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Capítulo 8
Almost Like it Used to Be

– “Mi más sentido pésame.”– Sazae murmuró, a sabiendas de que eran palabras vacías, sin ningún consuelo. Apretó la mano del hombre que lloraba desconsoladamente, antes de ir a sentarse en una de las sillas más alejadas. Se acomodó las gafas, cruzando las manos sobre su regazo luego. No sabía qué hacer en esas situaciones, nunca lo había sabido. Pero esta vez, realmente estaba perdido. Sus ojos también estaban rojos, hinchados, pero se sentía algo ausente gracias a los calmantes que había tomado antes de salir de su casa.

La gente entraba en la iglesia a dar su último adiós a la fallecida antes del entierro. Casi estaba todo el pueblo allí, pero nadie reconocía al hombre joven que acababa de entrar en la iglesia vestido con unos jeans y una camiseta de forma bastante irrespetuosa para algunos de los que murmuraban.

El moreno se inclinó, apoyando su mano sobre la de la chica, permaneció así durante largo rato. Volviendo atrás para buscar un sitio donde sentarse. No tenía que haber venido. No para verla así. Se pasó el envés de la mano por la mejilla, secándosela. – ¿Tiene un pañuelo? –le preguntó al que tenía al lado.

– Sí, claro... – contestó el profesor, sacando un pañuelo de su bolsillo y pasándoselo sin mirar. Observando de soslayo luego a aquel desconocido. ¿Era familia del marido? Le resultaba conocido. Dejó escapar un suspiro, mirando hacia delante de nuevo.

El otro, sin embargo, permaneció mirándolo fijamente, guardándose el pañuelo en el bolsillo después de secarse las mejillas. Era difícil reconocerlo, pero… ese cabello. – ¿Sazae?

– ¿Le conozco? – el moreno se giró ligeramente para observarlo. Pero sólo había otra persona que le llamaba de esa manera, aparte de sus padres, claro está. – ¿Ike...moto?

–Sí. –el moreno hizo un amago de sonrisa, aunque realmente no lo era. Aún así estaba contento de verlo, casi incrédulo. Pero se sentía demasiado culpable por haberlos abandonado.

– Ikemoto... – sonrió ligeramente también, sus ojos aguándose de nuevo. Se quitó las gafas, cerrándolos para controlarse. – No creí que fueras a venir.

–Me llamó su marido. – alzó un brazo dubitativo, finalmente pasándoselo por los hombros y abrazándolo con fuerza. Era extraño con el tiempo que había pasado desde la última vez que lo había visto, pero la sensación era tan familiar que la incomodidad duró poco. –Debiste haberlo hecho tú…

–No quise molestarte. Pensé que tal vez... Ella no quería que vinieras a este pueblo de nuevo. – lo apretó de vuelta, sintiéndose reconfortado. – Pero me alegra verte.

–A mí también. –se separó de él, porque ya comenzaba la ceremonia, y apoyó la mano sobre la suya, sujetándosela con suavidad.

.....

Sazae colocó la taza de café frente al moreno. No podía creer lo mucho que había cambiado. Pero seguía reconociendo aquella mirada. Se sentó frente a él, casi dejándose caer. – Es un poco contradictorio. Parte de mí quería que te olvidaras de todo esto.

–No, nunca he podido olvidarlo, da igual a donde vayas, eso no sale de tu cabeza. –negó con un gesto suave, observando el café, oscuro y humeante en su taza. – ¿Es que crees que tiene algo que ver? Tamaki me dijo que había sido un accidente… en la bañera.

–Un accidente, sí... – dejó escapar una breve risa sarcástica. – Tenía pesadillas...con Arata. Hablé con ella hace poco, porque... un chico desapareció. Ella no quería hablar de eso, pero yo la presioné y... – se cubrió la cara con una mano, cansado. Se sentía culpable. Era su deber protegerla. – Debí prestarle más atención.

–No, ella no era tu responsabilidad. Además, ya no era una niña. No sé de qué hablas, Sazae. –suspiró ligeramente. Cogiendo un cigarro y dejando la cajetilla sobre la mesa antes de encenderlo. – ¿Qué te dijo? Cuando la presionaste… – dejó salir el humo a un lado. Observándolo atentamente.

– Sabes... que ella era la única que dependía de mí. – alzó la mirada, sonriendo amargamente. – Estaba embarazada, ¿lo sabías? Supongo que Tamaki te lo dijo. Había estado teniendo pesadillas pero... no, creo que me dijo que veía cosas. Yo preferí interpretarlo así. No quería que se preocupase. Me dijo que veía a su bebé quemado en el horno del pan. A Arata sacando a su hijo de entre sus piernas para meterse él. Yo creí que era por el estrés, la culpa, pero...no lo sé. Algo se siente raro.

–Sólo estás nervioso. Es normal que tuviese pesadillas. No ganas nada sacando las cosas de quicio de este modo. – se levantó a buscar algo donde dejar la ceniza y se sentó de nuevo. Tapándose la boca para bostezar y recostándose hacia atrás en el sofá, observándolo con cara de estar cansado. –No me digas que piensas que el fantasma de Arata ha vuelto para vengarse… quince años después. Pues sí que se lo ha tomado con calma. No debía estar tan cabreado entonces. – se llevó el cigarro a los labios de nuevo, rascándose el pecho.

– Ikemoto, no has cambiado en nada...– protestó, pensando que todo se lo tomaba a las bromas. –Tú no la viste. ¿Te parece normal que desaparezca un chico de esa manera? Sin dejar rastro. Y luego Ayame...

–Me parece que a lo mejor se piró de este pueblo porque le parecía una mierda, sólo porque lo vieran en el bosque… a diez minutos del instituto, y sin tener ni idea de donde desapareció Arata… no puedes llegar a la conclusión de que sucedió lo mismo. – alzó una mano como diciéndole que aceptase su razonamiento. –Eres un cabeza dura.

– Tú también. ¿Acaso crees que un chico se va a ir del pueblo en el medio de su propia fiesta, sin llevar maletas... a pie? Olvidas que era mi alumno, no era esa clase de chico. No lo veo escapando de casa.

El moreno se puso las manos en la cara, frotándosela con el cigarro entre dos dedos y suspirando después con fuerza. –Mira… tal vez debería quedarme aquí unos días.

– Me sentiría mejor si lo hicieras. Puedes quedarte aquí... – suspiró, proponiéndoselo sutilmente.

–No, si ya pensaba…– torció una ligera sonrisa y se rascó una oreja. –También barajé hospedarme en el Hylton, pero… ya sabes, en este pueblo nunca hay habitaciones libres.

– Ikemoto... – Sazae le lanzó un almohadón desde su silla, sonriendo sinceramente. – Te extrañé.

–No me lo demuestres con tanto cariño…– se quejó, ya que había recibido el almohadazo en la cabeza. – ¿Y qué hay de tu vida? ¿Luego vendrá la señora Koyanagi? –apretó el almohadón con la mano y lo lanzó al sofá.

– No estoy casado... – suspiró, recostándose de nuevo. – ¿Qué me dices tú? ¿Alguna novia, esposa o semejante?

Sonrió un poco, apagando el cigarro y cruzando los brazos bajo el pecho. –Hasta hace unas semanas tenía algo parecido a una novia con la que vivía, pero… creo que las mujeres son como las plantas… como no hacen ruido no las riegas… –se rió entre dientes. –Y se buscó a otro jardinero… que la fertilizase.

– Siempre tan romántico, Ikemoto. – negó el profesor con la cabeza. No, no había cambiado en nada. – ¿Y el trabajo? ¿Cómo te ha ido?

–Bien… como no tengo que estar presente, me va bien. Escribo artículos, algún libro… viajo mucho. –se encogió de hombros, cogiendo otro cigarro y encendiéndolo. –Trabajo para una revista cultural. Y tú… profesor. Así que al final cumpliste tu sueño de serlo, pensé que te llegaría la cordura antes de eso.

– ¿La cordura? ¿Qué tiene de malo ser profesor? Me gusta enseñar a los chicos cosas nuevas y... ¿Has escrito un libro? ¿Por qué no me lo enviaste? – frunció el ceño, molesto consigo mismo por no haberse enterado.

–En realidad son dos… y no lo sé. Pensaba que ya no te acordarías de mí. Han pasado siglos desde la última vez que hablamos. Aunque ahora no se nota. ¿No crees? Y odio a los críos. Los odio…

– Los odias porque sigues siendo uno... –se rió, poniéndose de pie para darle con el puño en la cabeza, apenas un toquecito. – Idiota, tú eres el que se olvidó de mí.

–No…– le sujetó la muñeca de la mano con la que le había pegado. Apretándosela con fuerza y pegándole con el puño en el pecho, flojito también. –Enano…– le dijo, aunque ya no lo era, para nada.

– Pesado... – le apartó la mano, riéndose sin creerse que realmente estuviera allí. – Me debes un libro autografiado.

–Está bien, la verdad es que tengo uno en la bolsa. Lo traje por si te veía. Luego te lo doy. Ahora me pesa el culo para levantarme. No sabes lo que es un viaje en avión, reenganchado con uno en taxi y otro en autobús… estoy hecho polvo…– trató de sujetarle la muñeca de nuevo, sin conseguirlo, porque se apartó antes. –Ven aquí, capullo.

– ¿Qué quieres? – se rió, ocultando las manos, sintiéndose como si no hubiera pasado el tiempo. – No seas idiota, tengo que preparar tu cuarto. Que no tiene sábanas.

–Ya te ayudo…– se fue a levantar y le sujetó el brazo de improvisto. Tirándolo al sofá sobre él. – ¡Ja!... mira que eres inocente…

– ¡Ikemoto! – luchó un poco, rindiéndose finalmente. Nunca había podido vencerlo en esos juegos. – Crece un poco, necio.

–Ya he crecido. ¿Ves? Hasta me he dejado perillita…– le rascó la cara con la quijada, molestándolo. –Mira… si Sa-chan se afeita el bigotillo…– le tocó el labio, sonriendo. – ¿Dónde más te han salido pelillos? –miró abajo, amenazando con echar un vistazo bajo su pantalón.

– ¡Eh! No seas infantil. – le sujetó la mano, riéndose, pero rojo. Sintiéndose agitado de pronto, recordando algo que creía muy lejano.

–Pero si a ti te gustan los niños… –se rió. Dejando de molestarlo ahora que ya lo había puesto completamente de buen humor. Ayudándolo a levantarse y cogiendo su bolsa de viaje. –Hagamos la cama, aunque posiblemente vamos a pasarnos la noche charlando y no creo que la use. – sonrió, esperando a que subiese delante a pesar de que esa había sido la casa de los padres de Sazae en vida y la conocía perfectamente.

– Hará frío de noche, estemos conversando o no. Idiota. – murmuró, aún rojo y serio, caminando delante de él y abriendo la puerta de la habitación vacía, sacando las sábanas del armario. – Siento como si no hubiera pasado el tiempo.

–Yo también. Es agradable…– lo ayudó a poner las sábanas, observando el cuarto y luego al chico. –Tu cuarto…– susurró recordando, apenas había cambiado mucho desde que él se fuese del pueblo a los dieciocho. – ¿Te has pasado para el de tus padres?

–Sí, es más grande. Y era un poco extraño tenerlo desocupado. –le aclaró, dejándose caer sobre su antigua cama. – No está tan mal, ¿verdad?

– ¿La cama? – preguntó. Acostándose a su lado y mirando al techo. –Está como siempre…– le dijo, refiriéndose al cuarto. –Es extrañamente agradable.

– La casa, todo. – sonrió, cruzando los brazos detrás de su cabeza y observándolo por un momento. – Te ves bien. Estaba esperando ver al mismo chico de dieciocho.

–Sí, yo también esperaba ver a un crío de dieciséis. – se giró en la cama para verlo bien. –Pero aquí estamos… ya han pasado los años y este pueblo sigue igual. Como tu corte de cabello… – se rió, burlándose un poco. –Supongo que el barbero tampoco ha cambiado.

– Pero a mí me gusta mi corte de cabello. ¿Para qué lo cambiaría? – se tocó la parte de atrás de la cabeza, sintiéndose como un pueblerino, y empujándolo de pronto para que dejase de molestarlo. –Sólo ha cambiado tu apariencia.

–Bueno, bueno… eso dices tú porque es lo que deseas. –se rió, recostándose de nuevo por el empujón que le había dado. –Durante el viaje estuve pensando mucho en ti. Te imaginaba casado y tal vez con algún hijo, pero la verdad es que no quería que lo estuvieras.

– ¿No? ¿Por qué no? – le preguntó, girándose boca abajo y cerrando los ojos. Ayame le preguntaba que si se sentía solo, e Ikemoto le decía que no lo quería casado.

–No lo sé, supongo que deseaba que nada hubiera cambiado entre nosotros, ya sabes. Tú y yo siempre hemos estado juntos. Y yo no creo que me case nunca de todos modos… –se rió, observándolo de soslayo y pegándole una nalgada. – ¿Me estás prestando atención? –le preguntó reído.

– Claro que sí... – lo miró sin levantarse. Siempre había sido un atrevido. – Nada ha cambiado, no para mí. Pero no sé por qué no te casarías. ¿No te has enamorado? ¿No quieres estar con alguien?

–No quiero atarme a nadie, me gusta viajar y dedicarme a mi trabajo. A las tías no les gusta mucho eso. Prefieren algo más estable, ya sabes. Un marido que se corte el cabello y no se alimente de pizza recalentada…– se giró boca abajo también y lo miró a los ojos. –Pierdo el interés fácilmente de todos modos. Pero sí, alguna vez me he enamorado. ¿Y tú?

– Una vez... hace mucho tiempo. Tal vez. –sonrió, dándole con un dedo en la cintura. –Historia antigua. ¿De quien crees que me voy a enamorar aquí?

–No lo sé, porque ni siquiera puedes acosar estudiantes…– se rió, pensando que estaba como una cabra por quedarse allí. – ¿Y te parece bien eso? Oye… déjame que te pregunte algo…– se rió antes de hacerlo ya, previniendo. – ¿Eres virgen?

– ¡No preguntes eso! Necio... – lo empujó de nuevo, quitándole la mirada, completamente rojo. – Me parece que eres un cotilla. No necesito esas cosas. ¡Y me refiero al matrimonio!

–Eres virgen…– se rió, poniéndole un cojín en la cara para que no viese la gracia que le hacía. – Oh, Dios… tienes que salir de aquí.

– No, tú tienes que salir de aquí. Dios... – le contestó una vez se hubo quitado el cojín de la cara. – Déjame, no es importante si lo soy o no.

–Claro que sí, se te van a caducar…Ah…– se tapó la cara con las manos, apartándolas de nuevo. –Hacía tiempo que no me reía tanto.

– Pues ríete solo... – se puso de pie, alejándose, con el ceño fruncido. – Seguro que te acuestas con una diferente todas las noches, pero eso da igual, ¿no? Es el mismo resultado.

Ikemoto lo observó desde la cama con una sonrisa dibujada en los labios de todos modos. –No puedes irte sin darme una manta por si tengo frío…– se levantó para hablarle. –Y no, ya te dije que vivía con una tía. Y no le era infiel, simplemente no le dedicaba la atención necesaria.

– Pues es igual vivir con alguien a quien no le prestas atención. Para eso, prefiero vivir solo. Y ya te das suficiente calor tú mismo. – se detuvo, preguntándose qué estaba haciendo. Hacía años que no lo veía y seguramente no volvería a verlo una vez que se fuera. –Ya te doy una manta si dejas de hacerte el gracioso.

El moreno lo observó un poco serio. Preguntándose qué pasaba con él, y si iba en serio con eso de estar enfadado. –Oye… no quería molestarte, es sólo que pensé que las cosas no habían cambiado.

– No han cambiado, es sólo que estoy cansado. Lo siento... – lo miró, sonriendo un poco. – No quería ponerme así.

–Ya, lo siento. Compréndeme, yo hacía mucho tiempo que había perdido el contacto con ella y… estoy contento de verte. – le sujetó un brazo, mirándolo a los ojos. – ¿Dormimos juntos?–se rió, preguntándose si creería que era una niñería.

Sazae lo miró a los ojos, suspirando. No podía negarse así. Asintió, bajando la cabeza. – No, perdóname, sigo siendo un crío. Sólo que ahora soy un adulto y algunas cosas me afectan más. Olvídalo... – enrojeció, sintiendo que revelaba demasiado y soltándose. – Voy a traer la manta.

Ikemoto se quedó donde estaba, mirándolo salir del cuarto y suspirando con fuerza, cogiendo su bolsa del suelo y colgándosela al hombro. Sintiendo la tentación de huir de allí. La dejó en el suelo de nuevo, y se apoyó contra la pared. –Sazae… ¿Para qué quiero una manta si voy a dormir en tu cama? –le preguntó. Siguiéndolo con la mirada sin moverse de donde estaba apoyado.

– Pensé que dormiríamos en mi antigua habitación. No lo sé... – se quedó allí, de pie con una manta entre los brazos. Simplemente le había parecido lo natural. – Supongo que regresé al pasado por un momento.

–Sí, hagamos eso…– lo miró, sujetando la manta y colocándola sobre la cama. No estaba por decirle que esa cama era muy pequeña para dos hombres adultos. No con lo afectado que se veía por cada cosa que le decía. Tal vez… a veces, para algunas personas cierto momento de sus vidas es casi irrelevante, mientras que para otras no. Acercó su bolsa y la dejó a un lado de la cama. Quitándose los jeans y mirándolo. – ¿Por qué no coges el libro de mi bolsa? Es el que tiene una selva en la portada…

–Sí, ¿de qué trata? – le preguntó, buscando en la misma y sacando el libro, intentando relajarse un poco. – Sigues tan desorganizado como siempre. – se quedó mirando el libro como si fuera un tesoro. No podía creer que lo hubiese escrito Ikemoto.

–Es una mezcla entre realidad histórica y ficción. –se sentó en la cama y cogió un cigarro de los jeans en el suelo. –Cuenta la historia de un guerrero de una tribu que ya ha desaparecido. No creo que sea muy bueno, pero… me sirvió para sentirme bien escribiéndolo. –dejó salir el humo de entre sus labios. Echando la ceniza en un platito metálico.

– Yo creo que será genial. Siempre haces lo mismo. – se sentó a su lado, aún revisando el libro por encima. – Siempre lo hiciste. Hacías cosas extraordinarias y luego actuabas como si no tuvieras ningún talento.

–Oye… será porque yo no se lo veía, tal vez tengo alma de crítico. –sonrió ligeramente. Quitándose las gafas de sol del cuello de la camiseta y poniéndolas sobre la mesita. Observándolo fijamente, como si repasase su rostro en busca de lo que realmente había cambiado. Metió la mano en el bolsillo de los jeans y sacó su cartera. Mostrándole una foto que les había tomado la madre de Ayame cuando eran pequeños, y aún estaban los cuatro.

Sazae la observó, sonriendo un poco y sintiendo que le temblaba el labio inferior, echándose a llorar sin poder evitarlo. Se cubrió el rostro, negando con la cabeza. – Lo siento, soy un idiota. No debería ponerme así...

–Eh…– lo sujetó por los hombros, quitándole las cosas de las manos y abrazándolo contra sí. –Vale, no eres un idiota.

– Lo siento. Es sólo que quisiera cambiarlo todo. A veces... – se abrazó a él, sollozando aún, dejándose ir como no lo había hecho en años. – A veces no sé si puedo seguir soportándolo.

–Sólo quedamos nosotros… y yo no dejaré que te pase nada. –le acarició el cabello con una mano, suspirando levemente. – ¿Confías en mí?

Sazae asintió, hablando con un hilillo de voz. – Siempre lo hice, desde pequeños. Creí que te cansarías de que fuera una carga. – sonrió ligeramente sin separarse de él.

–Oye… había pensado quedarme aquí una temporada. ¿Te importa que me quede en tu casa hasta que encuentre algo? –le acarició la mejilla, alzándole la cara para que lo mirase. –No has cambiado nada.

– ¿Te quedarás? Creí que sólo sería por unos días. – se limpió los ojos, sonriendo un poco. – He cambiado mucho, pero puedes quedarte. Tienes que quedarte conmigo o no te lo perdonaría.

–Pronto querrás pegarme la patada… porque sigo siendo igual de desorganizado y de guarro. – se rió. Frotándole un brazo y rodeándolo de nuevo. –Quedarme un tiempo estará bien. Es un sitio tranquilo para escribir… – aflojó el abrazo por si quería separarse, y se tapó la cara para bostezar otra vez. –Me gustaría echar un vistazo al instituto, ya sabes… quisiera ver nuestra clase y eso. ¿Tendrás un rato libre? El recreo o algo así…

– Por supuesto, soy un profesor, no el encargado de todas las clases. – se rió, mucho más tranquilo ahora. – Y... no sería una mala idea presentarles un escritor profesional a mis alumnos. Podrías hablarles de muchas cosas.

–Prefiero la muerte, pero supongo que te lo debo. Como me toquen los cojones los mato… – le advirtió. –Ya podía ser un colegio femenino.

– Ya podía ser el colegio en el que dimos clases nosotros, idiota. No querría irme a ningún otro. Y son buenos chicos, así que no les digas guarradas. –le advirtió, separándose un poco. – Sólo quiero que vean que hay muchas posibilidades.

– ¿Guarradas? Tienen dieciocho años, por favor. Los chicos, en los tiempos que corren, con dieciocho ya han hecho mucho más que tú y yo juntos. Sumados. –concretó después. Alzando una ceja.

– No me refiero a eso, Ikemoto... – le dio con suavidad en la cabeza, riéndose y girándose luego. – Voy a beber un poco de agua y subo enseguida. Si quieres acuéstate ya.

–Vale… ponte tu pijamita cute para seducirme…– le dijo por jugar. – ¿Te importa que me tome una ducha? Estoy un poco sudado del viaje.

– No, puedes hacer lo que quieras. Estás en tu casa. – le sonrió, ignorando lo del pijamita por no tener que lanzarle algo de nuevo. Salió de la habitación, bajando las escaleras y dirigiéndose a la cocina. A pesar de su apariencia, se sentía demasiado alterado. No podría dormir sin un calmante por lo menos.

.....


Al cabo de un rato el moreno salía de la ducha. No le había tomado ni diez minutos, porque no le gustaba mucho estar bajo el agua caliente. Lo observó, notando que leía su libro. –No deberías leerlo delante de mí, estaré observando tu cara a ver qué opinas. – Levantó las sábanas, metiéndose al otro lado, sólo con la ropa interior. –Dios, no hay sitio… – se quejó mientras se acomodaba. –Mueve… –le pidió, quitándole el libro.

– Ah, déjame en paz. ¿Por qué siempre tienes que ser tan...? No tengo la culpa de que hayas crecido tanto. – se movió, haciéndole espacio y pensando en que sí deberían haberse quedado en su habitación. Pero ahora ya no podía decirle aquello.

– ¿No? –sonrió. –Me parece que mañana uno de los dos habrá amanecido en el suelo.

– Y seré yo seguramente. – se deslizó hacia abajo, cerrando los ojos. – ¿No estás cansado, Ikemoto?

–Mucho, estoy agotado, la verdad. –se giró de lado porque no tenía espacio con la postura de momia que el otro ponía siempre para dormir. –Oye, ponte de lado o te daré una patada… ocupas mucho.

– Dios, si estás cansado, duerme. – se giró de todas maneras, dándole la espalda y sonriendo un poco. – ¿No querías que durmiéramos juntos? Pues no te quejes...

–Calla, coño… yo te pregunté si tú querías, no te dije que yo quisiera. –esbozó una sonrisa maldita, aunque ya tenía los ojos cerrados y le apoyó la mano en el brazo, sujetándolo para que no fuera a largarse con uno de sus arrebatos. –Sh…

– Idiota... Mira lo que me haces decir. – le riñó, enrojeciendo avergonzado de que aquellas palabras tan infantiles hubiesen salido de su boca.

–Idiota está bien… los profesores no deberían de hablar como camioneros. – le soltó el brazo y escondió la mano bajo la almohada tras girarse de espaldas. –Y no me empujes con el culo cuando empieces a adoptar posturas de cochinilla… que te conozco.

– Tú sólo duerme, por Dios. No sé para qué accedí. No has crecido nada, sólo de tamaño. – se giró, dándole una palmadita en el brazo, riéndose un poco para sí mismo.

–Si es que no paras…– se rió. Girándose y rodeándolo con un brazo sobre los suyos. –Duerme… así, con camisa de fuerza…– le dijo, en realidad abrazándolo por si se sentía mal, pero tratando de no herir su orgullo masculino.

– Idiota... – sonrió Sazae, haciendo apenas un amago de lucha antes de quedarse quieto. Realmente estaba feliz de verlo de nuevo.


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