Capitulo
2
A Love for the Arts
–Koyanagi-san…– el moreno le sujetó la
manga de la chaqueta del traje para detenerlo. – ¿Puedo
volver a casa con usted? –le preguntó, evitando chocarse
con la gente que salía del centro de estudios.
–Hasegawa-san... – el profesor le sonrió, pensando
que realmente debía sentirse muy solo para querer caminar
con él. – No veo por qué no. Si no te aburres...
–No…– se guardó las manos en los bolsillos
y lo miró de soslayo. – ¿Seguro que no puede
ser lo de esta noche?
– No, Hasegawa-kun. No ha dejado de ser inapropiado sólo
porque hayan pasado unas horas. – le sonrió de nuevo,
desviando el tema. – ¿Realmente te gusta tanto la poesía?
–Sí, pero me gustan más las obras de teatro…–
el moreno lo miró y suspiró un poco. –Nadie
lo sabrá, no se lo diré a nadie. Por favor…
– Lo sabrán. ¿Dónde crees que vivimos?
– se rió, alborotándole el cabello. –
¿Por qué no te inscribes en el club de teatro entonces?
–Porque cerró el año pasado. Era difícil
hacer algo entre tres…– suspiró con fuerza y
se pasó las manos por la nuca. –Van a hacer una fiesta
esta noche. Bueno, a pillarse una cogorza. Qué divertido…
¿Por qué es tan raro? Yo no puedo ir solo, y usted
me lleva porque es constructivo para mí.
–Sería aceptable si llevase a toda la clase, pero
es en un club nocturno. Tal vez si fuera de día, en un parque
o algo así... Es una pena lo del club de teatro.
– Koyanagi sensei… –se sujetó de su brazo
con las dos manos y suspiró. –No hay quien lo convenza…
–No, por supuesto que no. Por eso soy el profesor y tú
el alumno. – se rió, negando con la cabeza.
–Pues haré autostop y ojalá me secuestre un
viejo verde. –lo soltó de nuevo, y se adelantó
entre la gente. No estaba bromeando, claro. Si tan sólo pasasen
coches por allí.
– ¡Hasegawa-kun! ¡No diga eso! O iré a
traerlo a casa arrastrado... – le riñó el profesor,
frunciendo el ceño. ¿Por qué era tan necio
ese chico?
El estudiante se volteó un poco y le sacó la lengua.
–Me quiere…– le dijo, acercándose y dándole
un besito en la mejilla. Ahora sí, huyendo con un cosquilleo
en el estómago.
– Eres un chiquillo... – protestó, cubriéndose
la mejilla y sonriendo un poco.

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