| Capítulo 4
The Great Detective
- “El gran detective Fujimura Tanuki sale una vez más
a las calles a investigar una vez más. Es sigiloso como un...
como un..... es sigiloso y siempre atrapa a su sospechoso. No hay
caso que se le resista. Y siempre lo contratan para casos muy, muy
aburridos” – terminó de susurrar el chico mapache,
de manera mucho menos animada que la que había utilizado
al principio. Dejó escapar un suspiro y tomó una fotografía.
Ahora podía mostrarle al dueño de la tienda, quien
era el que le estaba robando revistas. Y la próxima vez que
el chico fuese allí, el tendero podía decirle “tú
no entras” y asunto arreglado. Y todo lo que él recibiría
era una paga mínima.
E l chico suspiró, poniéndose en pie. Ya sabía
que era muy joven pero era capaz de hacer el trabajo. No comprendía
por qué no lo contrataban más que para esas boberías,
si le repartía tarjetas a todo el que veía. Y eran
unas tarjetas muy agradables, seguro que inspiraban confianza. Pero
sólo había logrado resolver un solo caso importante
en toda su vida, si resolver significaba caer accidentalmente sobre
el sospechoso, dejándolo inconsciente. Pero para su suerte,
había resultado ser el asesino. Y todo el trabajo que había
hecho antes, había sido en serio. Pero gracias a esa caída
accidental, eso era todo lo que recordaba la gente. Bueno, los pocos
que sabían de su existencia.
- En fin. Algún día todos me van a estar tocando
la puerta. Y entonces me daré el lujo de decidir a quien
ayudo...... – murmuró decidido, aunque era obvio que
aceptaría cualquier caso gustoso. – Aquí tiene....
– murmuró, entregándole la foto al dueño
de la tienda porque no veía por qué esperar hasta
el día siguiente.
- Ajá! Ya sabía que era él. Nunca hace nada
bueno..... – se quejó el tipo, observando la foto como
si el chico en cuestión, le hubiera matado a la madre y entregándole
luego el dinero en un sobre. – Muchas gracias, Tanuki. Si
vuelve por aquí, te llamo.
- No... no se preocupe. – sonrió el chico, sin comprender
para qué querría llamarlo si ni era peligroso y tomando
junto al dinero, un encendedor que le pareció bonito, aunque
no fumaba, alejándose antes de que el dueño lo notase.
Pero igual, tenía un mapache dibujado, así que prácticamente
ya le pertenecía, ¿no?
Se pasó una mano por el cabello, alborotándoselo
y moviendo las orejas, pensando en donde ir a continuación.
Sentado en su casa, seguro que no conseguía trabajo. Sonrió,
jugueteando con el encendedor en su bolsillo y encaminándose
a un bar de mala muerte, aunque tampoco bebía, pero tenía
la idea de que los trabajos verdaderos se conseguían en lugares
así.
Entró, ya amando el barullo y la “alegría”
que parecía reinar, y sentándose como en otras ocasiones
en la barra del bar.
- Tanuki, ¿de nuevo por aquí? – le preguntó
el bartender, sonriendo. – Que no es lugar para ti.....
- Que dejes de decir eso..... No soy un niño, ¿sabes?
– le protestó el chico con una mueca. – Y además,
¿cómo voy a conseguir trabajo si no?
- No sé, no sé, pero no aquí, hablando conmigo.
¿Lo mismo de siempre? – le preguntó, sonriendo
porque le hacía gracia molestarlo. Además, de que
no conocía a nadie más que fuese a beber aquello allí.
- - Claro que sí, sé que te enteras de todo. ¿Por
qué nunca me dices nada, eh? – protestó de nuevo
el chico, suspirando. – Y sí..... aunque deberías
tener café o té o algo así.... – murmuró,
pensando en lo que se suponía que bebían los detectives,
y pasando del alcohol, ya que no le agradaba el sabor. Siempre era
tan ácido.
- Pues para eso, te vas a una cafetería. De milagro te complazco,
sólo porque si no, te quejarás toda la noche. –
el bartender le puso un vaso de leche enfrente con cara de martirio
y sin contestarle a lo otro. No le parecía alguien para esa
profesión. De veras que era necio.
- Pero al menos, le puedes dar esto a tus clientes, anda..... –
le pidió, entregándole un fajo de tarjetas, haciéndolo
sonreír al ver el dibujo.
- Está bien, pero eso es todo. – accedió, mirándolo
un momento, antes de atender a otro cliente. – Tanuki, ya
vete a dormir. Que no es una guardería.
- Que no soy un crío. – le contestó con cara
de pocos amigos, yendo a sentarse en una esquina más alejada,
de paso llevándose consigo el cenicero de color azul celeste,
y bebiendo su leche como si fuese lo más normal del mundo
en aquel lugar.
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