.Novela homoerótica para mayores de edad.
 

Capitulo 17
Responsibility

Mañana. Universidad.
Lunes, 25 de mayo

Ashram se apresuró un poco para acercarse a Daniel. La gente no parecía tener ningún respeto por su invidencia y lo empujaban de forma un tanto desconsiderada al salir de la universidad. Apoyó la mano en la pared tras él para cerrarles el paso y que no pudieran acercarse. –Daniel…– se esperó para ver si lo reconocía.

– Ashram. – se sobresaltó un poco porque no lo había escuchado llegar, girándose hacia el sonido de su voz. – Hola, creí que no me ibas a hablar hoy. – le sonrió, no se le había acercado en clase.

–Tenía un examen y no pude ausentarme…– se explicó, ya que él no tenía esa asignatura, sólo iba para estar con Kiyoshi y verlo modelar. Lo miró un poco nervioso y le abrió la puerta para que saliera. – ¿Vas a tu casa? – alzó la vista ligeramente, sin saber cómo hacer aquello. Divisando a Azrael a lo lejos, que esperaba a Kiyoshi sentado en un banco.

–Cierto, tú no vas en esa clase, ¿no? Estudias... ¿historia de las religiones? Lo siento, no recuerdo exactamente. – asintió caminando, moviendo aquel bastón enfrente suyo para no tropezar con nadie. – Sí, regresaba a mi piso. ¿Quieres acompañarme?

–Ciencia de las religiones. Te acompaño…– le contestó incómodo, no era eso lo que había ido a decirle, pero suponía que no tenía importancia siempre y cuando pudiera hablar con él un poco más. –Puedes venir a mi casa un día, para conocer a mi hermano. No hablo mucho, pero le hablé sobre ti. ¿Te gusta hablar conmigo? Después de lo que te dije ayer.

Daniel se rió por la cantidad de cosas que le decía seguidas. – Sí, sí me gusta hablar contigo. – le contestó, poniéndose un poco más serio. – Si te digo la verdad, lo he pensado mucho. Incluso estuve averiguando acerca del caso Adler, pero no puedo negar que me sigues agradando. Y también influyó que hablase con Kiyoshi, aunque no fue lo que dijo. – sonrió de nuevo, preguntándose si hacía bien en confiar en su instinto. Nunca le había fallado antes. – Me encantaría conocer a tu hermano.

–Mi hermano tiene miedo de que te aproveches de mí…– le explicó, ya que eso creía él. –No tienes que tenerme miedo, yo nunca he matado a un inocente. Tal vez quieras saber por qué hacía esas cosas.

– Sí, sí quiero saberlo. Dije que quería conocerte mejor. El asunto es que a mí no me pareces una mala persona. – movió la mano para intentar tocarlo, aunque sin conseguirlo, sonriendo. – Tienes a muchas personas preocupadas por ti. No voy a aprovecharme. –le aseguró, recordando ahora las peleas con su familia por esos mismos motivos.

– ¿Necesitas ayuda? – Extendió la mano para ponerla bajo la suya y ver que hacía. – ¿Tú vives con tu familia?

– No, me mudé aquí solo a pesar de sus protestas... – se rió con suavidad, sujetando su mano. – No necesito ayuda, sólo quería tocarte. Bueno, a veces sí la necesito, no soy Superman. Pero tú eres muy amable, Ashram.

–No sé quién es superman.– movió un poco la mano, como sorprendido y después decidió dejarle sujetarla a pesar de la primera reticencia. –Mi siquiatra me dijo que los ciegos tienen otros sentidos más desarrollados que los demás. Y que saben cómo es la gente tocándolos. Me ha dejado un libro. Pero aún no me lo he leído entero. ¿Por qué protestaban? A mí no me dejan estar solo nunca.

– Porque pensaban que no podría cuidarme solo. Muchas personas tienden a pensar eso. – comentó, bajando ligeramente la cabeza, aún sonriendo un poco. – No te dejan estar solo, pero ¿está bien que estés conmigo, no? – le preguntó, pensando que en la información que había encontrado eran bastante vagos al respecto. Sólo decían que uno de los de la secta había contribuido con la policía, pero nada más después de eso. – Y sí, es cierto, supongo. Quiero decir, no soy un superdotado o algo así, pero tengo que confiar en mis otros sentidos así que... te acostumbras a ciertas cosas.

–Comprendo. – lo miró de soslayo, comenzando a sentir incómodo que siguiese sujetando su mano. No comprendía por qué seguía haciéndolo. Pero tampoco quería decir nada al respecto. –Está bien que esté contigo, mi siquiatra me dijo que hablara contigo. Pero no hablo contigo por eso. ¿Aún me tienes miedo?

– Sí, por eso te llevo a donde vivo. – se rió, bromeando y soltando su mano a la vez. – Creo que debería, mi mente me lo dice, pero... no consigo tenerte miedo. Me agradas, Ashram. – le recordó, girando en la esquina y adentrándose por una calle más estrecha y menos transitada.

Ashram se miró la mano. Preguntándose si había notado que le incomodaba y sintiéndola un poco caliente. Era un poco desagradable y extraño. Suponía que eso había sido otra broma irónica, porque no tendría ningún sentido de hablar en serio. –No te voy a hacer nada. Desde que nací… fui criado para matar. No fue algo que yo decidiese ni desease. Y no es algo que necesite o eche de menos. Si quisiera matarte no tendría por qué estar haciendo esto y tampoco tendría ningún sentido. No se me considera una persona peligrosa o estaría encerrado.

– Lo sé, eso pensaba. Eso y la manera en la que Kiyoshi parece quererte a pesar de que mataste a su padre. – se quedó callado, preguntándose si no estaba tocando un punto muy sensible. Pero no había otra manera de hablar de algo así, todo el asunto era delicado. – Y estás viendo un psiquiatra.

–Él no quería a su padre. Su padre era una mala persona. – miró al rubio y luego desvió la vista. –Lo crió su hermano mayor.

– Ya, comprendo. Tú dijiste que nunca has matado inocentes. Es aquí. – se detuvo frente a un edificio no muy grande, entrando y caminando hacia el ascensor. – Pero esa secta en la que estabas, también dijiste que eran malas personas.

–Sí, pero mataban a otras malas personas… eran satanistas. En realidad sólo mataban por dinero y poder, eso es lo que me ha explicado Adan, yo no estoy seguro.– dijo, sin querer hablar extraño frente a él para no asustarlo más. – ¿Quieres qué suba?

– Claro que quiero que subas, quisiera seguir hablando contigo. – le sonrió. Ya empezaba a acostumbrarse a su manera extraña de comportarse. En realidad era gracioso, refrescante incluso. – A menos que... estés ocupado, claro. No te sientas obligado.

–No sólo practico con la katana, pero debería avisar a Aki, o me gritará cuando regrese. No me gustan los teléfonos, tampoco los ascensores.– lo observó entrar y lo siguió, receloso. Saliendo de nuevo de pronto antes de que se cerrasen las puertas. –Subiré andando… ¿Qué piso es?

– El cinco. Te acompaño. – se ofreció, saliendo también, sintiéndose descortés sin comprender la razón. – ¿Prefieres ir solo?
–No… Pero no hace falta que lo hagas, no puedes subir cinco pisos de ese modo. Te será incómodo. – lo miró fijamente. Esperando a ver que hacía. –Yo no tardaré.

– No me molesta. El ejercicio es bueno para los ciegos también, ¿lo sabías? – le sonrió de nuevo, echando a caminar. – ¿No te gustan los ascensores?

–No me gustan los sitios pequeños… Oshitari me dijo que era porque me encerraron de pequeño en aquel lugar y ahora tengo claustrofobia. – le aclaró, observando como subía. Un tanto preocupado porque fuera a caerse.

– ¿Te encerraron de pequeño? – le preguntó sintiéndose un poco triste por el chico. Todo lo decía de aquella manera y sin embargo, él no podía evitar que le afectase imaginarlo. – Has tenido una vida muy difícil.

–Supongo. Sí, me encerró mi madre en un cuarto y luego…– se tapó un poco las orejas al sentir los zumbidos. –No quiero hablar de eso.– le dijo, más que nada porque seguro que le horrorizaría saber que la había matado, que pensaba que ya había muerto. Por una vez… no podía ser tan sincero. No por ahora.

–Está bien, no tienes que hablar de eso. Todos tenemos derecho a nuestros secretos. – sonrió con dulzura, aunque no se sentía muy bien. No era su intención lastimarlo con cosas que, seguramente, preferiría olvidar. – Mejor dime si prefieres café, té o zumo.

–Té. – observó su cabello y desvió la mirada. –Mi madre quería a Aki, me hizo prometerle que lo protegería… y yo lo hago. A mí no me quería.

– Tu madre tampoco suena como una buena persona. – comentó sin poder detenerse. – No me hagas caso, no quiero ofender pero... – suspiró sin saber qué más decir. – Pero Aki es bueno contigo ¿verdad?

–Sí, muy bueno. Aki es mi hermano pequeño… es hijo de Adler, yo... No lo sé.

– ¿No lo sabes? – le preguntó sin comprender muy bien lo que había querido decir.

–No sé quien es mi padre. Ya estamos en el quinto. – le advirtió por si acaso. –De todos modos no me interesa saberlo. No tengo nada, sólo a mis hermanos. Una madre debería querer a su hijo.

– Gracias, había olvidado contar... – le confesó, ya que se había distraído con la conversación. – Estoy de acuerdo, una madre debería querer a su hijo, no es natural lo contrario. – le aseguró, deteniéndose un momento. – ¿Te pone triste hablar de esto?

–No, no me afecta. – esperó a que cogiese las llaves, observando cómo tocaba para escoger la correcta y cómo abría la puerta. –Me gusta ver como tocas las cosas.

Daniel se rió con suavidad de nuevo, abriendo la puerta y dejando las llaves en una mesilla y el bastón colgado de un gancho al lado de la misma. No lo necesitaba allí dentro. – Quisiera saber cómo eres, pero no me he atrevido a pedírtelo. – le confesó, caminando con soltura hacia la cocina para poner el té.

–Puedes hacerlo. – le dijo nervioso, siguiéndolo, admirando su forma de moverse dentro de su propia casa. Claro, era natural, ya había leído que no debía descolocarse nada dentro de la casa de un invidente –Me pone nervioso…– le dijo de pronto. –Que me toquen, pero no me vas a hacer nada.

– No, no te haría nada, Ashram. – le contestó pensativo. Le había preguntado varias veces que si le tenía miedo, pero más bien parecía que el moreno estaba temeroso. – Yo no te haría daño. No me gusta hacerle daño a la gente. Y tú me agradas mucho además. Es extraño, ¿no? Me siento cómodo contigo.

–Yo también. Y yo nunca hablo con nadie que no sea de mi familia… o un doctor. Pero tú me gustas. – observó como preparaba el té y no pudo evitar preguntarle. – ¿Te preparas la comida?

–Sí, de todos modos no me gustan las cosas muy complicadas. – sonrió, suponiendo que se preguntaba cómo lo hacía y enrojeciendo un poco por su escogencia de palabras. – Me dibujaste... Eso es algo que me gustaría ver.

–No puedes. – señaló lo obvio el chico, queriendo corregirse después por si resultaba hiriente. –Quisiera que lo vieras, el resto de mis dibujos no te gustaría.

– ¿No? ¿Por qué no? – se giró hacia él, intrigado, buscando dos tazas luego y sirviendo el té.

–Dibujo mis pesadillas… y son cosas desagradables. A mi maestro no le gustaba nada de lo que yo dibujaba. Siempre tenía que repetirlo todo. A Aki siempre le gusta todo, aunque esté mal, eso tampoco está bien. – siguió sus movimientos con la mirada sin moverse de donde se había quedado de pie. Se preguntaba cómo sabía cuando debía dejar de verter el agua. –Me mandaba dibujar un mural con sangre, me mareaba.

– Comprensible, a cualquiera lo marearía. – le comentó, aunque a él probablemente le hubiese causado otro efecto. – Aki probablemente quiere apoyarte. O tal vez sí dibujas bien y eres un perfeccionista, no lo sé. – se rió, colocando las tazas en la mesa, ya que no quería que el chico se quemase. – ¿Quieres leche? Allí está el azúcar. – le indicó, pasándose una mano por el cabello. – Pero dibujar tus pesadillas no significa que sean malos dibujos. Algunas personas se vuelven famosas haciendo eso...

–Yo no quiero ser famoso, a la gente solo le importaría lo que yo hago porque soy un asesino.– fue a coger el azúcar y se echó un montón, ya que odiaba las cosas amargas. –Algunas personas me han hablado por eso… y me han dicho cosas raras.

– ¿Qué cosas? Yo sólo lo decía por... Ya había supuesto que no te interesaría ser famoso. – se rió de nuevo, apartando una silla y sentándose, revolviendo su té.

Ashram se sentó sobre una de sus piernas. De pronto se sentía muy extraño estar allí con un desconocido. Hablando de él. –Qué se siente, cómo lo hacía, u otras cosas.

–Es difícil, ¿no? Explicar algo así, sobre todo si no quieres hacerlo. Las personas siempre piensan que si haces algo diferente a ellos, debes tenerlo muy bien razonado. – bebió un poco de té, pensativo. – ¿Te estoy preguntando muchas cosas? Lo siento...

–No, me gusta hablar contigo. – se miró una mano y le explicó. –No sentía nada, pero no soporto los gritos. Y después sólo queda el silencio. No debí decir eso.

– Pero... no te grité, ¿o sí? ¿Te gritaron ellos? – le preguntó, de nuevo confundido por la manera de hablar del chico. – No traigo a mucha gente a mi piso. Tal vez yo esté un poco oxidado en esto de conversar.

–La gente grita cuando la asesinas…– lo miró fijamente, pensando que en ese momento le había recordado a Aki. No comprendía nada. Seguramente porque estaba nervioso.

– Oh, yo aún estaba pensando en... No importa. – le hizo un gesto con la mano, serio. – ¿No sentías nada? ¿Desde cuándo comenzaste a...?

–No me acuerdo, tal vez diez o menos. A mi madre, fue a la primera persona que maté. – Observó sus ojos. –Ahí sí sentía.

Daniel se quedó quieto, sosteniendo su taza en el aire. – ¿Tu... madre? ¿Lo hiciste por...? ¿La odiabas? – le preguntó, sorprendido por lo pequeño que era y por su víctima.

–Lo hice porque se me encomendó, porque no me daba de comer y siempre estaba solo, cuando venía a casa me golpeaba, porque me encerró y me abandonó para que me matasen y me convirtiesen en esto… porque mi maestro fue el que me lo ordenó y él fue quien me sacó de un ataúd bajo tierra. Los insectos me estaban devorando. No la odio… No sé lo que siento. – le explicó calmadamente.

– No lo sabes... –repitió el chico, aún sin mover su taza, estremecido por todo aquello. No podía culparlo, todo lo que le contaba era horrible. ¿Cómo podían tratar a un niño de esa manera? – Lo... lo siento... no quise... No estoy acostumbrado a escuchar esas cosas. No quise quedarme así... – sonrió un poco nervioso, bajando la taza por fin.

–No importa, ya estoy acostumbrado a la reacción de la gente ante lo que les cuento. ¿Qué piensas de mí ahora?

– Pienso... pienso que la vida no ha sido justa contigo. O más bien... las personas. – le contestó intentando calmarse. – Creo que hacerle esas cosas a un niño es algo horrible. Pero tú, tú aún me agradas.

–Ya…– le dijo inseguro y desconfiado. A nadie podía agradarle una persona que dijera esas cosas, y lo peor probablemente es que no sentía nada. –Sólo era un arma. Ahora no soy más que un filo oxidado y no valgo para nada. Cuando no limpias la sangre de una espada… el metal se corroe y la espada se muere.

– Pero estás limpiando la sangre ahora, ¿no? – le comentó, pensativo. – Las personas no se miden en su habilidad para hacer algo determinado. A mí me gusta hablar contigo por ejemplo y eso no es ninguna tarea.

–No.– lo miró fijamente. –Pero siento que mi vida no tiene sentido. Me siento innecesario e inapropiado…

– No lo eres. Pero puedo comprender eso. – suspiró, pasándose la mano por el cabello de nuevo y apoyándose un poco en la mesa. – Yo me sentía... algo así cuando me quedé ciego. Supongo que no es lo mismo, claro, pero me sentía enfadado... deprimido... No veía cómo continuar.

–Es comprensible, pero tú… no has hecho nada malo, eres muy bueno y eres hermoso. Hay un lugar para ti, aunque te sea más difícil de alcanzar…

– Gracias... – contestó, enrojeciendo de nuevo. – Ya no es... tan difícil. También hay un lugar para ti, Ashram. Yo creo que hay un lugar para todos.

–Yo creo que no. Tengo veinticinco años… y no he hecho nada jamás… salvo matar. –observó su rostro, notando que enrojecía. –Y trato de hablar y de comportarme como una persona normal, de hacer lo que me dicen los doctores. Pero me agobia y me hace sentir miserable.

– A mí me agradas como eres. No eres como los demás, por eso... – le sonrió, extendiendo una mano hacia él. – Y nunca es tarde para comenzar. Estás estudiando, ¿no? Eso es algo. Y estás aquí conmigo.

–Sí…– le tocó los dedos con los suyos y se quitó el guante, dejando que tocase su mano y sintiéndose extraño. –Tengo el pelo negro y largo, hasta la cintura, un ojo magenta y el otro plateado por la ceguera… soy moreno y alto. – le explicó, imaginándose que se lo preguntaba y acercándose un poco. Cerrando los ojos y apoyándole la mano en la cara. – ¿Te preguntas cómo soy?

– ¿Puedo? – preguntó por cortesía, sintiendo sus facciones, deslizando su mano suavemente por aquel rostro y ayudándose con la otra luego. – Me agrada tu rostro... – sonrió, delineando sus labios ahora.

– ¿Cómo es para ti? –preguntó curioso, entreabriendo los ojos.

– Creo que eres muy guapo... – se rió porque le daba algo de vergüenza, pero por lo que había sentido y por su propia descripción, eso era lo que concluía. –Puedo imaginar cómo te ves, por la forma de tus facciones.

– ¿Puedes modelar mi cara? Me gustaría ver cómo soy para ti. – lo miró fijamente. Sin preguntarse si aquella era una petición demasiado extraña.

El rubio asintió, sonriendo. – Estaré encantado, aunque, no sé si tengo mucho talento. Nunca he visto cómo me quedan los proyectos. – se rió, bromeando un poco. Lo cierto es que sólo lo hacía porque le tranquilizaba.

–Yo creo que lo haces muy bien…– desvió la mirada un poco aunque no fuese necesario. –Olvidé llamar a mi hermano, me va a gritar.

– Oh, ya te traigo el teléfono. Si quieres yo se lo explico, fue mi culpa por distraerte. – sonrió, poniéndose de pie para ir a buscarlo. Era extraño, ahora no quería que se fuera tan pronto.

–Vale, porque yo odio usar el teléfono. – se explicó, ya que además no quería que Aki le gritase. Seguramente después lo haría igual, y Adan le reñiría porque Aki se hubiera preocupado innecesariamente.

– Bien, tú dime el número y yo le llamo. ¿Crees que me grite a mí? – le sonrió medio en broma porque lo sentía tenso.

–No lo sé, nunca sé lo que Aki dirá, pero no da miedo. – se levantó y marcó el número por él.

La voz al otro lado del teléfono sonó tensa, alterada. – Sí, diga.

– Ho... hola, soy Daniel. ¿Es... Aki? –preguntó el chico, confundido por su manera de contestar el teléfono. – Llamo porque Ashram...

– ¿Ashram? ¿Qué le sucedió a Ashram? ¿Donde está? – Aki contuvo la respiración, preocupado. Tenía ganas de salir volando a buscarlo.

– Conmigo, sólo... le pedí que me acompañara a casa y nos quedamos hablando. Por eso no ha llamado, fue mi culpa.

– ¿Hablando? – le preguntó el chico, como si fuera lo más extraño que hubiese escuchado en su vida. – Pero... él está bien, ¿no? Se supone que me llame si le ocurre cualquier cosa. O que busque a Kiyoshi.

– No, él está bien. Ha sido muy amable. Ya le dije que fue mi culpa, lo lamento. – sonrió, pensando que de verdad se preocupaba por el chico. Eso y que era un poco alborotado.

– No... Gracias por llamar. ¿Puedo hablar con él? – le pidió, a pesar de que sabía la cara que pondría Ashram, pero por una vez no se iba a morir.

– Un momento. Ashram, quiere hablar contigo.

El moreno efectivamente puso cara de pesar antes de tomar el aparato aquel al que tanto odio le tenía. Esperando a que le dijera lo que fuera sin avisar. –Aki…– le dijo después, ya que veía que no le decía nada.

– ¡Ashram! Por Dios, ¿todo está bien? ¿Necesitas que te vaya a buscar? ¿Quieres que llame a Kiyoshi? – suspiró ruidosamente en el teléfono, finalmente rindiéndose a lo que realmente quería decirle. – ¿Por qué no me llamaste? ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba?

–Sí, pero no me acordé hasta ahora, estaba hablando y me olvidé de llamar. No tienes que estar preocupado. No va a pasarme nada y no soy un niño pequeño. – bajó la vista, apartando un poco el aparato ya que no soportaba los gritos. –Estoy bien, no me quiero ir aún, ya volveré luego yo solo…– le aseguró, preguntándose de qué se suponía que le podría valer que Kiyoshi fuera a buscarlo.

– Ya, ya sé que no eres un niño... –suspiró apesadumbrado. – Lo siento, pero me preocupo. Sabes que no se supone que andes por ahí solo. No quiero... –se llevó la mano a la cabeza, agobiado. –Supongo que estoy exagerando. Te quiero. Avísame cuando llegues.

–Lo haré…– se quedó callado un momento y luego suspiró. –Aki, gracias. – no quería que pensase que no le gustaba que se preocupase por él.

– Vale, Daniel suena agradable. – no quería que pensase que le prohibía tener amigos o algo así. – Te veo luego y no te voy a reñir.

– ¿Estaba muy enfadado? –preguntó el rubio al escuchar cómo colgaba el teléfono.

–No. Él siempre me grita, pero no se enfada realmente, es el único que me ha tratado siempre bien. Aunque al principio me tenía mucho miedo, aún así me amenazaba. Pero no da ningún miedo. – Ashram lo miró. –Dijo que parecías agradable. – le aseguró después por si había sido brusco con él.

–No tenía por qué ser desagradable. – sonrió, ladeando la cabeza un poco. – A mí me pareció que estaba alterado, pero supongo que es comprensible.

– ¿Por qué? No hay motivos. No necesito que me protejan, y tampoco que me vigilen. – le confesó, ligeramente fastidiado.

– Sí, pero eso significa que te quieren. Y a veces... – le comentó un poco más serio. – A veces no es realmente acerca de ti. En ocasiones son ellos los que necesitan protegerte. ¿No lo has notado?

–Lo he notado. Es molesto, me hacen sentirme como si fuera estúpido. ¿Por eso te fuiste a vivir solo?– observó sus ojos. –Seguro que fue muy duro.

–No exactamente, lo hice por mí. – sonrió, suspirando luego. – Tenía que empezar a valerme por mí mismo o siempre tendría que depender de alguien más. Y eso es rendirse. Al menos para mí.

–Y eso a veces es imposible, si dependes de alguien más mayor que tú. Pero yo tendré que depender de ellos para siempre, porque no se me permite vivir solo. Tampoco podré trabajar. Así que tendré que seguir siendo un lastre para mi hermano, para siempre.

– Estoy seguro de que no te considera un lastre. – extendió la mano en la mesa de nuevo con suavidad. – Si pudieras hacer cualquier cosa... ¿Qué te gustaría hacer, Ashram?

–No lo sé. – se volvió a quitar el guante y se acercó a la mesa para sentarse y aproximar su mano al chico. Le tocó los dedos con los suyos de nuevo, de forma insegura. Suponía que quería tocarlo porque no lo veía. –Estaba en un monasterio, allí tenía que cumplir con mis obligaciones. Lo único que hacía por deseo propio era dibujar en mi cuarto, y a veces debía esconder lo que dibujaba. También me gustaba cuidar las flores del jardín. Pero a veces cuando haces eso hay insectos.

– Sí, las plantas atraen a los insectos. Pero tal vez no tanto si las crías en un invernadero. O también podrías vender tus dibujos. Ser uno de esos artistas excéntricos que nadie ha visto nunca. – se rió fantaseando y sujetando su mano. Le agradaba aquel contacto.

–No sé cómo se haría algo así…– le dijo seriamente. Aunque suponía que Aki le ayudaría en cualquiera caso. –En los invernaderos también hay insectos, están bajo la tierra. Entran por cualquier parte. – movió un poco un hombro, asqueado. –Yo los odio.

– No son muy agradables. – sonrió el rubio, recordando lo que le había contado y sintiendo una punzada por dentro. – Siempre hay una manera de hacer las cosas, eso es lo que yo creo. Estoy estudiando para ser maestro ¿sabes?

–A mí me gustaría tener un maestro como tú. – observó su mano y la cogió entre las suyas. Llevaban mucho tiempo tocándose de ese modo y no se sentía incómodo. Era delicada y tenía la piel suave, sin ninguna marca. – ¿De qué quieres ser maestro?

– No lo sé exactamente, creo que de literatura. –sonrió pensativo. – Va a ser difícil convencerlos de que me contraten, supongo.

–No lo creo, hay subvenciones para la gente que contrata a minusválidos. – le explicó, ya que lo sabía por sus clases. –E incluso creo que las empresas tienen la obligación de tener al menos cierta cantidad de minusválidos en su plantilla. Tienes unas manos muy suaves. Las mías no lo son, la otra también tiene una cicatriz.

– Ya... pero no quiero que me contraten por eso. – murmuró serio, bajando la cabeza. – A mí me gustan tus manos. Son cálidas, fuertes. Tienen carácter.

–Yo tampoco quiero que les gusten mis dibujos por ser un asesino. – movió un poco la mano y luego no la apartó. ¿Qué le iba a hacer? Eso era una tontería. –Yo tengo marcas en todo el cuerpo, tengo cicatrices de tiros, de cortes. Tengo otra cruz en el pecho, tengo heridas de los insectos y de caerme desde la altura. No me gusta ver mi cuerpo. Tampoco que lo vean.

–Yo creo que te entiendo, pero... piensa en esas cosas como muestras de tu fortaleza. Supongo que suena estúpido viniendo de otra persona. Pero eso pienso. – le aseguró sin dejar lugar a dudas. – Deberías estar orgulloso de ti.

–No creo que haya hecho nada para sentirme orgulloso. – lo miró, pensando que era extraño. –Sólo hacía lo que tenía que hacer, y de todos modos, creo que no debería sentirme orgulloso de la vida que he llevado.

– Pero sobreviviste. Y ayudaste a la policía a acabar con esa secta. Según tengo entendido, salvaste vidas con eso. ¿No crees que es suficiente? – le sonrió, alzando la cabeza de nuevo.

–No lo sé, pero no soy una persona orgullosa. Supongo que he pasado por demasiadas humillaciones. Aún hoy es humillante. Cuando me dicen que todo en lo que creo o lo que sé no es así. Y me molesto. Aunque no debería, así que tampoco lo demuestro. – le explicó, concretando después. –Demasiado.

El rubio dejó escapar una ligera risa en plan de cómplice. – Eso está bien. A mí me agrada como eres. Orgulloso o no. Me sigues pareciendo una persona muy fuerte y sincera.

– ¿Kazama está enamorado de ti?– le preguntó curioso.

Daniel frunció ligeramente el ceño con cara de exasperación, aunque no era por Ashram precisamente. – Yo no diría que Kazama esté enamorado. Ni siquiera creo que sepa lo que significa esa palabra. De todos modos, no me gusta cómo me trata.

–Te mangonea. – le dijo, mirándolo y luego su mano. –Pero te gustan los hombres, a mi hermano también y a Kiyoshi… y…a las personas con las que vivía antes.

– Sí, sólo les añado dolores de cabeza a mis padres. – se rió, acariciando un poco su mano sin darse cuenta. – A ti también... ¿verdad?

–No me gustan las mujeres. No son guapas y no son buenas. – le explicó, aunque en realidad apenas conocía a unas pocas. –Y gritan demasiado. – observó su mano, ya se había olvidado que la sujetaba. – No sé por qué les duele la cabeza a tus padres porque te gusten los hombres, eso es igual.

–Sí, supongo, pero ya es difícil intentar que te tomen en serio siendo ciego. No todos aceptan que te gusten los hombres además. – le aclaró, preguntándose si nunca había tenido problemas por eso. Suponía que era la manera de balancear las cosas que a veces tenía la vida. – No son tan terribles las mujeres. Algunas hasta son simpáticas. – bromeó, ya que parecía tener una opinión muy extrema.

–No conozco a muchas, a mi madre, a una policía que me gritaba todo el tiempo, sólo a esas dos y a una profesora de religión. Pero es una monja y no cuenta. – le explicó. Mirándolo a los ojos después y separando una mano para tocarle el cabello con las puntas de los dedos. La apartó de nuevo, sintiéndose un poco raro.

El rubio se puso un poco serio, no porque le molestase, si no porque se había puesto nervioso, aunque no de mala manera. – Las monjas también son mujeres. Mi madre no es tan mala, sólo un poco sobre protectora.

–Las monjas… están consagradas a Dios, por eso ocultan todos sus atributos de mujer, incluso el cabello. No son mujeres, son monjas. – le explicó. Observando su rostro. – ¿Te he asustado? Tú madre no querría que estuvieras hablando conmigo.

– No, no me has asustado, es sólo que... no esperaba que hicieras eso, pero no me molesta. – negó con la cabeza, esperando no haberlo cohibido. – Mi madre no querría que hiciera muchas cosas. Y tampoco le agradaría Kazama, por cierto.

–Seguramente no le agradará nadie. – le dijo después, pensando que probablemente era súper protectora con él. Algo así como Adan, pero peor. –Quería tocarte el pelo, me gusta el pelo rubio. Mi siquiatra lo tiene plateado. También me gusta su pelo.

– Gracias... – sonrió enrojeciendo un poco de nuevo. – Tu cabello es negro azulado, debe ser muy bonito también.

–Es normal. Mi hermano es pelirrojo, como mi madre. ¿Cómo es tu madre? ¿La echas de menos?

–A veces, pero es natural cuando te mudas lejos. – asintió, pensando. – Mi madre es agradable cuando no me está diciendo que me abrigue o preguntando que si como bien. Tiene el cabello negro también. Y seguramente estará agradecida de que siempre la recuerde como se veía hace diez años. – se rió, pensando que eso no lo decía ni loco enfrente de ella.

Ashram observó su sonrisa. –Me gusta como te ríes. – miró hacia la ventana. Notando que empezaba a oscurecer. –Debería volver, o mi hermano se va a poner nervioso. No me apetece irme.

– Yo tampoco quiero que te vayas. – suspiró, aún sonriendo. – Lo he pasado muy bien, Ashram. ¿Quieres...? ¿Quieres que nos reunamos mañana también? Si no tienes algo mejor que hacer...

–Vale, no tengo nada que hacer casi nunca. – se levantó y miró a su alrededor. – ¿Qué haces cuando estás solo?

–Dejo de pretender que no puedo ver y saco mi televisión de pantalla gigante. – se rió, enrojeciendo al notar que Ashram no reía. – Es broma... Me gusta leer y escuchar música.

–Sabía que era una broma. – Ashram lo miró, notando que había enrojecido. –Yo nunca me río, pero era gracioso. Tal vez algún día me pueda reír.

– ¿Nunca te ríes? – le preguntó sorprendido. – No importa, es sólo que no quería molestarte. Por cierto, Ashram... – enrojeció un poco por lo que iba a decir, pero no quería dejarlo pasar. – Lo que dijo Kazama, acerca de no estar en tu liga… no es cierto.

–No lo comprendí de todos modos, la gente no hablaba así donde yo estaba. ¿Qué quiere decir eso?– le preguntó intrigado. Seguro de que era algo desagradable.

–Ah... quiere decir que... a mí nunca podrías gustarme, algo así. Pero no es cierto. No importa. – se rió, nervioso porque lo hiciera explicar aquello. No era alguien que se pusiera nervioso con tanta facilidad, pero le empezaba a suceder más y más con Ashram.

–Comprendo… –Ashram lo miró un poco avergonzado y desvió la mirada. –Ya me voy. – le advirtió, apoyándole la mano en la cabeza como gesto cariñoso. Tenía el pelo muy suave. –Salgo por la puerta… – murmuró para sí.

– Claro, por la puerta – se tocó la cabeza él mismo, imaginando que se lo decía para que la cerrara. – Hasta mañana, Ashram. Y buena suerte.

–Hasta mañana…– le dijo, saliendo y esperando a que cerrase la puerta antes de bajar por las escaleras. Comprendía a su madre, ahora no quería irse y dejarlo solo.

Daniel cerró la puerta, apoyándose en la misma, cerrando los ojos tan sólo como un gesto. Le estaba gustando demasiado ese chico. Y él ni siquiera parecía estárselo planteando. Otro dolor de cabeza para sus padres.


Continua leyendo!

 
 

Tambien puedes dejar tus comentarios y opiniones en la sección de este fic en el foro, solo tienes que presionar en Hansa.

foro yaoi

   

yaoi shop, yaoi t-shirts, uke t-shirts, wings on  the back