Capítulo
4
Wrapped up in books
El timbre de la casa del profesor sonó a las diez y diez
de la noche. Senzo esperaba en la entrada con las manos en los bolsillos.
Sazae se asomó por la ventana, sorprendido de que alguien
lo visitase a esa hora, pero aún más sorprendido al
ver que era aquel chico. – Hasegawa-kun. – lo llamó
mientras abría la puerta. – ¿Qué hace
aquí?
–Vine a ver si cambiaba de opinión…porque todavía
hay tiempo. –lo miró a los ojos con cara de “no
me riñas.”
– Hasegawa-kun... – suspiró el profesor, rascándose
la cabeza con un gesto cansado, quitándose las gafas para
acariciarse el puente de la nariz. – Ya te dije que no voy
a cambiar de opinión por más horas que pasen. Entra.
–Vale… –pasó al interior y miró
a su alrededor. Estaba todo recogido y limpio. Tal y como lo había
imaginado. Sonrió ligeramente, pensando que tampoco estaba
tan mal aquello. Le daban ganas de preguntarle si no le preocupaba
más que lo viesen dejando entrar a un estudiante en su casa
por la noche, pero no era tan idiota como para mencionarlo. –
¿Me puedo sentar? –preguntó, apoyando un dedo
en el sofá y predisponiéndolo a que lo dejara quedarse
un rato.
– Por supuesto, ¿quieres un poco de té? –
le ofreció, limpiando las gafas descuidadamente en su jersey
negro. – Tus padres se preocuparán.
–No, ya les dije que venía a su casa, me dijeron
que no lo molestase. – suspiró levemente, pensando
que no lo comprendían. –Y sí, quiero té,
gracias. ¿Molesto?
– No, no molestas. – sonrió, poniendo la tetera
a funcionar. – A mí me agrada conversar contigo, aunque
hayas venido sólo para insistir. Con esa tenacidad, sin duda
llegarás lejos.
–Vine un poco por eso, y otro poco porque me aburro mucho
y quería verlo. –se giró para observarlo en
la cocina. Arrodillándose en el cojín del sillón.
–Ya sabía que se negaría de nuevo de todos modos.
¿Usted escribe alguna vez? Poesía…
– Sí, un poco. Y algunos cuentos cortos. Pero sólo
es una afición, no soy lo suficientemente bueno. Preferiría
saber si tú escribes algo, aparte de los ensayos que os obligo
a presentar, claro. – se rió, consciente de lo mucho
que “amaban” esos ensayos los chicos.
–A veces, pero son una mierda, me dan mucha vergüenza.
–se sentó mejor en el sillón y comenzó
a jugar con su flequillo. – ¿Cómo era esto cuando
usted tenía mi edad? ¿Igual?
– No debe darte vergüenza, me gustaría leerlas.
– le animó, sonriendo un poco. – No era muy distinto,
los pueblos pequeños tienen cierta constancia. No suelen
cambiar mucho. A veces es una maldición, pero también...
puede ser muy agradable.
–Yo me quiero ir, odio esto. – se guardó las
manos en los bolsillos, hundiéndose en el asiento. –Y
esto me odia a mí.
– ¿Sabes? Hubo una época en la que yo también
me quería ir. Pero no lo sé... supongo que me terminó
conquistando este pueblo. – sonrió con un aire de tristeza.
Suspirando, como sacudiéndose los recuerdos de encima. –
Pero creo que debes hacer lo que sientes que es mejor para ti. Eres
un chico inteligente y emprendedor. Seguramente podrás entrar
en cualquier universidad.
–Tengo buenas notas, mis padres me dejan irme a cambio de
eso. Aquí no hago nada, todos creen que soy un raro. Y no
es así, es que ellos son unos atrasados…– lo
miró a los ojos y suspiró sacando un poco los morros.
–Creo que se olvida del té…
– ¡Oh! Lo siento. – se rió, poniéndose
de pie para ir a servirle el té y sirviéndose una
taza de café también. – Toma. Y no son unos
atrasados, es sólo que no han sido educados así. Sus
padres son conservadores. Yo mismo no soy muy moderno, pero puedo
comprenderlo... que las cosas cambian. – se sentó frente
a él de nuevo. – Te diré algo. Estoy seguro
de que cuando esos chicos salgan de aquí y vayan a la universidad,
cambiará su manera de ver el mundo.
–Me da igual, de todos modos no me interesan, son memos.
–cogió la taza y la giró un poco entre las manos.
– ¿Usted cree que soy raro?
– No, yo creo que eres diferente. Y creo que es algo bueno.
Todos los artistas son considerados raros hasta que alcanzan cierta
fama, ¿no lo has notado?
–Sí, pero es que la mayoría de los genios
tenían algún desequilibrio. – se rió,
bebiendo un poco de té. – ¿Cree que soy guapo?
–le preguntó mirando a la taza y sonriendo un poco.
–Sí, eres un chico muy guapo. Y dije artistas, no
genios. Pero pensaba en genios. – se rió de nuevo,
bebiendo un poco de café.
–Es que no todos los artistas son raros, sabía que
pensaba en genios. Además la palabra artista es muy subjetiva.
Para algunos Britney lo es… –se echó atrás
contra el respaldo y sonrió.
– Hum... cierto, aunque no es lo mismo artista que celebridad.
–comentó pensativo. – ¿Ves? Es a lo que
me refiero, captas las cosas muy rápido.
–Será que soy de mente despierta. – se rió,
y no pudo evitar seguir con aquello. –Pero para algunas personas
es una artista, y no una celebridad. Porque canta, y ellos creen
que tiene talento. Las modelos, por ejemplo, sólo son celebridades…
– se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre
las rodillas. –Ojalá no pensase que soy un crío,
sensei.
– Pienso que eres un chico inteligente y maduro. Pero sigues
siendo un chico, Hasegawa-kun. No te apresures en crecer. Te falta
mucho por vivir.
–Sólo me lleva siete años… –el
moreno se rió. Cogiendo un cojín y apoyándolo
sobre sus piernas para abrazarlo. –También es un chico,
profesor. ¿O es que se considera un hombre?
– Soy un hombre, Hasegawa-kun. Y no sólo por la edad.
No seas irrespetuoso, por favor. – puso un gesto serio, razonando
que tal vez le estaba dando demasiada confianza a su alumno. No
le gustaba que se sintieran incómodos, pero a lo mejor aquella
barrera existía por una razón.
–Lo siento, no quería ser irrespetuoso…–
se miró las manos, jugando con un anillo y pensando que con
25 años no se era un hombre. Por más que vivieses
solo.
– Está bien, creo que exageré. – sonrió
de nuevo. Era un blando y más aún con ese chico. Estaba
muy solo. No necesitaba más rechazo. – Hasegawa-kun.
– se puso de pie, buscando en una estantería y sacando
un libro algo viejo de poesía del período romántico.
– Pensé que esto podría gustarte. Ten en cuenta
que no son buenos dando consejos.
El chico sonrió de nuevo y cogió el libro con cuidado.
–Gracias. – estaba escrito en inglés, pero eso
no era un problema para él. –De todos modos soy demasiado
inteligente para seguir esa clase de consejos… –lo abrió
con cuidado, olía a polvo, pero le encantaban los libros
antiguos. – ¿Cuál es su escritor preferido?
– Edgar Allan Poe. Lo sé, no lo parece, ¿verdad?
– se rió, meneando la cabeza. – Pero en cuanto
a poesía, me gusta Lord Byron. ¿Tienes algún
escritor favorito?
– Edgar Allan Poe. Se enamoró de la madre de uno
de sus compañeros de clase… –se rió y
lo miró fijamente. –Le gustaban maduras.
– Bien por él. – le dio en la cabeza con suavidad.
– Y Lord Byron se supone que tuvo una relación incestuosa
con su medio hermana. Pero yo ni siquiera tengo hermanas. Es mi
escritor favorito, no mi modelo a seguir en la vida.
–Lo sé, sólo quería molestar un poco.
– se rió, guardándose el libro en la bolsa que
llevaba al hombro. –A mí me gustan los tíos.
– Lo sé. – asintió, tocándole un
hombro. No era como que lo ocultase mucho. – Sé que
es difícil. Pero las cosas mejorarán.
–Ya, pero aún quedan muchos meses, menos mal que
tengo Internet…– se pasó las manos por las piernas,
tirando un poco del pantalón negro y bajando la mirada. –Ya
sabía que lo sabía, es que quería decirlo.
Sentía esa necesidad… ¿Lo entiende? Creo que
necesito que los demás asimilen que lo soy, yo ya lo tengo
asimilado. Pero no que piensen que soy un marica, como si fuera
un insulto o un chiste.
– Sí, lo comprendo. Yo no pienso que sea un insulto
ni un chiste. Es quien eres y no tiene nada de malo. Ya lo comprenderán.
Pero si tienes problemas, o necesitas hablar, sabes que puedes hacerlo
conmigo.
–No es muy fácil, porque usted parece que me tiene
miedo de alguna manera. – lo miró de soslayo, sin ninguna
malicia. Más bien como si le afectase. –Además…
– Además... – le instó a que siguiese,
observándolo preocupado.
–Yo necesito un amigo y usted no quiere serlo. Tiene miedo
de que le pierda respeto. Se va a enfadar ahora y me va a decir
que me vaya… – murmuro nervioso.
– No me voy a enfadar. ¿Por qué piensas que
soy un ogro? – le alborotó el cabello nuevamente. –
Quiero ser tu amigo, tanto como se pueda. Pero soy tu profesor,
tengo una tarea que cumplir. Y la considero una tarea importante.
Comprendes eso, ¿verdad?
–Sí, pero es una mierda…– se hundió
contra el respaldo y esbozó una sonrisa sin muchas ganas,
aunque sí que le había hecho gracia su propia conclusión.
– ¿Alguna vez se ha enamorado?
– ¿Qué si...? – se sonrojó, pensando
en la mejor manera de contestar a esa pregunta. – No, no lo
creo. Bueno, hubo alguien que me importaba mucho, pero fue hace
bastante tiempo ya. No creo que sintiéramos lo mismo.
– ¿Y no se siente solo? –lo miró a los
ojos y se giró un poco en el sofá para verlo bien.
–No tiene que darle vergüenza, enamorarse es normal…
incluso para los profesores. – bromeó.
– Eres un atrevido, Hasegawa-kun. –se rió asintiendo.
– A veces me siento solo, pero está bien. Tengo a mis
alumnos. Y algunos son un poco metejones.
–Auch… –el moreno se rió, sabía
que iba por él, claro. –Aunque los demás dicen
que usted debería cortarme, o todos pensarán que también
es marica… –lo miró por saber su reacción.
Sazae suspiró, frunciendo un poco el ceño. –No
me interesa, una cosa es mantener la apropiada distancia. Y otra,
promover la intolerancia. Hum... creo que debería hacer algo.
–Mejor no, no quiero que me odien aún más,
así es bastante difícil ya, hacer como que no me afecta…–
apartó la mirada, pensando que no lo había decepcionado
con su respuesta. – ¿Podríamos ir a leer poesía
al parque alguna vez? Como eso que me dijo en su oficina. Podríamos
hacerlo nosotros.
– En realidad pensaba introducir a los chicos a Walt Whitman
y cosas así. Era todo, no les voy a reñir porque no
hayan sido bien educados. Ese no es mi trabajo. – le sonrió,
tocándose el ceño para asegurarse de que no estuviera
haciendo ningún gesto amenazador. – Pero me gusta tu
idea. Y estoy seguro de que a los demás les agradará
salir del aula de clases.
–Claro, debí imaginar que sería algo constructivo…–
se rió y cruzó una pierna sobre la otra, apoyándose
el tobillo en la rodilla. Observó el reloj y suspiró
levemente. –Supongo que debería dejar de darle la paliza
por hoy…– se levantó, colocándose el pantalón
y mirándolo. –Aunque no tengo ganas de irme.
El profesor tomó una cazadora del perchero, rodeándole
los hombros. –Vamos, te acompañaré a casa. –
Podía comprenderlo. En un pueblo como ese, seguro que el
chico se sentía como un extraterrestre.
–Vale, gracias…– enrojeció un poco y
se dejó llevar, no tenía frío y mucho menos
ahora, pero la cazadora olía como suponía debía
oler el profesor. Le daban ganas de estrujarla contra sí,
pero se contuvo. –Si alguna vez regreso a este pueblo horrible
será para verlo, sensei.
– Espero que lo hagas entonces. A lo mejor incluso me firmas
un autógrafo. – sonrió, seguro de que el chico
triunfaría si se lo proponía.
–No creo, aunque me gustaría. –le dijo reído.
–Y usted también podría ir a visitarme, para
salir del pueblo. ¿Lo ha hecho alguna vez? Yo no…
–Sí, una vez fui a visitar a un amigo, y también
cuando era más joven. Pero sólo iba al próximo
pueblo a comprar libros. No era tan fácil conseguirlos aquí.
–Ya… yo todo me lo compro por Internet, y ya creo
que el cartero me tiene manía. – se rió y lo
miró atento. –Entonces un día me visitará
a mí, y ya no tendrá excusas para acompañarme
a ningún lado. Ya no seré su alumno.
– Pero yo siempre seré tu profesor. ¿O no?
– lo miró, pensando que era un necio. Seguramente para
entonces, ya se habría olvidado de él. – Yo
también lo hago por Internet ahora. En esos tiempos no era
tan accesible. Aún así... nada le gana a entrar en
una librería, tocar los libros, elegirlos espontáneamente....
–Sentir que te llama un libro en concreto… esos casi
nunca decepcionan. A mí me gusta mucho la literatura de ficción
y de terror… –le explicó pensativo. –Usted
siempre será mi profesor, las personas nunca olvidan a su
profesor preferido. ¿A que no?
– Eso creo. Gracias... Hasegawa-kun. – le sonrió,
conmovido por lo que acababa de decir. – Cuando termines con
el libro de poesía, te prestaré otros.
–Vale. –sonrió, sintiéndose bien, cosa
que no le ocurría a menudo. Se paró en la puerta de
su casa y suspiró con cara de tedio de nuevo. –Gracias,
me lo he pasado muy bien… desde hacía siglos.
– Me alegro, yo también me lo he pasado bien. Saluda
a tus padres de mi parte. – se despidió, ya que no
tenía muchas ganas de hablar con ellos y mantener una conversación
de adultos por más poco profesional que se viera.
–Yo también… –repitió el chico,
susurrando y observándolo marcharse, balanceándose
un poco y estrujando la cazadora antes de entrar en la casa. Lo
sentía mucho, pero iba a dormir enroscado en ella. Se sentía
tan feliz, que no quería ni mirar a sus padres para que no
le estropeasen la sensación.

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