Capitulo
15
Hidden behind Your Face
Tarde. Clínica siquiátrica Sakura.
Sábado, 23 de mayo
–Doctor… Qué alegría verme de nuevo ¿Verdad?
– Drago se quitó la cazadora y la dejó en la
percha antes de darle la mano y sentarse en el diván. Por
esta vez recostándose en el mismo y cruzando los brazos tras
la cabeza.
– Yo diría qué sorpresa. Pero me resulta interesante
el hecho de que asuma que esto me dará alegría. –
le contestó, sentándose en una silla cercana. –
¿Qué puedo hacer por usted?
–Qué cerca se pone hoy, no me he duchado. –
le advirtió como si fuese necesario. –Asumo que no
le han informado del motivo de mi “obligada” visita.
– Lo miró de soslayo, sintiendo como se le escurrían
las gafas ligeramente por la nariz y quitándoselas.
– Para ser honesto, no. – contestó pacientemente,
aunque en el fondo contrariado. ¿Acaso pensaban que era adivino
o qué? – No me diga que le disparó a alguien
más.
–No, esta vez fue por un accidente. Un pequeño accidente…–
hizo una señal con los dedos y se giró un poco para
verlo mejor. –Hoy no me importa hacerle perder el tiempo.
Ya que he resuelto mi caso y me han dado dos días “libres”
para que no me estrese.
–Ya veo. Pero yo no lo considero una pérdida de tiempo.
–sonrió ligeramente, recostándose contra el
respaldo de la silla. – Hábleme del accidente. Asumo
que no le importa contármelo.
–No, se lo he prometido al inspector Hermida. – Se
volvió hacia él para aclararle. –Escupe cuando
se pone furioso, es realmente desagradable, y necesitaba acabar
cuanto antes con eso. Pero usted no le dirá que necesito
un descanso.
– Yo aún no sé qué le diré. Eso
depende de usted. – le contestó pacientemente, confirmando
su teoría mentalmente. Era la clase de hombre que creía
poder manipular a los demás para su beneficio y a juzgar
por su actitud, seguramente lo conseguía en la mayor parte
de las ocasiones.
–Si lo hace seré bueno… y le contaré
mis memorias para que satisfaga sus ansias de sicoanalizarme y catalogarme.
¿Seguro qué no puedo fumarme un cigarro?– le
preguntó, guardándose las gafas en el bolsillo de
la camisa gris.
– ¿Acaso dije que no podía? – le acercó
el mismo cenicero de la vez pasada, colocándolo sobre la
mesa. – No puedo hacer ese tipo de tratos o no tendría
ningún sentido lo que estamos haciendo aquí.
– ¿Es qué lo tiene?...– cogió
el cenicero contrariado y encendió el cigarro –Veamos…
estaba investigando un caso acerca de la desaparición de
unos monaguillos… los cuerpos aparecían sin genitales
y con alas de pájaros cosidas e incrustadas al cuerpo. Muy
interesante, ¿Verdad?
–Interesante, sí. –contestó pensativo,
aunque no era su trabajo analizar ese crimen. Pero después
de todo, el detective había creído necesario mencionar
esos detalles. – No se preocupe, tampoco dije que lo fuera
a obligar a descansar. Continúe, por favor...
–No le haría ningún bien al mundo obligándome
a hacerlo, y de todos modos, tampoco a mí. – el moreno
se pasó la mano por el cabello para echarse unos mechones
hacia atrás. –Al último lo encontramos colgando
del tejado de la catedral sobre una imagen de la virgen como si
se tratase del ángel de la anunciación…San Gabriel.
– le dijo por si acaso. Ya que era japonés y no tenía
por qué saber esos detalles. –El chico se llamaba Gabriel,
debió sentirse especialmente realizado al encontrarse algo
así. Era rubio y muy pálido, especialmente delicado,
casi parecía una niña. – Drago le dio una calada
al cigarro, mirando al techo y sintiéndose afectado al recordarlo.
Pasándose la mano por dentro de la camisa para acariciarse
el pecho y disimuladamente el rosario que descansaba sobre el.
Kaigan lo observó detenidamente. Pasando por alto su manera
de hablar, estaba claro que le afectaba. ¿Sería la
brutalidad del crimen? ¿Sus creencias? Tal vez las dos cosas...
No estaba seguro. – Un crimen terrible, sin duda. –comentó
reservadamente, sin desear romper su narración o decir algo
que pudiese detenerlo.
–Mucho… y cometió un error. – se rascó
un poco el pecho y lo miró a los ojos. –Lo violó,
así es cómo pudimos dar con él por fin. Era
el padre de uno de los chicos asesinados. Increíble…
o no tanto.
– No tanto. Sin querer suponer demasiado sobre un caso del
que no estoy enterado... Un individuo que parece estar creando ángeles,
que cree en ese tipo de cosas, no es alguien ajeno a la idea del
sacrificio. Y no hay mayor sacrificio que el mismo individuo o su
familia. – lo miró, enderezándose un poco más,
intentando no dejarse llevar demasiado. –Y usted... ¿tuvo
un “accidente” con él? – le preguntó,
observándolo atento, tratando de no guiarlo en su respuesta.
–Sí. – Drago lo miró por un momento,
sin fiarse para nada. Acostumbrado a los juegos de los psiquiatras
para hacerte hablar o a veces incluso para hacerte decir lo que
ellos creían que deberías decir. Sacudió la
ceniza y giró el cenicero con las puntas de los dedos. –Cuando
consigues coger a uno de esos hijos de puta… y les ves esa
cara de imbéciles pusilánimes. Te das cuenta que pese
a su locura no son ningunos imbéciles no… Matan a niños
porque no podrían enfrentarse a nadie más. Te confiesan
esas barbaridades y les da la risa. No me extraña. Es gracioso
saber que puedes hacer toda esa mierda y salir al cabo de unos pocos
años. ¿Verdad?
– Puedo comprender por qué estarías enfadado,
aunque seguramente opines que es una palabra muy suave para lo que
sientes. – le contestó, observándolo serio.
– Si va a cometer esos crímenes horrendos, lo menos
que podría hacer es sufrir también, sentir el dolor
de lo que causa. Pero se estaba riendo. Hacer algo por tus convicciones,
o hacer algo porque crees que será divertido. – sacudió
la cabeza ligeramente, interrumpiendo sus propios pensamientos.
– Pero usted trabaja investigando crímenes rituales...
¿no? Dígame... ¿hubo algo acerca de este caso
en particular que le molestase?
–No. – rozó el borde del cuero con los dedos,
mintiendo con la misma cara que si dijese una gran verdad. En realidad
no soportaba las violaciones. –El caso es que tuve que soportar
sus bravuconadas en el coche durante todo el trayecto… –
Se tapó la boca, ocultando un rastro de crueldad en sus labios.
– ¿Qué clase de bravuconadas? – le preguntó,
consciente de que estaba adentrándose en terreno peligroso,
pero no le creía. Las personas no reaccionaban violentamente
porque estuvieran muy tranquilas. Tal vez no tenía que ver
específicamente con ese caso pero aún así,
lo había descrito con tanto detalle.
–Me relataba lo que había hecho con precisión
y se reía de lo que yo le estaba diciendo. Es normal, es
algo habitual que sucede continuamente. – lo miró a
los ojos y se apoyó en una mano. –La puerta del coche
estaba mal cerrada y se cayó del coche, desgraciadamente
rodó por la carretera y colina abajo por la cuneta. Era una
curva peligrosa.
– Una curva peligrosa, ya veo... – comentó serio
el hombre, pensando que era más peligrosa de lo que él
creía. – Ahora le voy a hacer una pregunta trillada
pero no por eso menos importante. ¿Cómo le hace sentir
eso?
–Imbécil…
– ¿Le hace sentir como un imbécil? ¿O
iba dirigido a mí ese insulto? – le preguntó
sin inmutarse para nada.
–Me hace sentir como un imbécil, doctor…–
le dijo, mirándolo serio y preguntándose si creía
que lo insultaría de ese modo. –No me gusta que me
sicoanalicen, pero eso no es motivo para llamarlo imbécil.
– Se sorprendería de la cantidad de pacientes que
se enfadan en estas sesiones. O tal vez no. – le sonrió
por ver si se relajaba un poco. – ¿Puede decirme exactamente
qué significa para usted sentirse como un imbécil?
Por favor, sólo piense que me está siguiendo el juego.
– añadió por si protestaba, no le parecería
extraño.
–Debí cerrar bien la puerta. – lo siguió
mirando fijamente. Asegurándose de que no pudiese escribir
nada pernicioso para él mismo y de que a la vez comprendiese
lo que le indicaba. Claro estaba, no se sentía orgulloso
de haberse dejado llevar y darle motivos a ese cabrón para
tener algo de su parte en el juicio.
Kaigan suspiró, observándolo. Le parecía que
la puerta acababa de cerrarse ahora y no era precisamente la del
coche. – Eso quiere decir que sólo le preocupa su propio
descuido. Pero hay algo más que me pregunto. ¿Cuando
se arrepiente de no haber cerrado bien la puerta, lo hace por el
caso o lo hace por usted?
–Por el caso… yo no tengo nada que ver aquí.
– apagó el cigarro y seguidamente encendió otro
siempre sin dejar de mirarlo. – ¿Está cansado?
¿Soy estresante, doctor?
– ¿Está reflejando sus sentimientos en mí?
– le devolvió sin apartar la mirada notando como encendía
el segundo cigarro. – ¿Es usted católico, detective
Adamo?
–Sí. ¿Y usted? – le preguntó
sin contestar a su primera pregunta.
–No, aunque estoy familiarizado con la religión. –
le contestó, sonriendo y recostándose de nuevo, poniéndose
serio una vez más. – ¿Cómo le afectó
la naturaleza de este caso?
– ¿Soy interesante, doctor? ¿Le gusta hablar
conmigo?– le preguntó, de nuevo sin responderle.
–Sumamente interesante. Pero si cree que esto es un juego
para mí, está equivocado. – lo miró a
los ojos, acostumbrado a ese tipo de reacciones. – No intento
torturarlo, intento ayudarlo. Y la única manera de hacer
eso, es logrando que sea sincero.
–Está muy lejos de poder torturarme, estoy acostumbrado
al dolor. Palos y piedras pueden herirme, pero las palabras no.
– se llevó el cigarro a los labios. Notando su fallo
al decir que estaba acostumbrado al dolor y sentándose despacio.
Percatándose de que se había relajado demasiado. –No
creo que esto sea un juego para usted. – se sentó como
en la ocasión anterior. Con los brazos sobre sus piernas
sumamente separadas y mirándolo fijamente. – Creo que
realmente disfruta con ello.
–Sólo un poco, de la misma manera en la que usted
disfruta su trabajo. Pero usted no desea que haya más psicópatas
asesinando en las calles. Le interesa porque desea detenerlo. –
le explicó calmadamente, intentando hacerlo entender. –
Yo creo que este caso le afectó más de lo que dice.
Y creo que también le afecta lo del “accidente”.
Pero no creo que se dé cuenta de quien esta en peligro aquí.
– ¿Quién está en peligro aquí?
¿Mi vida profesional? ¿Los niños que por mi
estupidez pueda matar de nuevo ese psicópata si no lo condenan?
¿Quién doctor? ¡¿Cree que no soy consciente
de la magnitud de mi error?!– se echó un poco hacia
atrás y se pasó la mano por el cabello. Pensando en
levantarse y mirándolo de nuevo sin moverse del sitio. No,
si se levantaba le diría que estaba huyendo.
– Ciertamente, pero me refería a usted. – lo
miró sin cambiar de expresión, sin permitir que tomase
el control de la sesión. Le estaba afectando y eso podía
ser positivo por más enojado que se pusiera el detective.
– La semana pasada, le disparó a un sospechoso, esta
semana, olvida cerrar una puerta. Y la siguiente, ¿qué,
detective? ¿Cuánto tiempo y cuanto esfuerzo se requiere
para que pase a estar del lado de aquellos a quienes persigue? Los
cambios no suceden de un día para otro, son graduales. Pequeñas
cosas que al principio ni siquiera notamos.
– ¿Me está comparando con ellos? ¿Realmente
piensa eso o está tratando de irritarme? ¿Desde cuando
vive en este país?– le siguió preguntando.
– Varios años ya. – le hizo un ademán
con las manos para que se calmase. – No le estoy comparando
con ellos pero no me puede negar que muchos piensan que le están
haciendo un bien a la sociedad.
– ¿Le gusta vivir aquí o echa de menos su
país? ¿Tiene familia o amigos aquí?
– Bien, sigamos ese juego. Sí, me gusta vivir aquí.
Mi familia está toda en Japón y a veces les echo de
menos, como cualquier otra persona. ¿Satisfecho?
–No me ha contestado a todo…
– Usted tampoco...
–Eso es que no los tiene… ¿Se ha preguntado
el por qué?
– No tengo tiempo. ¿Qué hay de usted?
–No tengo tiempo.
– Ya veo... ¿está siendo honesto esta vez,
o sólo copiando mi respuesta? – le preguntó
el médico, mirándolo directamente a los ojos.
–Realmente no tengo tiempo y si lo tuviera posiblemente
lo emplearía en algo más productivo. – le devolvió
la mirada, pensando que era agotador.
– Por supuesto, porque no permite que las personas se acerquen
a usted de todas maneras. ¿Aún no quiere decirme cuando
empezó a fumar? – le preguntó, aunque tan sólo
deseaba ver su reacción.
– ¿Quiere acercarse a mí? Ya le dije que no
me he duchado aún. – sonrió sinceramente, porque
le había dado la risa aquello de la manía con saber
cuando había empezado a fumar. –Empecé a fumar
a los quince años, como los niños malos…
–Como los niños malos, eso quiere decir que usted
era un niño bueno. –sonrió, sintiendo aquello
como un avance, aunque fuese algo tan pequeño, e ignorando
su comentario sobre las duchas.
–Sí, era un niño bueno. Los cambios... no
suceden de un día para otro, son graduales. – le dijo,
repitiendo sus palabras.
– Tiene razón. – le contestó intrigado
por su manera de decirlo. – Aún tenemos algo de tiempo.
¿Tiene algo más de lo que desee hablar?
–Yo no quería hablar de nada, sólo quiero
que haga esa llamada y le diga al inspector Hermida que no necesito
un descanso y estoy plenamente cualificado para llevar un arma,
y que si es necesario. – se inclinó hacia delante,
acercándose a su rostro. –Testifique eso mismo en el
juicio.
–Pero no creo poder hacer eso. No sin una sesión más
por lo menos. –continuó mirándolo sin retroceder.
– Tengo que estar seguro de que lo comprende.
–Estoy seguro de que en parte habla su curiosidad morbosa,
y en parte habla el doctor. ¿Era usted un niño bueno?
–Nunca he sido un niño malo, detective. Y tal vez
tenga razón, pero yo no la llamaría morbosa. –
le sonrió a sabiendas de que estaba molesto.
–Pero no dejará salir a un psicópata sólo
por un error mío, porque es un buen chico. – le dijo,
mirando su sonrisa muy serio.
– Y tampoco le puedo permitir que se haga daño. –
permaneció observándolo, preguntándose qué
hacer. No era conveniente dejarle pensar que podía salirse
con la suya tan fácilmente. Si continuaba así, podía
llegar a pensar que las reglas no se aplicaban a él. Podía
convertirse en alguien capaz de cualquier cosa si lo consideraba
justificado.
–Necesito ese permiso antes del lunes, señor Hashimoto…
y lamentablemente hasta los psiquiatras descansan los domingos.
Así que… ¿Qué hará? Estaría
encantado de brindarle mi compañía un día más,
pero me temo que no es posible.
–Bien – el médico exhaló, observándolo
y sonriendo un poco. – Hagamos un trato entonces. Le daré
ese permiso e incluso testificaré en el juicio que usted
es una persona confiable en su trabajo. Y a cambio... usted se comprometerá
a seguir viniendo aquí semanalmente. Sin falta. ¿Le
parece un trato justo?
– ¿Ha pensado en trabajar como negociador?–
el moreno lo miró a los ojos fijamente. –Es un precio
un poco abusivo ¿No cree? Pero sé reconocer y afrontar
mis errores. – Lo siguió mirando a los ojos, tratando
de encontrar una debilidad para conseguir un trato mejor. –Sólo
media hora a la semana y le conseguiré una recomendación
para que sea usted quien examine al sospechoso. – Cruzó
las manos, jugando con los dedos sin apartar la vista de la suya.
Eso también le convenía a él mismo.
– Ya veo... – continuó mirándolo a los
ojos, preguntándose si no intentaba sonsacarle algo más.
Pero no podía negar que le parecía interesante. –
Bien, trato hecho, pero... ya que yo debo hacer esa llamada, se
lo comunicaré también al inspector. Ya sabe, para
que le permita esa media hora. – le aclaró, aunque
en realidad lo que no deseaba era que se escabullese una vez pasado
el juicio. Lo veía capaz de eso.
Drago se aguantó una mueca de fastidio, aunque probablemente
su ceño lo había revelado. –Qué gentil.
– se levantó, poniéndose la cazadora. –Supongo
que entonces puedo fiarme de su palabra y no necesito esperar a
que llame para irme. – Extendió la mano hacia él,
pensando que era difícil de roer.
– No tengo por qué mentirle. Además, no quiero
privar a la policía de una mente como la suya. – le
sonrió, estrechando su mano. – Le estaré esperando.
–Intente hacer amigos este fin de semana. – le dijo,
apretando un poco su mano y despidiéndose. Cerrando la puerta
a su espalda con cara de contrariedad. Observando al mismo chico
de negro, esta vez sentado en un banco. Lo miró de soslayo,
un tanto golpeado al notar lo que estaba dibujando.
Ashram lo miró a los ojos fijamente y ocultó la hoja
con su mano a lo que Drago respondió desviando la mirada
y saliendo de la clínica.
Kaigan suspiró, negando con la cabeza, pero había
resultado beneficiosa aquella visita. Levantó el intercomunicador
escuchando la voz de la enfermera y respondiendo. – ¿Ashram?
Sí, dígale que pase enseguida, por favor. –le
pidió, aliviado de que los sábados no fuesen tan ocupados
como los demás días.
..........
El chico se levantó cuando la enfermera se dirigió
a él y entró en la sala. Mirando al doctor y sentándose
de nuevo con las piernas cruzadas sobre el diván. –Hola…–
se acordó de decirle de pronto.
–Hola. – se sentó el médico de nuevo,
sonriéndole. – ¿Cómo has estado, Ashram?
–He hablado con Daniel, pero le he dicho cosas que no quería
decirle sobre mí. – lo miró a los ojos y luego
desvió un poco la mirada. –Ayer no tuve pesadillas.
– Eso está muy bien. – lo alentó el médico,
pensando que tal vez ese chico era una influencia positiva. A lo
mejor por ser ajeno a su pasado. – ¿Qué le has
contado a Daniel?
–La verdad, que soy un asesino, no quería engañarle.
– Se sujetó los tobillos con las manos, pensativo –Tampoco
quería aprovecharme de que no me puede ver. – le explicó.
–Se asustó.
–Es una reacción natural. – le comentó
el médico observándolo, seguro que era a eso a lo
que debía su visita. –Ser honesto es una buena cualidad,
pero debes tener cuidado de cómo dices las cosas. ¿Le
explicaste que eso quedó en tu pasado, por ejemplo?
–Le dije que ya no iba a hacerlo más, pero no le puedo
decir que quedó en mi pasado si no es así. Cuando
matas a alguien no queda en tú pasado, está contigo
todos los días de tu vida. –Le dijo con toda la serenidad
del mundo, como si no le afectase para nada.Contrariamente a lo
que decía. –De todos modos me dijo que le gustaría
hablar de nuevo conmigo, y a Kiyoshi le dijo que le agrado. –
miró a un lado y luego bajó un poco la cabeza. –Kiyoshi
nunca me ha tenido miedo.
– Kiyoshi ha compartido ciertas experiencias contigo. Se
podría decir que ha crecido a tu lado, ¿no? Es distinto
para alguien que te conoce de esa manera. – le explicó,
aunque no conocía bien a ese chico. Lo decía por lo
que había hablado con Adan Adler y por lo leído en
sus reportes. – Sé lo que quieres decir. Disculpa si
me expresé mal.
–Pero Kiyoshi no me conocía cuando lo vi por primera
vez, él vivía fuera, yo no he criado con nadie salvo
mi maestro. Sólo llevo unos años viviendo con él.
Mi hermano sí que me tuvo miedo, pero después ya no.
Me gritaba todo el tiempo, no le gritas a alguien cuando le tienes
miedo. – lo miró fijamente, preguntándose si
se molestaría porque le llevase la contraria.
El psiquiatra sonrió, un poco contrariado, pero sin demostrarlo.
–No, tu hermano te gritaba porque se preocupaba por ti. Algunas
personas reaccionan así cuando no saben qué hacer.
Aunque también los hay que sí gritan cuando te tienen
miedo, es una forma de defensa. Y en cuanto a Kiyoshi, era un niño
cuando le conociste. Me refiero a que él creció junto
a ti aunque tú ya fueses mayor. Los primeros años
de la adolescencia son un momento muy importante en la formación
de las personas. Por eso.
–No lo sabía…– miró a un lado con
cierta necedad. Contrariado también, aunque sin hacer gala
de ello. –El novio de Kiyoshi ha vuelto.
–Y eso, ¿cómo te hace sentir? – le preguntó
por si estaba celoso. En muchos aspectos, le parecía que
actuaba como si aún fuese un chico pequeño.
–No me gusta que me abracen y Azrael siempre me está
tocando. Él tampoco me tuvo miedo nunca, pero me vas a decir
lo mismo. – miró a un lado de nuevo, por quitarle la
mirada y luego volvió a mirarlo a los ojos. –No me
gusta que se besen delante de mí. – le dijo un poco
incómodo.
– ¿Por qué no? ¿Te ponen incómodo
las muestras de cariño? – le preguntó absteniéndose
de decir algo acerca de lo otro. Parecía molestarle un poco.
–Porque…– se apretó un poco las manos.
–No lo sé, pero eso no es cariño. Es sexo.
–Hum... depende del tipo de besos. Pero un simple beso entre
novios es una muestra de amor. Un abrazo, una muestra de cariño.
No tiene nada de malo. – le sonrió para que relajase
aquella actitud a la defensiva. – ¿Nunca te has sentido
reconfortado por un leve toque o un abrazo?
–Sí, con Aki. Pero Azrael me toca demasiado. –
movió un poco un hombro, quejándose. –Y nunca
es un simple beso. Adan y Aki también se besan.
– Hum... pero Adan y Aki también son una pareja, ¿no
es así? Es lo natural. – le contestó, pensando
que el moreno le había parecido una persona bastante seria.
– Dime, Ashram, ¿a qué te refieres con eso de
que Azrael te toca demasiado? Es el novio de Kiyoshi, ¿cierto?
–Sí, pero no me toca de ese modo. – se apretó
un brazo sólo de imaginarse algo así.
–Bien, porque sabes que si alguien te hace algo que no te
gusta, siempre me lo puedes decir. Estoy para ayudarte. –
le explicó, ya que había dado ese primer paso de ir
a verlo. Eso significaba que algo de confianza le tenía.
– ¿Por qué no le dices, con mucho tacto, que
te pone nervioso?
–Ya lo sabe, pero es su manera de ser. –dijo repitiendo
palabras de Aki. –No quiero hacerle daño. – se
sujetó la coleta con una mano, distrayéndose en su
cabello sin un buen motivo. –Me dijo que debería invitar
a Daniel a conocerlos.
–Me parece una buena idea. Así puede conocerte en
un ambiente familiar, seguro, ver que tienes personas que te quieren
y que no te temen. – lo incitó, sonriendo un poco de
nuevo. –Ya está interesado en hablarte de nuevo. Dime,
¿tienes miedo de acercarte a él?
–A veces me pongo nervioso y me voy. Hoy lo hice, me dijo
que podía dibujarlo de nuevo. –le mostró el
dibujo. –No me salió muy bien el pelo.
– Yo creo que es un muy buen dibujo. Tienes talento para
esto. – le sonrió porque realmente lo creía
y le parecía una buena idea que canalizase sus energías
en el arte.
–Kiyoshi también. – le dijo, recuperando su
dibujo y mirándolo. –Sólo iba a decir eso.
– ¿Crees que te miento? No tengo por qué hacerlo,
es un buen dibujo. – le aseguró sinceramente. –
Lo has dibujado sonriendo.
–Porque siempre me sonríe. A veces también
sonríe solo. Debe estar pensando en algo… que le hace
sonreír. Debe de ser muy difícil vivir así,
pero no lo parece viéndolo a él.
– Bueno, a veces cuando la gente pasa por pruebas difíciles,
tienden a ver la vida desde otra perspectiva. Puede que sean más
fuertes luego de eso. Y también puede que se escondan tras
su sonrisa. – le explicó por un momento pensando en
el detective y sus bromas.
–A mí me parece que es feliz. Le dejé que tocara
mi mano. Creo que le dio asco…
–Eso es un paso muy grande, Ashram. Está muy bien.
– lo alentó sorprendido en realidad. – ¿Por
qué crees que le dio asco?
–Por la cara que puso. – se quitó el guante
y le mostró la cruz surcando su piel. –Es desagradable.
– Muchas personas tienen cicatrices. – le recordó,
observando aquella cruz, serio. Era natural que se sintiera acomplejado,
no era una marca que había elegido por su propia voluntad.
–No puedo decirte lo que pensó o sintió ese
chico, no lo conozco. Pero creo que podrías preguntarle.
El relacionarte con otras personas es positivo, Ashram. Sea cual
sea su respuesta. Es un paso que das por tu propio bien.
–No quiero que me diga que le da asco. –se colocó
el guante de nuevo y respiró profundamente.
–Lo comprendo. –asintió el médico sin
querer presionarlo más. No era cuestión de empujarlo
y causarle más daño. – Iremos poco a poco, como
te dije antes. Pero ese chico le dijo a Kiyoshi que le agradas,
¿verdad? ¿Eso fue antes o después de tocar
tu mano?
–Después, pero eso no quiere decir que le agrade de
ese modo, porque no puede verme. Los ciegos no saben como eres.
– le dijo, formulando una pregunta velada.
–Pero eso no es lo más importante, ¿no es así?
– le sonrió, negando con la cabeza y respondiéndole
después. – Los ciegos necesitan tocar para ver. Es
su manera de reconocer las cosas, las formas. Pero para eso debes
permitir que te toque.
–No sé si quiero que sepa como soy. A lo mejor dejo
de gustarle.
– Y a lo mejor no. La vida es un riesgo, Ashram. Has tenido
un camino muy difícil hasta ahora, pero si te encierras en
ti mismo, no podrás avanzar. –le aconsejó, aunque
ya sabía que sería difícil de comprender para
el chico. Le había pedido a su familia que le prestase más
atención, pero ahora se estaba preguntando si no lo protegían
demasiado. – ¿Por qué crees que dejarías
de gustarle?
–No lo sé. – mintió deliberadamente,
ya que no quería hablar de eso.
– Sí lo sabes o no lo hubieras dicho. – le insistió,
suspirando. Hoy todos le estaban dando guerra. – Te puede
parecer extraño viniendo de mí y te aseguro que no
lo digo de ninguna manera inapropiada. Pero no eres un joven poco
atractivo. Creo que la opinión que tienes de ti mismo está
distorsionada.
–Si ya sabías por qué creía que dejaría
de gustarle no hacía falta que me lo preguntases. –
le contestó Ashram contrariado.
– No lo sabía, sólo me aventuré. –
sonrió inclinándose un poco hacia delante. –
Estoy intentando ayudarte, pero no puedo hacerlo si me ocultas tus
sentimientos.
–No me gusta hablar de eso. – lo miró a los
ojos y se quedó donde estaba, aunque le resultaba incómodo.
Pero de algún modo se sentía retado, cerró
los ojos y le tocó la cara con las manos.
Kaigan permaneció quieto, dejándolo hacer como si
se tratase de un animalito que pudiese asustarse a cualquier movimiento.
Ashram se echó hacia atrás de nuevo. Sintiéndose
extraño por haber tocado a alguien. Pero quería saber
que podías notar de ese modo y no le hubiera servido hacerlo
con un rostro conocido.
– ¿Cómo te sientes? – le preguntó
el médico con aquella voz suave, calmada.
–Nervioso y raro… No se puede saber mucho, pero supongo
que sí si estas acostumbrado a tocar las cosas para reconocerlas.
– Sí, verás, las personas ciegas se acostumbran
a reconocer las cosas por tacto, a recaer en sus otros sentidos
para comprender el mundo. No es lo mismo cerrar los ojos por unos
minutos que haber sido ciego toda tu vida. – le explicó
con calma, notando que estaba interesado en ese tema.
–Comprendo… – lo miró a los ojos y luego
su pelo. –Ya debería irme.
–Espera. – el médico se levantó, caminando
hacia detrás de su escritorio y buscando en el librero hasta
sacar un libro algo grueso. – En este libro hablan un poco
de esas cosas, de personas con situaciones especiales. Puedo prestártelo
si te interesa.
–Vale, gracias. – lo miró fijamente, pensando
que era muy amable, además le gustaba su cabello.
–De nada, sólo cuídalo. Pero no tengo prisa
en que me lo devuelvas. – le sonrió, entregándole
el libro. – Recuerda que puedes venir de nuevo si tienes alguna
duda o alguna preocupación. O si sólo quieres hablar.
–Vale…– sujetó el libro con cuidado y
le hizo una leve reverencia. –Gracias. – Se despidió
el chico por fin, saliendo y pensando extrañamente para él
que no iba a poder ver a Daniel al día siguiente.

Continua leyendo!
|