.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capitulo 21
No Wings, No Horns, Just Your Heart and Mine

Tarde. Universidad.
Martes, 26 de mayo

Ashram entró en la clase de modelado y se sentó junto a Kiyoshi primero, ya que además Daniel aún no estaba. –Hola… – le dijo, pensando en lo hablado con Aki y en que debía relacionarse y esforzarse.

– Hola... – le contestó Kiyoshi, que casi canturreaba de lo feliz que se sentía. – Daniel aún no ha llegado. – le advirtió por si acaso.

–Ya... – lo miró fijamente y luego apartó la vista. –Le voy a decir que venga a casa para conocer a Aki y a Adan, vosotros también podríais venir. – pasó la mano por la mesa, pensativo. –Adan nos riñó esta mañana. Pero a Aki le dio la risa. A mí no.

Kiyoshi se rió también, imaginándose aquello. – Claro, pero Aki sabe cómo calmar la ira de Adan. – le contestó exagerando porque más que ira le parecía agobio. – ¿Por qué os riñó? ¿Dormíais juntos?

–En el suelo…

–Oh, ya veo... – se rió de nuevo, apoyándose un poco en la mesa con los brazos. – ¿Te puedo hacer una pregunta, Ashram? ¿Por qué duermes en el suelo? Tal vez debería regalarte un futon... ¿sabes lo que es?

–No. Duermo en el suelo porque en la cama no es seguro. Prefiero dormir sentado, pero con Aki no podía y me estoy esforzando… por él. – le explicó. Mirándolo a los ojos. – ¿Qué es un futon?

– Es una cama japonesa... Hum... es como algo que extiendes en el suelo y puedes dormir allí. Pero no tiene colchón ni nada de eso, se guarda durante el día. A lo mejor si tienes uno, Adan no te reñiría por dormir así. – le contestó, aunque en realidad ya lo había pensado antes, pero estaba casi seguro de que Ashram lo rechazaría.

–Vale, ¿Es una manta para poner en el suelo?

– Sí, algo así... – asintió el rubio, sonriendo. ¿Quieres uno?

Ashram miró a un lado. Reticente a pedir algo que sabía costaba dinero. –Es igual. No me hace falta.

– ¿Estás seguro? Porque a mí no me importa... – lo miró, observando su gesto. – No es cuestión de que te haga falta, es cuestión de que no te riñan. Mira, voy a regalarte uno y lo pruebas. Si no te gusta, ya no lo tienes que usar.

–Bueno, gracias…– lo miró de soslayo y luego se decidió a explicarle. –A mí me gustabas. Pero no te preocupes… – miró a la mesa y cogió su carpeta. Sacando varias hojas y mirándolas.

– ¿Eh? Ashram... – Kiyoshi se quedó serio, sorprendido por la noticia, mirándolo. ¿Cómo que no se preocupara? – Ashram... yo... No te refieres a eso ¿verdad?

–Sí. Pero es igual. No te preocupes…– lo miró a los ojos y le aclaró. –Sólo te lo digo porque Aki cree que me encierro en mí mismo y que debí de decírselo.

– Pero sí me preocupo... – murmuró acongojado, no quería hacerle daño a Ashram. Para él era otro hermano, aunque luego de que le dijese esto se sentía más extraño aún. – Pero ahora te gusta Daniel, ¿no es así?

–Sí. Me gusta mucho. – dijo sin la más mínima expresión, observando los folios y mostrándoselos a Kiyoshi. –Esta es su casa… no hay casi nada. Estuvimos en la cocina…– le explicó, ya que el dibujo era de allí tal y como lo recordaba. –No tenía ganas de irme ayer.

– ¿No? No... Eso sucede cuando te gusta alguien... – le contestó un poco aliviado, aunque se sentía egoísta. – Quieres estar con esa persona la mayor cantidad de tiempo posible.

–Sí, a mí me molestó que te fueses a vivir sólo. Pero tampoco mucho, de todos modos ya sabía que, aunque te quedases, nunca me verías de ese modo, no estoy seguro de querer gustarle así a alguien.

– ¿Por qué no, Ashram? Es algo agradable... – sonrió de manera tierna, aún sintiéndose culpable. – Yo siempre te he visto como un hermano, un hermano genial, pero... eso no significa... Se siente muy bien que alguien guste de ti, te hace sonreír.

–Sonreír… Yo no sonrío. Me sentiría estúpido probablemente…– le confesó. Siempre era más fácil hablar con Kiyoshi. Tal vez porque no lo quería tanto como Aki. –No creo… que pudiera darle a alguien lo que esa clase de relación conlleva.

– ¿No lo crees? No hay reglas, Ashram. Sólo tienes que darle tu amor, estar allí para esa persona. Lo demás sucede naturalmente. – le explicó, preguntándose si tendría alguna idea extraña de lo que tenía que hacer.

–Naturalmente…– repitió el moreno. Observando a Daniel entrar y sintiéndose un poco nervioso. –Estoy nervioso…– le hizo patente a Kiyoshi.

– Claro, es lo que pasa también. – sonrió, haciendo un puño con la mano para tocarle el hombro. –Anda, ve. Seguro que se alegra de verte, de... eso.

–Ya. – Ashram recogió sus hojas y se sentó al lado del rubio. Tocándole la mano con la suya aún sin quitarse el guante. –Estaba esperando a que llegases.

–Ashram... – sonrió porque lo había sobresaltado un poco al tocarlo. – En realidad... estaba deseando que vinieras a hablarme.

–Yo también quería verte. – le confesó, avergonzándose ligeramente y sintiendo cierta confusión al respecto. Apartó la mano de la suya y observó su escultura sobre la mesa. Ya le quedaba poco. – ¿Vendrás esta tarde a mi casa?

Daniel asintió sonriendo y enrojeció ligeramente. – Claro, es lo justo. Tú viniste a la mía ayer. Además, siento que debo disculparme.

–No, mi hermano no esta enfadado. Sólo un poco celoso. – le explicó, sin percatarse de que a Aki no le gustaría mucho que hubiera dicho eso. –Nunca ha entrado nadie en mi cuarto.

– Oh, vale, entonces tienes un hermano protector. – se rió, buscando su mano nuevamente. – ¿Eso significa que me vas a dejar entrar a tu cuarto?

–Si quieres. – le dijo, quitándose el guante antes de pasar la mano bajo la suya para que se la sujetase si quería. –Te podría mostrar mi katana… enfundada.

– Vale, eso me gustaría. Me gustaría estar allí cuando practicas en realidad. – le contestó, sujetando su mano al contacto. – Nunca había conocido a nadie que tuviese una espada. Menos aún que supiese utilizarla.

–No es muy normal. Mi siquiatra anterior tenía una katana también. Yo soy medio japonés. – le dijo después, percatándose de que él no podía saberlo. –Y mis hermanos también.

– Oh, pero no todos los japoneses tienen katana ¿verdad? – le preguntó realmente curioso. – ¿Sabes hablar japonés?

–Algo. – Ashram lo miró fijamente por saber si era una broma. Confundido. –No, no tienen katana. – Le aclaró después.

– Vale, eso pensaba, pero no sé nada de Japón. – sonrió de nuevo, inclinándose un poco más hacia Ashram. – No te estoy molestando, ¿verdad?

–No…– le contestó nervioso porque se aproximase. – ¿Cuándo haces la comida no te cortas y te quemas?

– No. Sé calcular la distancia y cocino con mucho cuidado. Aunque también ayuda mucho tener un microondas. – se rió, apretándole la mano un poco.

–En los microondas no se puede meter metal. – dijo de pronto. Mirando su mano, incómodo, tratando de calmarse. Cubrió la suya con la otra. –No vas a modelar… porque no sueltas mi mano.

– Lo siento. – lo soltó enseguida, enrojeciendo y colocando sus manos sobre la arcilla, empezando a trabajar. – La verdad es que me gusta sentir tu mano. Debes creer que soy extraño.

–No, a mí también me gusta, no lo decía para que me soltases. – le tocó el cabello con los dedos, apartándoselo un poco de la cara sin hacer caso a los murmullos que comenzaban a escucharse ahora.

El rubio sonrió sin que se le quitase aquel sonrojo. – Tienes un tacto muy delicado, Ashram. Cálido...

–A mí no me gusta que me toquen bruscamente. – le explicó sus motivos. –Mi maestro lo hacía. Al principio yo lo admiraba… Me había salvado y… me aterraba. – Apartó la mano y se giró hacia delante. Cogiendo un trozo de arcilla y modelándolo.

– ¿Por qué te aterraba si te había salvado? No lo comprendo. – bajó el rostro un poco, sin detener su trabajo. Una vez que terminase pensaba modelar a Ashram. – Era una mala persona, ¿verdad?

–Sí. No era una persona. Era un diablo. – le dijo, sintiendo que su tacto sobre la arcilla se volvía incierto y tembloroso. Miró a Kiyoshi un momento a lo lejos y apoyó las manos en la mesa. –Me castigaba.

– Está bien, no tienes que hablar de eso si no quieres. Ya no puede hacerte daño, ¿cierto? – le intentó calmar el rubio, había sentido la inseguridad en su voz.

–Está muerto. – le aseguró Ashram. –Prefiero no hablar de eso. No te gustaría saber…– le dijo, aunque en parte realmente a él no le gustaría que lo supiese tampoco. – ¿Alguna vez has visto rosas azules?

– No... Pero sí he visto rosas, así que puedo imaginarlas. ¿Tú sí? – le preguntó, sonriendo de nuevo y dejándose llevar por el cambio en la conversación. No quería causarle dolor a Ashram, al fin y al cabo a él le gustaba como era ahora.

–Me gustan… Yo me ocupaba del jardín. Cuando los pétalos azules se manchan de sangre las rosas se vuelven moradas. – le dijo sin percatarse de que aquello no debía decirlo. Modelando pétalos con los dedos. –Un día te mostraré una. Son más pequeñas y más suaves, tampoco huelen igual.

– Eso me gustaría. Me gustan mucho las flores, siempre me han gustado. – le aseguró en un tono de voz algo triste. Era algo casual entre tantas cosas que le había dicho Ashram, pero a veces le parecía que el chico nunca había sido feliz. Por alguna razón eso le causaba dolor. – Tal vez debería sembrar flores en mi piso. Podrías ayudarme.

–Vale. Los rosales se compran en esqueje, no en semilla. – le explicó. Juntando los pétalos uno a uno sobre el pequeño capullo que había moldeado. –Las rosas azules no tienen espinas, así no te harás daño.

– Gracias, eres muy considerado. – giró su rostro hacia él ya que no había pensado en eso. – Yo no sé nada acerca de las plantas, sólo me gustan.

–No importa. Son sencillas. – le sujetó una mano cuidadosamente y le puso la rosa en la palma para ver qué sucedía.

Daniel sonrió ahora sí enternecido, sintiendo la rosa con cuidado de no dañarla. – Es hermosa... ¿Es para mí?

–Sí. Sabía que no la aplastarías.

–Claro que no, yo nunca haría algo así. Es un regalo precioso. – le aseguró aún sosteniéndola con aquella delicadeza. – La colocaré junto a mi cama.

–Yo no duermo en la cama. – le dijo de pronto. Preguntándose si no se lo había dicho ya ayer.

– ¿No? ¿Dónde duermes? – le preguntó sorprendido, colocando la flor con cuidad sobre su escritorio para que no se le fuera a caer.

–En el suelo… sentado, con la katana. – lo miró ahora sí fijamente para comprobar su reacción.

– ¿Y puedes dormir así? ¿No es incómodo?

–Estoy acostumbrado. En la cama me pongo nervioso. Antes tenía una cama en la que dormía, pero me intentaron matar varias veces mientras lo hacía… y no pude seguir haciéndolo.

– ¿Matar? – agrandó los ojos por la sorpresa. Realmente ese chico parecía haber vivido en una pesadilla. – Pero nadie está intentando matarte ahora, ¿verdad?

–No creo. Pero de todos modos no consigo dormirme en la cama. – miró al profesor porque los estaba observando. Seguramente porque en el medio de su paseo había escuchado a Daniel decir “matar.”

– ¿Qué tal Daniel? – preguntó observando su escultura y la mano de Ashram. El chico se la tapó con la otra.

–Hola, profesor. – sonrió el rubio inmediatamente, esperando que no les hubiera escuchado. – Este es Ashram, aunque supongo que ya lo conoce.

–Sí ¿Qué tal, Ashram? ¿Cómo es qué no te sientas con tu hermano hoy? – le preguntó, aunque ya sabía que no eran hermanos realmente.

–Estoy con Daniel. – le contestó obviamente el chico, ya que pensaba que no era su problema. El hombre sonrió levemente y miró la escultura de Daniel.

–Está muy bien. – le sujetó las manos desde atrás y las colocó sobre el corazón para hacerle entender donde debía corregir la forma. Ashram lo miró fijamente y se levantó un poco nervioso.

–Ya me voy. – le dijo al chico. Saliendo de la clase y sintiéndose un poco confundido y agitado.

– Eh... Sí. – sonrió Daniel, asintiendo y enrojeciendo un poco, no por lo que hacía el profesor si no porque Ashram se llevase una idea equivocada.

– ¿Por qué se fue?– le preguntó a Daniel. Apartándose y mirando hacia la puerta.

– Es un poco tímido. – sonrió, casi riendose por lo despistado que era y alzando el rostro hacia el profesor. – Creo que lo espantó.

–Vaya… lo siento. – se rió. Apoyándole una mano en el hombro y continuando su paseo por las mesas.


..............


Daniel salió del aula, caminando con cuidado, más que nada porque llevaba la flor que le había regalado Ashram en la mochila y no quería tropezarse estúpidamente. Salió del edificio, haciéndose a un lado para esperarlo.

Ashram lo observó unos pasos más allá sin acercarse. Finalmente lo hizo, y le tocó la mano con la suya sin decir nada. Sintiéndose extraño aún.

–Eres tú, ¿verdad? – sonrió el chico, ya que no le decía nada. – No tenías que irte de esa manera, el profesor no es mala persona.

–Ya, lo siento. No me gustó que te tocase, lo siento. – repitió de nuevo. Incómodo.

– No tienes que disculparte, tampoco hiciste nada malo. – negó con la cabeza. – Él sólo me estaba mostrando porque... a veces, aunque me lo explique, es un poco difícil comprender.

–Comprendo…– se pasó la otra mano por el pelo para apartárselo momentáneamente de la cara. –Te llevaré a mi casa. ¿Es difícil ir por una zona que no conoces?

– No si tú me guías. – le sonrió, extendiendo la mano y luego recordando lo que le había dicho antes acerca de que no le gustaba que lo tocaran. – ¿Está bien?

–Sí, me pongo nervioso. Pero me gustan tus manos. Me gusta sentir la mano de Aki cuando duermo. – le explicó después, observándolo y desviando la vista ligeramente. –No sé por qué quieres estar conmigo…

– Porque me agradas, ya te lo he dicho. Eres sincero y amable. Y no me tratas como si fuera extraño. – se rió, colocando la mano en su brazo para poder caminar a su lado. – ¿Qué tiene de raro que quiera estar contigo?

–Muchas cosas. Todo lo que he hecho, lo extraño que soy. Sé que soy extraño y tampoco soy divertido. ¿No te aburres?

– No, a mí me pareces divertido. – sonrió el rubio, pensando más bien que era dulce. –Y voy comprendiendo acerca de tu pasado. Parece como si intentases convencerme de que no esté contigo.

–Quiero que estés conmigo. Pero sólo si tú quieres estarlo, y para eso debes comprender todo lo que soy. Incluido mi pasado. – su voz sonó baja y grave como siempre, aunque un ligero tono de nerviosismo la movía. –Ya sé que aún no te lo he contado todo.

–No hay prisa. – intervino el chico, apretando con suavidad su brazo al sentir aquel temblor en su voz. – Me agradas, Ashram. Y a pesar de que aún no sé mucho… no creo que eso vaya a cambiar. Me gusta estar contigo, es como si... No lo sé, me siento bien a tu lado.

–Está bien. – apoyó la mano sobre la suya sin poder evitar pensar en que Daniel podría estar con otra persona mejor. Tal vez estaba con él porque pensaba que no. –Podrías estar con alguien mejor. Alguien normal.

– ¿Alguien normal? ¿A qué te refieres con eso? – contestó, frunciendo el ceño y deteniéndose. – ¿Alguien mejor? ¿Qué tienes tú de malo? A mí me agradas, ¿por qué no terminas de comprenderlo? Alguien normal...

Ashram lo miró confundido. –Te has enfadado.

– Claro que me he enfadado. Detesto esa manera de pensar. ¿Qué clase de persona piensas que soy?

–No pienso en esas cosas, cómo qué clase de persona eres. – le dijo aún más confundido y deseando de pronto no haberse metido en aquello, o que Aki hubiese estado allí para aclararlo todo. – ¿Me voy?

– No, no es eso. – protestó, bajando el rostro sin querer admitir que además no había estado prestando atención a dónde caminaban. – No me gusta... que digas esa clase de cosas. No estoy contigo porque me conforme, estoy aquí porque me agradas. Además, ¿Qué es normal? ¿Kazama? O tal vez uno de esos chicos que ni siquiera pueden hablar frente a mí.

– ¿Por qué no pueden hablar frente a ti? ¿Se ponen nerviosos? – le preguntó, no por desviar el tema. En realidad no reparaba en eso.

Daniel suspiró asintiendo. Parecía como si hubiera venido de otro planeta a veces. Pero claro, eso también le agradaba la mayor parte del tiempo. – No saben cómo tratarme. Tienen miedo de decir algo y que me ofenda o... Da igual, no es como que no sepa que estoy ciego.

–Claro que lo sabes, pero no deberías enfadarte con ellos por querer agradarte. Yo sé que es difícil ser diferente. Y con normal me refería a alguien que no estuviera bajo arresto domiciliario y atención siquiátrica. – miró a un lado y después al chico de nuevo. –Quiero que vengas conmigo, pero si no quieres venir puedo acompañarte a tu casa.

– No, aún quiero ir contigo. No tiene sentido... – contestó, pensando que en el camino de regreso igual estaría con él y sería incómodo si continuaban así. – No quieren agradarme, quieren que me aleje para poder respirar tranquilos. – sonrió con tristeza. – ¿Por qué intentas alejarme, Ashram?

–Tengo miedo…– le confesó serio. –Pero no quiero alejarte, es que soy así.

– No tengas miedo, yo no tengo dudas. Tú me agradas por lo que puedo ver de ti. Y no tiene nada que ver con tu pasado o con lo que dicen. Tiene que ver con quien eres ahora, conmigo.

–Está bien, pues no te enfades conmigo. – le sujetó la mano de nuevo, llevándola a su brazo y manteniendo su mano sobre ella, cubriéndosela. –Te presentaré a unas personas que no tendrán miedo de hablar contigo y que no te tratarán diferente.

Daniel sonrió, apoyándose un poco en él. – ¿Ves? Eres muy dulce. No vuelvas a decir que puedo estar con alguien mejor. No hay nada de malo en ti.

–Bueno. – le concedió. Acostumbrado a darle la razón a Aki a pesar de que él siguiese pensando diferentemente. No quería discutir más, y mucho menos con Daniel, porque no sabía cómo reaccionar. –Ya es aquí…– le dijo, guiándolo hasta la puerta. –Hay tres escalones.

–Gracias. – asintió, subiendo los escalones y moviendo el bastón frente a sí para saber cuando subir la pierna. Había notado aquel dejo de inseguridad en su voz, pero no quería seguir insistiendo. Se sentía extraño, después de todo, le había afectado mucho más de lo que debería haberlo hecho.

–Luego ya estaremos a solas. – le explicó, más bien hablando para sí, ya que no iba a ser capaz de hablar con Daniel si había más gente. Adan los observó desde el sofá y se levantó al percatarse que no venía solo justo antes de abrir la boca para decirle hola a Ashram.

–Hola. – se aproximó un poco. Preguntándose si Aki se habría enterado. –Supongo que eres Daniel. Ashram nos habla mucho de ti. Soy Adan Adler. – le dijo, sujetándole la mano para estrechársela.

– Mucho gusto, Daniel Driscoll. Ashram... también me ha hablado de usted. –sonrió, enrojeciendo porque le dijese que el moreno hablaba de él.

– ¡Daniel! Ah, soy Aki. – sonrió el pelirrojo que se había precipitado en terminar de vestirse para salir a conocerlo. – Lo siento, estaba tomando una siesta. – sonrió, estrechando su mano también. – Ashram, no me dijiste que venía. No importa, mucho gusto. – se corrigió por si estaba sonando grosero, lo cierto es que no recordaba si Ashram se lo había dicho o no.

– Quería disculparme por lo de ayer. Nos quedamos conversando y no nos dimos cuenta de la hora.

–No estaba enfadado. – le recordó Ashram. –Y sí te lo dije, Aki. Te lo dije anoche… – sujetó la mano de Daniel de nuevo y los miró sin saber qué hacer.

–Bueno… ¿Quieres un café o algo?– le preguntó Adan ya que notaba a Ashram un poco perdido y le preocupaba.

– Un café estaría bien si no es molestia. – asintió el chico, sintiéndose nervioso por aquella pausa de silencio.

–Yo lo traigo. Y no, no estaba enfadado. – le aseguró Aki, observándolo detenidamente ya que no se daría cuenta, pensando que era guapo. Le guiñó un ojo a Ashram antes de dirigirse a la cocina.

Ashram lo llevó con él al sofá y se sentó a su lado para que no se sintiese perdido. Sin embargo cruzando las piernas sobre el cojín de todos modos.

– ¿Qué estás estudiando, Daniel? Ashram nos ha dicho que te conoció en clases de escultura. – Adan lo miró, pensando de nuevo que gracias a Dios no veía que estaba en pijama.

– Sí, doy clases de escultura con arcilla, pero en realidad estoy estudiando pedagogía. – sonrió, moviendo un poco la mano para hacer contacto con Ashram de todas maneras, Aki regresando a los pocos minutos con tres tazas de café y una de té para Ashram.

El moreno le tocó la mano con suavidad, sintiéndose nervioso por estar en medio de una conversación, pero tratando de esforzarse.

–Pedagogía… – Adan sonrió levemente. –Una carrera que yo jamás estudiaría. Sólo de pensar en tener que preocuparme de lo que hacen un montón de niños bajo mi responsabilidad, no. Sólo uno ya me estresa lo suficiente…– le pasó la mano por la pierna a Aki al verlo pasar por su lado para que se sentase con él.

Ashram le echó dos cucharadas de azúcar y acercó la taza a su mano –No quema.

– Gracias... – aceptó el chico, aunque no era necesario, pero a eso se refería con que Ashram era muy amable. – A mí me agradan los niños. Yo creo que tienen buenas intenciones en el fondo, sólo hay que enseñarles...

Aki se rió, casi abrazándose a Adan en vez de tomar su taza. – A Adan también le agradan, pero de todos modos lo estresan. Y eso que Kiyoshi ya es mayor. – comentó, metiéndose un poco con el moreno y observando a Ashram, a su manera de comportarse. Le daba esperanzas.

–No es mayor. Todavía es un niño. – se defendió Adan. Tomando su café y bebiendo un poco, pensando que a veces Ashram era como un niño pequeño. –Supongo que estarán al llegar. Cierto, disculpadme. – le hizo una seña a Aki de que obviamente iba a cambiarse.

–Va a cambiarse porque está en pijama. – le aclaró Ashram. Mirando a Aki y notando que Adan parecía querer pegarle con algo.

El pelirrojo se echó a reír, cubriéndose la boca y continuando un poco maldito. – Y ahora nos está mirando como si quisiera matarnos.

– No. No importa. No es como que pueda verlo. – bromeó Daniel también, a la vez intentando ser un poco amable. No quería que lo fuese a odiar ahora.

–Es que los voy a matar de hecho…– Adan frunció el ceño. –Estuve de guardia esta noche y volví a las seis de la madrugada. – se disculpó de todos modos. –Ahora vengo.

Ashram miró a Aki y cogió su té. –Adan siempre se molesta.

–Aki, ya llegó el hombre de tus sueños…– Azrael dejó la mochila de Kiyoshi en el salón y sonrió levemente al ver a Daniel con Ashram allí sentados. –Ashram, ahora no podrás huir de presentarme a tu novio.

Ashram lo miró nervioso e incluso sintiéndose un poco violento, aunque sabía que no se estaba metiendo con él.

– Ah, no somos... – intentó protestar Daniel, aunque no quería que pensase que no le interesaba. Enrojeció sólo por aquel pensamiento, sonriendo un poco.

– Ya oíste, Ashram. No son, pero no sabemos qué no son. – Kiyoshi bromeó también, algo sorprendido de encontrarlos allí, pero aliviado luego de lo que le había confesado esa mañana. – Hola Daniel, este es Azrael, mi novio.

– Y yo regreso enseguida. No quiero que el mío esté con el ceño fruncido el resto de la tarde. – se disculpó Aki, poniéndose de pie y dirigiéndose a la habitación.

Azrael se sentó cerca de ellos y le dio dos besos. –Encantado, ya sé que no lo sois era para meterme con él un poquito, bueno y para ver si os animabais. – se rió, echándose hacia atrás y quitándole su café a Aki ya que lo había dejado allí.

Daniel se rió también, bebiendo un poco de su café, y exhalando luego, relajándose. Se había puesto nervioso por todo aquello y no tenía sentido. Sólo eran amigos, ¿no? – Está bien, sé aceptar bromas. Además, quería conocerlos a todos. Ashram habla mucho de vosotros.

– Pero a mí ya me conociste. – le recordó Kiyoshi, sentándose en el reposa brazos de sofá y dándole una palmadita a Azrael en la cabeza por haberlo besado.

–Sí, pero deseaba conocerlos fuera de... advertencias y ese tipo de cosas. – aclaró el rubio, apretándole la mano a Ashram nuevamente porque lo notaba callado. Ashram le rozó la mano con un dedo sin saber qué hacer.

–Pues si habla de mí seguro que es para quejarse… – le dijo Azrael. –Está un poco enfadado conmigo, no sé por qué.

–No lo estoy. – le dijo Ashram, haciendo un esfuerzo para no querer irse. No estaba enfadado, pero lo ponía nervioso, e igual hubiera querido que no lo besase.

– No lo creo. No me ha dicho nada malo. – sonrió Daniel, notando el cambio en la voz de Ashram, pero no estaba seguro de si tenía que ver con su discusión.

Kiyoshi se quedó en silencio, observándolo y decidiendo actuar finalmente. – No está enfadado, es que lo pones nervioso, baka... – se rió, distrayendo la atención de él y girándose al ver que el pelirrojo regresaba. – Aki... yo también quiero café.

– Y ¿no sabes donde está la cocina? Además, tú eres peligroso cuando bebes café. – se abrazó a él a modo de saludo, observando a Azrael y su taza. – Ya van dos que no saben donde está la cocina.

–Yo sí lo sabía, pero de tus labios me sabía mejor. ¡Ay! – Azrael se quejó tras recibir la colleja de Adan, que acababa de regresar por fin vestido. Besando después a Kiyoshi en la mejilla. –Joder, a Kiyoshi son todo besos, abrazos y a mí hostias…– se rió el chico.

–Porque tú no te comportas. – le dijo Adan antes de sentarse. –Seguro que te estamos horrorizando. ¿Verdad, Daniel?– le preguntó preocupado por Ashram y que perdiese a su amigo, novio, o lo que fuera.

– No. – sonrió el chico, negando con la cabeza. – Todos sois muy alegres. Me hacéis pensar en mi familia. –les confesó, aunque sólo era por recordar ese sentimiento, no porque se pareciesen en algo.

– ¿Vives con ellos?– le preguntó Adan, mientras miraba de soslayo como Azrael metía la mano bajo la camiseta de Kiyoshi, lanzándole una mirada furibunda y haciéndolo levantar las manos.

–No, vivo solo. Me mudé para venir a la universidad. – le explicó, preguntándose por qué escuchaba risas, Kiyoshi mirando a su hermano mayor con rostro de travesura, y Aki lanzándole una servilleta a Azrael para que se comportara.

– ¿Ves, Adan? Es normal que los universitarios vivan solos. – le dijo Azrael, quitándose la servilleta de la cabeza, reído.

– ¿Podemos dejar eso?– le preguntó Adan, mirando a Aki y tratando de conseguir que hiciera algo antes de que su intento de parecer una familia normal se desmoronase por completo.

– ¿Quieres ir a mi cuarto? – le preguntó Ashram. Susurrando apenas.

– Bueno... – contestó el chico sin estar muy seguro de que fuera correcto aquello.

– Sí, ¿por qué no vais? Ya os llevo algo de flan si no te molesta comer flan de ayer, Daniel. – intervino Aki, notando la mirada de Adan y sonriendo. Siempre se estaba preocupando en exceso.

–Ven, Azrael, nosotros vamos a buscar una taza de café para mí. – lo llamó Kiyoshi, ayudando un poco y levantándolo del sofá. – Te veo luego, Daniel.

Ashram se levantó, sujetando la mano de Daniel y llevándolo consigo. – ¿No querías?

– No es eso, no quería ser grosero con tu familia. – le explicó, sonriendo y dejándose guiar. – Son muy amables todos. Comprendo por qué son importantes para ti.

–Sí, pero no me gusta estar con mucha gente. – le explicó. –Pero ellos ya lo saben.

– Espero que el señor Adler no se haya molestado conmigo en serio. No me importaba lo del pijama. – se disculpó con Ashram de cierta manera, entrando a su habitación aún sujeto de su mano. – No estás... enfadado ¿verdad?

–No, es sólo que no se qué decir cuando hay mucha gente, y puedes llamarlo Adan, porque no creo que le guste que lo llames señor, y sólo es un poco más mayor que yo. – dejó la puerta entornada y lo miró. –Ahora… ¿Cómo haces para aprender donde están las cosas?

– Vale. No te llamaré señor tampoco. – se rió, pensando que no tenía voz de viejo, pero le había parecido un irrespeto. – Pues... ¿te refieres a cosas como muebles u objetos? Al principio necesito que alguien me guíe. Y voy aprendiendo en qué dirección están, cuento los pasos hacia cada cosa hasta que mi mente ya lo hace por sí sola.

–Vale, no hay muchas cosas. – volvió atrás con él. Llevándolo hacia la puerta y caminando hacia la cama. –Aquí está la cama, al lado de la ventana, y aquí…– caminó con él hacia la pared de al lado. –Mi escritorio. Es donde dibujo.

– Gracias. –asintió por su amabilidad, colocando la mano sobre la superficie de madera del escritorio. – Me sigue sorprendiendo que no estudies arte, eres muy dedicado ¿verdad?

–No hay mucho más que pueda hacer, salvo dibujar o practicar con la espada. El siquiatra quiere que le dibuje lo que sueño además…– le explicó. – No hay nada más, sólo la espada y un armario empotrado.

– ¿Puedo tocarla? La espada... – le pidió, un tanto entusiasmado. Lo cierto es que no le sorprendía que Ashram tuviese pocos muebles. No lo veía como el tipo de persona que se entretuviera guardando adornitos ni nada por el estilo. – Pero sí te gusta dibujar.

–Sí. – le apartó la silla para que se sentase y se fue a coger la katana. Mirándolo un momento y luego sus manos. – ¿Estás seguro de que quieres tocarla?

–Sí, es interesante. Además, es importante para ti. ¿No? – le preguntó, enseriándose luego por si lo estaba incomodando. – No tienes que mostrármela si no quieres, no me voy a enfadar.

–No es por eso…– se aproximó a él y observó sus manos de nuevo. –Es sólo que con ella he matado a muchas personas. ¿Crees qué los objetos tienen alma? Yo creo que las espadas sí, es la espada de un demonio.

–Tú no eres un demonio, Ashram. Sólo eres alguien que ha sufrido mucho y ha hecho cosas que... Yo creo que tu espada será igual que tú entonces. Tiene lógica, ¿no? – se rió con suavidad, su rostro en la dirección en la que estaba el rostro del chico, de tal manera que casi pareciese que lo miraba.

–Sí, lo soy, pero no quiero que tú me veas de ese modo. – Le sujetó las manos con cuidado, para que las subiese un poco y apoyó la katana sobre ellas, enfundada. –La funda es de madera negra, tiene flores de cerezo y mariposas…– le explicó. –La empuñadura es de marfil blanco con cuerda negra…

Daniel sonrió, apoyando un poco la espada sobre sus piernas ya que le pesaba y también quería sentir la forma del diseño. Pasó su mano por los relieves, de manera delicada, para no ensuciarla o algo. – Es hermosa. ¿La elegiste tú?

–Sí. También tengo un tanto. Es pequeño, como una daga. – le explicó. Cogió la katana y se levantó para desenfundarla. Sujetó su mano, pasándole los dedos por la parte superior del filo –Está muy fría…

Daniel asintió, dejando que el moreno guiara su mano cuidadosamente y con toda la confianza del mundo. Simplemente no le era posible estar nervioso con Ashram. – Nunca antes había tocado una espada. Es extraño...

–No me acuerdo, recuerdo que por entonces pesaba mucho. – la enfundó de nuevo para que no fuera a cortarse y la dejó sobre la mesa. –En Japón hay varias historias de guerreros ciegos, samuráis.

– ¿En serio? Me gustaría conocerlas, aunque yo nunca podría hacer algo así. – sonrió, pensando que le pesaba sólo de sujetarla, además de que no sería capaz de lastimar a nadie. – ¿Son historias ciertas o leyendas?

–Ciertas creo, pero supongo que todas han sido retocadas por la imaginación de la gente que las narraba. No me acuerdo muy bien. Tuve que estudiar muchos libros para saber manejar la espada. – le explicó. Acuclillándose en el suelo para estar frente a él y sujetándole la mano ya que ahora le agradaba hacerlo. – ¿Preferías estar con los demás?

– No, estoy perfectamente bien contigo. Me puse un poco nervioso en realidad. No estoy acostumbrado a estar en grupos grandes de gente. Y aún así... la mayor parte me ignora. – le explicó, apretando un poco su mano, contento de que se la hubiera sujetado. – ¿Cómo aprendes a usar la espada leyendo libros? Creí que necesitabas un maestro o algo... – se quedó en silencio, preguntándose si no le estaba trayendo malos recuerdos, pero a la vez no quería ser igual que esos chicos que evitaban mencionar ciertas palabras en su presencia. Se sobresaltó el escuchar los golpes en la puerta, pero sólo era Aki que se había entretenido un poco por culpa de Azrael y Kiyoshi.

– No me disparéis, traigo dulces...

–Gracias…– Ashram se levantó a coger la bandejita que traía Aki y la apoyó en su mesa. – ¿Quieres flan? – le preguntó. Aunque por su parte él no había podido evitar meterse un bombón en la boca.

–Sí, gracias. –sonrió el chico, aceptando el plato que le colocaba Aki en las manos. Era la primera vez que Ashram llevaba a alguien a casa y más aún, que lo dejase entrar en su cuarto era todo un logro.

– Bueno, si queréis algo más me avisáis. Tengo el día libre. – les anunció el pelirrojo, aunque también lo había pedido así para aprovechar que Adan estaba en casa.

–Vale, estamos bien. – le dijo. Mirándolo fijamente y pensando que menos mal que no había entrado un poco antes.

– Vale. – le sonrió de manera especialmente cariñosa a Ashram antes de salir, perfectamente consciente de que el moreno quería estar solo con Daniel.

–Tu hermano es muy amable. – le comentó el rubio, sonriendo un poco porque había notado la pausa y metiéndose otro trozo de flan en la boca. – Te gustan mucho los dulces, ¿no? Me siento un poco como si fuera un niño.

–Sí, porque nunca había comido dulces antes. – le explicó. Cogiendo una galleta y mirándolo. –Leyendo libros puedes aprender técnicas de espada, pero aún así me enseñaba mi maestro. Yo era mejor que él después. – dijo, tratando de opacar su propio trazo de orgullo. –Él siempre me confiaba a mí las ejecuciones, por eso los demás me odiaban.

–Porque eras mejor que ellos. – continuó el chico, que por alguna razón se había alegrado al sentir aquel sutil trazo de orgullo en su voz. Normalmente te acostumbrabas a sentir esas cosas, pero no le gustaba mencionarlas ya que muchas personas se enfadaban con él luego. – Es lo que se espera siempre del alumno ¿no? Que supere a su maestro. Aunque en realidad, creo que es tarea del maestro lograr eso.

–Creo que él se sentía orgulloso de mí a veces. Claro que era tan sólo porque así le era de más utilidad. – apoyó la frente contra una de sus piernas, mirando al suelo y sin soltarle la mano. –Nunca puedo hablar de esto con Aki. Así que no puedo hablar de nada. Porque es lo único que he conocido.

– Puedes hablar conmigo. Yo creí... que toda tu familia estaba enterada, pero supongo que debe ser doloroso. – dejó el plato sobre el escritorio, cuidándose de no ensuciar y tomando la mano de Ashram con ambas suyas. – Puedes decirme lo que quieras, no voy a juzgarte. Y quiero saber más de ti. ¿Te parece extraño?

–Sí, pero no puedo negar que me agrada, para mí eres un ángel. – lo observó y luego se arrodilló, apoyando la mejilla en una de las piernas de Daniel. –No lo saben todo, sólo algunas cosas, y de todos modos, están tan empeñados en que lo deje atrás y lo supere, que no se dan cuenta de que no me dejan decirles lo que necesito que sepan. Aki se pone triste.

–Lo sé, las personas... a veces actúan así porque no quieren que sufras. Pero hay ciertas cosas que debes aceptar antes de seguir adelante. – le acarició el cabello, sonriendo, sintiéndolo suave bajo su mano. – No soy un ángel, sólo soy un chico cualquiera.

–No para mí. – insistió Ashram, sujetando su otra mano y aproximándola a su rostro. Se la acarició con las puntas de los dedos, entrecerrando los ojos y suspirando un poco nervioso porque se sentía extraño.

– No para ti... – repitió el rubio, enrojeciendo un poco y acariciando su rostro, nervioso. – Ashram... a ti... No, nada. – sonrió, pensando que era muy prematuro aquello. Apenas llevaban unos días hablándose.

–Me gustas, pero no voy a hacer nada raro. Sólo quiero estar así. – le aseguró por si estaba molesto. Poniéndose aún más nervioso por si iba a reaccionar como Kiyoshi. Sintiendo lástima y como si fuese una incomodidad que gustase de él.

– No me molestaría si hicieras algo... raro, como besarme. – le confesó, sintiendo que el corazón se le aceleraba. – Ya lo debes haber notado, ¿o no? No sé fingir.

– ¿Qué te gusto? – preguntó, levantando la cabeza de sus piernas despacio y peguntándose si quería que lo besase. Nunca había besado a nadie, sólo… y no quería pensar en eso. Le tocó la cara con una mano. ¿Cómo podía gustarle a alguien como él? No es que no le hubieran dicho eso algunas otras veces, chicos o chicas… extraños, pero alguien como él. Apoyó la mano en el respaldo de la silla para levantarse y le besó una mejilla, sintiéndose más allá de lo extraño y rozando sus labios con los del chico.

El rubio acarició su mejilla con suavidad, depositando un beso suave sobre sus labios. Lo notaba nervioso, incluso más que él. Y no quería presionarlo. Cerró los ojos, apoyando su frente contra la de Ashram. – Me gustas, cada vez más. Nunca he conocido a alguien como tú. Pero no es porque seas diferente, te siento... especial.

Ashram no supo qué decir. Sólo se arrodilló de nuevo en el suelo y le sujetó las manos para llevarlas a su rostro. – ¿Ahora sí somos novios?

Daniel dejó escapar una suave risa alegre. – Si me lo estás proponiendo, sí. ¿Quieres ser mi novio, Ashram?

–Sí. – observó sus ojos y le apretó un poco la mano. –Estoy nervioso.

–Yo también. – le confesó, tomando su mano y apoyándola en su pecho para que sintiera su corazón. – Es normal.

–A mí también me sucede. – le apoyó la mano en su pecho y suspiró porque le agobiaba un poco respirar tan aceleradamente.

– Eso significa que realmente te gusto. Como tú a mí. – sonrió un poco más, pensando que los dos estaban hablando y hablando, explicándolo todo. – ¿Quieres... que te bese yo?

–Sí. – se levantó de nuevo y le dio la mano para que fuese con él. –No… nada, bésame. – le pidió, apoyando una mano en la mesa.

– No... ¿Sucede algo? No tenemos que... – le sujetó el rostro con delicadeza, acercando sus labios a los suyos, casi temblando por los nervios.

–No tengas miedo. – Ashram lo observó, rozando sus labios al hablar y sintiendo un cosquilleo. Lo besó superficialmente de nuevo y cerró los ojos, sintiendo la necesidad de apoyar la mano en sus hombros.

Daniel se aventuró, cerrando los ojos de nuevo y besándolo, permitiendo que su lengua se deslizara dentro de la boca de Ashram con cautela, sus dedos acariciándolo suavemente.

Ashram le apretó un poco el hombro y abrió los ojos, aunque sin apartarse, asustándose un poco. Pero era agradable y su propia lengua ya se estaba moviendo contra la del rubio con suavidad. Le apoyó la mano en la cabeza para acariciar su cabello. Aproximándose para sentir su calor y sintiendo que se le empañaba la vista. Cerró los ojos y le resbaló una lágrima por la mejilla, pero no se apartó de él.

Daniel lo abrazó contra sí, como si lo necesitase en realidad, dejándose llevar por aquel beso y sus sentimientos. No le importaba si tenía sentido o no, estaba enamorado, ya no había más argumentos.

Ashram le dejó que lo abrazase, y le apoyó las manos en los hombros sin saber muy bien qué hacer, bajando la cara para rozarla contra la suya. – Me siento bien.

–Yo también. – sonrió el chico, aún con los párpados cerrados. – Me siento feliz.


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