Capítulo
32
Comfortably Numb
Arai saltó a la cornisa desde la verjita de madera blanca
en la que se enroscaban buganvillas moradas y carmesí, y
se quedó sentado en el marco de la ventana para acabarse
el cigarro antes de cerrarla.
Observó a Kinsei que se movía por la habitación
en silencio, sus padres debían de ser un agobio. De nuevo
la imagen de Sachi volvió a su mente, y apretó con
fuerza las manos en la madera, dejándose caer hacia atrás
y descolgando medio cuerpo por el ventanal, cerrando los ojos, con
el pitillo colgando de los labios.
Lo dejó caer, y este dio vueltas hasta chocar con el suelo
y apagarse, al verse desprendida la ceniza del resto. Entreabrió
los labios, sintiendo la brisa.
–Namida wo otoshita kenjitsu to wa zankoku dane…–tarareó
como un tanto ausente.
–Arai... –Kinsei se acercó a la ventana observándolo
–¿No quieres acostarte un rato? ¿Quieres que
te prepare algo?
–No, gracias… –lo cierto es que no tenía
sueño y mucho menos hambre. Se impulsó hacia arriba
levantándose lentamente, haciendo fuerza con los brazos y
lo miró a los ojos fijamente sin decir nada. Extendió
un brazo mostrándole la palma de su mano sin abrir la boca
para nada.
Kinsei miró su mano, preguntándose si debería
ver algo en ella, un tanto confundido, pero decidiéndose
por colocar su mano sobre la del moreno al final, apretándola
un poco. Sólo quería consolarlo, pero sabía
que no era posible.
Arai la atrajo hacia su rostro, apoyándola en su mejilla
y cerrando los ojos aún con el ritmo de aquella canción
en la mente. Se levantó, bajándola desde su mejilla
hasta su pecho, agachándose un poco y apoyando la cara contra
la de Kinsei. Para él Sachi era como una hermana, más
que eso, lo sabía todo de él, era la única
a la que le hablaba realmente de sus problemas. Sabía que
no podía seguir así de por vida, pero cuanto más
se prolongaba el silencio, más cómodo se sentía
en él.
Kinsei levantó su otra mano, pasándola por la mejilla
del moreno, y acariciándole luego la nuca, sin separarse,
hablándole en voz baja, casi en un susurro. Sentía
profano el romper el silencio.
–Arai, está bien si quieres llorar o decirme cualquier
cosa, o incluso permanecer así, en silencio. No me importa,
lo que quieras hacer.
–Estoy bien… –susurró el moreno, cogiéndolo
en brazos y sentándose en el colchón con el chico,
ahora sobre sus piernas. Se tiró hacia atrás, apoyándose
en la pared. Cerró los ojos subiendo la mano por su mentón
y acariciándole los labios –. Ella veía algo
en mí…
–Por supuesto que sí –le respondió Kinsei,
observándolo, deseando poder hacer algo. Pero todas las palabras
de consuelo que venían a su mente le parecían formulaicas,
carentes de sentido. En realidad no veía qué se podía
decir en un momento así, y menos a alguien como él
–. Eres muy especial, Arai.
–Ya, muy raro será… –entreabrió
los ojos, observándolo y atrayéndolo hacia él
contra su pecho, bajando la cabeza y rozando sus labios contra los
suyos –¿Tienes miedo? Ella ha muerto también.
Ni siquiera había sido elegida jamás.
–Especial... –insistió el chico contra sus labios,
negando con la cabeza después –No esta noche, tal vez
aún no lo asimilo –respondió sinceramente –.
Mi nombre... Arai, sabes que no le habría hecho daño,
¿verdad? No sé por qué fui elegido.
–Sé que no… –el moreno le alzó el
rostro un poco más para ver sus ojos –Sé que
ella no lo creía, seguramente huía de Lorenz…
o tal vez simplemente estaba asustada, pero sabía que no
se fiaba de él –cerró los ojos, acariciándose
contra su pelo –. Cámbiate.
–Tú también, ponte cómodo –dijo,
levantándose con suavidad, un tanto reacio a separarse de
él –. Yo también habría estado asustado
–añadió, quitándose la ropa, más
que nada por complacerlo.
Arai lo siguió con la vista, quitándose la camiseta
para dejarla en el suelo. Se levantó para dejar caer los
jeans, que hicieron de ruido a causa de las cadenas, y permaneció
allí de pie, observándolo.
Kinsei giró el rostro un poco, sin prestar demasiada atención,
terminando de ponerse los pantalones, y girándose de nuevo,
preocupado de pronto.
–¿Sucede algo?
–No –el moreno lo abrazó por detrás, besándole
la nuca y rozándola con la lengua fugazmente, arrastrando
luego la nariz por ella hasta su cabello, apreciando su aroma –.
Quiero quedarme dormido. Mañana estaré bien…
–Vamos...vamos a la cama entonces –susurró Kinsei,
sintiendo un escalofrío y poniéndose rojo, sin poder
evitar avergonzarse un poco por sentirse así en esos momentos.
Se giró entre sus brazos, besándole suavemente los
labios a pesar de todo, y guiándolo hacia la cama.
Arai sonrió levemente al observarlo y sentir cómo
le empujaba, no había podido evitar pensar que le gustaba
cómo reaccionaba a las cosas. Lo apretó un poco más,
dejándose sentar en la cama. Finalmente lo soltó,
arrastrando las manos por su cuerpo hasta que ya no lo rozaron.
Se acostó en el colchón sin dejar de mirarlo a los
ojos, esperando a que entrase también.
Kinsei separó las sábanas, metiéndose bajo
estas, y acostándose de lado para poder verlo, sonriéndole
un poco también.
–Creo haberte visto sonreír...
–Sí –Arai levantó un poco la vista y se
apartó el cabello negro que resbalaba sobre su rostro –.
Me gustan tus gestos –bajó una mano por el colchón
hasta sus piernas, acariciándolas y deslizándola después
entre estas, colándola en el medio de sus muslos. La piel
estaba terriblemente caliente allí. Tal vez no estaba bien
sentirse así en aquel momento, pero eso sólo podían
juzgarlo él y Sachi, y a ella le agradaba como era.
Kinsei dejó escapar un ligero sonido bajo su aliento, sintiéndose
agitado de pronto, y cubriéndose la boca con una mano por
vergüenza.
–Son gestos... normales... –fue todo lo que atinó
a decir, bastante rojo.
El moreno sonrió de nuevo sin poder evitarlo.
–No, son los tuyos… –le apretó un poco
la cara interna de la pierna, y sacó su mano suavemente,
cogiéndole una mano al chico con ella y apoyándola
en su mandíbula de nuevo. Lo miró a los ojos mientras
la deslizaba por su cuello, su pecho, sus abdominales. La deslizó
a un lado en sus caderas, siguiendo la línea de la ropa hasta
abrazarse con ella, acercándolo más y apoyando la
mano en su cuello ahora.
El moreno se pasó la lengua por los labios, un poco acalorado
y bajando el rostro para esconderlo. No quería que pensara
que era un pervertido o algo así, pero tampoco podía
evitar sentir lo que sentía. Se abrazó a él
con fuerza, hundiendo su rostro en su pecho, con los ojos abiertos,
nervioso.
–Tranquilo… –susurró Arai, acariciándole
el cabello y besándolo al sentir los latidos de su corazón
acelerados contra su cuerpo. Deslizó la otra mano por su
cintura bajo la camiseta, acariciándole la espalda con firmeza
–. Duerme… Mañana te prometo que estaré
bien –dijo como si fuera una molestia para los demás
su estado.
–No...Está bien. No tienes que preocuparte por eso.
Puedes estar... como quieras –sonrió el chico, alzando
el rostro para mirarlo y acariciarle la mejilla –. Y puedo
acompañarte todas las noches, si quieres....
Arai lo miró a los ojos.
–Creía que era yo quien te acompañaba –agachó
la cara, besándole los labios suavemente y después
varias veces seguidas de forma cada vez más intensa. Entreabrió
los suyos, lamiendo el superior del moreno levemente y después
besando su frente –. Sí, quiero quedarme todas las
noches.
–Sí, pero... nos acompañamos mutuamente –murmuró
Kinsei, con los ojos entrecerrados.
–Sí… –contestó el moreno finalmente,
acariciándole la espalda.

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