.Novela homoerótica para mayores de edad.
 
Capítulo 69

Sometimes Silences Can Seem So Loud

Finalmente había regresado a su oficina, luego de haber pasado lo que parecían horas sentado en aquel lugar, sin poder moverse, sin poder creer lo que estaba sucediendo. Y ahora permanecía igual de inmóvil, sentado ante su escritorio, las rodillas y uno de sus tobillos doliendo por las raspaduras que le había provocado el cemento y que aún no se molestaba en atender.

Se dejó caer hacia delante sobre el escritorio, enterrando la cabeza entre los brazos, un dolor, mucho más agudo que el de sus rodillas, lastimando su corazón. Le faltaba el aire y le escocían los ojos debido a aquellas lágrimas que no lograban salir aunque lo estuviese necesitando desesperadamente. No se contenía por orgullo, ni por fuerza, ni nada parecido. Simplemente estaba en shock, no podía creer que algo así hubiera sucedido. La sangre en el cuello de Kiba, la navaja atravesando su hombro, y aquella sonrisa... ¿Por qué había tenido que sonreír? Eso sólo lo hacía peor.

Y él no podía hacer nada, sólo esperar. Esperar sin saber donde estaba o cómo estaba. A saber qué le estarían haciendo. Tal vez incluso......

- No! – Hiyaku se levantó de pronto, lanzando la taza que tenía al lado contra la pared, con auténtica furia, su cola moviéndose una sola vez de manera brusca, intentando detener sus propios pensamientos, sin querer siquiera terminar aquella frase en su mente, no porque no fuera posible, sino porque no quería que fuera posible. No deseaba darle cabida a esa posibilidad ni siquiera por un segundo.

- Kiba...... – murmuró, abrazándose a sí mismo casi sin darse cuenta, empezando a temblar descontroladamente, las lágrimas por fin deslizándose por su rostro, y los sollozos escapándose de sus labios como si se hubiese estado ahogando hasta ese momento. – Kiba...... – volvió a repetir con la voz aún más resquebrajada, llorando como un niño pequeño, sin poder detenerse, sin querer detenerse. Aunque sabía que tendría que hacerlo eventualmente.

Tendría que regresar a su casa para curar sus heridas y para no tener que responder preguntas a la mañana siguiente. Lo sabía muy bien, así como también sabía que por más esfuerzo que hiciera, volvería a llorar en su camino a casa, y que seguramente lloraría al acostarse en aquella cama sin él. Se sentía inútil y abatido, pero era todo lo que podía hacer por el momento, llorar y esperar.


 
 

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