.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capitulo 20
Do You Sleep at Night? Do You Sleep at All?

Mañana. Clínica Psiquiátrica Sakura.
Martes, 26 de mayo


El detective Adamo llamó a la puerta dos veces antes de abrirla. –Su secretaria me dijo que no estaba ocupado. – le dijo antes de pasar. Esperando por si acaso.

-Entonces es que no lo estoy. – el albino alzó la mirada observándolo, un poco sorprendido de que estuviese allí por su propia iniciativa. Se levantó, extendiendo una mano y sonriendo levemente. – Siéntese, por favor. ¿A qué debo su visita?

–Sí… veamos…– El moreno le dio la mano antes de quitarse la cazadora y sentarse en el diván con las piernas excesivamente separadas. Cogió la carpeta que llevaba en la mano para sacar un sobre. –Mire… ¿Quiere?– le pidió, mostrándole las fotos del supuesto suicidio del señor Martín.

Aparecía con la boca ensangrentada, sentado en la cama en su celda con la cabeza hacia atrás. –Se arrancó la lengua y se la tragó.

El psiquiatra frunció ligeramente el ceño, mirando las fotos con atención, a pesar de lo repulsivas que le resultaban. – Es extraño... No me pareció una personalidad suicida.

– Lo sabía. – dijo casi ocultando un tono triunfal de victoria. –No era una persona que se hubiera suicidado. Es imposible. Han intentado contarme el rollo de que seguramente estaba demasiado asustado de sus propios crímenes, arrepentido. Usted y yo sabemos que no, no fue eso lo que nos demostró ayer. ¿Cierto? Me da igual si es imposible que en esa celda entrase alguien que no fuera personal de la cárcel. Algo sucedió allí. Tal vez otro preso. – le dijo, señalándolo con el dedo como para reforzar sus teorías. Cogió las fotos de nuevo y las guardó en el sobre. –Habrá que esperar a la autopsia, claro. Tal vez le interesaría saber lo que hemos averiguado de los chicos hasta ahora…

– Sí, por supuesto que me interesa. – lo miró a los ojos, intrigado. – Ese hombre no se arrepentía de nada. En todo caso, estaba orgulloso. Lo que significa que alguien tuvo contacto con él luego de nuestra... charla. ¿Recuerda cuando mencionó que había encontrado a esos chicos? La manera en la que reaccionó.

–No quería por nada del mundo que los sacásemos de allí. Sí, he estado pensando en eso. Tal vez no quería que destrozásemos su obra de arte, o tal vez… tenía miedo. – se rozó la mandíbula. Mirando abajo y sintiendo las gafas de nuevo correrse un poco por el puente de su nariz. –Podría haberse suicidado por miedo. Eso no lo había pensado, pero no lo creo. Los que tienen miedo suelen ser demasiado cobardes para suicidarse. ¿O no? – lo miró a los ojos en busca de su opinión profesional.

– No si es un miedo extremo. Un miedo a algo peor que la muerte, quizás. O a una muerte terrible y dolorosa, aunque... no creo que tragarse su propia lengua pudiese ser muy placentero. Aún si deciden suicidarse... ese tipo de personalidades buscarían algo menos angustioso. – le comentó, aunque no podía estar completamente seguro, siempre habían excepciones que confirmaban la regla. Pero ese hombre no parecía ser ninguna excepción.

–A todo el mundo le asusta más la mutilación que la muerte, la tortura…– meditó para sí. –Aún así... hay que tener demasiado valor para no rendirse mientras tratas de hacer algo tan salvaje y angustioso. No, no me lo creo. Alguien lo obligó. No tenía la mandíbula morada, es lo que me extraña, si le hubiesen sujetado la mandíbula para obligarlo a ahogarse de ese modo… eso habría causado hematomas. No había signos de lucha. Maldita sea…– murmuró luego. Cogiendo la cajetilla de cigarros del bolsillo de su camisa y encendiendo uno.

– Tal vez alguien con el suficiente poder sobre él para obligarlo a suicidarse. Tal vez Dios... Ya sé que suena desquiciado, pero no es del todo imposible. Ya se ha dado el caso de personas aparentemente estables y con sentido común que se han dejado convencer de hacer las cosas más extrañas. Y no olvidemos que asesinó a su propio hijo. – se quedó un momento en silencio, pensativo. – No es que piense que sentía remordimientos o algo así. Pero cuando mencioné a su hijo, no dio señales de prestarle especial importancia. Lo que quiero decir es que no me pareció que le importase lo suficiente como para matarlo.

–Olvidé comentarle ayer esto. Es un pasaje del Apocalipsis… “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.” Eso… ¿No le da qué pensar? Siendo así, sacrificando a su hijo sólo lo honraría…– lo miró a los ojos, reparando por primera vez en el color de estos. – ¿Eran sus padres japoneses?

– Sí, ambos, aunque creo que había algo de europeo en la familia de mi madre... – le contestó, mirándolo a los ojos también, preguntándose a qué venía esa pregunta ahora. – Interesante pasaje... Tal vez tenga razón. Y ¿los chicos? Dijo que tenía información.

–Sí. Algo, no mucho del forense… Veamos… – suspiró con fuerza, repasando las hojas. Los tres fueron violados y efectivamente el niño de la cruz… padeció al menos dos días antes de morir. No le atravesó el corazón si no el hombro. – apretó las mandíbulas con fuerza, haciendo que sus dientes sonasen ligeramente. Frunció el ceño mientras seguía leyéndole lo más reseñable. –Los tres tenían la misma edad, cabello rubio, ojos azules. Blancos de piel… Sin ninguna relación en cuanto a residencia, colegio… Nada. – lo miró un momento a los ojos antes de seguir. – ¿Eso qué nos hace pensar? Este hombre o quien quiera que lo comandase no cogía chicos rubios de ojos azules al azar. No, los buscaba, los estudiaba y los raptaba. Los tres desaparecieron por la mañana. Cuando iban a clase. El sospechoso era cartero así que… los vigilaba en su ruta. Los metía dentro de la furgoneta… y no dejaba rastro.

Kaigan lo observó en silencio. Había notado aquel gesto en su rostro. Claro que le parecía comprensible. Ni siquiera él había podido olvidarse realmente de aquella visión, esos niños... – Dos días... ¿cree que simplemente lo hayan dejado allí para que muriese o le estaban observando? ¿Por qué él y no los otros chicos? ¿Tiene algún significado la edad? – suspiró, intentando concentrarse en aquellas ideas de manera neutral. – No creo que el señor Martín haya sido elegido al azar tampoco. Tal vez ya tenía ciertos impulsos dentro de sí, la persona que lo eligió lo sabía... ¿Tenía algún antecedente?

–No tenía ningún antecedente. No, era una persona de lo más normal. Lo leyó ayer en su informe, doctor. – el moreno dejó salir el humo entre sus labios sin dejar de mirarlo fijamente. –Estoy notando que es usted bastante despistado. Claro que es usted siquiatra y no policía…– sonrió levemente, subiéndose las gafas. –De momento la edad no parece tener relevancia alguna, yo diría que los observaban. Él disfrutaba de verlos morir. No creo que perdiese esa fantástica oportunidad. – alzó una ceja y se llevó el cigarro a los labios de nuevo. –Sí… olvidaba comentarle que la sangre fresca que encontramos, era humana. Y no pertenecía ni a los niños ni por supuesto al sospechoso. Varón blanco… es lo que tenemos. Posiblemente rubio. Encontramos un cabello rubio que no pertenecía a ninguna de las víctimas… Claro que podría haber sido de cualquier persona con la que el chico hubiera mantenido contacto antes, pero es difícil teniendo en cuenta que los desnudó y… etcétera.

– Sí, me parece difícil. Aunque como bien dijo, no soy policía. – le sonrió, pensando en que siempre prefería leer los informes antes de cada sesión por lo general. – Y la sangre... me pregunto si habrá sido un accidente. Tal vez alguno de los chicos intentando defenderse... – meditó sintiéndose un poco en la oscuridad con respecto a esas cosas. – Pero... es extraño, ¿no? Utilizar a otra persona para cometer estos actos. ¿Por qué? Tal vez sólo estuvo presente en este último.

–Sí. ¿Debo recordarle de nuevo que la sangre era fresca y el cadáver de hace unos cinco días? A no ser que fuera un zombi dudo que el chico tratase de defenderse…– suspiró, pensando que realmente sí era despistado. –No hemos encontrado tampoco sangre en ningún otro lugar. Sólo allí, debajo del ojo del chico… y bien. Lo tengo puesto innecesariamente al corriente para satisfacer su morbosa curiosidad por jugar a polis. Así que, ya hemos tenido nuestra sesión esta semana. He hablado mucho, seguro que le ha encantado…– dijo, para nada convencido de que aquello funcionaria. Sonriendo levemente.

Kaigan sonrió, observándolo y negando con la cabeza. – Ha hablado mucho sin duda, pero no de usted. Esto fue una visita, no una sesión, así que no trate de zafarse de nuestro trato.

–Sabía que no funcionaría…– suspiró. Mirándolo y dejando a un lado sus cosas. –Bien… hablemos… ¿Todavía quiere invitarme a un café? Aún no he dormido desde ayer…

– Eso no está muy bien, detective. Todos necesitamos descansar. Le invitaré a ese café. Acompáñeme. – se puso de pie, tomando su chaqueta del respaldo de la silla y poniéndosela. Claro que podía pedirle a su secretaria que les llevase una taza, pero le parecía que el detective se relajaría más en otro ambiente. Además, quería ver cómo se comportaba fuera de allí y lejos de los lugares acostumbrados.

–Quisiera haberlo hecho, pero justo cuando pensaba meterme en la cama a un anormal le dio por suicidarse… y ya sabe. – dijo. Cogiendo su cazadora y poniéndosela mientras lo seguía afuera. Pensando que seguramente era alguna cosa de siquiatras. Oshitari lo había invitado a café antes allí mismo.

– Sí, comprendo... Tal vez debí dejar que tomase una siesta en vez de invitarle a un café. – sonrió sin dejar de caminar. – No estamos lejos, hay una cafetería bastante buena en la calle de al lado. ¿Normalmente suele dormir bien?

–Sí, gracias. Sobre todo si estoy cansado. Pero no duermo mucho cuando estoy ocupado. – el moreno se pasó una mano por el cabello. – ¿Y usted? ¿Durmió bien ayer?

– Algo... La verdad es que me costó un poco. –admitió, asintiendo. – Estaría loco si no me sintiese al menos un poco afectado. En realidad, me preocuparía.

–A todo se acostumbra uno…– le dijo Drago. Señalando la cafetería que había enfrente y preguntándose si se trataba de esa misma. Al recibir la confirmación del siquiatra pasó al interior y se sentó en una de las mesas del fondo frente al cristal de la ventana. –Un café largo… por favor. – le dijo a la camarera.

–Un capuchino para mí. – le pidió el médico, sonriendo un poco. – Es una ventaja que tiene este lugar sobre mi secretaria. Ahora... ¿diría usted que está muy acostumbrado a este tipo de cosas?

–Desde luego… es lo que veo todos los días. Por desgracia. – se sacó la cazadora y apoyó un codo en la mesa para apoyar la cara contra su mano.

– Por desgracia... – comentó observándolo. El uso de esas palabras le indicaba que no estaba tan insensibilizado como él pensaba. Eso estaba bien. – ¿Recuerda su primer caso? Quiero decir, que si lo recuerda con detalle.

–Lo recuerdo muy bien…– lo miró a los ojos con cara de necesitar dormir un poco. –Espero que esto sí sea una sesión, doctor. ¿O me dirá ahora que no lo es porque no estamos en la clínica? – cruzó las piernas y le rozó el pantalón con el zapato. –Disculpe.

– No se preocupe. Y sí, es una sesión o no le haría estas preguntas... – asintió sin apartar la mirada de su rostro. – ¿Quiere hablarme de ese caso?

–No, pero si usted quiere hacerlo…– se apartó un poco al recibir su taza y le echó un sobre de azúcar antes de revolverlo. Susurrándole gracias a la camarera antes de que se fuese.

– Yo no puedo hablar de su caso, no estuve allí. – contestó pacientemente, echando dos sobres de azúcar en su café. – Pero podría decirme... cual fue el primer momento en el que pensó... “Esto es normal, es lo que siempre sucede.”

Drago lo miró a los ojos. – ¿Respecto a los asesinatos?

– Respecto a su trabajo, sí.

–Bien… No lo sé. Es una pregunta muy compleja…– se llevó el café a los labios, mirándolo fijamente.

–Bien, entonces dígame si recuerda... la primera vez que durmió bien luego de estar en la escena de un crimen. – cambió la pregunta, aunque tenía la impresión de que el moreno sabía la respuesta. Sólo que no quería hablar de ello realmente.

–Creo que nunca me ha hecho dormir mal presenciar la escena de un crimen, doctor. – lo miró a los ojos y dejó la taza en la mesa. –No me impresionan los cadáveres…

– No, supongo que luego de ver tantos no debe impresionarle. Pero hubo un momento en el que sí le sucedía. ¿O estoy equivocado? Especialmente, dado que usted no investiga crímenes normales.

Adamo golpeó rítmicamente con la cucharilla el borde de la taza sin percatarse de lo que hacía y sin apartar la mirada de sus ojos, volteando la cucharilla hacia su mano al darse cuenta de a donde dirigía ahora la mirada el doctor. –Me impresionó la primera vez que vi un cadáver, sí.

– Es natural... ¿Quiere hablar de eso? – le preguntó a sabiendas de que no. Estaba tenso, nervioso, pero presionarlo sería un error. No quería que se pusiera a la defensiva con él de nuevo.

–No, ya he hablado suficientemente de eso. – le contestó serio, bebiendo un poco más de café y abriéndose la camisa unos botones hasta debajo del pecho.

– Bien. No tiene que hablar de eso si no quiere... – lo tranquilizó, pensando que ya volverían a ese tema. Le intrigaba, parecía ser algo muy importante para él. – Hablemos del por qué entonces. ¿Por qué eligió esta rama de su trabajo? Sé que muchos niños sueñan con ser policías como bien me lo indicó ayer. Pero la mayoría no sueña con este tipo de casos.

–Me pareció interesante… Conocí a Sven Ashel en una conferencia durante mis clases de universidad. Un detective bastante famoso tanto por su genialidad como por su… característica forma de ser. Me pareció inspirador. Y aunque perjuró mil veces mientras hablábamos… llevaba una cruz en el pecho. – le explicó, divagando y siguiendo el humo de su cigarro.

– Sí, he escuchado hablar de él... – comentó, aunque no estaba muy enterado. Más que nada había sido por comentarios de Oshitari sensei y de algunas enfermeras, pero no tomaba en serio las habladurías de estas últimas. – Así que... él es un hombre religioso también. ¿Qué encontró inspirador exactamente? ¿Fue algo de lo que dijo, su manera de ser? ¿La cruz...?

–Fue todo. Su inteligencia. Lo apasionado que se veía cuando hablaba de ciertos casos…– entrecerró los ojos mientras le daba una calada al cigarro. –Su presencia. Todo me resultó inspirador. Sabía más de lo que yo llegaré a saber nunca. Tenía una muy amplia cultura…– le dijo. Apagando el cigarro en el cenicero y dejando salir el humo. Sonrió ligeramente y miró al siquiatra. –Y un sentido del humor muy negro…

– Y asumo que comparten eso... – sonrió el albino, observando cómo había cambiado de actitud al cambiar de tema. Ese hombre, seguramente era un modelo a seguir para él. – Es natural que las personas que se dedican a estos tipos de trabajo tengan sentido del humor. Es una manera de lidiar con ello.

–Lo es, sí. – se apoyó en su mano de nuevo. Desviando la cara mientras bostezaba. Tapándose con la otra. – ¿Realmente cree que necesito esto?

– No, sólo me gusta hacerle perder el tiempo... – sonrió, pensando que tal vez debería dejarlo ir a dormir. –Escuche... luego de su “accidente” con el sospechoso, de la manera en la que se comportaba durante en interrogatorio y de haberlo visto en la escena del crimen... No sé si esto le sucede con sus otros casos o si ha llegado a un punto de presión, pero las personas que no son afectadas no se comportan así.

– ¿Qué sucedió en la escena del crimen? Doctor. ¿Es usted un experto en escenas del crimen? Mi comportamiento fue muy normal. Así es como se comporta un policía cuando hace un interrogatorio. Nosotros no les pedimos que por favor nos digan su información. Se la sacamos como sea…

– Pero la mayoría de los policías no tiene “accidentes” con sus sospechosos. ¿O sí? ¿No es por eso que está usted aquí en primer lugar? – lo miró a los ojos sin alterarse en lo más mínimo. – No soy un experto en escenas de crimen. En eso tiene mucha razón. Pero creo que soy bastante bueno en observar a las personas. Y en estos momentos, no hablaba de los cadáveres ni de los detalles del caso.

Drago movió un poco la cabeza, rozándose la cara con la mano y apoyándose luego en el puño, aplastándose un poco los labios. – ¿Y eso qué tiene que ver con lo sucedido ayer?– le preguntó, cruzándose de brazos y echándose atrás en la silla. –Perdona… ponme otro café…

– Usted estaba claramente afectado, al menos por unos segundos. Se alejó de la escena frunciendo el ceño... Claro, supongo que tiene una buena explicación para eso. – suspiró, pensando que había cometido un error. Le había revelado demasiado de lo que veía en él y eso podía influenciarlo. – Usted es un hombre muy religioso. Aún si no le afectasen los cuerpos de esos niños. ¿Qué siente al ver que alguien utiliza así las bases de sus creencias?

–Siento que debo atrapar a ese hijo de puta y encerrarlo toda su puta vida en el agujero más negro que pueda encontrar. Y por eso me jode tanto que ese imbécil se ahogase con su lengua. Debió pudrirse en la cárcel. ¿Sabe lo que le hacen en la cárcel a los pederastas?... – lo miró a los ojos. Aguantándose el rasgo cruel de la sonrisa que quería dibujarse en sus labios. –Fruncí el ceño, sí, apreté los dientes… y maldije… pero eso. Eso lo haría cualquier humano. Más aún yo, el que debió evitar esas muertes.

El psiquiatra lo observó detenidamente, serio. Así que era eso. – Pero usted no puede salvarlos a todos. No puede evitar algo que ni siquiera sabe que sucederá. – comentó sin apartar su mirada del moreno, hablando con voz suave, tranquila. – Esas muertes son culpa de un asesino. No de la policía, mucho menos de un solo detective.

–Ese caso se me encargó a mí. Ya han muerto seis niños… y no se ha acabado. Estoy seguro. ¿Yo no tengo la culpa? No. Pero debo detener esto. Sí, yo soy el responsable, yo tomé esta responsabilidad de proteger a los civiles…y no lo estoy haciendo. – golpeó la mesa con el dedo mientras hablaba. Echando otro sobre de azúcar en el nuevo café y mirándolo a los ojos.

– ¿En qué piensa que falló? – le preguntó el médico apenas recordando que tenía una taza de café enfrente ya. Estaba mucho más interesado en las palabras del detective.

–No lo atrapé a tiempo. Y ahora se ha muerto antes de que pudiera sacarle más información.

– Pero usted no lo mató. Y tampoco podía atraparlo antes de tener alguna pista. Nadie pudo haber adivinado que ese hombre moriría. Ni yo, ni usted... – le aseguró, mirándolo a los ojos aún. – ¿Alguna vez se ha sentido satisfecho con el trabajo que hace?

–Hago lo que tengo que hacer. No me doy una palmadita en la espalda cuando resuelvo un caso. – bebió un poco más de café y se pasó las manos por el cabello, peinándoselo.

–Eso es interesante, ¿no lo cree? – le sonrió un poco, preguntándose si no hubiese sido mejor permanecer en el consultorio. – Usted no se da una palmadita cuando hace bien su trabajo. Pero no pone la misma objeción para culparse cuando algo falla. ¿Por qué cree que sea esto?

–Ya se lo he dicho. Porque sólo hago lo que tengo que hacer. Si no hago lo que tengo que hacer, está mal. ¿No cree? Y si lo hago… pues bien, era mi deber.

–Ya veo... – contestó, llevándose la taza a los labios como si acabase de recordar que estaba allí. – Sabe... hace unos años tuve una paciente. Había matado a su esposo en un arranque de celos. El asunto es que estando ya en prisión, la mujer siempre se ofrecía para los peores trabajos, no se defendía en las peleas y ni siquiera se abrigaba en invierno. Cuando le pregunté por qué nunca pedía otra sábana o intentaba protegerse me dijo que no lo merecía, que eso era lo natural.

–Hermosa historia. Pero yo sí me defiendo en las peleas y tengo un edredón de plumas de pato en mi cama…– le dijo el moreno. Sonriendo ligeramente porque acababa de salir de su cerrazón en sí mismo y percatarse de que le estaba dejando ver demasiado.

– ¿Acaso dije que usted y esa mujer se parecían en algo? Sólo le contaba una historia... – le sonrió, pensando que su actitud defensiva decía mucho más que cualquier respuesta que hubiese podido darle.

–Le diré algo, me encantan los siquiatras… – le sonrió de vuelta. – Esa cara de satisfacción que ponéis cuando conseguís que baje las defensas…

– ¿La ponemos todos? – continuó sonriéndole y bebiendo un poco más, aunque su café estaba algo frío. – Si tanto le encanto, entonces supongo que no le será tan pesado seguir viniendo a las sesiones. Ya puede dejar de huir.

–Yo no huyo, doctor. Sólo le dejo la oportunidad de poder echarme de menos…– el moreno golpeó con los dedos la mesa. Buscando el mejor momento para irse. –Y sí. Todos.

– Eso indica que ha conocido a varios. – lo observó, notando cómo tamborileaba, pero continuando como si no se diera cuenta. – ¿Es por su trabajo o por otra cosa?

– ¿Quién sabe?... ya ha pasado media hora. –le señaló el reloj. –Debo volver al trabajo y usted también. Por más que le apasione más esto.

– Yo estoy en mi trabajo. Y tomaré nota de esto. – le sonrió, indicándole que no pensaba olvidarse y poniéndose de pie.

–Veremos… más le vale tomar nota con esa memoria tan mala. – le dijo el moreno mientras pagaba su café y se ponía la cazadora. –Como siempre, un placer. – le dio la mano antes de dejarlo pasar delante.

– Igualmente. –sonrió el albino, caminando delante de él. – ¿Me haría un favor? Llámeme si averigua algo más del caso. Intentaré analizar lo que me ha dicho hasta ahora.

–Le gusta esto. ¿No?– preguntó el detective. Dirigiéndose hacia una moto que estaba próxima a la clínica.

–Es interesante, no vaya a creer que disfruto de los asesinatos... – le contestó un tanto pensativo y observándolo de soslayo después. Lo cierto es que también sentía la necesidad de ayudarle y le parecía que le era más fácil al detective comunicarse a través de su trabajo.

Drago pasó una pierna por encima de la moto antes de sentarse. –Lo sé. – Buscó las llaves dentro de los bolsillos de sus jeans y lo miró. –Le mantendré informado… Sea un buen chico. –Le recomendó serio.

Kaigan sonrió, alzando una ceja por un momento apenas. – ¿Cree usted que me voy a ir a pasear por la escena del crimen o algo así? No se preocupe, sólo estoy intrigado a un nivel intelectual. – negó con la cabeza, preguntándose si pensaba que era un chiquillo o algo así. – Y usted no sea demasiado malo...

–A los chicos buenos siempre les atraen los chicos malos…– torció una sonrisa. Metiéndose con él antes de ponerse el casco, bajar la luna oscura e irse.


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