Capítulo
1
Today, Tomorrow and for the rest of our Lifes
Una ráfaga de viento atravesó las copas de los árboles,
como un aviso silencioso, provocando que los cuatro niños
se estremecieran a la vez, aunque ninguno lo admitiría, cada
cual intentando parecer más valiente que el otro.
Sazae golpeó su linterna para que brillase con más
intensidad. Debería de haberle puesto pilas nuevas antes
de salir, pero siempre lo olvidaba. – ¿Quién
baja primero? – preguntó el niño de diez años,
con voz autoritaria, en realidad enmascarando su deseo de no ser
él.
–Echémoslo a suertes…– dijo el más
mayor, colocándose la mano tras la espalda para jugárselo
cuanto antes.
–Tú eres el mayor, no seas gallina… –Ikemoto
lo empujó un poco para que se adelantase. –Vamos, ¿O
es que estás cagado? –lo retó, forzando la situación
para no ser él quien entrase.
– ¡Esta bien! Yo lo haré… como si tuviese
miedo…– el chico se adelantó un poco entre los
árboles del instituto. Alzó la vista, a esas horas
de la noche tenía otro aspecto, un aspecto lúgubre.
Sólo rogaba porque todos aquellos cuentos que su hermano
mayor les había estado narrando fuesen una mentira.
Ikemoto lo siguió de cerca, alumbrando con su linterna
y sintiendo frío por el miedo que tenía. –Vamos.
–les dijo a los otros para que no se escaqueasen.
– Tengo miedo. – murmuró la única niña
del grupo, mirando un poco hacia atrás. Aún así,
le daba miedo regresar sola en esa oscuridad.
– No pasa nada, yo te protejo... – sonrió Sazae,
tomándola de la mano antes de bajar, continuando en su mente.
“E Ikemoto me protege a mí y Arata le protege a él...
Pero no va a pasar nada.”
– ¿Seguro que era por ahí? –el moreno
miró al mayor que seguía caminando entre los árboles
hasta llegar al almacén del patio.
–Sí. –susurró el chico, como si por
estar haciendo algo prohibido de pronto pudiesen escucharlos. Giró
la manilla y pasó al interior del almacén. –Aquí
hay una trampilla… –les explicó. –En algún
lado.
–Espero que no fuera otra mentira de tu hermano…–
protestó Ikemoto, dirigiendo la luz de su linterna hacia
el chico, e internamente deseando que sí lo hubiera sido
y no hubiese ninguna trampilla.
Sin embargo, allí estaba, cubierta de polvo y telarañas,
pero real de cualquier manera. Sazae se agachó, golpeando
su linterna de nuevo y casi pegando un salto cuando la niña
a su lado le gritó.
– ¡No me sueltes!
– Sh... No seas escandalosa. Luego me gritas si se apaga
la linterna también. – frunció el ceño
con cara de fastidio, demostrando así que él sí
era valiente, por supuesto. – Y ahora... ¿Entramos
ahí?
–No, ahora nos quedamos aquí y le sacamos brillo…–
se burló Ikemoto, pegándole flojo con su linterna
en la cabeza y distrayendo su propio miedo haciéndose el
chulito. –Entra, Arata.
– ¿Seguro?... Está muy oscuro, mejor nos vamos…–
el chico los miró asustado, pero Ikemoto abría la
trampilla y miraba adentro.
Se tapó la nariz y los observó. –Huele a muerto…–
les dijo, aunque no tenía ni idea de cómo olía
un muerto. Sólo olía a humedad y estaba muy oscuro.
– ¿Es que tenéis miedo? –les preguntó,
sonriendo y deseando un sí generalizado para hacerse de rogar
un poco y luego poder irse triunfal.
– Pues... si queréis voy yo primero. –se ofreció
el otro chico con voz temblorosa, no quería que pensaran
que era un gallina. Dio un paso adelante, aliviado cuando Arata
le detuvo.
– Yo no tengo miedo. – le aseguró, como diciendo
que no le iba a ganar un niño menor que él.
–Pues entra de una vez…– Ikemoto se hartó
por lo nervioso que estaba y se levantó, zarandeando una
mano para hacerlo entrar.
–Voy…– el chico sujetó la linterna entre
los dientes y comenzó a bajar por las escaleras escavadas
en tierra. –Hace frío aquí…– les
dijo mientras bajaba hacia el foso.
–Tú sigue bajando…– le dijo el mediano
sin atreverse aún a dar un paso.
– ¿Qué ves? – le preguntó Sazae,
alumbrando un poco con la linterna, aunque sólo se topaba
con tierra, nada interesante. – Arata... que te estoy hablando...
– Pues no se ve nada, espera... – desde abajo se escuchó
un sonido y un gritito, como de golpe.
– ¿Qué? ¿Qué ha sido eso? Arata…
¡Arata! – empezó a llamarlo la niña, espantándose.
– ¡Me he tropezado! ¡Bajad ya! – casi se
rió el niño ante tanto histerismo, Sazae resoplando
por la tontería. Él había dicho que no la llevasen.
Aunque la verdad, estaba molesto porque también lo había
asustado a él.
–Ya vamos…– Ikemoto suspiró, todo aquello
era una tontería. Él ya tenía doce años,
no era un bebé para estar asustado de un foso oscuro. Se
prendió la linterna en la cintura de los pantalones, y sujetó
sus manos al borde del foso. Mirando al menor. –No te vayas
a peer en mi cara mientras bajas, Sazae-chan…– se rió,
de nuevo buscando valor en distraerse.
–No digas tonterías, Ike-chan. – se rió
por llamarlo así, entregándole la linterna a la niña
antes de bajar. – No dejes de alumbrar que no me quiero romper
algo...
–No…– la chica se acuclilló en la entrada,
alumbrándolos, y rogando porque perdiesen el interés
antes de que le tocase a ella. Por otra parte, tampoco le emocionaba
la idea de quedarse allí sola.
–Arata…– Ikemoto lo llamó, ya que se
había quedado callado. Pero lo veía moverse, o al
menos esperaba que fuese él. Claro que era él…
– ¡Arata, ¿te has cagado ya?! –preguntó
reído, aunque el que estaba asustado era él.
De pronto se escuchó un alarido. Era Arata. Ikemoto sujetó
una de sus manos a la pierna de Sazae. – ¡No! ¡Sube!
¡Sube ya! ¡Déjame subir! –le gritó
mientras los alaridos no se detenían en el fondo del foso.
– ¡¿Qué?! ¡¿Qué
pasa?! –gritó la niña arriba, finalmente lanzando
la linterna abajo y echando a correr entre lágrimas.
– ¡Ayame! ¿Qué pasa? – Sazae empezó
a subir a las prisas, casi resbalando por un momento, pero Ikemoto
lo empujó hacia arriba. Salió de aquel agujero gateando,
buscando su linterna y maldiciendo a la niña por haberse
ido así. Le temblaban las manos violentamente. Seguramente
era una broma, eso, tenía que serlo.
Fuera como fuese, el moreno no lo dejó quedarse a pensar,
se arrastró gateando por el suelo, lívido del miedo.
Sujetando su mano, tiró de él, llevándolo a
toda prisa a través del patio. Ahora el bosque parecía
más cerrado, más angosto, y por algún motivo,
era como si todos los demás sonidos de la tierra se hubieran
silenciado. No sonaba el viento, ni los grillos, ni sus pasos, nada.
Sazae corría sin atreverse a mirar atrás, como si
algo terrible les estuviese persiguiendo, algo que mientras no se
voltease a verlo, no les atraparía. Apretaba la mano de Ikemoto
con fuerza, incluso sentía ganas de llorar por el miedo.
El chico tropezó con las ramas partidas, escuchó
un jadeo salir de sus labios, un grito mudo por el miedo. Se enderezó
de nuevo y siguió corriendo hacia la luz de las farolas al
final del sendero.
– ¡Espera, Ikemoto! – Sazae, que había
caído con él, se levantó también, siguiéndolo
aterrorizado por quedarse atrás. – ¡Espérame!
.....
–Ah... – el profesor se estremeció ligeramente
sobre su escritorio, despertando de aquella pesadilla y pasándose
una mano por los ojos. Detestaba soñar con aquello. Detestaba
sentirse así, asustado, como debía de haberse sentido
Arata al ser dejado atrás. Carraspeó, alisándose
el alborotado cabello y abriendo uno de los cajones para sacar una
botella de agua y un calmante. No quería que lo vieran sus
alumnos en ese estado, pero lamentablemente uno de ellos estaba
observándolo desde detrás de la silla.
– ¿Qué es eso? – le preguntó
refiriéndose a la pastilla. Riéndose después.
– O debería decir: buenos días, sensei. –se
sentó en la silla frente a él y juntó las manos
frente a su propio rostro. –Porfa… por favor…–
le dijo antes siquiera de pedirle lo que tenía en mente.
Olvidándose de la pastilla con rapidez.
– Hasegawa-kun. – le sonrió el profesor, poniéndose
las gafas y observándolo. – Eso era para el dolor de
cabeza. ¿Se te ofrece algo sin que tenga que leerte la mente?
–Eso sería increíble, pero me conformaré
con algo mucho más sencillo…– se movió
un poco en la silla, sonriendo. Su flequillo negro y violeta cubriéndole
parte de la cara sin que el chico hiciese nada por evitarlo. –Es
sobre… este…– se rió un poco, perdiendo
fuerzas conforme iba explicándose. Sabía que se iba
a negar. –Este recital de poesía. – Carraspeó
un poco. Mostrándole un flyer que le habían mandado
al e-mail y él había impreso.
–Ya, es interesante. – le contestó, observando
el flyer, un poco incómodo. Le agradaba el chico, y al menos
se interesaba por sus clases, pero nunca sabía qué
decirle. –Sin embargo sabes que no puedo. Tal vez deberías
invitar a uno de tus amigos. ¿No te parece más divertido
que ir con tu profesor?
Senzo suspiró con fuerza, echándose hacia atrás
en el asiento y mirándolo a los ojos. –No tengo amigos…
¿Por qué no? Ahora ya tengo dieciocho, los cumplí
ayer… y no lleva en la cara escrito que sea mi profesor. –
apoyó las manos en la mesa y la frente sobre ellas. –Por
favor…
– Pero soy tu profesor, no es apropiado. Sé que lo
comprendes, Hasegawa-kun. Eres un chico inteligente. – lo
miró a los ojos, deseando poder ayudarlo. – Si realmente
te interesa la poesía, tal vez conozcas a alguien allí.
–No puedo ir, no tengo coche, ni permiso, mis padres no
me llevan y usted tampoco… –se echó hacia atrás
de nuevo, dejándose escurrir por el asiento, aunque se le
subía la camiseta por el ombligo. Mirándolo fijamente.
–Me falta muy poco para traumatizarme, lo haré si no
me llevas… llévame… –le pidió serio,
ya que realmente le afectaba su negativa.
– No creo que debas traumatizarte por algo así. Aún
eres muy joven. A ver, dime, ¿qué dirían tus
padres de que vayas con un profesor? – se cruzó de
brazos, inclinándose hacia adelante sobre el escritorio.
–Que me corte el cabello y me haga un hombre. Es lo que
me dicen cuando les hablo de usted. Pero no comprenden nada. –miró
a un lado y se cruzó de brazos también. –Me
traumatizo…– insistió, mirándolo a los
ojos de nuevo. –Quiero ir, me muero aquí encerrado
con todos estos paletos, por favooor… seguro que usted también
odia esto… paletolandia.
– No digas eso. – le cortó de manera tajante.
– Los otros chicos son como tú, Hasegawa-kun. Tienen
tantos problemas, dificultades y posibilidades como tú. No
deberías ser así con ellos. –le riñó,
sacándose las gafas, pensativo. – No puedo ir en contra
de los deseos de tus padres.
–A ellos les da igual, les parecerá bien. Dirán
que tome ejemplo. – apoyó las manos en los reposabrazos,
sintiéndose reprendido y bajando un poco la mirada. –Son
todos unos idiotas. ¿Es que no ve de lo que hablan? De tele
y de tetas… o de deporte. Y yo odio todo eso.
– Vamos, no puede ser tan malo, estoy seguro de que hay otros
chicos como tú. – le tocó el hombro con una
mano, intentando animarlo. Podía comprenderlo, la verdad.
– Bien, mira... No es que no quiera llevarte. Me alegra mucho
que te interese la poesía, en serio. Pero no se vería
bien que salga de noche con uno de mis alumnos. Aunque fuese educativo.
El moreno empezó a dar pataditas en la pata de la mesa,
sintiendo la mirada borrosa y levantándose despacio. –Gracias,
iré a ver si me atropella un coche… ah no, si aquí
circulan a 20. – se pasó la muñequera por un
ojo y se fue del despacho, dejando escapar un resoplido mientras
entraba en el baño.
Sazae suspiró, realmente deseaba llevarlo. Sabía
cómo debía sentirse el chico. Pero también
sabía las consecuencias que aquello podría acarrear.
Tal vez no se lo pareciese, pero lo hacía por su bien.
.....
–Mierda…– susurró el chico al ver quienes
estaban en el baño. No comprendía por qué tenían
que estar siempre ahí.
Kenichi puso la pierna contra la puerta para impedirle el paso
e inclinó un poco la cabeza para mirarle a la cara. –Se
te está corriendo el rimel, Senzo…– se rió,
notando que estaba llorando. No era la gran novedad. – ¿Qué
pasó, se te rompió una uña?
–No, me dejó el novio… como no sé si
podré soportarlo, he venido a llorar en tu hombro. –
el chico le apoyó la mano en la pierna y el moreno la apartó.
–Saca de ahí, nenaza…– se quitó
como si le diese alergia, y miró al pelirrojo que estaba
con él.
Kogane se rió, cubriéndose la boca. – Por
favor, ten algo de dignidad. ¿Sigues rondando al sensei?
Causa perdida... – se miró al espejo, acomodándose
un mechón de cabello y mirando a Kenichi por el reflejo,
disimuladamente.
–Lo hago porque es interesante, no como vosotros…–
el moreno se metió en el baño antes de que Kenichi
le diera una colleja.
– ¡Te la daré igual cuando salgas! Atontado…
–miró a Kogane de nuevo, y se sentó encima de
los lavabos, apoyándose el cigarro en los labios. –Espero
que no lo haya liado de nuevo para ir a algún sitio de esos.
Ya sabes, esos muermos que le gustan al mariquita este. –le
dio una patada a la puerta sin levantarse de donde estaba.
–No eres más duro por pegarle patadas a las puertas…–
le dijo el moreno desde dentro. Pensando que debía haber
buscado otro lugar donde encerrarse.
–Lo voy a matar… ¿Por qué no sales y
ves lo que es duro?
–Tu polla no, eso seguro…– el chico se rió
dentro del baño. Le iba a pegar cuando saliese. Tampoco le
importaba, igual así le daba algo de lástima a Koyanagi-san
y lo llevaba. Le iría a mostrar lo guays que eran.
– ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Se la
has mirado en clase de gimnasia o qué? Mirón... –
se burló el pelirrojo, defendiendo a Kenichi a pesar de que
aquello le había incomodado un poco. – Oye, ¿Nos
vamos a quedar aquí esperando? Es un poco aburrido, ¿no?
–No gracias, yo no miro esas cosas nauseabundas…
–No, espera a que me acabe la truja al menos…–
se rió por lo que el pelirrojo había dicho, y le dio
otra calada. –Cállate, Hasegawa, a ver si te la meto
hasta la traquea.
El moreno se rió dentro del baño. –Seguro…
–Vamos, porque si no lo mato. – el moreno meneó
la cabeza un momento, y le lanzó la colilla por encima del
agujero del baño, aunque ni lo rozó.
Senzo cogió la colilla y la observó un momento,
antes de quemarse el brazo con ella. Frunció un poco el ceño
y la apartó.
–Oh, pues no queremos eso... –se rió Kogane,
rascándose un lado de la cabeza y alejándose. –
Qué infantil es...
–Es un anormal. – Kenichi tomó aire y se estiró
ruidosamente, sonriendo al ver a un amigo, y pegándole un
puñetazo en el pecho, que el otro le devolvió reído.
–Eh Ken, Kogane… esta noche vamos a pillárnosla
a casa de Takeda, sus padres están fuera. ¿Os apuntáis?
Van a venir unas tías del femenino.
–Yo me apunto… –le contestó el moreno
casi de forma instantánea, haciendo que el otro se riese.
– Sí, yo también. Pero no puedo quedarme hasta
muy tarde. – contestó Kogane sin mucho entusiasmo,
aunque intentando aparentarlo.
–Es una pena, las tías sólo vendrán
a primera hora… después se piran. –el rubio se
rascó el pecho y luego suspiró. Mirando la hora y
apoyando una mano en el hombro del pelirrojo. – ¿Vamos?–
Tenemos que cambiarnos. Los sujetó a ambos por los hombros
mientras caminaba hacia el gimnasio.
– Mira que van a decir que eres gay tú también.
– se rió Kogane, metiéndose un poco con él,
aunque ahora se notaba más alegre. – Tengo que quedarme
para las prácticas... ¿me esperas, Ken?
–Seh… –el moreno se sacó un poco del
abrazo y se guardó las manos en los bolsillos. –De
todos modos ese E.T. de Hiroki me hará los deberes…
Me quedaré a echar un vistazo. A ver si con suerte viene
Akira y jugamos al basket un rato.
–Yo también me apunto después. –el rubio
sonrió, y señaló a un chico que estaba a lo
lejos. – ¡Tú! Esta noche en casa de Takeda.
– ¿Eh? Vale…– le contestó el otro
reído y meneando la cabeza.
– Y al final habrá más chicos que chicas en
esa fiesta... – se rió de nuevo Kogane, empujando las
puertas del cambiador y dedicándole una sonrisa algo maldita
al chico que estaba allí, terminando de cambiarse tan rápido
como podía, intentando pasar desapercibido.
–Eh… E.T. – Kenichi le apoyó la mano
en la cabeza y se inclinó hacia delante, hablándole
bien cerca. – ¿Me has hecho los deberes? –le
preguntó casi con dulzura.
– S...sí... – asintió el chico, echándose
un poco hacia atrás. No le agradaba para nada, pero no era
estúpido como para estarlo desafiando a esas alturas. Se
preguntaba como es que no se daban cuenta de que ese neandertal
no hacía sus propios deberes.
–Bien hecho…– le dio una palmadita en la cara
y sonrió, apartándose y quitándose la camiseta
para ponérsela en la cabeza antes de coger la de gimnasia
y los shorts. –Eh... Kogane, ¿Me quedo a comer en tu
casa? ¿Te dejan tus viejos?
– Claro, y sabes que no me importa además. –
sonrió, porque sabía que sus padres no veían
con muy buenos ojos a Kenichi, pero eso hacía que a él
le agradase más aún. Además, siempre les decía
que lo estaba ayudando con sus estudios.
Hiroki mientras, se sacó la camiseta de la cabeza, dejándola
sobre el banquillo con gesto de fastidio, intentando alejarse tan
silenciosamente como le era posible.
Senzo entró en el gimnasio con cara de que su vida era
un suplicio y miró a Kenichi, pasando entre él y el
pelirrojo para ir a su taquilla. Sonrió cuando el moreno
lo sujetó por la camiseta desde atrás.
– ¿Me vas a pegar? ¿Después de esto?
–le mostró la quemadura y sonrió. –Verás
como se la enseñe al director.
El moreno hizo una mueca. –Eso te lo has hecho tú,
idiota…
Senzo lo miró a los ojos y luego a Kogane. –Explícale
a este primate que nadie le creerá…
Kenichi lo soltó y le pegó una colleja en el cuello
que resonó. Takeda, que acababa de entrar, propinándole
otra sólo por unirse a la “fiesta.” – ¿Qué
pasa? ¿Venís esta noche?
–Claro, tío…– el moreno se sentó
para atarse las zapatillas. Sonriendo de nuevo y observando a Kogane.
–Pero igual llegamos un poco tarde, llevamos unas botellas
para compensar…– le dijo reído.
–Eres un jefazo…– el chico se rió, sentándose
al lado del pelirrojo y cambiándose también.
– Sin licor no hay fiesta... –se rió el pelirrojo,
acomodándose la camiseta antes de agacharse para atarse las
zapatillas.

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