Capítulo
30
Late Night Coffee
Lorenz miró al rubio, acuclillado también al lado
de la chica. Finalmente se levantó, apoyándose en
el hombro de Kiri y ajustándose después las gafas
por el puente de la nariz.
–Esta vez no ha sido un accidente, aunque los “encargados”
no hemos hecho nada para matarla. Ahora sí que quedamos sólo
seis. Según los pitagóricos, el primer número
perfecto… –sacó un cigarrillo del bolsillo del
pantalón, prendiéndolo en sus labios –. Me pregunto
si se detendrá aquí, con nosotros… jamás
había sido nombrada por la guija. Supongo que resultaba inservible.
–Tal vez sólo estaba allí para ser sacrificada.
Y justo en el mismo día en que les sucedió todo aquello
a Arai y Kinsei. Quizás quería demostrar que iba en
serio, ¿no cree? –sugirió, observándolo
y sentándose un poco hacia atrás, apartándose
del cadáver –. Tal vez usted y Kinsei deberían
estar preocupados. Después de todo, ninguno de los dos llevó
a cabo su misión.
–Preocuparse… Ya lo haré cuando llegue el momento…
–el moreno apretó uno de los grifos de las fuentes
exteriores, y se lavó las manos meticulosamente, secándoselas
después con un paño y guardándoselo en lo bolsillo
–. ¿Lo llevo a casa, o desea quedarse observando el
cadáver de su compañera por el resto de la noche?
–preguntó de pronto.
–No, ya no hay nada más que hacer aquí –sentenció
el chico, poniéndose de pie, y aceptando su invitación
de manera indirecta.
–¿Ya han vuelto sus padres, o sigue viviendo solo?
–preguntó el profesor, encendiendo el automóvil
y echando un último vistazo al cuerpo desde el retrovisor
–. Voy a empezar a pensar que soy un mal profesor si sigo
quedándome sin alumnos… –comentó, más
bien pensando en alto y sonriendo extrañamente.
–¿Por qué? No es usted quien los está
matando, ¿cierto? –comentó el rubio, mirando
hacia la calle delante de ellos –Aún vivo solo. Mis
padres no vendrán hasta dentro de un par de meses o así.
El profesor dejó escapar una risa suave entre los labios,
sin contestar y dejó caer la ceniza por la ventanilla del
coche.
–¿Quiere tomar un café? –preguntó
con aquella sonrisa aún dibujada en sus labios, desde luego,
sólo por observar su reacción. Era un chico muy extraño.
El rubio lo miró de soslayo, sonriendo de medio lado y respondiéndole
un tanto irónicamente.
–¿A estas horas? ¿Durante las clases? ¿No
debería estar en la cama ya?
–Mi madre me permite trasnocharme –el moreno sonrió
del mismo modo, sujetando el cigarrillo entre los dientes –.
Trataré de no matarlo…
–Entonces, yo trataré de no matarlo a usted –le
sonrió el chico, ahora mirándolo directamente.
–Tomaré eso como un sí –el moreno torció
en la calle, pasando la casa de Kiri y aparcando el coche en la
entrada de un edificio bastante nuevo de paredes acristaladas. Abrió
el portal, sonriéndole a la portera –. Buenas noches…
–dijo pasándole de pronto el brazo por la cintura al
rubio.
–Buenas noches… –respondió la mujer en
un tono de desaprobación, saliendo de detrás de su
mesa y siguiéndolos con la vista hasta el ascensor –¿Uno
de sus alumnos, profesor?
–Así es, Aoyama Kiri. Encantado –le sonrió
el rubio, haciéndole una especie de reverencia desde el ascensor,
sólo por meterse con ella.
Lorenz lo soltó en el interior, dejando caer la ceniza en
el suelo metálico, marcando el noveno y sonriendo levemente.
–Las porteras son una raza aparte… –murmuró
dejándole la colilla de regalo en el suelo, para que mañana
le diera las quejas –Creo que cuando salgamos, ya habrá
llamado a corrupción de menores –continuó, sin
darle mucha importancia a aquello, abriendo la puerta y recibiendo
al gato blanco que dormía en el descansillo, mientras se
descalzaba –. Se descalza... –dijo como si estuviera
en el salón de clase.
–Cómo no, profesor... –respondió un tanto
burlonamente, aunque haciendo lo que le pedía, y acariciando
un poco al animal que se había acercado a olerlo, con la
curiosidad propia de su especie –. ¿Sabe que los gatos
supuestamente alejan a los malos espíritus? Tal vez debería
conseguirme uno... –comentó como pensándolo
realmente.
–Algo así había escuchado –el moreno sonrió
un poco por la burla del chico, percatándose de lo que había
dicho –. Yaco simplemente se coló en mi casa por el
balcón. En realidad era de la vecina, pero ha decidido mudarse…
–aseguró como si no le importara lo más mínimo
y preparando el prometido café –Venga y siéntese
si lo desea… –lo invitó, apoyándose en
la encimera de la cocina y soltándose la corbata para aflojarse
la camisa –. ¿No se siente solo sin sus padres?
–Estoy acostumbrado. De todos modos suelen trabajar hasta
tarde, no hay mucha diferencia –le contestó, entrando
en la cocina y sentándose, regresando al tema del gato, como
quitándole importancia a lo otro –. Tal vez le agrada
más que su dueña. De acuerdo con esa... superstición,
también se dice que los gatos suelen desear estar cerca de
su amo cuando sienten que puede correr peligro en ese sentido.
–Interesante… Sabe acerca de muchos temas, ¿no
es así? –le pasó la mano por el lomo al animal,
que saltó sobre la encimera ronroneando. La verdad es que
lo comprendía y compadecía por haber vivido con semejante
altanera estirada. Le tendió la taza –Sin azúcar
¿no es así? –dijo echándose dos cucharadas
en el suyo, y revisándolo con la mirada –¿Se
siente superior a los demás?
–Gracias –el chico tomó la taza, sonriendo de
pronto y observándolo a los ojos –. Así que
eso era... ¿Va a cuestionarme de nuevo? ¿O es que
aún está preocupado por mi futuro?
–No… –el moreno lo miró con una sonrisa
en los labios, aunque con un tinte extraño en la mirada –Es
sólo que usted me resulta interesante, y también su
forma de pensar… No suelo invitar a mis estudiantes a mi apartamento,
como ya supondrá… –dijo el moreno, pasándose
la mano por el pecho dentro de la camisa –Yo… me preocupo
por el futuro de todos los estudiantes.
–Qué buen profesor... –murmuró Kiri, bebiendo
luego de la taza –Entonces le responderé. Sí,
me considero superior porque como ya le dije, no ando por la vida
con los ojos vendados como la mayoría de ellos. Y no, no
me considero superior, porque todos mis conocimientos e investigaciones
podrían fallar de un momento a otro, y aplastarme completamente.
Pero considero que es mejor prepararse de todas maneras. Supongo
que podría decir que más bien soy... diferente a la
mayoría.
–Lo cual ya es una gran virtud, cabría decir –el
moreno lo miró a los ojos, sacándose las finas gafas
y limpiándolas con un pañito –. Siempre hay
alguien más inteligente. No lo olvide… –dijo
poniéndoselas de nuevo y tomando su taza y la jarra de café,
dirigiéndose a la salita y sentándose en uno de los
sillones negros –. Acompáñeme. Es agradable
tener compañía de vez en cuando… –levantó
la mano con la taza para dejar paso al felino, que rápidamente
se adueñó de su regazo –. Como ve, yo también
he estado investigando –dijo refiriéndose a la cantidad
de libros y apuntes mezclados que había sobre su mesa.
–No esperaba menos. Aunque ahora me pregunto... si usted se
considera superior –contestó, siguiéndolo con
su propia taza y sentándose enfrente –. ¿Ha
encontrado algo interesante?
–Desde luego, si mi intelecto se considera superior a la media…
es que de hecho he de serlo. Eso hace que me sea un tanto difícil
relacionarme, algunas personas consideran el exceso de inteligencia
un tanto… pedante. Lamentablemente, creo que también
soy un tanto maniático… –dijo repasando los folios
–He estado investigando acerca de los entes y la guija…
dejando un poco de lado el por qué… para centrarme
en la solución.
El rubio se sonrió un poco, comprendiéndolo, aunque
lo suyo seguía siendo distinto, claro.
–¿Y? ¿Ha encontrado alguna? Porque... yo no
creo que un exorcismo vaya a funcionar.
–No creo en los exorcismos… –el moreno sonrió
–Puedo creer en los espíritus, pero no en la iglesia…
por favor. Amo la filosofía… y amo pensar, las religiones
me parecen una farsa que elimina el uso de la razón –tomó
el cenicero de cristal de la mesa, apoyándolo en el brazo
del sofá para dejar la ceniza –. No tengo respuestas.
Sólo teorías sin la suficiente base como para que
no me avergüence exponerlas.
–Puede que tenga razón –respondió el chico,
riéndose un poco –. Por algo le dije que no creo que
algo así funcione, pero vale la pena explorar todas las posibilidades.
Por ejemplo, tal vez deberíamos averiguar si algo así
ha pasado antes en este instituto. Me refiero a una ola de suicidios
o accidentes simultáneos.
–Creo que algo así se habló tiempo atrás.
No lo recuerdo muy bien, tampoco presto mucha atención ni
a mis compañeros, ni a las habladurías. Y sólo
llevo cuatro años en este centro. Además, creo que
este edificio antes no era un instituto, el ayuntamiento lo restauró
para poder crear un centro de estudios. Deberíamos buscar
información del edificio, sí… –dijo como
meditándolo y pasándose el dedo por los labios, era
una manía que no podía evitar.
–Sí, es buena idea. En cualquier caso, no estaría
de más –asintió el chico, bebiendo un poco más
de café y observando los gestos del profesor.
El moreno dirigió sus ojos grises hacia Kiri, mirándolo
de soslayo. Sonrió levemente, dirigiendo su mirada de nuevo
a los apuntes.
–Creo que antes era una fábrica de armas, aunque no
estoy seguro. Tal vez eso era el colegio que está al lado,
y no el instituto… en fin –se echó hacia atrás,
pasándose las manos por las piernas y acariciando al felino
–. No tiene sentido hacer suposiciones de una información
a la que se puede acceder de forma relativamente fácil, pronto
lo sabremos. ¿Ya tiene sueño?
–Sí, supongo que tiene razón –el chico
se encogió de hombros, dejando la taza sobre la mesita frente
a él –. ¿Sueño? No. Prefiero no dormir
si no es en mi propia casa. Pero puede acostarse si quiere, no me
molestaría llamar un taxi.
–Pensaba que ya le era hora de dormir. A su edad es mejor
no acostarse muy tarde –dijo en un tono un tanto extraño,
sólo por molestar probablemente –. Puede estar tranquilo,
yo lo traje, y yo lo llevaré de vuelta –le aseguró,
encendiendo un cigarrillo en sus labios y pasando los dedos por
detrás de las orejas de Yaco, acariciándolo. Sonrió
de pronto, pensando en lo que había dicho sobre no dormir
si no era en su casa. ¿Cuándo lo había invitado
a quedarse? Extrañamente engreído, pensó alzándole
la cara al gato blanco, y pasándole la mano por encima de
nuevo –. ¿Vio las marcas en sus piernas? En las de
Sachi… –aclaró.
–Por supuesto que las vi. Parecían... dedos, ¿no?
–lo miró, como pidiendo su opinión, aunque la
respuesta era un tanto obvia para él –Y soy suficientemente
grande como para decidir a qué hora me acuesto –añadió,
a pesar de que en realidad no le había molestado esa suposición.
–La palabra correcta es mayor o adulto. Grande, es para referirse
al tamaño –explicó el profesor más por
defecto de profesión que otra cosa. Claro, corregir a alguien
tan orgulloso, siempre era un placer extra –. No soy ningún
experto, pero lo mismo me pareció a mí, como si la
hubieran agarrado para hacerle perder el equilibrio. Desde luego,
no creo que se tratase de Arai…
–Lo siento, a veces olvido que hay cosas tan importantes en
el mundo como el uso específico de cada palabra –Kiri
le sonrió de una manera bastante irónica, continuando
luego como si aquello no hubiese ni pasado –. No, no creo
que haya sido Arai, tendría que haber corrido demasiado rápido
como para haber llegado abajo a tiempo para cuando salíamos.
Lo que sí es cierto, es que no fue ningún accidente,
ni un suicidio. Pero eso ya lo sabíamos.
–Naturalmente, el uso de las palabras es importante, para
empezar, diferencia a la gente culta de la inculta… –el
profesor se ajustó las gafas, mirándolo entonces.
Apretó las mandíbulas, mirando al gato que se tensó
de pronto en sus piernas, levantándose y mirando a la pared,
clavándole las uñas y erizando el cabello, bufando.
Salió corriendo por el salón y se escondió
bajo una de las mesas sin motivo aparente, aún erizado.
Lorenz se levantó, mirando a la pared y después al
gato, frotándose el muslo.
–¿Qué te pasa ahora? –preguntó
agachándose y extendiendo la mano hacia él para que
saliera –. Ven aquí… –retiró la
mano al ser arañado, y observó la sangre en su mano.
Kiri se levantó, observando primero al gato y luego hacia
donde miraba el mismo, pero no parecía haber nada allí,
y lo cierto es que podía ser comportamiento normal del felino,
no estaba seguro. Pero también se suponía que los
gatos podían percibir espíritus, y luego de lo que
les había sucedido a los demás... Dirigió su
mirada al profesor, preguntándole.
–¿Se encuentra bien? –aunque no le parecía
que un arañazo de gato lo fuese a matar precisamente.
–Claro… –el profesor le habló apenas separando
los labios, y sin apartar la mirada del gato. Extendió la
mano de nuevo obstinadamente –Ven aquí –le dijo
en tono autoritario. El gato se acercó, aunque de manera
demasiado lenta, y se acarició contra su mano, girando la
cara de nuevo, mirando al techo ahora. Saltó sobre su hombro
y por encima de su espalda, saliendo a todo correr del salón,
y tropezándose con las paredes para esconderse bajo la cama
del dormitorio –. No sé qué le pasa… –se
levantó un tanto extrañado, pasándose un pañuelo
por la mano para no mancharse de sangre.
–¿Nunca se ha comportado así antes? –preguntó
Kiri, siguiendo al gato con la mirada y girándose de nuevo
para ver qué era lo que tanto lo asustaba, pero seguía
sin ver nada. Claro, eso era de esperarse, pero no podía
evitar el intentar averiguarlo –. ¿Cree usted...? –el
rubio fue interrumpido por la sensación de algo cortante
golpeando contra su rostro, se agachó un poco, llevándose
la mano a la mejilla, sólo para ver cómo la sangre
brotaba de un corte no demasiado profundo en la misma.
Lorenz le sujetó la mano, apartándosela y mirando
el corte en su mejilla. Se giró observando alrededor como
si pudiera saber de dónde había provenido aquello.
Echó los hombros hacia atrás al sentir cómo
se rasgaba su camisa así como la piel de su espalda.
–Bien… no tiene sentido huir… –dijo sin
moverse de donde estaba, tratando de pensar qué debían
hacer.
–No, probablemente acabaríamos muertos –respondió
el chico completamente serio, observando a su alrededor, atento.
No pensaba entrar en pánico, después de todo, no había
matado a Arai ni a Kinsei. Aunque... Miró al profesor, pensando
en lo que había dicho antes, que no había llegado
a cumplir su misión.
–Tal vez debí ganarle la carrera de asesinato al señor
ente… –dijo el profesor de manera sarcástica,
dejando escapar la risa entre sus labios suavemente, y apoyando
la parte superior de la espalda en la pared, fumando tranquilamente
a pesar de todo. Sólo estaba pensando en que estaba manchando
la pintura crema de las paredes.
Sintió cómo de pronto, varias manos descarnadas lo
sujetaban al muro y se trató de separarse un tanto asqueado,
sin conseguirlo, en vez de eso, siendo golpeado de vuelta contra
la misma.
–Agh… –apretó las mandíbulas, dejando
caer el cigarrillo al suelo al sentir cómo las uñas
se clavaban en su piel, rompiendo su camisa y la tela de su pantalón.
Por un momento, sin poder evitar pensar que iba a morir. Notó
que una de ellas le sujetaba el cuello y echó la cara a un
lado.
–¿Profesor Lorenz? –Kiri lo observó, parecía
estar luchando contra algo en la pared, aunque él seguía
sin ver nada, hasta que la ropa del otro empezó a desgarrarse,
como si algo lo estuviese arañando. Se apresuró en
llegar a su lado, colocando las manos sobre su cuello, intentando
liberarlo de aquello invisible que lo estrujaba, y para su sorpresa,
sintiendo unas manos bajo las suyas. Apretó los labios, tirando
con fuerza, notando cómo las manos se hacían cada
vez más sólidas, visibles, como las manos de un cadáver.
Empezaron a arañarlo a él también, dejándole
cortes en las manos, brazos, e incluso uno sobre la frente.
El moreno levantó los brazos como pudo, desprendiéndose
de las que sujetaban sus antebrazos, y sujetando con sus manos las
mismas de las que tiraba Kiri y de las que más le urgía
liberarse. Le estaba costando respirar y apretaba las mandíbulas
sudando. Se cayó hacia adelante de golpe, tirando al rubio
bajo él y sintiendo cómo le cortaban la piel al separarse,
sin poder contener un sonido de dolor. Se tiró de espaldas
en el parquet, saliendo de encima del chico y jadeando, tratando
de respirar con normalidad de nuevo. Sintió cómo le
tiraban de un tobillo, y lanzó patadas con el otro pie, tratando
de liberarse de las sangrantes manos, y observando un extraño
rostro apenas visible en la pared.
–Váyase, rápido…
–¡No! ¿Qué le hace pensar que no vendrá
tras de mí? –Kiri respondió un tanto alterado,
aunque al parecer más molesto que otra cosa, y girándose
un poco para observar aquel rostro cada vez más real y a
cada momento, menos descriptible, gritándole –¡No
voy a huir, ni pienso entrar en pánico, así que, si
vas a matarnos, hazlo ya y déjate de juegos!
El moreno lo miró, pensando que si se largaba al menos tenía
una esperanza, pero no dijo nada. No estaba como para preocuparse
por esa clase de cosas. De pronto, el rostro se quedó con
los ojos fijos en Kiri y abrió los brazos que rodeaban toda
su cabeza, como ofreciéndole acercarse y matarlo.
Kiri lo observó de vuelta, poniéndose de pie, y apretando
con una mano el colgante que llevaba en el cuello, la punta de la
pequeña espada, clavándose en su palma, haciéndole
una herida más. No tenía idea de si todas esas cosas
funcionaban, pero le parecía que ya era hora de comprobarlo.
Se paró frente al rostro, mirando lo que debían ser
sus ojos, y más bien parecían abismos a punto de tragárselo.
Lorenz lo miró desde el suelo, levantándose en los
codos y aún respirando agitado por el esfuerzo.
–No debería acercarse tanto –dijo aún
así, poniéndose de pie también y recogiendo
sus gafas del suelo, examinándolo, aunque desde luego, sin
aproximarse.
La forma en la pared abrió la boca de pronto, sujetándose
los propios labios con más manos y abriéndola cada
vez más hasta que estos se partieron y se escuchó
un estridente grito que inundó la sala al tiempo que aquel
agujero oscuro y agrietado se abría como atrayéndolos
con su respiración.
Fue entonces cuando el profesor se acercó curioso, subiéndose
las gafas y sujetando al rubio de la nuca, temiendo que “la
curiosidad matase al gato”.
–No va a matarnos... –murmuró Kiri de pronto,
observando la pared como hipnotizado. Si hubiese querido hacerlo,
no necesitaba esperar a que ellos se acercasen y por más
horrible que fuese, aquello ya empezaba a parecerle un acto de circo.
Era obvio que lo que quería era asustarlos.
–No vas a conseguirlo, ¡¿me oyes?! Sólo
estás perdiendo el tiempo. Dinos qué quieres –poco
más que exigió, apretando cada vez más el colgante
que llevaba al cuello, aunque no podía negar que su corazón
latía cada vez más rápido.
De pronto, del agujero negro surgió una figura humana, estirándose
a lo largo de la sala y extendiendo sus manos ensangrentadas como
para tocar la cara del chico, aunque deteniéndose tan sólo
a unos centímetros.
–Eh, Kiri, ¿aún quieres verme desnuda? Dijiste
que era hermosa, ¿aún soy hermosa? –preguntó
la voz de Yuki, su silueta haciéndose más discernible
por momentos.
–Ha perdido usted mucho... –contestó el moreno,
separándose de pronto y quitándose la camisa rota.
No estaba por seguir aguantando aquello, Kiri tenía razón,
podían haberlo matado si lo hubiesen deseado. Se dirigió
al baño a limpiarse las heridas, y la puerta se cerró
casi golpeándolo. Se apoyó en la pared un tanto sobresaltado
y levantándose al recordar lo sucedido la última vez
–. ¿Qué es lo que quiere, Yuki? Está
muerta… Váyase al infierno, tiene mis bendiciones…
–declaró en un tono frío, aunque lo cierto es
que estaba alterado, además de dolorido, estaba cansado.
Kiri desvió la mirada hacia el baño, un tanto nervioso,
pero no pensaba retroceder tampoco, así que continuó
armándose de toda la calma de la que era capaz.
–Por cierto, nunca fuiste hermosa realmente, además
de que no creo que seas Yuki. No tiene sentido. ¿Eso es todo
lo que tienes? ¿Nos envías a hacer estas cosas, para
luego mostrarnos sus cadáveres? ¿Se supone que me
sienta culpable? Ella se suicidó, no es mi culpa.
Súbitamente, tanto la figura de la chica como las manos en
la pared desaparecieron, dando lugar a un golpeteo furioso de puertas
y ventanas, y al parpadeo incesante de las luces. Algo pasó
rozando el tobillo de Kiri, pero sólo era el gato que ahora
huía de una esquina a la otra, gruñendo y maullando
asustado.
El profesor arrinconó al gato, cogiéndolo por debajo
del abdomen y sujetándolo a la fuerza.
–Yaco, te harás daño –apretó las
mandíbulas, sintiendo cómo le clavaba las uñas
tratando de huir, y lo acarició un poco más para que
se tranquilizase. Se sentó en el sillón, sintiendo
que botaba bajo él, retumbando contra el suelo. El café
se derramó y la jarra de cristal se partió, vertiendo
el líquido oscuro sobre los apuntes. ¿Qué hacer?
Kiri se sentó también a esperar, sonriendo un poco,
y sintiendo cómo le alborotaban el cabello por un momento.
Se inclinó hacia delante, pero sin intentar huir. Al cabo
de unos minutos, todo se detuvo tan abruptamente como había
empezado, dejando sólo silencio tras de sí.
–Por fin –el profesor soltó al felino, que saltó
de sus piernas a esconderse dentro de uno de los cajones de los
manteles. Bajó un brazo, recogiendo los apuntes empapados
sin disimular que aquello sí le había molestado realmente,
y se levantó por fin, dejándolos sobre la mesa algo
húmedos, dirigiéndose al baño –. Esto
no ocurre habitualmente –comentó ya de espaldas, sonriendo
de medio lado y limpiándose la sangre con una toalla húmeda
–. Deja que me cambie y te acompañaré a casa…
–Está bien, aquí lo espero –respondió
el chico ahora tranquilamente, soltando por fin el colgante manchado
con su propia sangre, y recostándose hacia atrás pensativo,
sin siquiera reparar en sus propias heridas.
Lorenz se examinó los cortes en el espejo, pasándose
las yemas de los dedos por las heridas, tampoco eran muy profundas,
pero no quería mancharse la ropa. Abrió la puerta
del cuarto de baño, pasando directamente a su cuarto, y se
vistió con una camiseta negra y una camisa del mismo color.
Al menos así, no se mancharía la camisa.
–Vamos… –dijo encendiendo un cigarro en sus labios
–¿Seguro que no quiere que le lleve a casa de alguno
de sus compañeros?
–¿Cuál sería la diferencia? No voy a
estar más seguro en la casa de ninguno de ellos que en la
mía. Si todo esto sucedió estando con usted... –le
sonrió un poco, bromeando y poniéndose de pie, comentando
extrañamente –He decidido que no me voy a comprar un
gato después de todo.
–Pero conmigo no le ocurrió apenas nada… –sonrió
levemente porque le habían hecho gracia sus comentarios y
sacó un pañuelo del bolsillo, limpiándole la
sangre del rostro. Observó su mano, sujetándola y
viendo la sangre en esta –. ¿Le gusta horadarse? –preguntó
sonriendo levemente.
–Sólo cuando hay espíritus presentes –Kiri
sonrió, aunque un poco menos, como si aquello no fuese del
todo una broma. Se quitó el colgante del cuello, mostrándole
la pequeña espada con una serpiente enroscada a su alrededor,
y entregándoselo –. Tome, se supone que es un amuleto.
En algunas culturas la serpiente se considera un animal protector
y la espada... sólo es para que se vea bien, supongo, no
lo sé. En todo caso, aún no sé si funciona
o no. Tal vez usted pueda averiguarlo.
–Viniendo de usted… es un honor obtener un obsequio
–Lorenz se lo colgó al cuello, aunque estaba ensangrentado,
pero aquello le daba más valor al colgante –. Sin duda
usted salió mejor parado esta noche… –le vendó
con el pañuelo la mano que aún sujetaba –Mi
portera adorará nuestro aspecto… –murmuró
sujetando el cigarro en los labios.
–Entonces tendrá un recuerdo que atesorar –murmuró,
pensando en que sin duda la mujer daría por hecho cualquier
cosa que le sugiriese su propia mente aún sin tener bases.
De igual manera, no estaba seguro de que su suerte tuviese que ver
con aquel amuleto, aún le quedaban más posibilidades,
pero tampoco había por qué descartar esa –.
Me preguntaba... ¿por qué querría que estuviésemos
asustados si de todos modos vamos a cumplir lo que nos pide? –preguntó
de pronto, por ver si el profesor tenía alguna teoría.
Lorenz marcó el piso bajo en el ascensor, pasándose
las yemas de los dedos por los labios, meditándolo.
–Porque es su naturaleza tal vez, los humanos tenemos la tendencia
de en revesar las cosas, cuando a veces tienen una explicación
de lo más simple… –dijo abriendo la puerta y
dejándolo salir.
–Es una buena respuesta –reconoció Kiri, sonriendo
un poco de nuevo, e inclinando la cabeza cortésmente ante
la portera a pesar de su aspecto –. Buenas noches –saludó,
aún sonriendo, como si todo fuese de lo más normal.
El profesor hizo un gesto con la cabeza, saludándola a su
vez y sonriendo ante la mirada de la mujer, que los siguió
con la vista hasta que desaparecieron en el interior del coche.
–Simplemente no puede evitarlo, también es su naturaleza…o
tal vez le gusta imaginar ciertas cosas…

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