Capítulo7
Let the Past be the Past
Sazae se rascó la nuca, observando el local desde el otro
lado de la calle. No podía seguir dudando, tenía que
hablar con ella. Cruzó, empujando la puerta de la panadería
y escuchando el acostumbrado “Bienvenido”, pero la voz
cambió un poco al ver su rostro. – Ayame... ¿Cómo
has estado?
–Bien…– casi susurró, dirigiéndose
a la cocina donde estaban los hornos. – ¿Qué
querías? ¿Una barra como siempre? –preguntó,
tratando de que no le hablase de aquello y se fuese cuanto antes.
Sólo quería olvidarlo. Pero desde la desaparición
de ese chico hacía tres semanas, todo parecía haberse
reactivado en su mente, los recuerdos. La gente había vuelto
a hablar de la desaparición de Arata.
– No, no vine a por pan hoy. – la siguió, notando
lo que intentaba hacer. – Ayame, tenemos que hablar. Esto
no es normal. Sabes que ese chico no desapareció simplemente.
– ¡No! No lo sabes. Sólo estás haciendo
suposiciones… yo… sólo quiero seguir con mi vida.
Tú haz lo mismo. – lo miró a los ojos, limpiándose
la mejilla de harina.
–No puedo. – la sujetó por los hombros con suavidad.
– Es demasiada coincidencia. Lo sabes... que no he dejado
de pensar en Arata ni un solo día. Tú tampoco, puedo
verlo. Siempre evitamos mirarnos a los ojos por mucho tiempo, ¿no
es así?
La chica efectivamente había desviado la mirada a un lado,
y apoyó una mano sobre la suya para apartarlo de ella. –
¿Qué quieres que haga? No quiero hablar de eso, sólo
éramos unos niños, por Dios… –comenzó
a colocar las barras de pan que había traído de la
cocina sobre las estanterías. –Déjame, por favor…
– ¿Y si sucede de nuevo? No puedo dejarlo. No puedo
dejar de pensar que tal vez es culpa nuestra. – el moreno
se llevó una mano a la cabeza, agobiado. – Pensé
que sólo tendría que vivir con esto, fingir. Pero
ahora, no sé qué hacer. Tal vez debamos llamar a Ikemoto.
– ¿Para qué? Él se fue, ¿Es
que no te das cuenta? Ha sido mucho más inteligente que nosotros,
se fue bien lejos… Seguro que ni siquiera se acuerda de nosotros.
Han pasado muchos años ¿sabes? No es lo mismo para
alguien que no está aquí encerrado. Viendo a esa mujer
comprar el pan cada mañana… – le sujetó
los brazos con las manos temblorosas. –A veces me pide que
le cuente como jugábamos… ¿Comprendes?
Sazae asintió, mirándola igual de afectado. –
Era su orgullo... – asintió, colocando una de sus manos
sobre la de la mujer. – Tienes razón, no puedo hacerle
eso. No puedo traerlo de vuelta. Tienes razón.
Ayame se aproximó a él, apoyando las manos en su
pecho y llorando calladamente. –No lo soporto…
– Lo sé. – Sazae la apretó contra él,
luchando contra sus propios deseos de llorar. – Tal vez todo
esto ha sido un accidente. Tal vez encuentren a ese chico. –
la consoló contra toda lógica. Ya habían pasado
semanas. No tenía sentido. – Arata... Arata nos perdonará,
estoy seguro. ¿Recuerdas? Era el más fuerte de todos
nosotros. – “Él no nos hubiera abandonado”
finalizó en su mente, incapaz de decirle a Ayame lo que realmente
estaba pensando.
–Sí, él era nuestro héroe…–
se rió, aunque seguía llorando, acariciándose
la cara contra el pecho de Sazae. –Se… se reiría
de que hubiésemos salido corriendo. – se apartó
un poco, apoyándole la mano en el pecho antes de alejarse
a buscar un pañuelo para secarse la cara. –Algún
día lo superaremos… –sonrió un poco y
lo miró a los ojos. –Voy a tener un hijo, ¿Sabes?
– ¿De verdad? – sonrió el moreno, intentando
sobreponerse por su bien. – ¿Una Ayame-chan? ¿O
es un chico? Dios, felicidades. – la abrazó de nuevo,
volviendo a separarla de sí para mirarla. – Lo siento,
no debí venir con mis histerismos. Siempre he sido un histérico,
lo sabes. ¿Ya se lo dijiste?
–Sí…– sonrió y se secó
la cara de nuevo. –Aún… no sabemos lo que es.
Quisiera que fuera un niño…– volvió a
colocar las hogazas de pan en las estanterías y negó
con la cabeza. –Pero me he puesto un poco nerviosa últimamente,
el doctor me ha dado algo para que me tranquilice. Tengo…
tengo pesadillas e… imagino cosas…– una risa nerviosa
salió de sus labios.
– Seguro... seguro es por todo esto. Y el embarazo. Debes
sentirte estresada. Y yo vengo con mis líos. No pienses más
en eso. No... No me hagas caso. – sacudió la cabeza
como quitándole importancia. – Es hora de que dejemos
de culparnos. Ikemoto siguió con su vida. Nosotros debemos
hacer lo mismo. Sobre todo tú.
–Sí, ¿Verdad? Sí… es lo que yo
digo. –quiso auto convencerse. –Voy a tener un hijo,
yo… tengo que pensar sólo en él y… dejar
de tener esos pensamientos horribles. De imaginarlo metido en el
horno del pan… a mi bebé, quemado…– tembló
un poco y se rodeó los brazos. –De imaginar a Arata
muerto, arrebatándome a mi bebé de entre las piernas
y metiéndose en mi vientre… Sazae… yo…–
se apoyó con una mano en la estantería. –Estoy
mareada…
Sazae la sostuvo, pegándola a su cuerpo y llevándola
hasta una silla para que se sentara. – Déjame traerte
un vaso de agua, no te muevas. – fue hasta el grifo, sirviéndole
un poco de agua tibia y llevándoselo. – No debes pensar
esas cosas. Yo también he tenido pesadillas, pero... sólo
son eso. Tú eres la que menos debería sentirse culpable.
Ni siquiera estabas allí abajo. Arata jamás te haría
daño, Ayame.
–Gracias…– la chica apenas susurró, bebiendo
un poco y apoyándose la mano en el vientre. Estaba muy blanca.
–El doctor me ha dicho que a veces es normal tener pesadillas,
o miedo a perder el bebé…– sonrió un poco
y lo rodeó por el cuello. –Busca a alguien. Estás
muy solo, Sazae, no puedes seguir solo siempre…
– No te preocupes por mí. – le sonrió,
acariciando uno de sus brazos. – Estoy bien. Tengo suficiente
con mis alumnos.
Ayame sonrió, eso era imposible. Pero lo comprendía,
sabía muy bien lo difícil que era tener un secreto
así, que marcaría toda su vida… incluso con
la persona a la que más amaba. Apoyó la mano en su
rostro y lo acarició. – ¿Sabes? Yo estaba enamorada
de ti. –se rió porque ya no se sentía así,
claro.
– No digas tonterías... Sólo te metes conmigo.
– se rió, enrojeciendo un poco. – Todos se metían
conmigo. Se lo diré a tu marido.
Le sacó la lengua para jugar con él. –Ya se
lo he dicho, bobo. Le da igual, ya no tengo nueve años. –se
rió, levantándose despacio. –Ya me encuentro
mejor, y se me va a quemar el pan. Lo siento… si alguna vez
quieres venir a casa, a hablar de otra cosa… – sonrió
levemente, invitándolo ya que no quería que estuviese
tan solo.
–Sí, llevaré un regalo para el bebé.
– asintió, sonriendo también y poniéndose
de pie. – Ayame... cuídate. Y... no me arregles una
cita a ciegas o algo así. – bromeó para quitarle
gravedad a la situación. No se merecía aquello.
–No, ya sé que… bueno. – sonrió,
e hizo un gesto con la mano para que la disculpase, riéndose
suavemente. –Lo sé…
– Hasta mañana. – se despidió el profesor,
saliendo de allí, sintiéndose más tranquilo
a pesar de todo. Tal vez era él quien no dejaba descansar
al pasado. Por lo menos podía liberarla a ella.

Continua leyendo!
|