Capitulo
18
God is Watching Us
Tarde. Comisaría de policía. Sala de interrogatorios.
Lunes, 25 de mayo
Kaigan bajó la mirada al expediente que tenía frente
a él. Juan Martín. Ya lo había leído
varias veces, pero no tenía mucho sentido. Parecía
responder cosas distintas en cada interrogatorio de la policía.
Se preguntaba si estaba jugando con ellos o si de verdad creería
esas cosas. Por lo demás, parecía haber llevado una
vida tranquila sin sobresalir en nada, hasta que había empezado
a asesinar.
– Señor Martín, soy el doctor Hashimoto. Estoy
aquí para encargarme de su evaluación, como ya le
habrán indicado. – Observó aquella leve sonrisa
en el hombre, por un momento preguntándose cómo le
estaría sentando aquello al detective, pero ya tendría
tiempo de preguntarle luego. – Empecemos por la pregunta básica
entonces: ¿Asesinó usted a esos chicos? – era
consciente de que con toda esa evidencia no cabía lugar a
dudas, pero necesitaba ver qué tipo de respuesta le daba.
–Nooo… Dios me lo ordenó. – contestó
el hombre con voz de asustado, aunque después sonrió
torciendo la boca un poco.
– ¡Conteste a las preguntas que le realiza con seriedad
de una vez! – el moreno que estaba a la espalda del doctor
con los brazos cruzados lo señaló con un dedo, visiblemente
fuera de sus casillas.
–No deberían dejarlo entrar aquí, es un psicópata.
– el sospechoso habló con el siquiatra como si le confesase
una confidencia. Lo cierto es que tenía un brazo escayolado
y el cuerpo cubierto de vendas gracias al detective.
– Detective, por favor. – le pidió el psiquiatra,
previniendo otro ataque y mirando al sospechoso de nuevo. –
Debo asumir entonces que es un hombre religioso. – comentó,
siguiéndole el juego. Después de todo, aquel tipo
de bromas también rebelaban bastante, aunque fuesen usadas
para ocultar algo. – Pero si Dios se lo ordenó, aún
así fue usted quien los asesinó. Siempre se puede
desobedecer una orden.
– ¿Quién dice que Dios me lo ordenase?–
se inclinó hacia delante, el detective acercándose
un poco pese a que estaba esposado. –Lo hice porque era delicioso
ver como se desangraban y morían poco a poco…
Drago apretó las mandíbulas, deseando aplastarle
la cabeza contra la mesa hasta reventársela como si fuera
una sandía. – ¡¿Le gustó ver morir
a su hijo?! ¡¿Le gusta haber destrozado a su mujer?!
¡Deje de jugar!
–Sí, me gustó. – se rió, observando
al policía con gesto burlón y luego al siquiatra.
– ¿Por qué no me golpea de nuevo para que lo
vea su compañero?
–Debería matarte…– dijo el moreno, alejándose
y tratando de mantener la calma. Su risa le estaba devorando la
paciencia.
– ¿Me amenaza?– preguntó el hombre que
no contenía su risa. Su disfrute.
– ¿Le gusta que lo amenace? – intervino el médico
sin inmutarse. No le había sorprendido su confesión
en lo más mínimo, aunque intentaba mantenerse neutral.
– Si lo hizo por diversión, como usted dice, ¿por
qué lo mismo una y otra vez? ¿No sería más
divertido hacer cosas diferentes?
–Fue un poco diferente esta última vez. ¿No
cree? Lo violé mientras se desangraba, no pude evitarlo.
–Le hubiera gustado violarlos a todos. ¿No es así?
¿Qué lo detuvo? – el moreno apoyó las
manos en la mesa. Se había remangado la camisa y estaba sudando.
–A todos no, solo a algunos. – dijo el hombre, mirándolo
y sonriendo. Buscando su ira.
Pero Drago sin embargo se inclinó más hacia él
de pronto. ¿Cómo que a algunos? Según los exámenes
forenses sólo uno de ellos había sido violado. El
asesino comenzó a reírse.
–No es usted tan tonto…
– ¡Hijo de puta! ¡¿Dónde están?!
Kaigan se quedó mirándolo, serio. Le estaba afectando
y eso no le gustaba. Su rostro permanecía impasible sin embargo.
– Muertos, están muertos, porque no es divertido a
menos que se estén desangrando, ¿o me equivoco? –
lo miró a los ojos esperando a ver si respondía algo.
– Tal vez no eran de por aquí, chicos desaparecidos
en alguna ciudad vecina. Eso es lo que pienso.
–No piense tanto. ¿Quiere qué le cuente un
chiste?
Drago miró a Kaigan a los ojos y se levantó un momento,
sin salir de la sala ni sacarle el ojo de encima al sospechoso.
–No te muevas en lo más mínimo. –le ordenó
mientras avisaba a sus compañeros.
– ¿Qué chiste? – esperó pacientemente
el psiquiatra, observándolo atento.
–Un siquiatra se encuentra a su vecino en el pasillo y le
dice, “Buenos días”, el siquiatra lo mira serio
y se lleva la mano a la quijada pensando… “¿Qué
habrá querido decir con eso?”– se rió
abiertamente. Mirando de soslayo lo que hacía el detective.
– Bastante gracioso. Me pregunto... ¿qué habrá
querido decir con eso usted? – le sonrió, aunque no
estaba ofendido realmente. – ¿Por qué su hijo?
– ¿Por qué no? ¿Por qué sí
el de otro? – lo miró fijamente y luego al detective
que había cerrado la puerta de golpe.
– ¿Dónde están los niños?–
repitió, palabra por palabra, apoyándose en la mesa
de nuevo con ambas manos.
–Encuéntrelos usted, será su misión.
– le dijo el hombre reído.
– ¿Están vivos? –El hombre no contestó.
– ¡Hable, maldito hijo de puta! – lo sujetó
de la camisa levantándolo un poco y soltándolo de
golpe contra a silla de nuevo.
–Ya le he dicho que es su misión. ¿Realmente
es necesario que esté él aquí? – preguntó
al siquiatra como si fueran tan amigos.
–Dígame los nombres de esos niños. –
siguió Drago sin darle oportunidad.
–Es necesario. –le contestó el médico
seguro de que así no iban a llegar a ningún lado.
– Tranquilícese detective, por favor. – le pidió
sin dejar de mirar a aquel hombre. – Esos chicos... ¿tienen
algo en particular que les haga elegirlos?
Drago se apartó un poco, cruzándose de brazos de
nuevo. No soportaba estar perdiendo el tiempo así. Le habría
sacado la información partiéndole cada uno de sus
huesos.
– ¿Me pagan a mí por hacer su trabajo?–
le preguntó retóricamente. –No me importaría
ver como se desangra.
– Creo que estoy un poco mayor para sus gustos. – le
sonrió el médico sin verse afectado. – ¿Cree
en los ángeles, señor Martín?
– ¿Y usted?– preguntó sonriendo. –La
belleza no tiene edad. ¿Por eso lo han traído a usted?
Me traen a un médico chino con cara de mujer.
– ¡Basta ya!– Drago golpeó la mesa de
nuevo con la mano. –Basta de gilipolleces… ¿Dónde
están los niños? ¿Los conocía? ¿Cómo
se llamaban?
–No sé cómo se llamaban. ¿Pretende que
lo recuerde?
– ¡Recuérdelo! ¡¿Los mató?!
¿Están muertos?
–Sí…– contestó al fin, observando
el puño de Drago cerrarse.
– ¿Cuántos más?
–No me acuerdo, unos cuantos.
– Yo creo que sí los recuerda, recuerda a cada uno
de esos chicos, ¿no es así? Porque eran hermosos,
porque fue divertido y porque estaban bajo su control. – comentó
Kaigan pensativo, aunque sin dejar de observarlo. – Y los
convirtió en ángeles, pero usted no me parece un hombre
muy espiritual.
El hombre juntó las puntas de los dedos, abriendo y cerrando
las manos y mirándolo a los ojos, serio. Sonriendo después
ligeramente. –Bien por usted.
El detective se asomó de nuevo, advirtiéndoles que
los chicos estaban muertos y pidiéndoles que buscasen en
las bases de datos a los niños con el mismo perfil físico
y edad desaparecidos en los últimos meses. No podía
creérselo. Si tan sólo lo hubiera cogido antes…
tal vez…
– Entonces, ¿de dónde sacó esa idea?
Es mucho trabajo para alguien que no cree en esas cosas. Y esa parte
no parece muy divertida. – le preguntó, observándolo
serio. Podía haber sacado la idea de algún libro,
pero no conocía otro caso así. Claro no era ningún
experto en esa rama. Aún así, las personalidades de
ese tipo solían actuar de acuerdo a sus deseos personales,
a sus impulsos. No le terminaba de encajar todo aquello.
–Estoy harto de hablar con usted. ¿Sabe?
Drago lo miró fijamente. Si se ponía de ese modo,
seguramente era porque ahora le estaba molestando lo que el siquiatra
decía.
– No hay problema, la mayoría de mis pacientes me
dicen eso en algún momento. – le aseguró, como
pasando por alto su comentario, aunque había notado lo mismo
que el detective. – Puede ser... ¿algo que vio? ¿Algo
que alguien dijo? – arrugó el ceño, aún
así pensando en que se hubiese aburrido, incluso si estaba
experimentando con esos chicos, no hubiese seguido el mismo patrón.
– ¿Puede ser... que Dios sí exista después
de todo? – comentó, sólo por ver su reacción.
–Dios existe… estúpido oriental ignorante. –
dijo, escupiendo las palabras como si se tratase de hiel.
El detective los observó sin moverse de donde estaba. Era
como si ellos dos estuviesen en otro lugar y el sólo pudiera
observarlos. ¿Qué le estaba haciendo a ese tipo? Lo
estaba haciendo hablar.
Kaigan permaneció observándolo, así que eso
era. Era sorprendente en realidad. – Dios existe y te habla.
Te ordenó matar a esos chicos. Y en recompensa...
– ¡Calla! ¡¿Qué sabes tú
de Dios?!
– ¡¿Dónde están los niños
señor Martín?!
– ¡No! ¡Callaos los dos!
– ¡¿Dónde están?!
– ¡En el cielo!– dijo, en una especie de ira
y confusión extrañas.
– El cielo... ¿un lugar alto tal vez? ¿Una
iglesia? – preguntó el albino, intentando evitar que
volviese a subir sus defensas. – Dios necesita verlos, ¿no
es así? Aquellos que no fueron encontrados, lograron llegar
a su destino. El cielo, ¿donde vive Dios? – lo miró
fijamente, preguntándose si no habría sido un error
por su parte. Si no se habría salido de control. Tal vez
no se suponía que encontrasen a ninguno. Por eso estaba tan
orgulloso de aquellos a los que no habían encontrado.
El hombre no dijo nada más, se limitaba a mirar al albino
con la faz impenetrable. Drago se aproximó. Iba a abrir la
boca cuando recibió una llamaba y se alejó un poco
para coger el teléfono. –Sí, ya voy. Sabemos
donde están los niños. – sentenció serio.
–No puede ser… eso es imposible.
–No, lo sabemos, sabemos que están en el tejado de
la iglesia.
– ¿Cómo pudieron saberlo, eh? A esa iglesia
no va nadie, hace un año que no va nadie. El monte está
cerra…
Drago torció un poco la boca en una sonrisa cruel. –Encerradlo.
– les dijo a los alguaciles afuera. El hombre se levantó,
abalanzándose sobre el siquiatra con una aguja en la mano.
Apoyándola contra uno de sus ojos y tirándolo al suelo
con el impulso. – ¡Apártese, suelte la aguja
y apártese!– le dijo Drago apuntándolo con la
pistola. ¿De donde coño había sacado eso?
Kaigan permaneció quieto, aguantando un poco la respiración
incluso. Estaba asustado, por supuesto que lo estaba. Las ideas
pasaban demasiado rápido por su cabeza. – Esto... no
hará feliz a Dios.
– ¡Suelte la aguja y apártese despacio! Está
en una comisaría. ¿Qué cree que va a conseguir
matando a ese hombre? ¡Antes de que consiga matarlo ya le
habré reventado la cabeza! – le aseguró Drago,
cosa que pensaba hacer. Se acercó un poco y el hombre pegó
un grito.
– ¡No te acerques!
–No me acerco…– Drago se detuvo, mirándolo
fijamente, el hombre mirando al albino. Aprovechó ese momento
y le dio una patada a la mesa, volcándola sobre ellos e inmovilizando
al sospechoso. Poniéndole una de las esposas y sujetándolo
al marco de la ventana.
–No podéis sacarlos de allí. Si lo hacéis…–
el detective esperó a ver que decía. Estaba alterado
y sudando abundantemente. Ayudó a levantarse al siquiatra
mientras los alguaciles se ocupaban del hombre aquel.
– Gracias... – murmuró el hombre, poniéndose
de pie y arreglándose la ropa, intentando verse tranquilo
a pesar de todo, aunque su voz se notaba un poco distinta al preguntar
de nuevo. – ¿Qué? ¿Qué sucederá
si los sacan de allí?
– ¡La ira del demonio caerá sobre vosotros!
¡Los ángeles morirán o se convertirán
en demonios! – empezó a gritar histérico.
–Al que tenga sed se la calmaré, les daré todo
y serán mis hijos así como yo seré su Dios.
Pero a los cobardes que no confíen en mí, a los que
hagan cosas terribles, a los que hayan matado, a los que tengan
relaciones sexuales prohibidas, a los que adoren dioses falsos,
y a los mentirosos, los lanzaré al lago donde el azufre arde
en llamas y allí permanecerán ardiendo en el infierno…–
Drago le repitió parte del Apocalipsis y lo miró a
los ojos. – ¡¿A qué estás jugando?!
No crees en Dios…
El hombre se rió como enajenado. –Muy bien detective,
debió hacerse cura.
– Está equivocado. Sí cree en Dios. Pero no
en ese Dios. – intervino el albino de nuevo, sin moverse de
donde estaba, por un momento mirando al detective. – Cree
en alguien, alguien a quien no traicionará. Alguien por quien
mataría a su propio hijo. ¿No es eso?
– ¿Quién es Dios?– le preguntó
el hombre. – ¿Dios es nuestro padre que está
en los cielos? ¿Quiere que siga?
–Sabemos como sigue. – el detective lo miró
fijamente. –No vamos a sacarle nada limpio, sólo se
está burlando, lleváoslo. – les pidió
a los alguaciles. –Iré… a buscar a esos niños
y a ver si encuentro algo. – dijo después, hablando
para sí mientras salía.
– Espere, detective Drago. – lo siguió el albino,
deteniéndose antes de sujetarle el brazo. – Gracias,
por salvarme la vida. – lo miró serio, aún sin
recuperarse del todo.
–Es mi trabajo. De nada…– le dijo después,
poniéndose la cazadora de cuero y llevándose un cigarro
a los labios. Cogió el papel que le entregaba una mujer con
la iglesia que cuadraba con aquella descripción.
–Buen trabajo entonces. – sonrió, suspirando
y permaneciendo allí por un momento. Siguiéndolo curioso
después. – Probablemente va a pensar que estoy loco
pero ¿le importa si le acompaño? Necesito... Creo
que podría ayudarle. Y aún tengo media hora antes
de mi próxima cita.
–Creo que vamos a tardar más de media hora. Hay una
iglesia aquí cerca. Se trata de un monte que ardió
hace un mes y fue cerrado el paso… Aún no se ha reabierto.
– le explicó, ya que era su primera opción.
Lo miró por fin y se pasó la mano por el cabello.
–No me cabe duda de que podría ayudarnos y de que le
parece interesante, pero va usted a presenciar la escena de un crimen.
De uno horrible. ¿Está seguro de que quiere hacerlo?
Kaigan asintió, mirándolo a los ojos. – No
dejaría de pensar en esto de todas maneras. Sé que
no será una escena bonita, pero creo que puedo manejarlo.
–Si usted lo cree…– cogió el encendedor
de encima de la mesa y le hizo una seña para que lo acompañase.
–Vamos. – les avisó a los demás, parándose
un momento para advertirle a uno de los policías a donde
debían dirigirse primero.
..............
Kaigan se detuvo frente a aquella iglesia. Se habían tenido
que bajar del coche un poco antes gracias a la obstrucción
del camino. – Es un lugar muy solitario. Pudo haberlos asesinado
aquí, nadie los habría escuchado.
–Lo sabremos pronto…– dijo Drago. Caminando por
el pasto quemado y poniéndose un pañuelo en la cara
dado la cantidad de ceniza que sobrevolaba con la brisa y aún
más con sus pisadas.
La iglesia se veía pequeña y las paredes estaban
ennegrecidas por el humo. Las vidrieras reventadas por el calor.
–Es un buen escenario.
– Sí, más parecido al infierno que al cielo
si me lo pregunta. – el médico también sacó
su pañuelo, tomando ejemplo y cubriéndose la boca
y la nariz. Dentro del edificio era aún peor, el altar así
como los pocos bancos que quedaban estaban recubiertos de cenizas.
–Pero los asesinatos fueron después del incendio.
Si los mató aquí, deberían estar en el tejado.
– apoyó una mano en el barandal de la escalera y su
bota se hundió tan pronto como pisó uno de los escalones.
–Mierda…– miró a su alrededor. Si él
había podido subir es que había otro modo. Caminó
deprisa hacia la alcoba del cura.
Kaigan lo siguió, aún así prestando atención
a sus alrededores. Aún tenía más lógica
si los había cometido después del incendio. Claro,
todo aquello no era su idea. – El techo... el cielo está
arriba del infierno. – comentó, pensando en voz alta,
deteniéndose al ver las escaleras por las que subía
el detective ahora. Eran estrechas y se veían estables, aunque
sucias.
–Son de piedra, puede subir tranquilo…– le dijo,
aún así a todo sacando su pistola y subiendo con atención.
Ese hombre no parecía del tipo que trabajase con alguien,
pero sin embargo a veces le parecía que trataba de ocultar
a alguna persona.
Trató de abrir la puerta, pero estaba trabada, la empujó
y esta cayó al suelo requemada. El escenario en el tejado
era dantesco. Se apretó más el paño en la cara.
Apestaba a muerte. El sol y la lluvia habían provocado la
descomposición acelerada de los cadáveres. Estaban
infestados de gusanos y uno de ellos se encontraba empalado en la
cruz. Los otros tres sentados sobre las gárgolas del tejado.
– Oh...– dejó escapar el albino sin poder controlar
aquello, el olor penetrando sus fosas nasales a pesar del pañuelo.
Ni siquiera él podía mantenerse inmutable ante aquel
espectáculo. Se obligó a observar a aquellos chicos,
intentando comprender lo que veía.
Mientras tanto el detective realizaba unas llamadas para que llegasen
cuanto antes y mandasen a un equipo forense. Se acercó a
los cadáveres. –Todos niños… de unos diez
años… rubios, ojos azules. – le fue diciendo
al siquiatra, más que nada por distraerlo pensando. Sabía
que era duro. –Tome, vea si reconoce a alguno de estos chicos,
aunque le será difícil. – dijo observando sus
rostros.
– Sí. – asintió, observando la lista
de chicos desaparecidos, concentrándose en eso. Observando
los rostros de aquellos niños, intentando reconstruirlos
en su mente. – Este, David Reid... es el de la cruz. –
le señaló, sin poder evitar pensar en qué representaba.
¿Jesús? ¿Un mártir? Sólo era
un niño. Bajó la cabeza, mirando de nuevo la lista,
intentando olvidar aquellos pensamientos. Dejarse llevar por sus
emociones no ayudaría a nadie.
El detective se agachó al lado de uno de los niños,
poniéndose los guantes y tocando su rostro, frunciendo ligeramente
el ceño. –Hay sangre reciente. No tiene sentido…–
se levantó de nuevo. Girándose al escuchar a los miembros
de la policía aproximándose. –Tenemos a uno
posiblemente identificado. – le dijo al chico moreno que entraba
con el cabello recogido en una coleta.
–Uf… qué peste. – se quejó. Acercándose
a observar los cadáveres.
– ¿Crees que llevan mucho tiempo muertos?– le
preguntó Drago.
–Pues… teniendo en cuenta el factor medioambiental…
entre cuatro o seis días, la lluvia y el calor hacen que
se descompongan mucho más rápidamente.
– ¿Cuatro o seis días? ¿No estaba el
sospechoso...? – el médico lo miró, confundido.
Estaba casi seguro de que ese hombre llevaba por lo menos ese tiempo
detenido. A no ser que los hubiese matado pocas horas antes de su
arresto, pero tampoco le parecía alguien que matase en masa.
– ¿Puedo preguntarle... si ve algo distinto en estos
asesinatos?
–No, tan sólo que es la primera vez que encontramos
varios cadáveres juntos… y no, no estaba detenido por
entonces. La detención se hizo el sábado. Por lo cual
sólo han transcurrido un día y unas horas desde esta.
– ¿Quién es usted?– preguntó
el forense.
–Es el nuevo siquiatra del departamento. – Drago suspiró
levemente, alzando una ceja cómo pidiéndole que no
le pidiese explicaciones de por qué estaba allí.
–Hay algo diferente, y es que… Hum… Además
de esto…– señaló al chico empalado en
la cruz. –Bastante brutal… el resto de los chicos…
también parecen haber sufrido agresiones sexuales.
Drago lo siguió mientras se acercaba al tercero de ellos.
Apoyándose las manos en las caderas y frunciendo el ceño.
– ¿Esto es un mordisco humano?
–Sí. Habrá que cotejarlo con el señor
Martín.
– Tal vez esto... lo hizo por su propia cuenta. Quizás
le empezó a gustar, pero no de esa manera tan controlada.
– meditó el psiquiatra, observándolos serio,
suprimiendo cualquier otro pensamiento emocional. – O tal
vez no, pero aún así se descontroló un poco.
Aunque esto parece una especie de obra.
–Sí, una obra de arte…– el forense sonrió
levemente. – ¿Cree que haya escenificado un cuadro
o algo así?
–Creo que sí, en mi iglesia tienen un cuadro en el
que justo sale un ángel empalado como este…–
le dijo Drago. Suspirando con fuerza ante la sonrisa de entusiasmo
del chico. Apartándose de ellos.
Kaigan lo siguió con la mirada, volviendo a mirar a esos
chicos. –Un ángel empalado. La iglesia católica
tiene unos símbolos muy violentos. Me pregunto qué
significa. ¿Y las gárgolas? Se supone que espantaban
a los malos espíritus ¿no es así? Un demonio
para espantar otro demonio... –suspiró, desviando la
mirada de nuevo en silencio ahora.
–Formaban parte del infierno, pero le diré una cosa…–
le dijo, ahora entusiasmado él, aunque serio. –No eran
simples demonios, eran demonios con la función de espantar
a las brujas y a otros seres malignos. También había
gárgolas con forma humana, es sólo que no son tan
comunes. Analiza esta sangre… parece fresca. ¿No?–
le dijo de pronto al forense, cambiando de tema.
–Claro…– el chico se acercó a recoger
la muestra, tan sólo eran unas gotas. –Demasiado fresca
diría yo…
– ¿Qué quiere decir con eso? ¿No cree
que pertenezca a estos chicos? – el albino lo miró
intrigado y luego al detective de nuevo. Por un momento había
pensado que todo aquello le estaba afectando. No le sorprendería,
por supuesto.
–No, desde luego que no pertenece a ellos. No lo creo. –
miró al albino mientras sujetaba una colilla con los dedos.
–Es mía…– le dijo Drago, sacándosela
de la mano.
–Te he dicho que no hagas eso en la escena del crimen…–
le amonestó el otro.
–Ya… sí…– se volteó para
no disculparse, con cara de enfado. –Bueno… ya están
subiendo. – dijo refiriéndose a los demás. –Encargaos
de esto.
–Déjalo en mis manos. – el chico le sonrió,
regresando a su trabajo con el mismo entusiasmo que tanto cabreaba
al detective.
– Y ¿qué piensa? Su opinión... –
le preguntó el médico a Drago mientras bajaban las
escaleras. Se arriesgaba a que le dijese que no era asunto suyo,
pero nunca estaba de más preguntar.
–Que necesito un trago…– se subió un poco
las gafas y lo miró de soslayo. Llo que pensaba era todo
odio, culpabilidad. Deseos de cargarse a ese hijo de puta.
– Lo invito a un té entonces. O si prefiere, a un
café. – contestó Kaigan, pasando de decirle
que estaba en horas de trabajo. Estaba seguro de que si el detective
quería un trago, se bebería un trago, no era su lugar
el reñirlo ni obligarlo a cumplir las reglas. Por ahora,
esto era lo más que podía hacer por él.
– ¿Por qué no a un vaso de leche caliente?–
le preguntó el hombre, cogiendo un cigarro y encendiéndolo.
Despidiéndose de una mujer uniformada que entraba en la iglesia.
–Tranquilícese, no voy a beber de servicio, y no tengo
tiempo para ir a tomarme un trago. Tengo trabajo que hacer. –
le dijo pese a que necesitaba las pruebas de los forenses primero.
Aún así, prefería evitar los contactos personales.
– Bien, entonces puede dejarme en el hospital por favor. Le
pedí a la enfermera que cambiase la cita de hora, pero no
puedo retrasarla más de eso. –contestó, mirando
su reloj a pesar de que aún le quedaba algo de tiempo. Pero
no estaría de más que se desligase de todo ese asunto
antes de hablar con su paciente.
–Claro…– se guardó la cajetilla de cigarros
en el bolsillo de la camisa y lanzó la cazadora en la parte
de atrás del coche antes de sentarse y esperar al siquiatra.
Kaigan se subió al coche colocándose el cinturón
de seguridad y observando el paisaje de aquel monte quemado mientras
se alejaban de allí. – No estoy muy versado en el catolicismo,
tan sólo lo que es de conocimiento general. – comentó,
al parecer conversando casualmente.
–Lo supuse…– Drago abrió la ventana para
apoyar el brazo por fuera, mirándolo un momento y luego dejando
salir el humo entre sus labios.
– ¿Por qué? Existen los japoneses católicos,
¿sabe? No es sólo un mito. – le sonrió,
ahora mirándolo directamente.
–No tengo ni idea de japoneses…– Drago frunció
el ceño ligeramente. –En realidad lo decía porque
casi todo el mundo tiene un conocimiento simplemente general de
lo que supuestamente son sus creencias. No les importan los hechos
o las escrituras que probablemente en su vida han leído.
Sólo la idea del cristianismo… poder creer en que existe
un poder superior que les salvará el culo cuando la caguen.
–Pero usted no... – continuó observándolo
de aquella manera. – No creo que sea así en todos los
casos. Tal vez no sea la necesidad de que... les salven el culo.
Tal vez sea la necesidad de tener a alguien o algo en lo que puedes
confiar. Alguien que no te abandona. A las personas no les gusta
sentirse solas ni impotentes. Aunque también dicen que en
un accidente de avión nadie es ateo. – se rió
ligeramente, aunque fue una risa breve. – Tal vez tenga razón,
quien sabe. ¿Usted sí ha leído las escrituras?
–Muchas veces, es necesario si va a dedicarse a esto. De
todos modos las sigo leyendo continuamente, no puedo acordarme de
todo. De todas maneras es un libro entretenido. Como las mil y una
noches… – torció una sonrisa en los labios. –La
fe mueve montañas. ¿No es así, doctor? ¿Y
la suya? ¿En qué cree un siquiatra japonés?
– le preguntó con el cigarro colgando de los labios.
– En los hechos, la lógica. Aunque no soy tan arrogante
como para descartar la existencia de algo superior. Y también
pienso que en ciertos casos puede ser incluso beneficioso tener
ese tipo de creencias. Pero supongo que soy un hombre de poca fe.
– le sonrió sin querer ofenderlo. – ¿Y
usted, detective? ¿Cree en algo o sólo es material
de investigación?
–Creo en Dios… y usted también debería
hacerlo. Hay cosas que sólo se pueden explicar con su existencia.
– le dijo, mirándolo de soslayo y notando su sonrisa.
Preguntándose si estaba evaluándolo de nuevo.
– Ya veo... ¿Pero qué pensaría si prefiriese
creer en Buda? – le preguntó, realmente curioso.
–Pensaría que hace usted muy bien. Aunque yo no crea
en Buda. – le dijo. Fumando pausadamente. –Los cristianos
respetan las creencias de los demás.
– Sí, excepto por los que opinan que te quemarás
en el infierno por adorar dioses falsos. – sonrió un
tanto pensativo. –Así que realmente cree en Dios. Este
caso debe ser difícil para usted.
–Tan difícil como cualquier otro. No dejo que los
casos me afecten personalmente, en la medida de lo posible y le
he de decir una cosa. – lo miró a los ojos, aprovechando
que estaba parado en un semáforo. –Los fanáticos
no entran en la categoría de católicos. Sólo
porque yo me ponga una pegatina del líder del partido conservador
no quiere decir que lo sea.
–No, pero eso no quita el hecho de que la Inquisición
fue liderada por la misma Iglesia. – contestó con aquella
voz tranquila. – Pero supongo que eso sólo prueba que
los fanáticos pueden llegar a posiciones de poder. –
lo miró de soslayo ahora. No le creía aquello de que
no le afectaba. – No intento ofenderle, sólo estaba
pensando en voz alta.
–Ya lo sé. Pero no venga a recordarme cosas del pasado.
Nosotros no podemos juzgar aquellos tiempos y tampoco podemos pensar
que porque un líder sea injusto lo son todos los que comparten
ciertas ideas del mismo. O entonces podríamos juzgar a todos
los japoneses por el mismo baremo que a Hiroito.
– Tiene razón, pero usted habla como si hubiese estado
allí. – sonrió nuevamente. – No juzgo
a las personas por lo que hayan hecho otros en el pasado. No me
gusta juzgar a nadie en realidad. Si así lo hiciera, no podría
continuar con mi trabajo.
–Se trata de Fe. Por eso hablo de ese modo, porque creo en
Dios. Es estúpido pensar que no existe un ser superior.
–Me ha quedado claro. – asintió, aunque se preguntaba
por qué no había querido hablar de eso en la primera
sesión. Seguro era por su rechazo a hablar de cualquier cosa.
– Y desde el punto de vista del caso, ¿comprende usted
ese tipo de símbolos?
–Ahora mismo sólo se me viene a la cabeza la portada
de un disco de rock metal, y las torturas de la inquisición.
En algunas ocasiones ni siquiera se hacía con una lanza afilada.
De ese modo introducido por el recto la persona podía tardar
días en morir, pero eso lo sabremos tras los análisis
forenses. Si le atravesó el hombro o el corazón…
¿Quiere saber lo que pienso de este caso? – detuvo
el coche frente a la puerta de la clínica.
–Por supuesto, dígame... – se quitó el
cinturón de seguridad, girándose un poco en el asiento
para observar su rostro.
El detective también se giró hacia él. Dejando
salir el humo y apagando el cigarro en el cenicero del coche. –Creo
que ese hombre no estaba sólo, tal vez ejecutaba a sus victimas
sólo. Pero creo que no las decidía él y que
está tratando de encubrir a alguien. Alguien que es su Dios…
–Es lo mismo que pienso yo. No tiene el tipo de personalidad
para idear algo así. Su Dios debe ser alguien a quien admira
o teme... O las dos cosas. – asintió el médico,
convencido de aquello. – El problema es, que si tenemos razón,
esos chicos no serán los últimos.
–No, mucho me temo que no, esa sangre era fresca. Alguien
estuvo allí poco antes de que llegásemos. ¿Tal
vez tratando de deshacerse de las pruebas? No lo sé, sólo
estoy especulando. – lo miró a los ojos y sintió
que parte de su flequillo castaño resbalaba sobre su mirada,
torció una sonrisa. –Doctor… ¿Quería
ser poli de pequeño? Como siempre fue un niño bueno…
– No, quería ser piloto. – se rió, pensando
que era una tontería infantil. – Los niños buenos
siempre quieren ser niños malos, detective. Al igual que
los niños malos quieren ser niños buenos. –
le aseguró, bajándose del coche.
Drago sonrió, escuchando como se cerraba la puerta del coche
y captando la indirecta. Observándolo entrar en la clínica
mientras encendía un cigarro. De nuevo serio. ¿Podría
contar eso cómo la visita de esa semana?

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