Capítulo
8
Almost Like it Used to Be
– “Mi más sentido pésame.”–
Sazae murmuró, a sabiendas de que eran palabras vacías,
sin ningún consuelo. Apretó la mano del hombre que
lloraba desconsoladamente, antes de ir a sentarse en una de las
sillas más alejadas. Se acomodó las gafas, cruzando
las manos sobre su regazo luego. No sabía qué hacer
en esas situaciones, nunca lo había sabido. Pero esta vez,
realmente estaba perdido. Sus ojos también estaban rojos,
hinchados, pero se sentía algo ausente gracias a los calmantes
que había tomado antes de salir de su casa.
La gente entraba en la iglesia a dar su último adiós
a la fallecida antes del entierro. Casi estaba todo el pueblo allí,
pero nadie reconocía al hombre joven que acababa de entrar
en la iglesia vestido con unos jeans y una camiseta de forma bastante
irrespetuosa para algunos de los que murmuraban.
El moreno se inclinó, apoyando su mano sobre la de la chica,
permaneció así durante largo rato. Volviendo atrás
para buscar un sitio donde sentarse. No tenía que haber venido.
No para verla así. Se pasó el envés de la mano
por la mejilla, secándosela. – ¿Tiene un pañuelo?
–le preguntó al que tenía al lado.
– Sí, claro... – contestó el profesor,
sacando un pañuelo de su bolsillo y pasándoselo sin
mirar. Observando de soslayo luego a aquel desconocido. ¿Era
familia del marido? Le resultaba conocido. Dejó escapar un
suspiro, mirando hacia delante de nuevo.
El otro, sin embargo, permaneció mirándolo fijamente,
guardándose el pañuelo en el bolsillo después
de secarse las mejillas. Era difícil reconocerlo, pero…
ese cabello. – ¿Sazae?
– ¿Le conozco? – el moreno se giró ligeramente
para observarlo. Pero sólo había otra persona que
le llamaba de esa manera, aparte de sus padres, claro está.
– ¿Ike...moto?
–Sí. –el moreno hizo un amago de sonrisa, aunque
realmente no lo era. Aún así estaba contento de verlo,
casi incrédulo. Pero se sentía demasiado culpable
por haberlos abandonado.
– Ikemoto... – sonrió ligeramente también,
sus ojos aguándose de nuevo. Se quitó las gafas, cerrándolos
para controlarse. – No creí que fueras a venir.
–Me llamó su marido. – alzó un brazo
dubitativo, finalmente pasándoselo por los hombros y abrazándolo
con fuerza. Era extraño con el tiempo que había pasado
desde la última vez que lo había visto, pero la sensación
era tan familiar que la incomodidad duró poco. –Debiste
haberlo hecho tú…
–No quise molestarte. Pensé que tal vez... Ella no
quería que vinieras a este pueblo de nuevo. – lo apretó
de vuelta, sintiéndose reconfortado. – Pero me alegra
verte.
–A mí también. –se separó de
él, porque ya comenzaba la ceremonia, y apoyó la mano
sobre la suya, sujetándosela con suavidad.
.....
Sazae colocó la taza de café frente al moreno. No
podía creer lo mucho que había cambiado. Pero seguía
reconociendo aquella mirada. Se sentó frente a él,
casi dejándose caer. – Es un poco contradictorio. Parte
de mí quería que te olvidaras de todo esto.
–No, nunca he podido olvidarlo, da igual a donde vayas,
eso no sale de tu cabeza. –negó con un gesto suave,
observando el café, oscuro y humeante en su taza. –
¿Es que crees que tiene algo que ver? Tamaki me dijo que
había sido un accidente… en la bañera.
–Un accidente, sí... – dejó escapar una
breve risa sarcástica. – Tenía pesadillas...con
Arata. Hablé con ella hace poco, porque... un chico desapareció.
Ella no quería hablar de eso, pero yo la presioné
y... – se cubrió la cara con una mano, cansado. Se
sentía culpable. Era su deber protegerla. – Debí
prestarle más atención.
–No, ella no era tu responsabilidad. Además, ya no
era una niña. No sé de qué hablas, Sazae. –suspiró
ligeramente. Cogiendo un cigarro y dejando la cajetilla sobre la
mesa antes de encenderlo. – ¿Qué te dijo? Cuando
la presionaste… – dejó salir el humo a un lado.
Observándolo atentamente.
– Sabes... que ella era la única que dependía
de mí. – alzó la mirada, sonriendo amargamente.
– Estaba embarazada, ¿lo sabías? Supongo que
Tamaki te lo dijo. Había estado teniendo pesadillas pero...
no, creo que me dijo que veía cosas. Yo preferí interpretarlo
así. No quería que se preocupase. Me dijo que veía
a su bebé quemado en el horno del pan. A Arata sacando a
su hijo de entre sus piernas para meterse él. Yo creí
que era por el estrés, la culpa, pero...no lo sé.
Algo se siente raro.
–Sólo estás nervioso. Es normal que tuviese
pesadillas. No ganas nada sacando las cosas de quicio de este modo.
– se levantó a buscar algo donde dejar la ceniza y
se sentó de nuevo. Tapándose la boca para bostezar
y recostándose hacia atrás en el sofá, observándolo
con cara de estar cansado. –No me digas que piensas que el
fantasma de Arata ha vuelto para vengarse… quince años
después. Pues sí que se lo ha tomado con calma. No
debía estar tan cabreado entonces. – se llevó
el cigarro a los labios de nuevo, rascándose el pecho.
– Ikemoto, no has cambiado en nada...– protestó,
pensando que todo se lo tomaba a las bromas. –Tú no
la viste. ¿Te parece normal que desaparezca un chico de esa
manera? Sin dejar rastro. Y luego Ayame...
–Me parece que a lo mejor se piró de este pueblo
porque le parecía una mierda, sólo porque lo vieran
en el bosque… a diez minutos del instituto, y sin tener ni
idea de donde desapareció Arata… no puedes llegar a
la conclusión de que sucedió lo mismo. – alzó
una mano como diciéndole que aceptase su razonamiento. –Eres
un cabeza dura.
– Tú también. ¿Acaso crees que un chico
se va a ir del pueblo en el medio de su propia fiesta, sin llevar
maletas... a pie? Olvidas que era mi alumno, no era esa clase de
chico. No lo veo escapando de casa.
El moreno se puso las manos en la cara, frotándosela con
el cigarro entre dos dedos y suspirando después con fuerza.
–Mira… tal vez debería quedarme aquí unos
días.
– Me sentiría mejor si lo hicieras. Puedes quedarte
aquí... – suspiró, proponiéndoselo sutilmente.
–No, si ya pensaba…– torció una ligera
sonrisa y se rascó una oreja. –También barajé
hospedarme en el Hylton, pero… ya sabes, en este pueblo nunca
hay habitaciones libres.
– Ikemoto... – Sazae le lanzó un almohadón
desde su silla, sonriendo sinceramente. – Te extrañé.
–No me lo demuestres con tanto cariño…–
se quejó, ya que había recibido el almohadazo en la
cabeza. – ¿Y qué hay de tu vida? ¿Luego
vendrá la señora Koyanagi? –apretó el
almohadón con la mano y lo lanzó al sofá.
– No estoy casado... – suspiró, recostándose
de nuevo. – ¿Qué me dices tú? ¿Alguna
novia, esposa o semejante?
Sonrió un poco, apagando el cigarro y cruzando los brazos
bajo el pecho. –Hasta hace unas semanas tenía algo
parecido a una novia con la que vivía, pero… creo que
las mujeres son como las plantas… como no hacen ruido no las
riegas… –se rió entre dientes. –Y se buscó
a otro jardinero… que la fertilizase.
– Siempre tan romántico, Ikemoto. – negó
el profesor con la cabeza. No, no había cambiado en nada.
– ¿Y el trabajo? ¿Cómo te ha ido?
–Bien… como no tengo que estar presente, me va bien.
Escribo artículos, algún libro… viajo mucho.
–se encogió de hombros, cogiendo otro cigarro y encendiéndolo.
–Trabajo para una revista cultural. Y tú… profesor.
Así que al final cumpliste tu sueño de serlo, pensé
que te llegaría la cordura antes de eso.
– ¿La cordura? ¿Qué tiene de malo ser
profesor? Me gusta enseñar a los chicos cosas nuevas y...
¿Has escrito un libro? ¿Por qué no me lo enviaste?
– frunció el ceño, molesto consigo mismo por
no haberse enterado.
–En realidad son dos… y no lo sé. Pensaba que
ya no te acordarías de mí. Han pasado siglos desde
la última vez que hablamos. Aunque ahora no se nota. ¿No
crees? Y odio a los críos. Los odio…
– Los odias porque sigues siendo uno... –se rió,
poniéndose de pie para darle con el puño en la cabeza,
apenas un toquecito. – Idiota, tú eres el que se olvidó
de mí.
–No…– le sujetó la muñeca de la
mano con la que le había pegado. Apretándosela con
fuerza y pegándole con el puño en el pecho, flojito
también. –Enano…– le dijo, aunque ya no
lo era, para nada.
– Pesado... – le apartó la mano, riéndose
sin creerse que realmente estuviera allí. – Me debes
un libro autografiado.
–Está bien, la verdad es que tengo uno en la bolsa.
Lo traje por si te veía. Luego te lo doy. Ahora me pesa el
culo para levantarme. No sabes lo que es un viaje en avión,
reenganchado con uno en taxi y otro en autobús… estoy
hecho polvo…– trató de sujetarle la muñeca
de nuevo, sin conseguirlo, porque se apartó antes. –Ven
aquí, capullo.
– ¿Qué quieres? – se rió, ocultando
las manos, sintiéndose como si no hubiera pasado el tiempo.
– No seas idiota, tengo que preparar tu cuarto. Que no tiene
sábanas.
–Ya te ayudo…– se fue a levantar y le sujetó
el brazo de improvisto. Tirándolo al sofá sobre él.
– ¡Ja!... mira que eres inocente…
– ¡Ikemoto! – luchó un poco, rindiéndose
finalmente. Nunca había podido vencerlo en esos juegos. –
Crece un poco, necio.
–Ya he crecido. ¿Ves? Hasta me he dejado perillita…–
le rascó la cara con la quijada, molestándolo. –Mira…
si Sa-chan se afeita el bigotillo…– le tocó el
labio, sonriendo. – ¿Dónde más te han
salido pelillos? –miró abajo, amenazando con echar
un vistazo bajo su pantalón.
– ¡Eh! No seas infantil. – le sujetó la
mano, riéndose, pero rojo. Sintiéndose agitado de
pronto, recordando algo que creía muy lejano.
–Pero si a ti te gustan los niños… –se
rió. Dejando de molestarlo ahora que ya lo había puesto
completamente de buen humor. Ayudándolo a levantarse y cogiendo
su bolsa de viaje. –Hagamos la cama, aunque posiblemente vamos
a pasarnos la noche charlando y no creo que la use. – sonrió,
esperando a que subiese delante a pesar de que esa había
sido la casa de los padres de Sazae en vida y la conocía
perfectamente.
– Hará frío de noche, estemos conversando o
no. Idiota. – murmuró, aún rojo y serio, caminando
delante de él y abriendo la puerta de la habitación
vacía, sacando las sábanas del armario. – Siento
como si no hubiera pasado el tiempo.
–Yo también. Es agradable…– lo ayudó
a poner las sábanas, observando el cuarto y luego al chico.
–Tu cuarto…– susurró recordando, apenas
había cambiado mucho desde que él se fuese del pueblo
a los dieciocho. – ¿Te has pasado para el de tus padres?
–Sí, es más grande. Y era un poco extraño
tenerlo desocupado. –le aclaró, dejándose caer
sobre su antigua cama. – No está tan mal, ¿verdad?
– ¿La cama? – preguntó. Acostándose
a su lado y mirando al techo. –Está como siempre…–
le dijo, refiriéndose al cuarto. –Es extrañamente
agradable.
– La casa, todo. – sonrió, cruzando los brazos
detrás de su cabeza y observándolo por un momento.
– Te ves bien. Estaba esperando ver al mismo chico de dieciocho.
–Sí, yo también esperaba ver a un crío
de dieciséis. – se giró en la cama para verlo
bien. –Pero aquí estamos… ya han pasado los años
y este pueblo sigue igual. Como tu corte de cabello… –
se rió, burlándose un poco. –Supongo que el
barbero tampoco ha cambiado.
– Pero a mí me gusta mi corte de cabello. ¿Para
qué lo cambiaría? – se tocó la parte
de atrás de la cabeza, sintiéndose como un pueblerino,
y empujándolo de pronto para que dejase de molestarlo. –Sólo
ha cambiado tu apariencia.
–Bueno, bueno… eso dices tú porque es lo que
deseas. –se rió, recostándose de nuevo por el
empujón que le había dado. –Durante el viaje
estuve pensando mucho en ti. Te imaginaba casado y tal vez con algún
hijo, pero la verdad es que no quería que lo estuvieras.
– ¿No? ¿Por qué no? – le preguntó,
girándose boca abajo y cerrando los ojos. Ayame le preguntaba
que si se sentía solo, e Ikemoto le decía que no lo
quería casado.
–No lo sé, supongo que deseaba que nada hubiera cambiado
entre nosotros, ya sabes. Tú y yo siempre hemos estado juntos.
Y yo no creo que me case nunca de todos modos… –se rió,
observándolo de soslayo y pegándole una nalgada. –
¿Me estás prestando atención? –le preguntó
reído.
– Claro que sí... – lo miró sin levantarse.
Siempre había sido un atrevido. – Nada ha cambiado,
no para mí. Pero no sé por qué no te casarías.
¿No te has enamorado? ¿No quieres estar con alguien?
–No quiero atarme a nadie, me gusta viajar y dedicarme a
mi trabajo. A las tías no les gusta mucho eso. Prefieren
algo más estable, ya sabes. Un marido que se corte el cabello
y no se alimente de pizza recalentada…– se giró
boca abajo también y lo miró a los ojos. –Pierdo
el interés fácilmente de todos modos. Pero sí,
alguna vez me he enamorado. ¿Y tú?
– Una vez... hace mucho tiempo. Tal vez. –sonrió,
dándole con un dedo en la cintura. –Historia antigua.
¿De quien crees que me voy a enamorar aquí?
–No lo sé, porque ni siquiera puedes acosar estudiantes…–
se rió, pensando que estaba como una cabra por quedarse allí.
– ¿Y te parece bien eso? Oye… déjame que
te pregunte algo…– se rió antes de hacerlo ya,
previniendo. – ¿Eres virgen?
– ¡No preguntes eso! Necio... – lo empujó
de nuevo, quitándole la mirada, completamente rojo. –
Me parece que eres un cotilla. No necesito esas cosas. ¡Y
me refiero al matrimonio!
–Eres virgen…– se rió, poniéndole
un cojín en la cara para que no viese la gracia que le hacía.
– Oh, Dios… tienes que salir de aquí.
– No, tú tienes que salir de aquí. Dios...
– le contestó una vez se hubo quitado el cojín
de la cara. – Déjame, no es importante si lo soy o
no.
–Claro que sí, se te van a caducar…Ah…–
se tapó la cara con las manos, apartándolas de nuevo.
–Hacía tiempo que no me reía tanto.
– Pues ríete solo... – se puso de pie, alejándose,
con el ceño fruncido. – Seguro que te acuestas con
una diferente todas las noches, pero eso da igual, ¿no? Es
el mismo resultado.
Ikemoto lo observó desde la cama con una sonrisa dibujada
en los labios de todos modos. –No puedes irte sin darme una
manta por si tengo frío…– se levantó para
hablarle. –Y no, ya te dije que vivía con una tía.
Y no le era infiel, simplemente no le dedicaba la atención
necesaria.
– Pues es igual vivir con alguien a quien no le prestas atención.
Para eso, prefiero vivir solo. Y ya te das suficiente calor tú
mismo. – se detuvo, preguntándose qué estaba
haciendo. Hacía años que no lo veía y seguramente
no volvería a verlo una vez que se fuera. –Ya te doy
una manta si dejas de hacerte el gracioso.
El moreno lo observó un poco serio. Preguntándose
qué pasaba con él, y si iba en serio con eso de estar
enfadado. –Oye… no quería molestarte, es sólo
que pensé que las cosas no habían cambiado.
– No han cambiado, es sólo que estoy cansado. Lo siento...
– lo miró, sonriendo un poco. – No quería
ponerme así.
–Ya, lo siento. Compréndeme, yo hacía mucho
tiempo que había perdido el contacto con ella y… estoy
contento de verte. – le sujetó un brazo, mirándolo
a los ojos. – ¿Dormimos juntos?–se rió,
preguntándose si creería que era una niñería.
Sazae lo miró a los ojos, suspirando. No podía negarse
así. Asintió, bajando la cabeza. – No, perdóname,
sigo siendo un crío. Sólo que ahora soy un adulto
y algunas cosas me afectan más. Olvídalo... –
enrojeció, sintiendo que revelaba demasiado y soltándose.
– Voy a traer la manta.
Ikemoto se quedó donde estaba, mirándolo salir del
cuarto y suspirando con fuerza, cogiendo su bolsa del suelo y colgándosela
al hombro. Sintiendo la tentación de huir de allí.
La dejó en el suelo de nuevo, y se apoyó contra la
pared. –Sazae… ¿Para qué quiero una manta
si voy a dormir en tu cama? –le preguntó. Siguiéndolo
con la mirada sin moverse de donde estaba apoyado.
– Pensé que dormiríamos en mi antigua habitación.
No lo sé... – se quedó allí, de pie con
una manta entre los brazos. Simplemente le había parecido
lo natural. – Supongo que regresé al pasado por un
momento.
–Sí, hagamos eso…– lo miró, sujetando
la manta y colocándola sobre la cama. No estaba por decirle
que esa cama era muy pequeña para dos hombres adultos. No
con lo afectado que se veía por cada cosa que le decía.
Tal vez… a veces, para algunas personas cierto momento de
sus vidas es casi irrelevante, mientras que para otras no. Acercó
su bolsa y la dejó a un lado de la cama. Quitándose
los jeans y mirándolo. – ¿Por qué no
coges el libro de mi bolsa? Es el que tiene una selva en la portada…
–Sí, ¿de qué trata? – le preguntó,
buscando en la misma y sacando el libro, intentando relajarse un
poco. – Sigues tan desorganizado como siempre. – se
quedó mirando el libro como si fuera un tesoro. No podía
creer que lo hubiese escrito Ikemoto.
–Es una mezcla entre realidad histórica y ficción.
–se sentó en la cama y cogió un cigarro de los
jeans en el suelo. –Cuenta la historia de un guerrero de una
tribu que ya ha desaparecido. No creo que sea muy bueno, pero…
me sirvió para sentirme bien escribiéndolo. –dejó
salir el humo de entre sus labios. Echando la ceniza en un platito
metálico.
– Yo creo que será genial. Siempre haces lo mismo.
– se sentó a su lado, aún revisando el libro
por encima. – Siempre lo hiciste. Hacías cosas extraordinarias
y luego actuabas como si no tuvieras ningún talento.
–Oye… será porque yo no se lo veía,
tal vez tengo alma de crítico. –sonrió ligeramente.
Quitándose las gafas de sol del cuello de la camiseta y poniéndolas
sobre la mesita. Observándolo fijamente, como si repasase
su rostro en busca de lo que realmente había cambiado. Metió
la mano en el bolsillo de los jeans y sacó su cartera. Mostrándole
una foto que les había tomado la madre de Ayame cuando eran
pequeños, y aún estaban los cuatro.
Sazae la observó, sonriendo un poco y sintiendo que le temblaba
el labio inferior, echándose a llorar sin poder evitarlo.
Se cubrió el rostro, negando con la cabeza. – Lo siento,
soy un idiota. No debería ponerme así...
–Eh…– lo sujetó por los hombros, quitándole
las cosas de las manos y abrazándolo contra sí. –Vale,
no eres un idiota.
– Lo siento. Es sólo que quisiera cambiarlo todo.
A veces... – se abrazó a él, sollozando aún,
dejándose ir como no lo había hecho en años.
– A veces no sé si puedo seguir soportándolo.
–Sólo quedamos nosotros… y yo no dejaré
que te pase nada. –le acarició el cabello con una mano,
suspirando levemente. – ¿Confías en mí?
Sazae asintió, hablando con un hilillo de voz. – Siempre
lo hice, desde pequeños. Creí que te cansarías
de que fuera una carga. – sonrió ligeramente sin separarse
de él.
–Oye… había pensado quedarme aquí una
temporada. ¿Te importa que me quede en tu casa hasta que
encuentre algo? –le acarició la mejilla, alzándole
la cara para que lo mirase. –No has cambiado nada.
– ¿Te quedarás? Creí que sólo
sería por unos días. – se limpió los
ojos, sonriendo un poco. – He cambiado mucho, pero puedes
quedarte. Tienes que quedarte conmigo o no te lo perdonaría.
–Pronto querrás pegarme la patada… porque sigo
siendo igual de desorganizado y de guarro. – se rió.
Frotándole un brazo y rodeándolo de nuevo. –Quedarme
un tiempo estará bien. Es un sitio tranquilo para escribir…
– aflojó el abrazo por si quería separarse,
y se tapó la cara para bostezar otra vez. –Me gustaría
echar un vistazo al instituto, ya sabes… quisiera ver nuestra
clase y eso. ¿Tendrás un rato libre? El recreo o algo
así…
– Por supuesto, soy un profesor, no el encargado de todas
las clases. – se rió, mucho más tranquilo ahora.
– Y... no sería una mala idea presentarles un escritor
profesional a mis alumnos. Podrías hablarles de muchas cosas.
–Prefiero la muerte, pero supongo que te lo debo. Como me
toquen los cojones los mato… – le advirtió. –Ya
podía ser un colegio femenino.
– Ya podía ser el colegio en el que dimos clases nosotros,
idiota. No querría irme a ningún otro. Y son buenos
chicos, así que no les digas guarradas. –le advirtió,
separándose un poco. – Sólo quiero que vean
que hay muchas posibilidades.
– ¿Guarradas? Tienen dieciocho años, por favor.
Los chicos, en los tiempos que corren, con dieciocho ya han hecho
mucho más que tú y yo juntos. Sumados. –concretó
después. Alzando una ceja.
– No me refiero a eso, Ikemoto... – le dio con suavidad
en la cabeza, riéndose y girándose luego. –
Voy a beber un poco de agua y subo enseguida. Si quieres acuéstate
ya.
–Vale… ponte tu pijamita cute para seducirme…–
le dijo por jugar. – ¿Te importa que me tome una ducha?
Estoy un poco sudado del viaje.
– No, puedes hacer lo que quieras. Estás en tu casa.
– le sonrió, ignorando lo del pijamita por no tener
que lanzarle algo de nuevo. Salió de la habitación,
bajando las escaleras y dirigiéndose a la cocina. A pesar
de su apariencia, se sentía demasiado alterado. No podría
dormir sin un calmante por lo menos.
.....
Al cabo de un rato el moreno salía de la ducha. No le había
tomado ni diez minutos, porque no le gustaba mucho estar bajo el
agua caliente. Lo observó, notando que leía su libro.
–No deberías leerlo delante de mí, estaré
observando tu cara a ver qué opinas. – Levantó
las sábanas, metiéndose al otro lado, sólo
con la ropa interior. –Dios, no hay sitio… – se
quejó mientras se acomodaba. –Mueve… –le
pidió, quitándole el libro.
– Ah, déjame en paz. ¿Por qué siempre
tienes que ser tan...? No tengo la culpa de que hayas crecido tanto.
– se movió, haciéndole espacio y pensando en
que sí deberían haberse quedado en su habitación.
Pero ahora ya no podía decirle aquello.
– ¿No? –sonrió. –Me parece que
mañana uno de los dos habrá amanecido en el suelo.
– Y seré yo seguramente. – se deslizó
hacia abajo, cerrando los ojos. – ¿No estás
cansado, Ikemoto?
–Mucho, estoy agotado, la verdad. –se giró
de lado porque no tenía espacio con la postura de momia que
el otro ponía siempre para dormir. –Oye, ponte de lado
o te daré una patada… ocupas mucho.
– Dios, si estás cansado, duerme. – se giró
de todas maneras, dándole la espalda y sonriendo un poco.
– ¿No querías que durmiéramos juntos?
Pues no te quejes...
–Calla, coño… yo te pregunté si tú
querías, no te dije que yo quisiera. –esbozó
una sonrisa maldita, aunque ya tenía los ojos cerrados y
le apoyó la mano en el brazo, sujetándolo para que
no fuera a largarse con uno de sus arrebatos. –Sh…
– Idiota... Mira lo que me haces decir. – le riñó,
enrojeciendo avergonzado de que aquellas palabras tan infantiles
hubiesen salido de su boca.
–Idiota está bien… los profesores no deberían
de hablar como camioneros. – le soltó el brazo y escondió
la mano bajo la almohada tras girarse de espaldas. –Y no me
empujes con el culo cuando empieces a adoptar posturas de cochinilla…
que te conozco.
– Tú sólo duerme, por Dios. No sé para
qué accedí. No has crecido nada, sólo de tamaño.
– se giró, dándole una palmadita en el brazo,
riéndose un poco para sí mismo.
–Si es que no paras…– se rió. Girándose
y rodeándolo con un brazo sobre los suyos. –Duerme…
así, con camisa de fuerza…– le dijo, en realidad
abrazándolo por si se sentía mal, pero tratando de
no herir su orgullo masculino.
– Idiota... – sonrió Sazae, haciendo apenas
un amago de lucha antes de quedarse quieto. Realmente estaba feliz
de verlo de nuevo.

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