Capítulo
46
Playing it Cruel
Kiri se recostó en el sillón de la
sala, acariciando a Yaco que se había sentado a su lado,
mientras esperaba el acostumbrado café.
–Supongo que esta noche no tendremos visita, estará
ocupado –comentó serio, observando la perfectamente
normal pared.
–No lo sé… ¿lo echa de menos? –el
moreno se sentó en el sillón, sonriendo y sirviendo
café en ambas tazas, echándose azúcar en la
suya, mirando la mano del rubio acariciar el pelaje blanco –.
Sobre lo que me comentó en el coche de que seremos los siguientes…
Yo opino lo mismo –sonrió de pronto, al parecer sin
motivo, encendiendo un cigarro a la vez que alzaba un poco la cara,
pasándose la mano por el cuello. Se deshizo de la última
tirita blanca que aún permanecía adherida a su piel,
apenas dejando atrás una fina línea roja –.
Yaco parece demasiado tranquilo como para que esperemos visita…
–comentó, deslizando un dedo bajo la mandíbula
del felino, acariciándolo.
El rubio sonrió, observando cómo el gatito alzaba
la cara cerrando los ojos para recibir mejor la caricia.
–Tiene razón... Hay algo que quería comentarle,
acerca de esto –se echó un poco hacia atrás,
sacando de su bolsillo un amuleto exactamente igual al que había
intentado dar a Reiji la noche anterior.
–Sí… –el profesor pasó un dedo por
la superficie del amuleto en su mano, volteándolo, como examinando
que era exactamente el mismo grabado, y entonando en realidad como
si preguntara –. La noche anterior claramente no deseaba que
les entregara el amuleto… –sonrió levemente,
dejándolo sobre su mano de nuevo y girándose de medio
lado hacia él, llevándose el cigarro a los labios.
–Sabía que lo entendería –le sonrió
el chico como complacido por el hecho de poder hablar de esa manera
con alguien –. Llevaba este en mi bolsillo cuando se rompió
el otro. Pero este salió intacto. Y creo que usted está
en lo correcto, pero... no creo que sea porque esto pueda protegernos,
o no habría podido romperlo. Más bien, creo que le
ofende –finalizó, sonriendo burlonamente.
–Sí, tiene razón… –dejó escapar
la risa entre los labios, quitándose la corbata y deslizándola
por el cuello de la camisa, deshaciéndose de algunos botones
en su cuello –, pero la que estaba en su bolsillo al igual
que la de mi cuello permanecieron intactas –murmuró
pensativo, acariciándose los labios y dándole una
calada al cigarro, observando al felino blanco –. Me pregunto
por qué no se deshizo de las tres… y también
me preguntaba… –lo miró a los ojos apoyando un
brazo en el respaldo –si algún día estaremos
tan dominados por este ser… como para obedecer sus órdenes
sin pararnos siquiera a dudarlo.
–No sé usted, pero yo no pienso permitir que eso suceda,
de ninguna manera –le respondió el rubio enseriándose
súbitamente, casi como si aquello lo molestase, y tomando
la taza para beber de ella, observándolo un poco más
relajado –. Creo que no rompió los otros, porque no
éramos nosotros quienes iban a permanecer allí. Además...
a lo mejor no le importa si ya sabemos que no funcionarán.
O... tal vez otros sí funcionan, ¿quién sabe?
En todo caso... –se quedó mirando el café, pensativo
de pronto, y soltando una leve risa.
–Hm… ¿en todo caso? –el profesor le animó
a continuar la frase que había dejado a medias, interesado,
cómo no, en lo que pensaba acerca de todo aquello. Dejó
caer la ceniza en el cenicero plateado, observándolo con
curiosidad y dibujando una sonrisa en los labios. Bajó la
otra mano acariciando el pelaje blanco distraídamente, pensando
en cómo le había molestado la sola idea de verse controlado.
–En todo caso, si decide destruir todos los amuletos... creo
que me va a doler mucho –le respondió, riéndose
un poco de nuevo y girándose, para bajarse el cuello de la
camiseta, mostrando el inicio de un tatuaje bajo la base de su nuca.
El moreno observó el tatuaje grabado en su piel, sonriendo.
–Eso sería un tanto doloroso –dijo refiriéndose
a si el ente decidiese eliminarlo –. Kiri… sabe usted
demasiado de estos temas, y ese tatuaje en su piel… –sujetó
la camiseta con sus dedos, observándolo detenidamente, y
dejando salir el humo entre sus labios –. ¿Es esta
su primera relación con este tipo de fenómenos?
–¿Quién, yo? ¿Es que no es normal que
los adolescentes tengan estas obsesiones? –le sonrió
girándose de nuevo, acomodándose la ropa, y pasándose
la mano por el cabello –. No, ya he tenido otra experiencia.
O al menos, eso es lo que yo creo.
–Si usted fuera un adolescente… común, entonces
ni siquiera estaría aquí tomando café junto
a usted, pero como no es el caso… Me encantaría escuchar
acerca de esa posible experiencia –el moreno se quitó
las gafas, entrecerrando un poco los ojos para verlo bien y limpiándolas
con el acostumbrado pañito rojo.
–Sí, imaginé que querría –suspiró
Kiri, sonriendo un poco, y apoyándose la quijada sobre las
manos –. Fue cuando tuve mi... ”accidente”. Verá...
resulta que soy el chico póster contra guardar armas donde
los niños puedan encontrarlas –explicó, sonriendo
como si fuese algo muy gracioso.
El profesor se inclinó hacia adelante de nuevo, sirviéndose
mas café y haciendo lo mismo en la taza del rubio, esperando
a que prosiguiese relatando y aguantando el cigarro entre los labios.
–Sí, siga… –pidió, interesado en
lo que se le iba a narrar, echándose hacia atrás con
la taza en la mano y cruzando una pierna sobre la otra.
–Claro, lo cierto es que no recuerdo muy bien. La verdad es
que mucho podría decirse que lo sé por terceros, así
que... tal vez no sea muy confiable –se pasó la mano
por el cabello de nuevo, observándolo un poco más
serio, y haciendo además de que se llevaba una pistola a
la sien –. Como le iba diciendo, me disparé en la cabeza
–apretó el gatillo, dejando caer la mano y pensando
que no era de extrañar que no recordase nada con una bala
en el cerebro –. ¿Sabe de esas personas que mueren...
por uno o dos minutos y luego regresan hablando de túneles
y luces brillantes? Yo estuve muerto por 7 minutos en el hospital,
luego de que me sacaran la bala y me llevaran a cuidados intensivos.
Probablemente no hay mucha gente viva que tenga un acta de defunción
revocada –le sonrió un poco. Lo cierto es que se preguntaba
más a menudo de lo que le gustaría, si realmente era
quien creía ser.
El profesor lo observó fijamente, llevándose la taza
a los labios y bebiendo un poco, dejándola de nuevo sobre
la mesa.
–Comprendo, realmente es extraño… –dijo
sintiéndose aún más interesado por la clase
de padres que tendría el chico, cuando se había metido
un balazo en el cráneo. Ahora mismo varias peguntas se formulaban
en su mente, entre ellas el averiguar si estaba en su casa durante
lo ocurrido. Pero no quería molestarlo en mitad de su explicación
–. ¿Y qué ocurrió? Para que volviese
a la vida de ese modo, por así decirlo…
–No lo sé, no recuerdo nada como le dije, pero... no
es sólo eso –el rubio lo miró, como analizando
si debía realmente seguir contándoselo, más
bien por razones prácticas, que porque se sintiese vulnerable
o alguna cosa así. Se echó hacia atrás en el
sofá, decidiéndose por fin, no veía por qué
no –. Cuando regresé, no regresé consciente,
estaba en lo que podría llamarse un coma sólo que...
Bueno, no era la niña de “El exorcista” tampoco,
no vomité ni hablé con voces raras ni en otras lenguas
–sonrió, ladeando un poco la cabeza –, pero por
dos semanas más o menos... no permanecí quieto por
más de unas horas. Tuvieron que atarme a la cama porque no
paraba de tener espasmos e intentaba hacerme daño constantemente.
El personal del hospital que me atendía, me contó
que incluso con las ataduras conseguía arañarme, que
no se lo explicaban porque... claro, no tiene explicación.
Ahora, si le pregunta a los doctores o a mis padres, es el resultado
físico o tal vez psicológico de haberme pegado un
tiro en la cabeza. Lo cual tiene tanto sentido como decir que el
disparo me convirtió en Houdini –se encogió
de hombros, con un gesto un tanto exasperado, añadiendo –.
En fin, de pronto un día me quedé dormido y cuando
desperté, estaba perfectamente normal.
Lorenz, que había permanecido callado y a la expectativa
todo aquel tiempo, deslizó la mano por la abertura de la
camisa, deslizándola por su pecho y apagando la colilla en
el cenicero, realmente extrañado.
–Los médicos siempre explican las cosas del modo que
más les conviene. Después de todo, nosotros mismos
provocamos eso…, queriendo que nos digan qué nos sucede
cuando no lo saben incluso –se levantó para servirse
una copa, sentándose de nuevo en el mismo lugar, apoyándose
en el respaldo con un brazo, pensativo –. Y entonces…,
usted comenzó a interesarse por esos temas, ¿no es
así? ¿Qué opinan sus padres de su… obsesión?
¿También lo ven normal? ¿También es
a causa de su "accidente"? –preguntó el moreno,
mirándolo de soslayo y moviendo el vaso en la mano que colgaba
del reposabrazos.
–Les encanta –le sonrió, bromeando sin poder
evitarlo, sacudiendo la cabeza luego –. No, lo cierto es que
prefieren la explicación médica, y también
preferirían que me olvidara de todo esto y lo dejase tal
y como supongo que lo pone mi ficha de estudiante, ¿no? Sólo
quieren que lo olvide y que siga con mi vida de adolescente normal.
A veces creo que les asusto, aunque aún no sé si es
por lo que pasó o por cómo soy ahora –sus ojos
se dirigieron de nuevo al profesor de pronto, abandonando la expresión
pensativa que tenía en esos momentos para sonreír
un poco –. Suena un poco dudoso cuando dice esa palabra: accidente...
–Tal vez porque usted sonó dudoso cuando lo dijo…
–el moreno le devolvió la sonrisa, bebiendo un poco
después y observándolo –. Después de
todo, no puedo evitar que me disguste la idea de la clase de padres
que dejan una pistola donde un niño puede alcanzarla…
¿o tal vez la culpa fue del niño? –lo miró
a los ojos, interesado –¿Porque ocurrió en su
casa, no es así?
–Sí, pero tal vez la pistola no era tan fácilmente
alcanzable, tal vez se supone que estaba escondida –lo miró,
sonriéndole de igual manera de nuevo, como siguiendo un extraño
juego –. Sinceramente, profesor Lorenz, ¿le parezco
la clase de persona que se suicidaría?
–La verdad, no… –el profesor vació el vaso,
dejándolo sobre la mesita acristalada y se pasándose
el dedo por los labios, observándolo pensativo, sonriendo
finalmente –. Entonces tendré que llegar a la conclusión,
de que no fue usted siempre tan inteligente. Lo cual también
me lo preguntaba… –dijo bajando la mano sobre Yako,
que se sobresaltó un momento, calmándose de inmediato
bajo las caricias del hombre.
Kiri se rió, tomando la taza de nuevo, y bebiendo un poco
de ella, dejándola reposar sobre su regazo.
–Sí, yo también me lo he preguntado, pero verá...
esto es lo que me hace dudar. Inteligente o no, nunca fui un niño
al que le gustase jugar a esas cosas, ni tenía ningún
interés en las armas de fuego. Siempre he preferido los libros.
Y tampoco recuerdo haber visto nunca a mi padre guardar esa arma.
Sin embargo, ese día, sabía exactamente donde la encontraría,
y súbitamente, no podía dejar de pensar en ella. Por
eso tengo dudas de si fue realmente un accidente. Pero todo eso
ya son conjeturas, no puedo probar nada. Lo que sí es seguro,
es que yo no tenía intenciones de quitarme la vida.
–Eso sin duda es bastante inquietante –el moreno pareció
ausentarse por un momento, como tratando de visualizar aquellas
imágenes en su mente. Desde luego, no lo podía ver
jugando a vaqueros. Sonrió levemente de pronto –. Sólo
espero que todo esto no sea originado por la misma entidad…,
o comenzará usted a inquietarme especialmente –sonrió
más abiertamente, dejando escapar la risa –, y…
ahora una última duda. Quisiera saber qué lo hizo
venir a estudiar a esta ciudad, o simplemente a este instituto…,
y más aún trasladándose a mitad de curso, cuando
sus padres aún están en su ciudad y podría
haber seguido en el suyo.
–Es un mejor instituto, es una mejor ciudad, habrá
mejor trabajo aquí –el rubio de encogió de hombros,
bebiendo lo que quedaba en su taza, aún conservándola
en sus manos –. Creo que están hartos de mí,
tal vez no aguantaron más. Les daba muchos problemas en mi
instituto anterior... No era tan discreto acerca de mis intereses
como lo soy aquí –se rió por lo absurdo que
sonaba decir que ahora era discreto, pero lo cierto es que lo era...
un poquito más.
–Bueno… en realidad seguramente lo mandarían
al psicólogo de la escuela directamente, si aquí se
enterasen de ellos… –sonrió, pensando en el hombre
enfrentando a Kiri, y dejó escapar la risa entre sus labios
–. En ese caso, me compadecería de mi colega. Creo
que no está acostumbrado a esta clase de asuntos –lo
miró sacando un cigarro y jugando con él entre los
dedos, haciéndolo girar.
Yaco se desperezó, estirándose y arqueando su espalda
sólo para treparse a las piernas del rubio, olisqueando la
taza de café.
Kiri alzó un poco la taza, acariciando el lomo del gato e
inclinándose, para dejar la consabida taza sobre la mesita,
Yaco siguiéndola con la mirada como si fuera un tesoro importante,
aunque indeciso por el momento. No quería perder su sitio
privilegiado.
–Pero no soy tan desagradable, ¿o sí? –bromeó
el chico, enseriándose ligeramente luego –La verdad
es que no tengo ganas de eso. Es una pérdida de tiempo.
–En realidad sí, ha de ser bastante frustrante que
nadie te crea, y que encima tratan de convencerte de imbecilidades
sin fundamento –el profesor lo miró como repasando
lo que había dicho –. Y no, nada desagradable…
–sonrió, ajustándose las gafas y pensando, no
de nuevo, aunque aquel pensamiento le hiciera sonreír abiertamente,
como si en realidad no estuviera muy de acuerdo con lo que había
pasaba por su mente –. ¿Quiere que lo lleve ya a su
casa? –preguntó de pronto, desencadenado por el otro
pensamiento, que lo hizo despertar y mirar la hora en su muñeca.
–Supongo que debería, sí –le sonrió
el rubio, suponiendo que era su manera de decirle que era tarde
y dejando el gato a un lado.
–No lo echaba… –el profesor sonrió, mirándolo
y desviando la mirada al gato, que maulló en el suelo, echándose
la gran carrera de pronto hacia la cocina. Golpeó el filtro
del cigarro contra la mesa varias veces, sonriendo de medio lado
y decidiéndose después por no dar más vueltas
a lo mismo en su mente, tremendamente serio de pronto.
Se acercó un poco, besándolo superficialmente y esperando
su reacción. Si le caía una bofetada…, seguramente
no podría evitar reírse.
–Profesor Lorenz... –el rubio lo observó con
una especie de sonrisa sorprendida en el rostro –¿...
tiene algún fetiche con chicos que tal vez hayan sido poseídos?
–se rió un poco, preguntándose internamente
si los rumores no serían ciertos. Bueno, no lo creía,
al menos no de la exagerada manera en la que los contaban.
–No, sólo con los chicos. Usted es el primer poseído…
–se rió levemente de vuelta, deslizando la lengua por
el filo de los dientes, como meditando –. De cualquier modo,
no lo encuentro muy reacio.
–Será porque no lo estoy –se rió de nuevo
el rubio, como si fuese una broma, aunque lo cierto es que no lo
era –. Pero siguiendo con mis preguntas motivadas por razones
infantiles, dígame... ¿No se supone que haga esto
sólo con sus propios estudiantes? ¿Y, va a besarme
de nuevo?
El profesor sonrió, inclinando la cara a un lado, acariciándose
el mentón y pasándose el dedo por los labios, como
meditando aquello.
–Ninguno me llama la atención, y sí, me parece
que lo haré… –se quitó las gafas con una
mano, dejándolas sobre el cristal y acercándose para
deslizar la lengua sobre sus labios, internándola entre ellos
y sujetando su nuca mientras lo besaba, hundiéndolo en el
sillón.
Kiri se dejó caer hacia atrás, devolviendo el beso
y rodeándolo con sus brazos de una manera apasionada, como
si hubiera estado esperando aquello por bastante tiempo ya.
–Hmph... –Lorenz deslizó la mano bajo la camiseta
del rubio, acariciándole la espalda y el pecho. La bajó
hasta sus nalgas, deslizándola por el muslo, apretándolo
un poco mientras continuaba besandolo, aún sin separarse
ni para respirar –. Mejor de lo esperado… –dijo
de pronto como salido de la nada.
–¿Y? ¿Obtengo un sobresaliente? –se rió
el rubio, claramente agitado por el beso. Le pasó la mano
por el cabello, atrayéndolo de nuevo –Es mejor si no
se detiene...
Lorenz enzarzó su lengua de nuevo con la de Kiri quisiera
que no, un tanto sorprendido por su ardiente comportamiento. Claro
que tampoco era como que fuera a quejarse por ello ni mucho menos.
Deslizó la mano entre sus piernas, separándolas y
desabrochando los botones de los jeans lentamente, acariciando su
sexo sobre la fina tela de la ropa interior y separándose
un poco para ver su rostro.
–Sí, matrícula de honor –bromeó,
o tal vez no tanto.
–Profesor Lorenz –el chico colocó su mano sobre
la suya, deteniéndolo, a pesar de estar obviamente excitado
–, ... un beso es sólo un beso.
–No, un beso es el inicio de muchas cosas. Todo depende del
beso… –el moreno sonrió con un gesto un tanto
cara dura, aunque deteniendo su mano sólo para deslizarla
bajo la del rubio y dentro de la tela, acariciando su piel con suavidad
antes de retirarla –. Está bien, tiénteme más
si es lo que desea… –sonrió, deslizando la mano
bajo su cintura, alzándolo un poco y besándolo, apoyando
su sexo contra la pierna del chico –. Lo llevaré a
casa –susurró antes de besarle el cuello.
–¿Eso cree que hago? –sonrió Kiri, sintiendo
claramente el sexo de Lorenz contra su pierna, aquello logrando
que su respiración se entrecortase un poco –. No me
gusta estar en desventaja, eso es todo...
–¿En desventaja? –preguntó el hombre,
sonriendo sorprendido e interesado a un tiempo –¿Se
siente amenazado? –bromeó, mirándolo entonces
a los ojos, apoyándose en el cojín del sillón
con la mano, y notando cómo el símbolo plateado se
descolgaba entre la abertura de la camisa, balanceándose
entre ellos.
–Sabe que no me refiero a eso –alargó la mano
para tomar el colgante con ella, pasando el dedo a lo largo de la
espada lentamente, y volviendo a dirigir sus iris turquesa hacia
los del profesor –. Usted sabe acerca de mi pasado. Yo...
no sé nada del suyo, a menos que deba creer los rumores,
claro. Entonces nos ahorramos explicaciones –se pasó
la lengua por los labios, juguetón, soltando el colgante,
dejándolo balancearse entre ellos con fuerza –. Por
otro lado, tal vez no sea mala idea esperar. Quizás la próxima
es aún mejor.
El moreno sonrió levemente, dirigiendo su mirada plateada
a los ojos del chico.
–No creía que mi pasado fuera relevante en mi presente,
pero si es lo que quiere saber… Acerca de los rumores…
no estoy muy al tanto de cómo son actualmente –se apoyó
con un brazo en el respaldo, observándolo –. Si lo
que desea saber es si estoy divorciado, la respuesta es sí…
–entrecerró los ojos, mirándolo con seriedad
y jugando con su cabello.
–No lo sabía, pero... es relajante saber que no tendré
que enfrentarme a una esposa furiosa –se rió de nuevo
Kiri, sin apartar la mirada –. Supuestamente es el Don Juan
de la escuela, y todo estudiante que entre a su despacho al menos
lo ha hecho una vez con usted. Pero eso no es lo que quiero saber,
es más que obvio que no es cierto. Lo que me interesa...
es acerca del otro rumor, de por qué abandonó la escuela
en la que enseñaba antes... –le pasó un dedo
por la nariz, bajando por sus labios y deteniéndose un poco
en el inferior –. Lo cierto es que no tiene que decírmelo
si no quiere...
Lorenz separó los labios, dejando que el dedo resbalase a
su interior, y deslizó la punta de la lengua por él,
acariciándolo. Sujetó su mano con la suya, bajándola
a su cuello.
–Eso… Me acosté con un estudiante que me la jugó
–respondió, mirándolo a los ojos –. Después
se hizo la víctima, y yo cargué con la culpa. Supongo
que era mía, después de todo, quien con niños
se acuesta… –dijo dejando la frase en el aire –.
Eso desencadenó mi divorcio y por supuesto, mi expulsión
del centro –sonrió como si le diese igual, y de hecho,
lo hacía –. Le diré lo que quiera, no tengo
nada que ocultar.
El rubio se quedó en silencio por un momento, observándolo
y separando su mano del cuello del profesor, lamiendo la punta del
dedo que el moreno había lamido antes, y sonriéndole
maliciosamente.
–Entonces, yo tampoco tengo nada que ocultar –estiró
el brazo para acercarlo por la nuca, besándolo lentamente,
para luego romper el beso, susurrándole al oído –.
Y no tiene que preocuparse por mí. Si hay algo que nunca
he sido ni seré, es una víctima.
–Ya… –Lorenz sonrió de medio lado, sintiendo
que su piel reaccionaba al sentir la respiración del chico
contra ella y echó los hombros hacia atrás un momento
–. Lo sé, y tampoco es un crío… –susurró
de vuelta el moreno, lamiendo el lóbulo del chico, deslizando
la lengua contra los pequeños piercings en este, arrastrando
la mano por su muslo de nuevo, llevándose la tela hacia arriba
con él y bajándola de nuevo bajo su mano –.
Sabe que lo deseo… –dijo observando sus gestos, perdido
en su mirada como si de un áspid se tratara y no pudiera
apartar sus ojos plateados de él, se sentía hipnotizado
y seducido desde que lo había visto por primera vez –.
Amo su crueldad… –dijo con una sonrisa torcida, refiriéndose
a cómo lo había detenido –, su frialdad en tantos
aspectos, y su pasión en tantos otros. Es usted una persona
muy compleja –dijo con aquella sonrisa en los labios –.
Lo llevaré a su casa…, pero mañana… lo
desearé aun más, y usted a mí. Creo que lo
sabe… –dejó salir las palabras, bajando el rostro
por fin, acercándose aún más a él y
arrastrando su sexo contra el muslo de Kiri, besándolo y
deslizando las manos por el contorno de su cuerpo, encendido.
–Por supuesto que lo sé, pero precisamente por eso...,
será aun mejor –susurró de vuelta el chico,
con las mejillas arreboladas por el deseo, acariciando su rostro
entre besos fugaces, y sonriendo un poco –. Pero no me llame
cruel, me hará llorar.
El profesor bajó un poco la cara, disfrutando de aquellos
besos, y cerró los ojos sintiendo los dedos del chico enterrándose
en su cabello. Alzó la cara después para mirarlo a
los ojos de nuevo.
–No creo que llegue ese día, en que lo vea llorar por
algo tan banal. O me veré decepcionado seriamente…
–sonrió, besando su pecho, su abdomen, y deteniéndose
en el poco espacio de piel entre la camiseta y la ropa interior,
apreciando el aroma de esta. Deslizó los labios sobre la
tela, acariciando su sexo y enderezándose. Se pasó
una mano por su cabello, revolviendo los mechones castaños
y separándose con demasiado esfuerzo. Cogió las gafas
de la mesa poniéndoselas de nuevo y retomando el cigarro,
encendiéndolo en sus labios. Lo miró de arriba abajo,
apoyando la mano en uno de sus muslos –. Déjeme fumar
este cigarro y vamos. Después de todo, usted apenas duerme
–dijo recordando las palabras del rubio, aunque en realidad,
lo que deseaba era tranquilizarse un poco y no salir de ese modo
con un estudiante a su lado.
–No dije que no durmiese, sólo que no tenía
sueño.. Natural, ¿no le parece? –sonrió,
echándose un poco hacia atrás para poder enderezarse.
Se pasó una mano por el cabello como para calmarse él
también.
–No lo sé, nada perturba el mío –el moreno
lo miró entonces, sin poder evitar besar sus labios, levantándose
–. Vamos… Si no, ahora que lo pienso, perderé
el placer de hacer disfrutar a mi portera, y eso sí que sería
imperdonable…

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