Capítulo
28
This is Not Really Happening
Arai dejó escapar el humo entre los labios, con las manos
en los bolsillos y sin molestarse en sacárselas para darle
otra calada al cigarro. Se estaba durmiendo, pero no quería
volver a casa, ya le había llegado con la charlita de la
comida. Se apartó el cabello de la cara con una mano, y dejó
caer los auriculares hacia su cuello, observando a Kinsei en la
acerca de enfrente, charlaba con otros dos tíos. Sacó
el cigarro de sus labios, apoyándose en la pared y observando.
Si hubiera estado solo, tal vez se habría acercado.
Kinsei desvió la mirada en ese momento, observando al moreno
por casualidad. No quería ser grosero, pero lo cierto es
que deseaba preguntarle acerca de lo que había sucedido,
y además, aún tenía en la cabeza lo de la noche
anterior.
–Eh, tengo que irme, chicos.
–¿Ya? ¿Tan pronto? –se quejó uno
de sus amigos, observando cómo el moreno se ponía
de pie.
–Sí, es que tengo que hablar con alguien.
–O.K. nos vemos mañana –se despidió el
otro, quitándole la libreta que llevaba en la mano –.
Y de nada.
–Ah, sí, gracias por prestarme los deberes –se
rió el chico, ya volteándose y empezando a cruzar
la calle –. Hasta luego –tal vez Arai quería
estar solo y se molestaba porque lo incomodase, pero para cuando
terminó de pensar aquello, ya era muy tarde. Se detuvo justo
enfrente de Arai, saludándolo –. Hola....ya escuché
lo que sucedió
–Sí, se me fue un poco la mano –contestó
el moreno, sonriendo un poco sin levantarse del muro. Se alegraba
de que se hubiese aproximado.
–Puede, pero al menos no fue más lejos –le sonrió
el chico de vuelta. Lo cierto es que estaba bastante aliviado por
aquella noticia –. Quieres... ¿quieres ir a tomar algo?
–lo invitó de pronto, un tanto nervioso, aunque no
sabía por qué, si era algo muy casual, ¿no?
Arai entreabrió los labios mirando al suelo.
–Odio las cafeterías, pero si lo que quieres es estar
conmigo, no nos hace falta ir a ninguno de esos sitios –le
sujetó una de las trabillas del pantalón, atrayéndolo
un poco.
–No... Yo... ¡Sólo trataba de ser amable! Es
una invitación nada más... –contestó
el chico, enrojeciendo un poco y girando la cara a un lado, mirando
al suelo.
–No me grites, estoy aquí –el moreno sonrió
un poco, mirando al suelo también –¿Está
interesante la calzada? –movió la cabeza un momento
para apartarse el cabello de la vista –Pero era una invitación,
eso es que quieres estar conmigo. No sabía que fuera algo
malo, ¿o sí?
–No, no es nada malo –respondió Kinsei, alzando
el rostro de nuevo con algo de esfuerzo mental, ya que estaba rojo
y no quería que lo viera así. Ya estaba mayor para
esas boberías, ¿no? –. ¿Qué hacemos
entonces? ¿Sólo nos paramos aquí?
Arai le pasó un dedo por una de sus mejillas.
–Podemos ir a dar una vuelta si quieres. No hace falta que
nos quedemos aquí sólo porque odie las cafeterías.
No me gusta la gente, eso es todo.
–Sí, eso se nota. No quise decir nada malo, ¿eh?
–Kinsei se corrigió enseguida por si lo había
ofendido –. Demos una vuelta –accedió, separándose
un poco y preguntándose qué demonios era lo que había
entre ellos.
–Iba a detenerme, pero el tío se puso imbécil
y Reiji me dijo que continuase. Después, no sé lo
que pasó, no podía dejar de machacarlo –suspiró,
tirando el cigarro a un lado, dejando salir el humo hacia abajo
y deslizando los dedos por el envés de la mano de Kinsei
como si nada.
–Pero... te detuviste, es lo que importa, ¿no? –lo
miró de soslayo, tomando su mano de pronto, enrojecido y
mirando a otro lado, como quien no ha hecho nada –Y ¿Reiji?
¿Por qué te dijo que siguieras?
Arai apretó la mano del chico con la suya, entrelazando los
dedos y acariciándolo con el pulgar.
–El tío, pese a todo, se puso hecho un animal y le
llamó puta y esas cosas. A mí también me dieron
ganas de pegarle un poco más. Pero yo no me detuve, fue Reiji
quien lo hizo.
–No entiendo nada. Primero dices que Reiji te dijo que siguieras
y luego que te detuvo y... todavía no sé por qué
había que pegarle a ese tío –lo miró
confundido, justo como se sentía –. El profesor Lorenz
dijo que se vengaran, pero no comprendo, ni siquiera ha ido a las
reuniones.
–¿Tú no sabes lo que hace Reiji? –Arai
se metió por uno de los callejones, donde estaba lleno de
tiendas de ropa un tanto extravagantes, de música extraña
y otros tantos puestos ambulantes de hippies.
–Sí, ¿eso que tiene que ver? ¿Acaso no
le pagó o algo así? –indagó, distrayéndose
un poco con los puestos de ventas y la gente que pasaba a su lado.
No solía ir mucho por allí y le llamaba la atención
–. ¿No es por lo del poema verdad?
–No. Es porque le pegó una paliza, te lo dije ayer…
por la noche –el moreno sonrió, apartándose
el cabello de nuevo y pegándose al chico que estaba parado
frente a un escaparate –. Estabas más pendiente de
otras cosas –le susurró contra el oído sin borrar
la sonrisa.
–¡¿Eh?! –se sobresaltó, observándolo
en el reflejo del escaparate, y enrojeciendo más. Se separó,
echando a caminar como si tuviese algún lado al que ir –.
No es por eso, no sé de qué hablas, yo sí te
escuchaba –argumentó, un tanto incoherentemente.
El moreno se quedó observando cómo se iba, extrañado
por su comportamiento. Levantó una ceja, avanzando para cogerle
muñeca.
–¿Por qué te escapas de mí? –deslizó
la mano hasta la suya, cogiéndola de nuevo y caminando ahora
a su lado –. Ayer yo pensaba más en lo que hacía
que en lo que decía. No hay nada de malo en eso. ¿Es
porque soy yo?
–No, no es malo, ni es porque seas tú –Kinsei
bajó el rostro avergonzado, hasta él estaba sorprendido
por su propia reacción –. Es que yo nunca he tenido...
esto, lo que sea. Ni me habían besado. Bueno, yo sé
que entiendes. Y no sé qué hacemos –finalizó
bruscamente, ya se estaba poniendo nervioso de más, y no
quería explicar tantas cosas.
–Quiero comprar unos CDs y me acompañas… –el
moreno sonrió un poco, sin poder evitar reírse después,
mirando al suelo y tapándose un poco la boca, frotándose
la nariz –. Entiendo…
–¿Entiendo? ¿Entiendo? ¿Qué entiendes?
–el chico giró el rostro un tanto molesto porque se
estuviera riendo. ¿Acaso se burlaba de él porque había
sido su primer beso? ¿O por las cosas que le contaba? O...
Ni siquiera había respondido con claridad.
–Qué mal genio –el moreno se metió un
chicle en la boca, masticándolo y haciendo un globo con él
como distraído, mirando los escaparates, aunque en realidad
estaba pensando. Al parecer, nunca reaccionaba con lógica,
o al menos no para los demás –. Entiendo cómo
te sientes, aunque no sé por qué te cabreas –se
acercó un poco más, cogiéndole la cintura con
el otro brazo y rodeándolo.
–Porque... porque te ríes. Y para ti no será
importante, pero no tienes que reírte sólo porque
no tenga experiencia –Kinsei protestó, con el rostro
arrebolado de nuevo –. No sé qué quieres...
–Me gusta cómo te pones –lo pegó más
a él, echando la cabeza atrás y apoyando los omoplatos
contra la pared –, pero no me burlaba… –lo atrajo
hacia él, echando las caderas adelante de nuevo y lo mirándolo
a los ojos, apartándole el cabello de la cara.
Kinsei negó con la cabeza lentamente, aunque sin apartar
sus ojos rojos de los del moreno.
–No te entiendo, no te entiendo para nada.
Arai lo miró fijamente, sintiéndose un tanto molesto
porque no lo comprendiera, no entendía qué quería
que le explicase. Le pasó las manos por la cintura, colándolas
bajo la camiseta, subiéndolas hasta sus omóplatos
y pegándolo a él –. Nadie lo hace… –le
susurró contra los labios, inclinándose un poco para
besarlo.
Kinsei se dejó besar, aunque sin perder aquel rubor en las
mejillas. Lo deseaba, no tenía manera de negarlo y tampoco
veía el por qué. Se separó un poco, susurrándole
de vuelta.
–Pero yo quiero hacerlo...
El moreno sonrió levemente, acariciando su espalda y mirándolo
a los ojos.
–Tal vez lo consigas. Eso me gustaría… –se
inclinó sobre él, sujetándole la nuca y besándolo
de nuevo, deslizando la lengua lenta y profundamente en su boca,
respirando con fuerza.
Alzó la vista un momento, observando de pronto como una extraña
bruma oscura frente a él. Cerró los ojos y deslizó
la lengua contra el labio inferior de Kinsei, separándose
lentamente y mirándolo a los ojos a pesar de seguir observando
aquello.
Se irguió, mirando hacia adelante de nuevo. Nada... No había
nada, pero sintió algo caliente deslizarse por su hombro
y se giró, observando el líquido carmesí resbalando
espeso por su piel oscura, el olor dulzón de la sangre.
Kinsei apenas abrió los ojos. De pronto la vergüenza
había desaparecido, dando paso a una especie de excitación
arrebatadora. Le pasó la lengua por el cuello, subiendo,
probando aquel sabor dulzón, se separó, sonriendo.
–Sabes bien... –entreabrió los ojos poco a poco
para ver el color de la sangre, hasta que estuvieron abiertos como
platos –¡Ah! ¡Estás... eso... sangre! –exclamó
como si acabase de despertarse de un sueño y se encontrara
con eso. Se sacó un pañuelo del bolsillo trasero del
pantalón, apretándolo contra la piel del moreno, limpiando,
sólo para descubrir al retirarlo, que allí no había
nada, ni herida, ni sangre, ni nada.
–No… Yo no tengo nada… –se separó
de la pared, pero estaba limpia. Miró a Kinsei, observando
la sangre que manchaba sus labios y su mentón. Le pasó
la mano, aunque sólo lo embadurnó sin conseguir limpiarlo
demasiado. Lo agarró de la mano con fuerza de pronto, echando
a caminar y deteniéndose. ¿A dónde huir y de
qué?
Sintió como un murmullo en los oídos y lo miró,
entrecerrando los ojos como para saber si él también
lo escuchaba, como varias voces femeninas hablando de forma entremezclada.
Kinsei le sostuvo la mirada, llevándose una mano al oído
como para indicarle que él también lo escuchaba, pero
esas voces... no tenían ningún sentido, como si hablasen
en un lenguaje desconocido. Y de pronto empezaron a hacerse más
claras, algunas más cercanas que otras, distinguibles, y
aquellas sí las comprendía.
–Mi sangre... Tú me mataste... Tú me mataste....
Te maldigo... Muerte... –eran las voces de Yuki, Subaru, y
una que no era femenina, la de Yurei.
Kinsei dejó escapar un leve sonido de temor entre sus labios,
mientras las voces volvían a ser confusas, de nuevo en aquel
lenguaje extraño. Algunas reían, otras lloraban, cada
vez a más volumen, amenazando con hacer reventar su cerebro.
Arai se apretó las sienes como tratando de librarse de aquello,
golpeándose la frente con la base de la mano.
–Kinsei… Vamos a limpiarnos, ven –dijo como tratando
de no admitir que aquello estaba ocurriendo. Le apretó un
poco más la mano, como para indicarle que lo siguiera, hablando
en un tono bajo, casi susurrando. Apretó la villa de la fuente,
observando la sangre salir gruesa y seca del chorro, trozos de carne.
¿Carne? Metió la mano, como impulsado por una curiosidad
insana, observando los trozos de... ¿tripas? en ella, sin
poder moverse. ¿Es que nadie más lo veía?
–¡Suelta eso, Arai! –Kinsei le sujetó la
mano, sin poder resistirlo más, mirando a su alrededor, pero
lo más extraño que vio, fue a un hombre que los miraba
como si estuviesen locos por estar gritando así. Volvió
a mirar el suelo donde había caído aquello, aún
seguía allí. No había desaparecido como la
sangre anteriormente –Vámonos, Arai....vamos a... ¡vámonos
de aquí! –casi gritó, entrando en pánico
e intentando arrastrar al moreno con él, aunque este fuera
más grande. Se giró vertiginosamente, tan sólo
para encontrarse con sus reflejos en un escaparate, sus cuerpos
llenos de heridas y de sangre, resbalando por sus rostros, por sus
cuellos. Se llevó una mano a la boca, jadeando aterrorizado.
–Estás bien, mírate, no tienes nada… –no
podía dejar de mirar su propio reflejo destrozado y le apretó
la mano, sintiendo que resbalaba mojada y pringosa en la sangre,
sin embargo, si miraba al chico, estaba como siempre. Apretó
las mandíbulas tratando de tranquilizarse, mirando a su alrededor
y sintiendo como si todo se moviese con extremada lentitud. Los
rostros de la gente, los coches, todo, incluso su propia respiración
se sentía lenta y pesada. Echó a correr de nuevo sin
saber a dónde, como movido por un impulso inexplicable, asustado
y confundido, apretando más la mano del moreno.
El chico se dejó llevar prácticamente, retomando la
carera de pronto como si acabase de despertar de nuevo, confundido
y aterrado. Nada de eso tenía sentido, ¿por qué
estaba sucediendo? Por fin divisó la salida de aquellas calles
pequeñas que lo sofocaban, y se enfocó en llegar allí,
a la avenida mayor, como si la culpa de lo que sucedía fuera
del lugar.
Justo cuando doblaban la esquina, un vendedor salió de la
parte contraria, colocándose frente a ellos, con una caja
llena de cachivaches.
–¿No les gustaría comprar...? –pero Kinsei
se llevó tal susto que simplemente gritó, manoteando
y arrojando la caja del hombre por los aires, corriendo aún
más.
–Oye, crío de mierda. ¿Qué te pasa? –se
quedó protestando cabreado y recogiendo sus cosas.
Arai se volvió, como planteándose el ayudarlo y deteniéndose
de pronto, sujetándole la mano y respirando agitado, apartándose
el cabello del rostro.
–Para, no…no corras, que no haya ningún accidente.
Tranquilo… esto no puede estar pasando –alzó
la vista a las cornisas, observando a las gaviotas parándose
en ellas, aleteando y graznando de forma aguda. Incluso aquellos
pájaros le resultaban amenazantes, le parecía como
si le estuviesen mirando –. Estamos histéricos, es
eso.
–Sí, sí estamos histéricos, pero... ¡yo
no lo estaba! ¿Entiendes? No me puse histérico de
la nada, ni consumo drogas ni nada de eso, como para imaginar...
–protestó de manera algo atropellada el chico, aunque
deteniéndose y llevándose la mano a la cabeza de pronto
–No, tienes razón, no está pasando, nada está
pasando.
El moreno lo miró como desencajado.
–Tranquilo, no es nada malo en ti. Es esa cosa… quiere
matarnos. Es eso –susurró desviando la vista hacia
él y decidiendo mejor no hablar, o seguro que lo ponía
aún más histérico. Lo abrazó contra
él, besándole el cabello y mirando a su alrededor
de nuevo –. Vámonos, pero no podemos huir de esto.
–¿Qué vamos a hacer? No quiero morir, Arai...
– murmuró, sin despegarse de él. Si esa cosa
o lo que fuera quería matarlos, no había modo de evitarlo,
¿no? Pero ellos no habían hecho nada, ni siquiera
habían faltado a las reuniones, y habían cumplido
sus misiones, incluso en contra de su voluntad.
El moreno lo apartó un poco, mirándolo a los ojos.
–Sólo hagamos lo que nos pide. No vamos a morir, esto
ha sido una advertencia –en realidad no tenía la menor
idea, pero deseaba tranquilizarlo, y tranquilizarse a sí
mismo –. Se lo diremos a los demás esta noche, a ver
qué opinan. A lo mejor les ha ocurrido algo también.
Te acompaño a casa.
–Gracias. Sí, acompáñame, por favor –murmuró
de la manera más estable que pudo, aunque no estaba tan seguro
que fuera una advertencia. Los habían acusado, aquellos que
habían muerto los habían acusado. Claro, podía
ser que sólo jugase con sus mentes –. ¿Tienes
miedo, Arai?
–No, pero estoy nervioso y preocupado –el moreno le
rodeó un hombro, pegándolo más a él
mientras caminaban, y acercó sus labios a su cabello –.
Sólo eran visiones… ¿tienes miedo? ¿O
sólo te has asustado?
–¿No es lo mismo? –preguntó un tanto cabreado
de sentirse como el único de nuevo –. Sí, tengo
miedo. No quiero morir, y no creo que esto acabe aquí. Además,
estamos actuando como si ya se hubiera acabado, y no lo sabemos.
¿Qué pasa si llego a mi casa y me sale un cadáver
del armario?
–Yo estaré allí, y lo mataré de nuevo
–sonrió levemente, tratando de contenerse porque no
quería que le gritase de nuevo –. Puedes estar asustado,
pero eso es momentáneo, el miedo… perdura… por
eso te preguntaba, por si querías que me quedara contigo.
¿Por qué te pones así? ¿Preferirías
que estuviese asustado?
–¡No! Es....No sé –admitió el chico,
rascándose la cabeza –. No quiero ser el único,
me siento como un cobarde supongo.
–Es una reacción normal, creo que nadie se quedaría
inmune al ver su propio cuerpo destrozado o eso que manaba de la
fuente. ¿Cómo crees que reaccionarían los demás?
Yo sólo conozco bien a Dusk, pero apuesto que aún
no habría parado de correr –se quedó callado
de pronto, sintiendo que había hablado mucho seguido.
–Sí, tienes razón, pero... –sonrió
por fin, aunque sus ojos seguían preocupados –Tendré
que dormir con una Biblia bajo la almohada.
–Te levantará dolor de cabeza… –el moreno
sonrió mirando al suelo –Te llevo a casa, son las nueve.
¿A que hora cenáis?
–A las diez. ¿Quieres comer en mi casa? –lo invitó,
aunque sabía que lo rechazaría, no era para menos.
Él también lo haría si pudiera.
–Ni loco, no… gracias –carraspeó un poco,
mirando a un lado –. No te ofendas, no me gustan esas cosas.
Yo… me pasaré a buscarte para ir al gimnasio. Te esperaré
en la calle bajo la ventana –dijo un tanto horripilado con
la sola idea de la cena familiar.
Kinsei dejó escapar la risa, más relajado sólo
con ver el rostro del moreno.
–No pasa nada, ya sabía que no te quedarías.
Está bien, te estaré esperando –le sonrió,
dándole un beso leve en los labios, algo sonrojado, y recordando
de pronto horrorizado que aún debía tener sangre sobre
los mismos –. ¿Estoy...estoy? –preguntó
sin terminar la frase, sintiendo que iba a vomitar.
El moreno se echó adelante, lamiéndole el mentón
y los labios.
–Estás bien –susurró apoyando la nariz
contra su mejilla –. Entra…
–Sí, pero, ¿sabes que yo no hago esas cosas,
verdad? Beber sangre o algo así, porque...no sé qué
me pasó –se explicó, sin querer decirle que
se había excitado, y mucho menos porque no comprendía
el por qué le había pasado así tan de repente
y menos con algo como eso.
–No, no lo sé. En todo caso, si vas a beberte así
mi sangre, no me importaría –Arai miró al suelo
para prender un cigarro en sus labios, y le dio una calada expulsando
el humo a un lado y observándolo –. Así eres
perfecto.
–¡Pero eso no lo hice yo! Es decir, sí lo hice,
pero... Ah, eres imposible –se rindió por fin, sin
saber si bromeaba o no –. Arai, si algo me llegara a suceder...
Olvídalo –corrigió de pronto, pensando en que
ni siquiera sabía lo que quería decirle realmente.
–No soporto eso… –el moreno le sujetó un
dedo con el suyo, reteniéndolo –No dejes las cosas
a medias, si algo te llegara a suceder, ¿qué? No va
a pasarte nada.
–No lo sé –el chico se rió suavemente,
de manera agradecida, doblando el dedo contra el del moreno como
si de una promesa infantil se tratase –No sé lo que
quiero decirte. Quiero que nos conozcamos mejor, supongo, algo así.
Arai se apartó el cabello con un gesto, mirando sus manos.
La levantó un poco, besándosela y sonriendo de manera
casi imperceptible.
–Vendré a buscarte… –se acercó un
poco, besándole el cuello, tan sólo rozándolo
–Vamos, espero a que entres.
–Está bien. Hasta...hasta luego –se despidió,
girándose para abrir la puerta y entrar, sonriéndole
desde la misma, a la vez que la cerraba de manera un tanto lenta.
El moreno se frotó el pecho, sonriendo de medio lado y volteándose
para ir a casa a ducharse y coger algo de cenar. Se preguntaba si
estaría bien mientras tanto, y si algo les habría
ocurrido a los demás.

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