Capítulo
34
Pórtate Mal
Lorenz cerró las tres carpetas que portaba habitualmente
y la ceniza se desprendió de su cigarro, manchando la mesa.
Ya se estaba acabando la clase y además, estaba un tanto
cansado.
–No se puede fumar en la clase –dijo una de las chicas,
apoyándose en su mesa y sacudiendo la ceniza de esta, mirándolo
a los ojos –. ¿Y todas esas venditas? –preguntó
jugueteando y pasándole un dedo por una de las gasas en su
mandíbula, aunque también veía una en su cuello.
Lorenz se quedó sin moverse un milímetro, dejando
que lo acariciase y mirándola a los ojos.
–Pregúntele a Kinsei… –sugirió el
profesor, levantándose, como siempre sin decir nada y dejándola
pensar de todo.
La chica se volvió a mirar a Kinsei tras entregarle su trabajo
al profesor. Todos le tenían miedo, pero ella lo encontraba
muy divertido.
–¡Kinsei! ¡Te gustan mayorcitos! –pregonó
señalándolo mientras el profesor ya salía,
dirigiéndole una mirada fugaz al chico.
–¿Qué...? Yo no... –al moreno se le tiñó
el rostro de rojo, observando cómo lo miraba el profesor
y seguro de que algo habría dicho –¡No sé
de qué estás hablando! –exclamó, casi
corriendo fuera de la clase para seguir al profesor –Oiga,
¿qué le va diciendo a la gente de mí, eh?
–Shhh…, pero no me levante la voz. Sería mejor
un “disculpe ... ¿le ha dicho usted algo de mí
a alguien?” Y yo le contestaría, “desde luego
que no, sólo dije, pregúntele a Kinsei” No es
mi culpa cómo malinterprete la gente según qué
cosas –el profesor se ajustó las gafas, sonriendo de
pronto y abandonando la sonrisa de inmediato –. Lleve esto
a mi despacho… por favor –dijo tendiéndole las
carpetas y dispuesto a irse a la cafetería ahora que estaba
libre.
–Sí, claro, pro... Un momento –se detuvo de pronto,
sin dejarse engañar, aunque le ponía nervioso –.
¿Por qué habrían de preguntarme a mí?
¿Qué le sucedió?
–Nos atacó a Kiri y a mí, cuando estábamos
en mi casa por la noche –el moreno se ajustó las gafas,
echándose hacia adelante un mínimo –. Buenas
tardes, lleve eso a mi despacho Kinsei…
–Sí, sí, claro... –el chico dio un paso
hacia atrás, poniéndose nervioso de nuevo. Lo cierto
es que con tanta “situación especial”, a veces
olvidaba que hablaba con un profesor –¿Y Kiri cómo
está? –preguntó de todas maneras por si acaso
y sin querer ni hacer conjeturas de lo que estaría haciendo
el rubio en su casa, eso no era su asunto. Pero Lorenz era capaz
de no decirle si había sucedido algo grave.
El profesor suspiró, mirando la hora en su muñeca.
–Está bien, pero el mejor modo que tendría de
averiguarlo es acercándose a él y preguntándole.
Apuesto a que no se lo comerá… –el moreno se
aflojó la corbata un poco más, sonriendo para sus
adentros –O tal vez sí… –dijo caminando
por el pasillo sin más y alejándose.
Arai se mantenía pegado a la pared, observando el ir y venir
de ambos, sin mentar palabra o hacer gesto alguno, y se bajó
los auriculares cuando notó que el profesor ya parecía
irse.
–Los dos son unos tétricos –Kinsei se dio la
vuelta, refunfuñando en bajito, y sobresaltándose
al encontrarse con Arai, sólo porque no se lo esperaba. Le
sonrió, relajándose y acercándose a él
–. Arai... ¿cómo estás?
–Bien –el moreno le pasó los dedos por las puntas
del cabello, echándoselo atrás. Se dio la vuelta,
caminando al interior de las cristaleras hacia donde habían
hablado en una ocasión anterior. Se apoyó entre las
plantas de la galería, esperando a que lo siguiera.
–No, espera Arai, tengo que llevar esto al despacho de Lorenz...
–le mostró las carpetas, rogando porque no fuera a
pensar que no le parecía importante, pero tampoco quería
regaños ni tareas extras. Ya le llegaban bastantes, aun cumpliendo
con sus deberes.
El moreno le cogió la muñeca tirando de él
al interior y dejó las carpetas a un lado de las escaleras.
–Es igual… –dijo en tono bajo, mirándolo
a los ojos –Será poco tiempo, y estará tomando
un café –le soltó la muñeca, pensando
que igual lo estaba apretando con demasiada fuerza –. Reiji
creo que fue poseído… ayer noche.
–¡¿Qué?! –el chico lo miró
a los ojos, bastante asustado, y olvidándose de las protestas
que ya se formaban en su mente –Hizo... ¿Hizo algo?
No tuvo que ver con lo que pasó en casa de Lorenz, ¿verdad?
–No. Estaban solos en casa de Dusk –el moreno lo miró
a los ojos, sonriendo un poco de pronto y bajando la cabeza al comprender,
aunque con retraso, por qué Kinsei seguramente le había
dicho que debía llevar aquellas carpetas.
–¿Qué sucedió? ¿Está bien
Dusk? ¿Por qué... sonríes? –lo miró
confundido, sin comprender nada. Además, no le gustaba nada
aquello, demasiadas cosas habían sucedido en una sola noche,
sin contar con lo ya ocurrido durante el día.
–Está bien… –el moreno negó con
la cabeza, pasándole las carpetas de nuevo y enseriándose
–Llévalas, te acompaño –dijo saliendo
de allí, caminando a su lado –. ¿Quieres ir
a mi dormitorio esta tarde?
–¡Claro! –exclamó un poco entusiasmado
de más, y sonrojándose al instante, bajando un poco
la cabeza, apretando las carpetas como si su vida dependiese de
ello –. Quiero decir que me gustaría ver donde vives.
¡No! Sí...Ya sabes, quiero estar contigo –apretó
más las carpetas, molesto por su inhabilidad para expresar
exactamente lo que quería decir.
Arai se rió un poco, ocultándolo tras sus labios y
dejando salir el aire por sus fosas nasales.
–Mis padres nunca están en casa por la tarde y quiero
que veas mi cuarto –se metió un caramelo en la boca,
masticando el cristal y rompiéndolo mientras le mostraba
otros tres a Kinsei, ofreciéndole –Yo quería
ver el tuyo.
–Pero el mío no es la gran cosa. Más bien es...
insípido, ¿no? –sonrió, tomando uno de
los caramelos de color naranja, y metiéndoselo en la boca.
–Es normal –el moreno lo miró a los ojos, preguntándose
si se iba a molestar por aquello de normal –. El mío
tampoco es la gran cosa… –para él era el único
lugar de la casa que estaba a salvo de gritos y malas caras –.
Y está hecho un asco.
–Seguro que exageras –le sonrió el moreno, abriendo
la puerta del despacho y entrando para dejar las carpetas sobre
el escritorio –. Yo debo parecerte... muy aburrido, ¿no?
Arai se apoyó en la puerta, sujetando el pomo con una mano
e impulsándose después para despegarse de esta.
–¿Por qué? No me gusta la gente… molesta.
–No entiendo qué tiene que ver eso –le contestó
acercándose para salir –. Es sólo que tú
eres...Y bueno, yo no hago más que estudiar y portarme bien.
–Tú no eres molesto… –el moreno se echó
hacia atrás, apoyándose en la puerta de nuevo y mirándolo
a los ojos fijamente –. Pórtate mal…
–Tampoco es tan simple, tengo muchas cosas con las que cumplir
y... –bajó la cabeza, sintiendo aquella presión
de nuevo, lo que todos esperaban de él. Siempre tenía
aquel miedo de decepcionar a los demás, de no ser lo suficientemente
bueno –. Eso no es todo lo que soy para ti, ¿verdad?
¿Alguien que no molesta?
–No –el moreno frunció un poco el ceño,
apretando las mandíbulas y moviendo un poco la cara para
apartar el cabello de sus ojos.
–Oye, no te ofendas. No lo dije con malas intenciones –le
sonrió tímidamente Kinsei, tocando su rostro con delicadeza
–. Sólo... Me da vergüenza, pero me gustas y quiero
gustarte igual.
Arai lo miró a los ojos, sintiendo cómo lo acariciaba,
y pasó la mano por su mejilla, imitando sus movimientos,
acariciándolo con suavidad.
–Yo inicié esto…
–¿Qué? ¿Esto? –le sonrió
sin dejar de acariciarlo e inclinando un poco el rostro como para
cobijar su mano –Pero pensé que a lo mejor... sólo
te metías conmigo.
–Yo nunca haría algo así porque sí…
–dijo observando cómo se acariciaba contra su mano.
Lo atrajo hacia él, besando sus labios con suavidad y acariciando
su rostro contra el del moreno, hasta besar su cuello –. Besarse
en el despacho de tu tutor no es algo bueno –sonrió
un poco contra su piel, echándose hacia atrás entonces
para verlo.
–Puedo pensar en cosas peores aún –le sonrió
Kinsei, bromeando, claro, y poniéndose rojo luego –.
Pero no quise decir... Es igual, fuiste tú quien me besó
–finalizó, saliendo rápido de allí.
El moreno lo siguió, cerrando la puerta tras él con
una sonrisa en los labios y bajando la cabeza para que no se notara.
–Jamás supe que se necesitara de dos para llevar tres
carpetas –analizó el profesor, golpeándoles
en la cabeza a cada uno con el libro de poemas que llevaba en la
mano –. Espero no encontrarme manchas en la alfombra.
Arai, desacostumbrado a las alusiones del profesor, se quedó
sorprendido por unos segundos, mirando después a Kinsei y
escuchando cómo cerraba la puerta.
–¿Ha sugerido lo que creo?
–Siempre... Siempre está haciendo esa clase de comentarios
–le respondió el chico, más rojo que antes aun,
y preguntándose si de verdad el profesor creería que
habían estado haciendo eso.
Arai se rió levemente de pronto, bajando la cabeza y meneándola
a los lados.
–Acojona…

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