Capítulo
54
Bienvenidos, Mis Niños......
Kiri volvió a abrir los ojos para encontrarse en la absoluta
oscuridad. Estaba sólo, ahora tendrían que encontrarse
de nuevo y pasar por alguna especie de prueba. Pues sí, de
verdad parecía una ceremonia, siempre distinta, pero con
ciertos pasos a cumplir. Tal vez se acomodase a cada uno.
De pronto sintió un dolor agudo en la sien, haciéndolo
caer de rodillas. Se llevó la mano a la cabeza, sintiéndola
húmeda, pegajosa. ¿Era sangre?
Trataba de analizarlo todo con la mente en calma. Hacía poco
casi se había dejado llevar, pero no iba a permitir que aquello
pasara de nuevo. Sintió que alguien tiraba de su mano.
–¡Vamos! ¡Vamos! ¡Por aquí! –la
risa infantil de nuevo, la pequeña mano haciéndolo
ponerse de pie, guiándolo. Y súbitamente, una luz
al final del pasillo, una multitud... y algo en el centro –Lo
hemos hecho para ti, ¿te gusta?
Todos los niños iban de negro, con expresiones serias y solemnes,
excepto quien lo llevaba de la mano. La extraña procesión
funeraria avanzó hacia él, deteniéndose a su
lado, mostrándole el féretro como si fuese un tipo
de ofrenda.
–¡Ábrelo! ¡Ábrelo!
–Me gusta mucho jugar con los insectos… –el rubio
movió la mano, mostrándole varios insectos pequeños
y negros correteando por sus dedos –, se meten por debajo
de la carne…
El profesor abrió los ojos mareado, y observó a aquel
chico cuya voz estaba resonando en su cabeza. El niño se
acercó, mostrándole sus brazos.
Lorenz hizo una mueca con los labios al ver cómo los insectos
habían horadado su carne y se movían bajo su piel
como aradores de la sarna hambrientos. Alzó la vista, observando
los ojos vacíos del chico.
–Hacen cosquillas… –dijo riéndose –¿Quieres
unos pocos? –sonrió, extendiendo las manos.
El adulto se levantó, tentado a apartarlo de él con
un pie. ¿Dónde estaría Kiri? Miró al
niño de soslayo. Si se le ocurría volver a acercarse,
era capaz de sacárselos de debajo de la carne él mismo.
–¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Eh?
–preguntó el profesor.
–¿No lo sabes? –el niño sonrió,
levantándose y mostrándole su roída ropa blanca
–Tienes que encontrarlo, tú pandas –se rio, dejando
salir una carcajada cantarina –. Ven, corre –dijo echando
una carrerita y mostrándole un agujero negro en la tierra
–. Por ahí.
El rubio extendió la mano para hacer lo que le pedían,
entre gritos de júbilo ahora, seguro de lo que iba a encontrar.
Levantó la tapa lentamente, para encontrarse con el cadáver
de un chico de cabello castaño, algo mayor que él.
Suspiró, riéndose un poco, y mirando a los niños
de manera triunfal, encogiéndose de hombros.
–Lo siento, chicos, pero ni siquiera sé quien es ese.
–¿No? –el niño que sostenía su
mano, lo miró como confundido y luego al cadáver,
alejándose un poco de él –Él será
tú y tú... –alzó una mano con los dedos
simulando un arma, riéndose feliz de nuevo –¡Bang!
Estás muerto.
El rubio cayó al suelo sin comprender nada y sin poder mantenerse
en pie de pronto, la oscuridad cerniéndose sobre él.
Lo próximo que supo, era que estaba dentro del féretro
herméticamente cerrado. Lo empujó con todas sus fuerzas,
apretando los dientes, pero por nada del mundo se abría.
Lorenz respiraba fatigado dentro de aquel túnel asfixiante.
El aire estaba viciado y espeso allí, y aun no sabía
si no habría hecho más que cavar su propia tumba al
entrar haciendo caso de aquel niño. Se detuvo de pronto al
escuchar sonidos delante de él como de… ¿ratas?
Ratas excavando y royendo la madera. Su respiración comenzó
a hacerse cada vez más acelerada, mientras deseaba salir
del angosto y húmedo túnel, sabiendo que era casi
imposible, yendo hacia atrás. Antes, acabaría asfixiado.
No… Tenía que pasar aquella prueba, no era real, era
un juego estúpido.
–¡Kiri! –llamó en la oscuridad pese al
temor de alertar a los animales que se quedaron callados de pronto,
pero no sabía hacia dónde dirigirse. Sintió
algo frío rozarle la cara, y se giró de pronto, observando
la mano pútrida y grisácea de un cadáver infantil
enterrado.
Kiri detuvo sus frenéticos movimientos por salir de aquel
féretro al escuchar la voz del profesor. Estaba cerca, cerca...
–¿Profesor Lorenz? ¡Estoy aquí! ¡En
el féretro! –golpeó la madera con los pies,
haciendo la mayor cantidad de ruido posible para guiarlo, sintiendo
cómo algo pasaba corriendo por detrás de su espalda
y prefiriendo no imaginar qué sería.
El profesor palpó la pared entonces, dirigiéndose
hacia allí, arrastrándose por el túnel.
–¡Ya voy! No se mueva… ¡Agotará el
oxígeno! Trate de relajarse… Voy a sacarlo –observó
los ojos rojos en la oscuridad, brillando escrutiñadores,
y avanzó igualmente. Golpeó la madera, tocándola,
sintiendo a los roedores arañarle la piel de las manos e
incluso morderle, pero gracias a ellos, la madera estaba reventada
allí. Le pegó un puñetazo a esta, partiéndola,
y haciendo lo mismo con todos los lugares que notaba más
carcomidos por las ratas, tratando de no pensar en el dolor que
estaba sintiendo y sobre todo en la repulsión.
Escuchó entonces algo detrás de él, y se giró
al tiempo que metía ambos brazos en el ataúd, tocando
al rubio. Observó cómo aquella mano fría comenzaba
a cavar en la tierra.
–¡Salga! ¡Deprisa!
El rubio se sujetó de los brazos del profesor, impulsándose
para salir de allí, respirando ajetreado y ayudándolo
a cavar. De pronto un montón de manos parecían venir
a por ellos desde todas las direcciones, excepto adelante. Escuchó
una voz familiar como si viniese de su mente.
–¿Está bien? Está teniendo una pesadilla
Sólo estás soñando, Kiri, relájate,
relájate...
El chico sonrió sarcásticamente, redoblando sus esfuerzos
al comprender lo que intentaban hacer.
–Seguro que voy a creerme eso. Profesor Lorenz, creo que veo
algo adelante –avisó, rogando que fuera la salida,
porque cada vez se le hacía más difícil respirar.
–Deprisa… –Lorenz miró hacia atrás,
observando a una mujer que se arrastraba hacia ellos, clavando las
uñas de una de sus manos en la tierra, su otro brazo colgando
inerte mientras se apoyaba en sus rodillas, con la sonrisa repleta
de gusanos –. Dios… –murmuró asqueado,
notando cómo las manos sujetaban sus brazos tratando de alejarlo
del rubio. Dejó escapar un gemido de esfuerzo, sintiendo
cómo se partía su camisa, ya rasgada de por sí,
y los arañazos en su piel. Se atisbaba una luz al final del
túnel como si de una macabra metáfora de vuelta a
la vida se tratase.
El rubio consiguió sacar los brazos a través del estrecho
agujero al final, sintiéndose bastante ridículo por
un momento, aunque no tenía tiempo para eso. Cavó
como pudo, haciéndolo más grande para salir, a pesar
de que la tierra caía constantemente sobre él. Por
fin logró quedar afuera, entre resbalones, y girándose
para extender el brazo hacia el moreno.
–¡Profesor Lorenz! –logró asirlo, tirando
casi acostado en el suelo para hacer más fuerza.
El profesor se agarró de sus antebrazos con una mano y del
borde del agujero con la otra. Salió cubierto de tierra y
sangre, la ropa hecha trizas y la piel aún más blanca
de lo habitual. Respiró hondamente como tratando de recuperarse
de toda la asfixie sufrida de golpe en aquel túnel, tosiendo
levemente.
Pateó la tierra, derrumbándola en la entrada por temor
a que las ratas y aquella horrible mujer salieran de allí.
Kiri se dejó caer hacia atrás, aún con las
manos sobre el moreno, recuperando el aliento, y casi tan desastroso
en su aspecto como el otro. Se alzó un poco, sonriendo sin
poder evitarlo, tal vez por el alivio, pero mucho más por
el triunfo.
–Eso sí fue divertido, ¿no lo cree? –bromeó
cínicamente, cayendo hacia atrás de nuevo.
–Creo que encuentro más placer en otras cosas…
–el profesor se quitó las gafas, sacando uno de los
cristales que, al fin y al cabo, había machacado con su rodilla
dentro del túnel. Limpió como pudo el otro cristal,
colocándoselas de nuevo con una sonrisa agotada –.
Me parece que hemos aprobado… –dijo, notando como todo
se hacía oscuro de nuevo hasta sentir el suelo del almacén
bajo ellos.
–Eso espero, aunque... –Kiri miró a su alrededor,
sin poder evitar sentir algo de aprehensión –sigo nervioso
–se rio un poco, evidenciando lo que decía, muy a su
pesar, pero era estúpido fingir que no estaba asustado. Por
más orgullo que se tuviera, no se dejaba de ser humano –.
¿Cree que alguien venga a buscarnos, o en nuestro caso...
deberíamos intentar salir por nuestra cuenta?
–En lo que a mí respecta, no pienso esperar por nadie
para ir a darme una ducha –dijo el profesor, quitándose
los restos de camisa con repulsión, y frotándose la
piel con ella para limpiarse más o menos la tierra –.
Por suerte, no tenía clase hasta las doce –murmuró
como pensando en alto, levantándose y sacudiendo también
la tierra de sus pantalones, haciendo una mueca al pensar en el
aspecto que tendría que llevar por la calle de ese modo,
y poniéndose la chaqueta del traje aunque sin abrocharla.
Además, tenía que ir a buscar las gafas de repuesto.
Se pasó la mano por el cuello, alzando un poco la cabeza
–. ¿Cuándo ha pasado más miedo?
–¿Se refiere a esta noche o a toda mi vida? –se
rio el rubio, recuperando algo de su compostura –Supongo que
tendría que ser... cuando estuve encerrado en ese féretro.
Aunque tampoco sentí una gran emoción con lo de ser
desollado –se tocó el tatuaje, sintiendo la ligera
cortada, era real después de todo –. ¿Usted?
–Diría que cuando sufrí el agarre de Arai, porque
llegué a perder la conciencia. Creí que moriría.
Claro que, el paseo por el túnel no fue muy agradable tampoco,
pero más bien lo calificaría de asfixiante y grotesco…
repulsivo –decidió, sentándose en la colchoneta
y dejando escapar un suspiro –. Por la mañana lo llevaré
a su casa y pasaré a buscarlo si lo desea, aunque no iré
hasta las doce. Necesito dormir, y son las cuatro de la madrugada.
El tiempo pasa volando cuando uno se divierte –se rio irónicamente,
aunque de hecho, sí que había pasado rápido.
Kiri se rio de nuevo, cubriéndose la boca.
–¿Qué le hace pensar que yo no necesito dormir
también? No soy un zombie, ¿sabe? Por cierto..., ¿dónde
quedó la libreta?
–Debajo de su espalda creo –dijo el hombre señalando
la fina solapa que salía por debajo de Kiri, y sacando un
cigarro de la cajetilla de rubios, prendiéndolo en sus labios
–. Sé que no lo es, se nota… –el moreno
sonrió con el humor negro del chico –, pero tal vez
deseaba ir a alguna clase en especial.
–No es importante. Lo cierto es que encuentro la mayoría
de las clases aburridas, no profundizan lo suficiente –le
sonrió, sacándo la libreta de detrás, y lamentando
que Lorenz no le hubiera tocado de profesor. Hubiera sido mucho
más entretenido –. ¿Quiere que me encargue de
apuntar? –le preguntó, abriendo la libreta y estudiándola
por un minuto, mostrándosela al profesor luego –Mire...
En la misma ya no se veían las escrituras que habían
aparecido en un principio, por supuesto, sólo las notas tomadas
anteriormente, pero lo que sí había, era un mensaje
escrito con letra distinta a la de todos los apuntes. Una sola frase:
“Bienvenidos, mis niños....”
El profesor tomó el cuaderno, sacándose el cigarro
de los labios como sorprendido.
–Bien, creo que esto de algún modo… garantiza
nuestra supervivencia. Siempre que mamá no se disguste –lo
miró, trazando una extraña sonrisa en los labios,
sin poder evitar pensar en una bizarra madre de todos aquellos pequeños.
Se quitó las gafas, recostándose en el colchón
y apoyándose en uno de sus codos –. Me haría
un gran favor si lo hiciera. Yo después las completaré
con lo que me sucedió cuando nos separamos.
–Bien, está arreglado entonces –accedió
como si de un acuerdo de negocios se tratase, dejándose caer
hacia atrás en el colchón también –.
Y tengo el presentimiento... de que la preselección ha terminado.
–Sí, eso creo –corroboró el moreno, pasándose
la mano por el cabello, mesándoselo –. Le prometo que
nuestra siguiente velada será mucho mas romántica
–bromeó.

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