| Capítulo 77
The End of the Dream
Hiyaku se se puso de pie y observó la vista desde la ventana
de su oficina por última vez. Hacía algunas horas
que había hecho el anuncio de la venta de la compañía
a sus empleados, asegurándoles que no serían despedidos,
tal y como había especificado en una de las cláusulas
del documento. Incluso si la nueva gerencia decidía cambiar
la manera de funcionar de la empresa, ellos serían reasignados
y los que no lo desearan así, recibirían algún
tipo de compensación. Había insistido mucho en ese
punto, no veía por qué los demás tenían
que sufrir por culpa de sus problemas, ya era suficiente con la
culpa que cargaba a sus espaldas.
Hasta se había encargado de conseguir algunos contratos
para las últimas chicas que había contratado, intentando
asegurarse de que no tuviesen que volver a la calle. Todos los tratos
habían finalizado exitosamente, y el dinero sería
traspasado a su cuenta por la mañana y por supuesto, ya había
dado órdenes de que lo trasladasen todo a la cuenta que le
había enviado Milkyboy por email. Estaba sumamente cansado,
pero era todo lo que podía hacer y se había concentrado
en ello, con una fiereza única. Mejor aún si así
evitaba pensar, si no se daba tiempo. Sólo haría lo
que tenía que hacer para que le devolviesen a Kiba, eso era
todo. Luego habría tiempo para lo que fuera, pero no podía
darse el lujo de desmoronarse ahora, aunque se sintiese medio muerto.
Dejó escapar un suspiro, empañando el cristal. No
podía creer que ya no fuera su compañía, todos
esos años como desaparecidos en un instante. A pesar de todo
no podía evitar que le doliese. Sintió un pequeño
sobresalto al escuchar los golpes en la puerta y se giró
para ver cómo se abría, revelando a su ahora ex-secretaria
y le sonrió un poco para disimular.
- ¿Matsuda-san? Ya.... me voy a casa, ¿quiere que
apague las luces?
El rubio negó con la cabeza, cerrando las persianas y alejándose
de aquella ventana sin mucha prisa. – No, ya es hora de que
yo también me vaya. La acompaño a su auto. –
le ofreció más que nada porque tampoco quería
salir de allí solo, además tenía que reconocer
que la iba a extrañar un poco, aunque jamás le llevase
el café a tiempo. Estaba acostumbrado a su rutina.
Salió de la oficina siguiéndola, y cerrando la puerta
tras de sí, intentando seguir tan casual como siempre, así
sería más fácil, y la acompañó
hasta afuera, cruzando el estacionamiento, ambos en silencio, aunque
el rubio podía notar cómo la chica lo miraba de soslayo
de vez en cuando.
-Matsuda-san – rompió por fin el silencio, observándolo
más directamente, contemplando lo que era obvio. - ¿Está
seguro de que quiere hacer esto? No se ve muy contento – aventuró,
quitando la mirada enseguida nerviosa por la posibilidad de enfadarlo.
Pero el rubio se rió, aunque no había verdadera alegría
en esa risa. – Tranquila, ¿qué voy a hacer?
¿Despedirte? No..... – relajó los labios, suspirando
de nuevo – Estoy haciendo lo indicado. Si te digo la verdad,
es difícil, pero no me voy a arrepentir. Realmente, es lo
que quiero hacer – le contestó, aún sonriendo
un poco, a pesar de aquel tono de voz agotado que adoptaba últimamente,
como si su alma hubiese envejecido súbitamente.
- Supongo que está bien entonces. Este... es mi auto –
señaló, deteniéndose y girándose para
mirarlo. – Lo voy a extrañar, fue agradable trabajar
para usted. – le sonrió, y el rubio se quedó
mirándola, notando una especie de amabilidad en su rostro
que no había visto antes, probablemente porque siempre estaba
demasiado estresado, o tal vez sólo lo estaba proyectando
su propia mente por necesidad. El caso es que le parecía
el tipo de sonrisa de alguien que le hubiese dado una fiesta de
despedida a su jefe si hubiera tenido tiempo de prepararla. Y ahora
se alegraba de no haber dicho nada hasta el último momento.
Aquello sólo lo hubiera hecho sentir peor.
- No, fue agradable trabajar contigo, gracias. – le sonrió
Hiyaku, intentando sonreír amablemente también, y
dándole un abrazo sin compromisos, por toda despedida. Simplemente,
no quería pensar en lo que dejaba atrás. Una vez que
saliese de aquel estacionamiento, todo quedaría en el pasado.
Ahora sólo le importaba Kiba Y ninguna cantidad de dinero,
ninguna compañía, ninguna parte de su vida era más
importante que eso.
Se alejó, caminando lentamente, la cola arrastrando por
el piso, en un gesto que no cambiaba desde hacía mucho ya,
y se subió a su auto, encendiendo el motor y pasándose
una mano por el dorado cabello, conteniendo inconscientemente la
respiración, mientras abandonaba aquel estacionamiento por
última vez.
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