como este y…?!– observó
su mirada y se percató de que estaba alterándose.
Dejó unas monedas sobre la mesa y se colocó la cazadora
para apresurarse a salir.
Kaigan lo observó, suspirando y saliendo tras él,
deteniéndolo antes de que se alejase. – Sólo
intento ayudarle, pero no tiene que creerme. Estaré esperándolo.
– le recordó, sintiendo que actuaba un poco precipitado.
–No puede ayudarme. Por que yo no quiero cambiar. ¿Comprende?
– negó con la cabeza y se alejó, guardándose
las manos en los bolsillos de los jeans de nuevo y dirigiéndose
hacia la Hayabusa negra.

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