.Novela homoerótica para mayores de edad.
 
Capítulo 46

Playing it Cruel

Kiri se recostó en el sillón de la sala, acariciando a Yaco que se había sentado a su lado, mientras esperaba el acostumbrado café.

–Supongo que esta noche no tendremos visita, estará ocupado –comentó serio, observando la perfectamente normal pared.

–No lo sé… ¿lo echa de menos? –el moreno se sentó en el sillón, sonriendo y sirviendo café en ambas tazas, echándose azúcar en la suya, mirando la mano del rubio acariciar el pelaje blanco –. Sobre lo que me comentó en el coche de que seremos los siguientes… Yo opino lo mismo –sonrió de pronto, al parecer sin motivo, encendiendo un cigarro a la vez que alzaba un poco la cara, pasándose la mano por el cuello. Se deshizo de la última tirita blanca que aún permanecía adherida a su piel, apenas dejando atrás una fina línea roja –. Yaco parece demasiado tranquilo como para que esperemos visita… –comentó, deslizando un dedo bajo la mandíbula del felino, acariciándolo.

El rubio sonrió, observando cómo el gatito alzaba la cara cerrando los ojos para recibir mejor la caricia.

–Tiene razón... Hay algo que quería comentarle, acerca de esto –se echó un poco hacia atrás, sacando de su bolsillo un amuleto exactamente igual al que había intentado dar a Reiji la noche anterior.

–Sí… –el profesor pasó un dedo por la superficie del amuleto en su mano, volteándolo, como examinando que era exactamente el mismo grabado, y entonando en realidad como si preguntara –. La noche anterior claramente no deseaba que les entregara el amuleto… –sonrió levemente, dejándolo sobre su mano de nuevo y girándose de medio lado hacia él, llevándose el cigarro a los labios.

–Sabía que lo entendería –le sonrió el chico como complacido por el hecho de poder hablar de esa manera con alguien –. Llevaba este en mi bolsillo cuando se rompió el otro. Pero este salió intacto. Y creo que usted está en lo correcto, pero... no creo que sea porque esto pueda protegernos, o no habría podido romperlo. Más bien, creo que le ofende –finalizó, sonriendo burlonamente.

–Sí, tiene razón… –dejó escapar la risa entre los labios, quitándose la corbata y deslizándola por el cuello de la camisa, deshaciéndose de algunos botones en su cuello –, pero la que estaba en su bolsillo al igual que la de mi cuello permanecieron intactas –murmuró pensativo, acariciándose los labios y dándole una calada al cigarro, observando al felino blanco –. Me pregunto por qué no se deshizo de las tres… y también me preguntaba… –lo miró a los ojos apoyando un brazo en el respaldo –si algún día estaremos tan dominados por este ser… como para obedecer sus órdenes sin pararnos siquiera a dudarlo.

–No sé usted, pero yo no pienso permitir que eso suceda, de ninguna manera –le respondió el rubio enseriándose súbitamente, casi como si aquello lo molestase, y tomando la taza para beber de ella, observándolo un poco más relajado –. Creo que no rompió los otros, porque no éramos nosotros quienes iban a permanecer allí. Además... a lo mejor no le importa si ya sabemos que no funcionarán. O... tal vez otros sí funcionan, ¿quién sabe? En todo caso... –se quedó mirando el café, pensativo de pronto, y soltando una leve risa.

–Hm… ¿en todo caso? –el profesor le animó a continuar la frase que había dejado a medias, interesado, cómo no, en lo que pensaba acerca de todo aquello. Dejó caer la ceniza en el cenicero plateado, observándolo con curiosidad y dibujando una sonrisa en los labios. Bajó la otra mano acariciando el pelaje blanco distraídamente, pensando en cómo le había molestado la sola idea de verse controlado.

–En todo caso, si decide destruir todos los amuletos... creo que me va a doler mucho –le respondió, riéndose un poco de nuevo y girándose, para bajarse el cuello de la camiseta, mostrando el inicio de un tatuaje bajo la base de su nuca.
El moreno observó el tatuaje grabado en su piel, sonriendo.

–Eso sería un tanto doloroso –dijo refiriéndose a si el ente decidiese eliminarlo –. Kiri… sabe usted demasiado de estos temas, y ese tatuaje en su piel… –sujetó la camiseta con sus dedos, observándolo detenidamente, y dejando salir el humo entre sus labios –. ¿Es esta su primera relación con este tipo de fenómenos?

–¿Quién, yo? ¿Es que no es normal que los adolescentes tengan estas obsesiones? –le sonrió girándose de nuevo, acomodándose la ropa, y pasándose la mano por el cabello –. No, ya he tenido otra experiencia. O al menos, eso es lo que yo creo.

–Si usted fuera un adolescente… común, entonces ni siquiera estaría aquí tomando café junto a usted, pero como no es el caso… Me encantaría escuchar acerca de esa posible experiencia –el moreno se quitó las gafas, entrecerrando un poco los ojos para verlo bien y limpiándolas con el acostumbrado pañito rojo.

–Sí, imaginé que querría –suspiró Kiri, sonriendo un poco, y apoyándose la quijada sobre las manos –. Fue cuando tuve mi... ”accidente”. Verá... resulta que soy el chico póster contra guardar armas donde los niños puedan encontrarlas –explicó, sonriendo como si fuese algo muy gracioso.

El profesor se inclinó hacia adelante de nuevo, sirviéndose mas café y haciendo lo mismo en la taza del rubio, esperando a que prosiguiese relatando y aguantando el cigarro entre los labios.

–Sí, siga… –pidió, interesado en lo que se le iba a narrar, echándose hacia atrás con la taza en la mano y cruzando una pierna sobre la otra.

–Claro, lo cierto es que no recuerdo muy bien. La verdad es que mucho podría decirse que lo sé por terceros, así que... tal vez no sea muy confiable –se pasó la mano por el cabello de nuevo, observándolo un poco más serio, y haciendo además de que se llevaba una pistola a la sien –. Como le iba diciendo, me disparé en la cabeza –apretó el gatillo, dejando caer la mano y pensando que no era de extrañar que no recordase nada con una bala en el cerebro –. ¿Sabe de esas personas que mueren... por uno o dos minutos y luego regresan hablando de túneles y luces brillantes? Yo estuve muerto por 7 minutos en el hospital, luego de que me sacaran la bala y me llevaran a cuidados intensivos. Probablemente no hay mucha gente viva que tenga un acta de defunción revocada –le sonrió un poco. Lo cierto es que se preguntaba más a menudo de lo que le gustaría, si realmente era quien creía ser.

El profesor lo observó fijamente, llevándose la taza a los labios y bebiendo un poco, dejándola de nuevo sobre la mesa.
–Comprendo, realmente es extraño… –dijo sintiéndose aún más interesado por la clase de padres que tendría el chico, cuando se había metido un balazo en el cráneo. Ahora mismo varias peguntas se formulaban en su mente, entre ellas el averiguar si estaba en su casa durante lo ocurrido. Pero no quería molestarlo en mitad de su explicación –. ¿Y qué ocurrió? Para que volviese a la vida de ese modo, por así decirlo…

–No lo sé, no recuerdo nada como le dije, pero... no es sólo eso –el rubio lo miró, como analizando si debía realmente seguir contándoselo, más bien por razones prácticas, que porque se sintiese vulnerable o alguna cosa así. Se echó hacia atrás en el sofá, decidiéndose por fin, no veía por qué no –. Cuando regresé, no regresé consciente, estaba en lo que podría llamarse un coma sólo que... Bueno, no era la niña de “El exorcista” tampoco, no vomité ni hablé con voces raras ni en otras lenguas –sonrió, ladeando un poco la cabeza –, pero por dos semanas más o menos... no permanecí quieto por más de unas horas. Tuvieron que atarme a la cama porque no paraba de tener espasmos e intentaba hacerme daño constantemente. El personal del hospital que me atendía, me contó que incluso con las ataduras conseguía arañarme, que no se lo explicaban porque... claro, no tiene explicación. Ahora, si le pregunta a los doctores o a mis padres, es el resultado físico o tal vez psicológico de haberme pegado un tiro en la cabeza. Lo cual tiene tanto sentido como decir que el disparo me convirtió en Houdini –se encogió de hombros, con un gesto un tanto exasperado, añadiendo –. En fin, de pronto un día me quedé dormido y cuando desperté, estaba perfectamente normal.

Lorenz, que había permanecido callado y a la expectativa todo aquel tiempo, deslizó la mano por la abertura de la camisa, deslizándola por su pecho y apagando la colilla en el cenicero, realmente extrañado.

–Los médicos siempre explican las cosas del modo que más les conviene. Después de todo, nosotros mismos provocamos eso…, queriendo que nos digan qué nos sucede cuando no lo saben incluso –se levantó para servirse una copa, sentándose de nuevo en el mismo lugar, apoyándose en el respaldo con un brazo, pensativo –. Y entonces…, usted comenzó a interesarse por esos temas, ¿no es así? ¿Qué opinan sus padres de su… obsesión? ¿También lo ven normal? ¿También es a causa de su "accidente"? –preguntó el moreno, mirándolo de soslayo y moviendo el vaso en la mano que colgaba del reposabrazos.

–Les encanta –le sonrió, bromeando sin poder evitarlo, sacudiendo la cabeza luego –. No, lo cierto es que prefieren la explicación médica, y también preferirían que me olvidara de todo esto y lo dejase tal y como supongo que lo pone mi ficha de estudiante, ¿no? Sólo quieren que lo olvide y que siga con mi vida de adolescente normal. A veces creo que les asusto, aunque aún no sé si es por lo que pasó o por cómo soy ahora –sus ojos se dirigieron de nuevo al profesor de pronto, abandonando la expresión pensativa que tenía en esos momentos para sonreír un poco –. Suena un poco dudoso cuando dice esa palabra: accidente...

–Tal vez porque usted sonó dudoso cuando lo dijo… –el moreno le devolvió la sonrisa, bebiendo un poco después y observándolo –. Después de todo, no puedo evitar que me disguste la idea de la clase de padres que dejan una pistola donde un niño puede alcanzarla… ¿o tal vez la culpa fue del niño? –lo miró a los ojos, interesado –¿Porque ocurrió en su casa, no es así?

–Sí, pero tal vez la pistola no era tan fácilmente alcanzable, tal vez se supone que estaba escondida –lo miró, sonriéndole de igual manera de nuevo, como siguiendo un extraño juego –. Sinceramente, profesor Lorenz, ¿le parezco la clase de persona que se suicidaría?

–La verdad, no… –el profesor vació el vaso, dejándolo sobre la mesita acristalada y se pasándose el dedo por los labios, observándolo pensativo, sonriendo finalmente –. Entonces tendré que llegar a la conclusión, de que no fue usted siempre tan inteligente. Lo cual también me lo preguntaba… –dijo bajando la mano sobre Yako, que se sobresaltó un momento, calmándose de inmediato bajo las caricias del hombre.

Kiri se rió, tomando la taza de nuevo, y bebiendo un poco de ella, dejándola reposar sobre su regazo.
–Sí, yo también me lo he preguntado, pero verá... esto es lo que me hace dudar. Inteligente o no, nunca fui un niño al que le gustase jugar a esas cosas, ni tenía ningún interés en las armas de fuego. Siempre he preferido los libros. Y tampoco recuerdo haber visto nunca a mi padre guardar esa arma. Sin embargo, ese día, sabía exactamente donde la encontraría, y súbitamente, no podía dejar de pensar en ella. Por eso tengo dudas de si fue realmente un accidente. Pero todo eso ya son conjeturas, no puedo probar nada. Lo que sí es seguro, es que yo no tenía intenciones de quitarme la vida.

–Eso sin duda es bastante inquietante –el moreno pareció ausentarse por un momento, como tratando de visualizar aquellas imágenes en su mente. Desde luego, no lo podía ver jugando a vaqueros. Sonrió levemente de pronto –. Sólo espero que todo esto no sea originado por la misma entidad…, o comenzará usted a inquietarme especialmente –sonrió más abiertamente, dejando escapar la risa –, y… ahora una última duda. Quisiera saber qué lo hizo venir a estudiar a esta ciudad, o simplemente a este instituto…, y más aún trasladándose a mitad de curso, cuando sus padres aún están en su ciudad y podría haber seguido en el suyo.

–Es un mejor instituto, es una mejor ciudad, habrá mejor trabajo aquí –el rubio de encogió de hombros, bebiendo lo que quedaba en su taza, aún conservándola en sus manos –. Creo que están hartos de mí, tal vez no aguantaron más. Les daba muchos problemas en mi instituto anterior... No era tan discreto acerca de mis intereses como lo soy aquí –se rió por lo absurdo que sonaba decir que ahora era discreto, pero lo cierto es que lo era... un poquito más.

–Bueno… en realidad seguramente lo mandarían al psicólogo de la escuela directamente, si aquí se enterasen de ellos… –sonrió, pensando en el hombre enfrentando a Kiri, y dejó escapar la risa entre sus labios –. En ese caso, me compadecería de mi colega. Creo que no está acostumbrado a esta clase de asuntos –lo miró sacando un cigarro y jugando con él entre los dedos, haciéndolo girar.

Yaco se desperezó, estirándose y arqueando su espalda sólo para treparse a las piernas del rubio, olisqueando la taza de café.

Kiri alzó un poco la taza, acariciando el lomo del gato e inclinándose, para dejar la consabida taza sobre la mesita, Yaco siguiéndola con la mirada como si fuera un tesoro importante, aunque indeciso por el momento. No quería perder su sitio privilegiado.

–Pero no soy tan desagradable, ¿o sí? –bromeó el chico, enseriándose ligeramente luego –La verdad es que no tengo ganas de eso. Es una pérdida de tiempo.

–En realidad sí, ha de ser bastante frustrante que nadie te crea, y que encima tratan de convencerte de imbecilidades sin fundamento –el profesor lo miró como repasando lo que había dicho –. Y no, nada desagradable… –sonrió, ajustándose las gafas y pensando, no de nuevo, aunque aquel pensamiento le hiciera sonreír abiertamente, como si en realidad no estuviera muy de acuerdo con lo que había pasaba por su mente –. ¿Quiere que lo lleve ya a su casa? –preguntó de pronto, desencadenado por el otro pensamiento, que lo hizo despertar y mirar la hora en su muñeca.

–Supongo que debería, sí –le sonrió el rubio, suponiendo que era su manera de decirle que era tarde y dejando el gato a un lado.

–No lo echaba… –el profesor sonrió, mirándolo y desviando la mirada al gato, que maulló en el suelo, echándose la gran carrera de pronto hacia la cocina. Golpeó el filtro del cigarro contra la mesa varias veces, sonriendo de medio lado y decidiéndose después por no dar más vueltas a lo mismo en su mente, tremendamente serio de pronto.

Se acercó un poco, besándolo superficialmente y esperando su reacción. Si le caía una bofetada…, seguramente no podría evitar reírse.

–Profesor Lorenz... –el rubio lo observó con una especie de sonrisa sorprendida en el rostro –¿... tiene algún fetiche con chicos que tal vez hayan sido poseídos? –se rió un poco, preguntándose internamente si los rumores no serían ciertos. Bueno, no lo creía, al menos no de la exagerada manera en la que los contaban.

–No, sólo con los chicos. Usted es el primer poseído… –se rió levemente de vuelta, deslizando la lengua por el filo de los dientes, como meditando –. De cualquier modo, no lo encuentro muy reacio.

–Será porque no lo estoy –se rió de nuevo el rubio, como si fuese una broma, aunque lo cierto es que no lo era –. Pero siguiendo con mis preguntas motivadas por razones infantiles, dígame... ¿No se supone que haga esto sólo con sus propios estudiantes? ¿Y, va a besarme de nuevo?

El profesor sonrió, inclinando la cara a un lado, acariciándose el mentón y pasándose el dedo por los labios, como meditando aquello.
–Ninguno me llama la atención, y sí, me parece que lo haré… –se quitó las gafas con una mano, dejándolas sobre el cristal y acercándose para deslizar la lengua sobre sus labios, internándola entre ellos y sujetando su nuca mientras lo besaba, hundiéndolo en el sillón.

Kiri se dejó caer hacia atrás, devolviendo el beso y rodeándolo con sus brazos de una manera apasionada, como si hubiera estado esperando aquello por bastante tiempo ya.

–Hmph... –Lorenz deslizó la mano bajo la camiseta del rubio, acariciándole la espalda y el pecho. La bajó hasta sus nalgas, deslizándola por el muslo, apretándolo un poco mientras continuaba besandolo, aún sin separarse ni para respirar –. Mejor de lo esperado… –dijo de pronto como salido de la nada.

–¿Y? ¿Obtengo un sobresaliente? –se rió el rubio, claramente agitado por el beso. Le pasó la mano por el cabello, atrayéndolo de nuevo –Es mejor si no se detiene...

Lorenz enzarzó su lengua de nuevo con la de Kiri quisiera que no, un tanto sorprendido por su ardiente comportamiento. Claro que tampoco era como que fuera a quejarse por ello ni mucho menos. Deslizó la mano entre sus piernas, separándolas y desabrochando los botones de los jeans lentamente, acariciando su sexo sobre la fina tela de la ropa interior y separándose un poco para ver su rostro.

–Sí, matrícula de honor –bromeó, o tal vez no tanto.

–Profesor Lorenz –el chico colocó su mano sobre la suya, deteniéndolo, a pesar de estar obviamente excitado –, ... un beso es sólo un beso.

–No, un beso es el inicio de muchas cosas. Todo depende del beso… –el moreno sonrió con un gesto un tanto cara dura, aunque deteniendo su mano sólo para deslizarla bajo la del rubio y dentro de la tela, acariciando su piel con suavidad antes de retirarla –. Está bien, tiénteme más si es lo que desea… –sonrió, deslizando la mano bajo su cintura, alzándolo un poco y besándolo, apoyando su sexo contra la pierna del chico –. Lo llevaré a casa –susurró antes de besarle el cuello.

–¿Eso cree que hago? –sonrió Kiri, sintiendo claramente el sexo de Lorenz contra su pierna, aquello logrando que su respiración se entrecortase un poco –. No me gusta estar en desventaja, eso es todo...

–¿En desventaja? –preguntó el hombre, sonriendo sorprendido e interesado a un tiempo –¿Se siente amenazado? –bromeó, mirándolo entonces a los ojos, apoyándose en el cojín del sillón con la mano, y notando cómo el símbolo plateado se descolgaba entre la abertura de la camisa, balanceándose entre ellos.

–Sabe que no me refiero a eso –alargó la mano para tomar el colgante con ella, pasando el dedo a lo largo de la espada lentamente, y volviendo a dirigir sus iris turquesa hacia los del profesor –. Usted sabe acerca de mi pasado. Yo... no sé nada del suyo, a menos que deba creer los rumores, claro. Entonces nos ahorramos explicaciones –se pasó la lengua por los labios, juguetón, soltando el colgante, dejándolo balancearse entre ellos con fuerza –. Por otro lado, tal vez no sea mala idea esperar. Quizás la próxima es aún mejor.

El moreno sonrió levemente, dirigiendo su mirada plateada a los ojos del chico.
–No creía que mi pasado fuera relevante en mi presente, pero si es lo que quiere saber… Acerca de los rumores… no estoy muy al tanto de cómo son actualmente –se apoyó con un brazo en el respaldo, observándolo –. Si lo que desea saber es si estoy divorciado, la respuesta es sí… –entrecerró los ojos, mirándolo con seriedad y jugando con su cabello.

–No lo sabía, pero... es relajante saber que no tendré que enfrentarme a una esposa furiosa –se rió de nuevo Kiri, sin apartar la mirada –. Supuestamente es el Don Juan de la escuela, y todo estudiante que entre a su despacho al menos lo ha hecho una vez con usted. Pero eso no es lo que quiero saber, es más que obvio que no es cierto. Lo que me interesa... es acerca del otro rumor, de por qué abandonó la escuela en la que enseñaba antes... –le pasó un dedo por la nariz, bajando por sus labios y deteniéndose un poco en el inferior –. Lo cierto es que no tiene que decírmelo si no quiere...

Lorenz separó los labios, dejando que el dedo resbalase a su interior, y deslizó la punta de la lengua por él, acariciándolo. Sujetó su mano con la suya, bajándola a su cuello.

–Eso… Me acosté con un estudiante que me la jugó –respondió, mirándolo a los ojos –. Después se hizo la víctima, y yo cargué con la culpa. Supongo que era mía, después de todo, quien con niños se acuesta… –dijo dejando la frase en el aire –. Eso desencadenó mi divorcio y por supuesto, mi expulsión del centro –sonrió como si le diese igual, y de hecho, lo hacía –. Le diré lo que quiera, no tengo nada que ocultar.

El rubio se quedó en silencio por un momento, observándolo y separando su mano del cuello del profesor, lamiendo la punta del dedo que el moreno había lamido antes, y sonriéndole maliciosamente.

–Entonces, yo tampoco tengo nada que ocultar –estiró el brazo para acercarlo por la nuca, besándolo lentamente, para luego romper el beso, susurrándole al oído –. Y no tiene que preocuparse por mí. Si hay algo que nunca he sido ni seré, es una víctima.

–Ya… –Lorenz sonrió de medio lado, sintiendo que su piel reaccionaba al sentir la respiración del chico contra ella y echó los hombros hacia atrás un momento –. Lo sé, y tampoco es un crío… –susurró de vuelta el moreno, lamiendo el lóbulo del chico, deslizando la lengua contra los pequeños piercings en este, arrastrando la mano por su muslo de nuevo, llevándose la tela hacia arriba con él y bajándola de nuevo bajo su mano –. Sabe que lo deseo… –dijo observando sus gestos, perdido en su mirada como si de un áspid se tratara y no pudiera apartar sus ojos plateados de él, se sentía hipnotizado y seducido desde que lo había visto por primera vez –. Amo su crueldad… –dijo con una sonrisa torcida, refiriéndose a cómo lo había detenido –, su frialdad en tantos aspectos, y su pasión en tantos otros. Es usted una persona muy compleja –dijo con aquella sonrisa en los labios –. Lo llevaré a su casa…, pero mañana… lo desearé aun más, y usted a mí. Creo que lo sabe… –dejó salir las palabras, bajando el rostro por fin, acercándose aún más a él y arrastrando su sexo contra el muslo de Kiri, besándolo y deslizando las manos por el contorno de su cuerpo, encendido.

–Por supuesto que lo sé, pero precisamente por eso..., será aun mejor –susurró de vuelta el chico, con las mejillas arreboladas por el deseo, acariciando su rostro entre besos fugaces, y sonriendo un poco –. Pero no me llame cruel, me hará llorar.

El profesor bajó un poco la cara, disfrutando de aquellos besos, y cerró los ojos sintiendo los dedos del chico enterrándose en su cabello. Alzó la cara después para mirarlo a los ojos de nuevo.

–No creo que llegue ese día, en que lo vea llorar por algo tan banal. O me veré decepcionado seriamente… –sonrió, besando su pecho, su abdomen, y deteniéndose en el poco espacio de piel entre la camiseta y la ropa interior, apreciando el aroma de esta. Deslizó los labios sobre la tela, acariciando su sexo y enderezándose. Se pasó una mano por su cabello, revolviendo los mechones castaños y separándose con demasiado esfuerzo. Cogió las gafas de la mesa poniéndoselas de nuevo y retomando el cigarro, encendiéndolo en sus labios. Lo miró de arriba abajo, apoyando la mano en uno de sus muslos –. Déjeme fumar este cigarro y vamos. Después de todo, usted apenas duerme –dijo recordando las palabras del rubio, aunque en realidad, lo que deseaba era tranquilizarse un poco y no salir de ese modo con un estudiante a su lado.

–No dije que no durmiese, sólo que no tenía sueño.. Natural, ¿no le parece? –sonrió, echándose un poco hacia atrás para poder enderezarse. Se pasó una mano por el cabello como para calmarse él también.

–No lo sé, nada perturba el mío –el moreno lo miró entonces, sin poder evitar besar sus labios, levantándose –. Vamos… Si no, ahora que lo pienso, perderé el placer de hacer disfrutar a mi portera, y eso sí que sería imperdonable…

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