Capítulo
2
In the land of the blind, the one-eyed person is King
Media mañana. Universidad
Jueves, 21 de Mayo
– Las sectas se caracterizan por usar técnicas de
persuasión coercitiva para influir a la sociedad, usan métodos
de seducción. Suelen estar presididas por uno o varios líderes…
y… Ashram…– el anciano lo miró fijamente
ya que el chico siempre solía estar muy atento, y sin embargo,
hoy, no dejaba de dibujar en su mesa cosas extrañas.
El chico lo observó fijamente, tapando los dibujos con otro
folio. –Sé todo eso mejor que usted. No me interesa
lo que está impartiendo.
Se formó un corrillo de risas en la clase ya que el chico
siempre contestaba o hacía alguna cosa rara. Todos sabían
de las condiciones mentales de este y los que no las sabían
se las inventaban. –Pues entonces puede salir si quiere. –
le invitó el hombre, que se había sentido insultado
a pesar de no ser esa la intención del chico.
Ashram cogió sus cosas y salió como si nada, escuchando
las típicas tonterías susurradas a las que ya se había
acostumbrado a recibir como insultos habituales sin que le importasen
lo más mínimo. De todos modos habría podido
matar a cualquiera de ellos con los ojos vendados. Pero nadie se
atrevía a decírselo a la cara.
Apretó ligeramente la mano en su carpeta. El cuero de sus
guantes crujiendo. Salió derecho hacia la clase de Kiyoshi,
con la cabeza baja y ligeramente molesto. Tropezándose contra
alguien que se sujetó a él, provocándole cierto
nerviosismo. –Lo siento. – le dijo casi por formula,
sin mirarlo y empujándole la mano un poco más para
que lo soltase ya.
– No te preocupes, eso me pasa por no fijarme. – sonrió
ligeramente el rubio, agachándose y tanteando a su alrededor
ya que se le había caído su libro.
–Eres ciego. – le dijo Ashram, como si eso no lo pudiera
saber el mismo chico con toda certeza. Agachándose y cogiéndole
el libro.
– ¡Eh, Daniel!– un chico de aspecto popular se
aproximó a él. Metiéndose entre este y Ashram
y sujetándolo por la cintura. – ¿Vas a clase
de escultura? ¿Te acompaño?– le preguntó,
mangoneándolo y apartándolo rápidamente del
moreno, susurrando después. –“No te acerques
a ese tío, es un majadero.”
Daniel se detuvo un tanto molesto por cómo lo estaba llevando.
Ni siquiera podía estar seguro de por dónde iba. –
Pues qué mal. Porque verás... Él ya se ofreció
a acompañarme y yo le dije que sí. Y no me gusta faltar
a mi palabra. – sacudió el brazo, soltándose
y preguntándose si el chico aún estaría allí
o si iba a quedar como un mentiroso.
Ashram los miró sin saber qué hacer, por una parte
no quería acompañarlo ni a él ni a nadie y
por otra no sabía de qué iba eso.
–Te digo que es peligroso…– insistió el
pelirrojo sujetándole la mano.
–A él no lo mataría. No me ha hecho nada, a
ti sí, pero tampoco lo haré, porque Aki se enfadaría.
– le aclaró el chico innecesariamente. Deseando de
pronto que Aki estuviese allí porque comenzaba a sentirse
un tanto descontrolado.
– ¿Lo has oído?– preguntó el chico
riéndose por ocultar que lo estaba asustando. –Mejor
nos vamos, venga.
El rubio se rió un poco y se giró hacia su voz. –
¿Vas por ahí amenazando a la gente de muerte? Bueno,
en este caso, no te puedo culpar. No tienes que acompañarme
si no quieres. Es que no lo soporto.
–Yo tampoco lo soporto. – Ashram lo miró y luego
al otro. –No quiere ir contigo. – le indicó para
que se fuese.
–Ya lo he oído. – el pelirrojo se apartó,
pensando que los dos eran unos pirados. – Dios los cría
y ellos se juntan. Pirados de mierda…
Ashram lo siguió con la mirada. Siempre le estaban llamando
pirado, pero no sabía qué significaba. Por otra parte,
dudaba mucho que Dios juntase a los pirados o que tan siquiera se
preocupase por algo así. Pero desistió de aclarárselo,
ya que no parecía muy inteligente. – ¿Necesitas
que te acompañen? Yo también voy a la clase de escultura.
– Ups... pensé que no podía escucharme... –
sonrió un tanto avergonzado, negando con la cabeza. –
No necesito que me acompañen, pero sería agradable
tener compañía. Me llamo Daniel.
–Ashram. – Sentenció el moreno. –Yo tengo
un ojo ciego…– se inclinó hacia delante para
que el cabello se lo cubriese un poco más. Sintiéndose
extraño de estar manteniendo una conversación con
alguien que no conocía personalmente y que no fuese un doctor
o maestro.
– ¿Ah, sí? Entonces tú ves la mitad
de lo que yo no puedo ver. –bromeó sin poder evitar
que se le viniera a la mente aquel refrán de “En tierra
de ciegos, el tuerto es el rey.” – Disculpa por haberme
estrellado contigo, venía un poco distraído.
– ¿Por qué? ¿Estabas enfadado? –
lo miró fijamente porque era muy pálido. No había
comprendido eso de que él veía la mitad de lo que
él no. –Yo no veo la mitad de lo que tú no puedes
ver, yo veo lo que yo veo, tú verías otras cosas…
No podrías verte ahora…
– No, supongo que no. Eres muy perspicaz, Ashram. –
sonrió, confuso por la manera de hablar del chico. –
¿Por qué piensas que estaba enfadado?
–No lo sé. – pasó la mano por la carpeta,
pensando que él siempre se distraía cuando se enfadaba.
Para dejar de pensar en ello y tranquilizarse. – ¿Lo
estabas?
– No, sólo estaba pensando en algo. Fue una tontería
de mi parte. Pero al menos aquí no corro el peligro de ser
atropellado. – suspiró aún sonriendo mientras
caminaba, tanteando el terreno con aquel bastón. –
Pensé que tenía cara de enfado.
–Yo no estaba mirando. – abrió la puerta para
que pasase y se apartó un poco. Inseguro de si realmente
no necesitaba ayuda. Pero suponía que estaba acostumbrado.
–Me voy…– le advirtió de todos modos. Buscando
a Kiyoshi con la mirada.
– Mucho gusto en conocerte, Ashram. – tanteó
las sillas, pasando para ir a sentarse, pensando que era un chico
muy interesante.
– ¡Ashram! ¡Aquí! – lo llamó
Kiyoshi, saludándolo con una mano, contento de verlo, aunque
un poco extrañado de que no viniese solo.
–Estoy enfadado…– le explicó Ashram. Sentándose
a su lado. Por suerte Kiyoshi no le reñía cuando deseaba
matar a alguien y observó como delante, cuatro filas más
allá, estaba sentado el pelirrojo aquel. Frente a una escultura
sin ningún gusto por lo estético.
– ¿Con él? ¿Te dijo algo? –le
preguntó, mirándolo de soslayo y pensando en ir a
devolverle cualquier insulto que le hubiese hecho a Ashram.
–Pirado, que no sé qué es. Pero ya estaba enfadado
antes. – cogió un trozo de goma de encima de la mesa
y miró a Kiyoshi. Lanzándola después con toda
la facilidad del mundo entre las cabezas de la gente para que aterrizase
contra la del pelirrojo. El mismo girándose y frotándosela.
– ¿¡Quien coño me ha dado?!– preguntó
enfurecido.
Ashram bajó la cabeza y sacó un folio para seguir
dibujando como si nada. –Le he dado.
–En el blanco. – se rió Kiyoshi, haciéndose
el loco por si acaso, aunque llegado el caso podía demostrarle
que no tenía semejante puntería. – Y ahora tendrás
que decirme por qué venías enfadado. Pero primero,
Ashram... quiero saber cómo es que no venías solo.
– Tropecé con alguien y luego me dijo que le gustaría
que lo acompañase. Está ciego… y es raro. –
le dijo sin más, dibujando distraídamente. –Se
rió de que le dijese a Kazama que me gustaría matarlo…
– Pero sí es gracioso. – se rió Kiyoshi
también, acostumbrado como estaba a la manera de ser de Ashram.
Seguro que a Aki no le parecía tan gracioso.
–A Aki no le parecería gracioso. Ni a Adan…–
dijo el chico. Dibujando en el medio de todo aquel entintado de
trazos negros parte de lo que había soñado anoche.
–Adan me riñó esta mañana…
– ¿Por qué? No le hagas mucho caso. Sabes que
no está molesto realmente, ¿verdad?– le preguntó
por si acaso. Ashram era más sensible de lo que demostraba
y Adan podía ser un poco gruñón. Bajó
la mirada a su libreta observando sus trazos.
–Ya lo sé… Después siempre me hace esto…–
le apoyó la mano en la cabeza a Kiyoshi y luego la apartó
para seguir dibujando. –Me colé de nuevo por la ventana
para dormir con Aki. Yo prefería que no te hubieses ido.
Kiyoshi apartó la mirada porque prefería no pensar
en el motivo de su mudanza. – Hoy te acompaño a casa.
¿Te sentías mal, Ashram? De todos modos, siempre que
lo necesites puedes llamarme, no me voy a molestar.
Ashram lo miró a los ojos. –No quiero usar el teléfono…–
desvió la mirada de nuevo para empezar a dibujar aquella
mujer extraña con la que había soñado. –Y
Adan no me deja que me meta por tu ventana…
– Eso sería un problema...– se rió tocándole
la mano por encima del guante. – ¿Qué dibujas?
– Una pesadilla…– la tapó con la otra
mano por si le disgustaba. A él tampoco le agradaba, pero
sentía necesario dibujar aquellas cosas que lo perseguían
en sus sueños.
–No tienes que taparla. Tus dibujos siempre son interesantes,
Ashram. – le soltó la mano por si le molestaba para
dibujar. – Y ella es la culpable de que te hayas ido a la
habitación de Adan y Aki.
–No… los insectos. Me salían de debajo de la
piel…– se apretó las manos con fuerza, como para
que no pudiesen volver a salir. –Y me estaba asfixiando.
– Tranquilo, sólo fue un sueño. – colocó
la mano sobre su brazo para tranquilizarlo, un poco angustiado por
él. – ¿No has hablado con Aki?
–Aún no. No quiero ir al siquiatra otra vez, nunca
comprenden nada, y Aki tampoco. – dijo después. Mirando
la mano sobre su brazo y apoyando su mano en el brazo de Kiyoshi
sin un buen motivo.
– Pero lo intenta tanto como puede. Eso es importante, ¿no?
Yo también lo intento. – le sonrió ligeramente
porque lo hubiese tocado. No creía que nadie pudiese comprender
aquello en su totalidad. Solamente Ashram sabía por lo que
había pasado.
–No estoy enfadado…– le aclaró, apartando
la mano y continuando con su dibujo. – ¿Qué
esculpes?
– Un gato. –le sonrió, recordando que estaba
en clase de pronto. No era tan bueno en cuanto a escultura y prefería
apegarse a proyectos sencillos. – Tal vez debería esculpir
otra cosa...
–A mí me gustan los gatos. – lo miró
y luego desvió la vista ligeramente. Preguntándose
cómo esculpía Daniel si no podía ver. –Voy
a ver algo…– le dijo. Levantándose y acercándose
al rubio para ver lo que esculpía. No comprendía cómo
podía hacer unas alas sin ver nada. Probablemente sí
había visto alguna vez.
Daniel permanecía mirando al frente, sintiendo el material
con sus manos cada cierto tiempo para asegurarse de cómo
iba quedando. – ¿Necesitas algo? – preguntó
al escuchar el ligero movimiento a su lado. Ya sabía que
no era el profesor, jamás se acercaba tan silenciosamente.
–Sólo estoy mirando. – respondió sin
dejar de observar lo que hacía con sus manos. – ¿Cómo
te quedaste ciego?
El rubio sonrió, divertido por lo directo del chico. –
Ashram... Un accidente. Por algo te dicen que mires a ambos lados
antes de cruzar. Pero fue hace años.
– ¿Te has enfadado?– preguntó dubitativo
sobre si debía irse sin más.
– Pues, no me he mirado en un espejo desde hace años,
pero me harás preguntarme si voy por ahí con cara
de amargado. – giró su rostro en la dirección
de su voz. –No me he enfadado, no tengo por qué.
–Pareces un ángel. – le dijo para que no se
preocupase por no haberse visto en un espejo. –No me gustan
los espejos.
– Gracias– Daniel se sonrojó un poco, confundido
por el cumplido. – Yo tampoco tengo demasiado interés
en ellos.
–Yo parezco todo lo contrario…– le dijo, observando
el corazón que modelaba. –Me voy…– le avisó
de nuevo, aunque ya no sabía para qué si lo notaba.
Se sentó otra vez con Kiyoshi y observó lo que modelaba
él. Seguro que le saldría fatal con los ojos cerrados.
– ¿Te gusta ese chico, Ashram? –le preguntó
Kiyoshi, metiéndose un poco con él. Por lo menos lo
encontraba interesante, eso era obvio. Miró hacia atrás,
curioso, observando al chico que continuaba trabajando con una leve
sonrisa en los labios.
Ashram lo miró también y luego empezó a dibujarlo
en otra hoja. –Está haciendo un corazón con
alas…– le dijo sin aclarar nada. –Pero no quiero
que me toque. – le aseguró después, por si acaso,
ya que se le había venido algo a la cabeza.
–Se lo dejaré saber si me pregunta... – sonrió
el chico, continuando con su escultura felina y preguntándose
si no debería hacer algo con alas para regalárselo
a Ashram.
–Pensará que no me agrada…– dijo entintando
los dibujos con el rostro pensativo.
–No lo decía en serio. No le diré nada. –
suspiró mirándolo. Aki siempre le estaba diciendo
que no le hiciera esas bromas a Ashram, pero no podía evitarlo.
Además, Aki no era quien para hablar. – ¿Y te
agrada?
–Parece un ángel…– Ashram lo miró
a los ojos y luego su escultura. – ¿Por qué
me preguntas eso? ¿Estás enamorado?
Kiyoshi se detuvo, mirándolo un poco serio porque lo había
hecho pensar en Azrael de nuevo. – No seas malo, Ashram, me
pondrás celoso. – bromeó, escondiendo aquel
gesto de nuevo. – Sólo te preguntaba... por si querías
hablar.
– ¿Quieres hablar tú?– preguntó
el moreno totalmente serio. Notando que se había puesto nervioso.
–No, yo estoy bien, Ashram. – le sonrió el
rubio, de nuevo suspirando y tocándole la cabeza cariñosamente.
–No te creo. – sentenció el chico, dejándose
acariciar. –No deberías mentir, es un pecado. Si no
pecas, Dios te perdona. – se quedó callado como una
tumba de pronto. –A ti no tiene nada que perdonarte.
– Pero si estoy mintiendo, ya me condené. –
le sonrió de nuevo, con tristeza. ¿Nada que perdonar,
eh? Pero era culpable de mucho más que sólo mentir.
– Tú vas a rezar por mí, ¿verdad, Ashram?
–Ya lo hago, aunque yo no debería rezar. No tengo
derecho. – pasó la página y empezó a
dibujar en la otra. –Creo que me haré cura.
– ¿Eh? ¿En serio? – Kiyoshi lo miró
curioso, pero era imposible que estuviese bromeando. – Claro
que puedes rezar. Dios escucha a todo el mundo.
–Sí, en serio. – le aseguró el chico,
mirándolo a los ojos. – ¿Por qué?...
Así podré ver si los curas realmente hacen lo que
dicen…
– Serás un cura espía. – se rió
el chico mirándolo a los ojos. – Ashram, no te haces
cura por eso. Te haces cura porque realmente quieres serlo. O porque
quieres ayudar... – le aclaró un poco preocupado.
–No me interesa por qué hacen las cosas los demás.
–No te lo digo por eso, lo digo por ti, que hagas las cosas
por ti... – le insistió, mirando su escultura. –
Pero si de verdad quieres ser un cura espía… Iré
a confesarme contigo. Y luego tú me “confesarás”
a mí. – se rió, no quería ser molesto.
–Sólo quiero saber si los curas realmente son como
dicen en las clases. A mí no me lo parecen. Yo maté
a varios…– explicó como si nada, pasando la plumilla
por el folio sin fijarse en que los de delante estaban ahora pendientes
de la conversación.
–Ashram... – se rió un poco nervioso, aunque
le era imposible ver al moreno así. Pero no le gustaba que
luego anduviesen repartiendo rumores por allí. Los demás
no comprendían nada. – Los curas son humanos, como
cualquiera. Hay malos, buenos, tontos, inteligentes... Lo que te
enseñan en las clases es el ideal, aunque a mí tampoco
me lo parece, pero no me dejan dirigir la Iglesia.
–Tal vez deberían… tú eres bueno. –
el moreno cogió un trozo de arcilla. Curioso por tratar de
modelar algo. –Pero tú no eres muy humilde… y
no cumplirías los votos, además, te gustan los hombres.
– No sigas que me sonrojo... – se rió, preguntándole
en serio luego. – ¿Tú crees que voy a ir al
infierno?
–Irás al cielo… – le dijo, seguro de
ello, porque para él Kiyoshi era como un ángel. –Y
si no, es que Dios no existe.
Kiyoshi sonrió, deseando abrazarlo. Pero seguro que se
incomodaba, además de que los estaban mirando. – Pues
si Dios existe, vamos a poder continuar con estas conversaciones
allá, estoy seguro.
–No lo creo, no creo que Dios me perdone a mí. –
le dijo el chico. Mirándolo a los ojos después. –No
estoy arrepentido, pero no comprendo por qué Lucifer no me
manda ninguna misión ya… Por qué me dice que
tengo que portarme bien para que Dios me perdone. – estrujó
la arcilla de pronto y la miró aplastada en sus dedos. –
A veces me pongo furioso.
– ¿No lo sabes? – Kiyoshi sonrió pensativo,
tratando de imaginar lo que le diría Aki sobre el tal Lucifer,
pero decidiendo seguir su propio camino. – Porque Dios y el
diablo trabajan juntos. Se necesita tener un balance en el mundo.
Habrán hecho una tregua, ¿no lo crees? Además,
yo lo prefiero así. Si te diesen más misiones, te
alejarías de nosotros...
– O me matarían…– sentenció el
chico.
El rubio se quedó mirándolo, serio de nuevo, tocando
su mano con suavidad. – Pues yo no quiero ninguna de esas
cosas.
–Ya lo sé…– contestó pensativo,
terminando de hacer un cascabel y apoyándolo en la mano de
Kiyoshi. –Un cascabel…– le anunció por
si estaba mal hecho. Observando luego sus guantes manchados de arcilla.
– Gracias – sonrió el chico observándolo.
– Te quedó muy bien. Seguro que eres mejor que yo en
esto. – le mostró su escultura, aunque estaba casi
terminada y colocó el cascabel bajo el cuello del gato. –
Voy a modelarle el collar.
–Vale. – observó al chico y luego sus manos.
–Tienes las manos sucias…
–Es lo que sucede cuando esculpes con arcilla. Tendrás
que lavar tus guantes... – se rió, aunque tal vez para
Ashram sí fuese un gran problema.
–Lo haré cuando regrese…– observó
la hora en el reloj del aula. Ya iban a salir de todos modos.
–Si quieres te ayudo, pienso acompañarte a casa de
todas maneras. – contestó, distraído por la
escultura, logrando meter el cascabel por la pequeña argolla
que le había creado, sonriendo. – Ahora no es un gato
callejero.

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