Capítulo
13
Malas Vibraciones
Una vez en la biblioteca, los chicos se sentaron en una mesa en
la parte de atrás, Kiri dejando la mochila que había
traído con él sobre una silla, levantándose
enseguida para ir a buscar algunos libros. Antes de hacerlo, le
recomendó a Arai.
–Revisa todos los libros sobre espiritismo que puedas. Creo
que es bastante fácil hacer una, pero con estas cosas...
lo mejor es asegurarse. Si no funciona porque nos equivocamos en
algo, entonces tan sólo habremos perdido el tiempo.
–Vale… –el moreno avanzó por la biblioteca,
revisando las estanterías hasta llegar a la sala de ordenadores.
Se sentó en una de las sillas, buscando en el archivo a dónde
debía dirigirse.
–¿Ya has acabado? –preguntó una señora,
que para empezar, parecía molesta por su sola presencia,
y para seguir, más aún tras ver cual era su búsqueda.
–Sí, ya puedes meterte el ratón por el coño
si quieres –el moreno se levantó sin mirarla tan siquiera,
y mucho menos escuchando las boberías de la espantada mujer,
procediendo a ponerse los auriculares de nuevo y subiendo hasta
el fondo de la segunda planta. En esa zona incluso estaba bastante
oscuro. Parecía como si lo hicieran adrede para ambientar.
Sonrió de medio lado, comenzando a hojear unos libros, abriéndolos
por cualquier parte “Al tablero de guija se le ha adjudicado
el poder de comunicarse con espíritus y fuerzas sobrenaturales,
e incluso el poder de volver locos a quienes participan en una sesión
con ella”
–Uff… –cerró el libro, tomándolo
con él y hojeando otro. “Gnosis” leyó
en la portada, recordando las palabras del profesor y abriéndolo
por cualquier parte de nuevo. “La locura es el castigo o consecuencia
de aquellos que han dañado el cerebro con el abuso intelectual,
drogas, etc. En la Gnosis aprendemos a respetar la naturaleza. Las
relaciones por el ano, homosexuales, forman parte de la degeneración
sexual…” El moreno alzó las cejas, cerrándolo
de inmediato y devolviéndolo a la estantería –.
Mejor no más gnosis…
–¿Acaso te asusta investigar, Arai? –le preguntó
Kiri de pronto, saliendo del pasillo contiguo y tomando el libro
que el moreno acababa de depositar sobre la estantería, el
cual para su suerte, tenía la espina algo dañada.
Razón por la cual siempre se abriría en la misma página
–. Interesante, aunque eso no es lo que buscábamos,
pero... ¿qué dices? ¿Crees que seremos nosotros?
¿Alguien intenta enseñarnos una lección? –añadió
el libro a la pila de los otros que ya llevaba, con toda la intención
de leerlo más detenidamente en su casa.
–Sí… Estoy acojonado, me tintinean las bolas…
–el moreno le cogió la mitad de los libros, elevando
una ceja y pasando delante de él para entregárselos
a la anciana de antes –. No me da miedo para nada, simplemente
me parecía tan retrógrado y patético, que no
quise saber más… y deja de preguntarme cosas. ¿Crees
que soy “El libro gordo de Petete” o qué?
–No, simplemente creí que como uno de los involucrados
en esto, podrías darme tu opinión del asunto. Pero
ya veo que no... –continuó, sonriendo un poco y pasando
de la mirada de la vieja, que seguro pensaba que eran de alguna
secta satánica, pero estaba bastante acostumbrado a ese tipo
de miradas –. En todo caso, por patético y retrógrado
que te parezca, puede tener relación con lo que estaba escrito
en la caja. Y para vencer a tu enemigo, primero tienes que conocerlo.
O saber al menos lo que es.
Arai se acercó a él mientras el chico entregaba el
carné de la biblioteca, y se pegó a su oído,
aprovechándose de su altura para susurrarle.
–Pe… dan…te… –echándose atrás
de nuevo y cogiendo los que la señora iba apuntando –Te
explicas fatal, pregunta con claridad. “¿Crees que
seremos nosotros?” ¿A qué te refieres con eso?
–Y tú entiendes fatal –le devolvió el
chico, haciendo como si no hubiera escuchado lo primero, a pesar
de que se lo había dicho al oído –. Me refería
a lo que decía en el libro, la locura es el castigo de los
que dañan su cerebro, y todo eso...Y a que tal vez, nuestros
comportamientos sean la razón por la que hemos sido elegidos
para esto –explicó, parafraseando un poco –.
Por el lado de las drogas, tendríamos a Reiji y en menor
medida, a Dusk. Me declaro culpable en cuanto a lo del abuso del
intelecto, y creo que el profesor Lorenz no podría negarlo
tampoco. Y por las desviaciones sexuales, pues, de nuevo surge Reiji
como principal protagonista de infinidad de rumores que hasta yo
conozco ya, y que él no parece negar, y.... creo que el crío
muerto también lo era, ¿no? –indagó,
sin estar seguro, y sin querer responder por los demás. Ya
que tampoco le agradaba exponer información incierta.
–El crío no vio la nota, y no tengo ni puta idea de
él ni de casi nadie, sólo rumores… Creo que
era marica y le gustaba Kinsei. De todos modos, Sachi no casa en
ninguna de esas pautas, y tampoco Kinsei. Yo… tampoco lo creo.
Ni me drogo, ni abuso de mi intelecto, ni hago nada de eso…
–Ya lo sé, allí es donde falla mi teoría,
pero... No lo sé. Por eso también me llevo el libro
–sonrió de pronto, tomando la bolsa con libros que
le devolvía la señora –. En todo caso, podríamos
preguntarle a la guija si tengo razón o no.
–Tú sabrás, pregúntale lo que quieras.
A lo mejor es que nosotros tres pertenecemos al etcétera,
pero sinceramente, Sachi y Kinsei son muy buenas personas. No sé
qué puedan haber hecho. Tal vez ellos estén ahí
porque no son como nosotros. No lo sé –el moreno siguió
caminando con los libros en las manos, hacia la casa de Kiri de
nuevo –. ¿Vamos a tu casa?
–Preferiría que no, pero si no hay otra opción...
Aunque por otro lado, tal vez sea el lugar más indicado para
hacerlo –contestó el chico, sin embargo caminando hacia
ella y mirándolo de reojo –. Si lo que dices es cierto,
entonces, habría que suponer que ellos estarán a salvo
y no recibirán ningún castigo.
–Eso espero, porque yo me negaría a ejecutarlo –el
moreno se metió las manos en los bolsillos, buscando los
cigarros y el encendedor, prendiendo uno de los primeros en sus
labios, y bajando más la cabeza –. Podemos ir a mi
casa, pero no te lo recomiendo. Y nadie dice que esa cosa apoye
a los buenos chicos…
–En eso tienes razón, creo que asumo demasiado. Después
de todo, el demiurgo no es generalmente considerado como algo bueno.
Y no, está bien si vamos a mi casa, supongo, sólo
que... me acabo de mudar –explicó, aunque en realidad
era obvio que le importaba muy poco si estaba aseada o no.
–¿Vives solo? –el moreno lo miró de soslayo,
sacándose el cigarro de los labios y dejando caer la ceniza
al suelo.
–Por ahora sí. Tuve que venir algunos meses antes,
para no perder demasiadas clases.
–Ah… suena raro –el moreno lo miró, siguiéndolo
hasta la casa –. De hecho, eres raro. ¿Vas a vivir
con tus padres? ¿O con otras personas?
–Con los del culto –contestó como si nada, sonriendo
luego burlonamente –. Mis padres aún tenían
asuntos que arreglar con sus trabajos y eso. De todas formas, casi
nunca están en casa –aclaró, encogiéndose
de hombros.
–Ah… –el moreno se limitó a caminar a su
lado sin saber si decía la verdad o no, pero lo cierto es
que le daba exactamente igual. Por el momento, sólo le parecía
otra persona más que lo miraba por encima del hombro, y por
lo tanto, basura. Tal vez estaba equivocado, pero tal y como le
había dicho a Kinsei, no podía evitar dictar juicios
anticipados. Además, parecía que se divertía
dejándolo quedar como un imbécil.
–Bien, ya hemos llegado –declaró el chico como
si no lo hubiera ido a buscar hacía tan sólo unas
horas, abriendo la puerta y dejándolo pasar adentro de la
inmaculada casa, prácticamente desprovista de muebles, a
excepción de los que ya venían con la misma.
El moreno entró tras él, observando la casa, parecía
muerta. Claro, acababa de mudarse. Si hubiera sido otra persona
en aquellas circunstancias, le habría ofrecido ayuda, pero
a su reverendísima majestad de la sabiduría…
No, a él no. Si era tan perfecto en todo, también
debía de ser fuerte, ¿no?
–Mucho… –murmuró irónicamente, mirándolo
de arriba abajo y desviando la vista a un lado –. Pues cuando
quieras…
–Mucho... ¿qué? –respondió Kiri,
devolviéndole la misma mirada y preguntándose qué
estaría pensando –. Vamos a mi habitación, así
es mejor –sugirió, aunque ya empezando a subir las
escaleras, tanto si lo seguía como si no.
El moreno lo siguió escaleras arriba sin contestarle ni mucho
ni poco. Si lo hacía, iba a decir lo que pensaba, como siempre,
así que estaba más guapo callado. En cuanto la puerta
se abrió, observó que, contrariamente a lo que había
explicado, aquella habitación sí estaba organizada
hasta el más mínimo detalle, ¿y por qué
no decirlo? De un modo realmente extraño. Aparte de que era
bastante oscura, todo parecía como invadido por una secta
satánica. Estaba repleta de libros de ocultismo, esotéricos
e incluso de algunas religiones. Se quedó con el cigarro
guindado entre los dedos, observando el pentagrama que había
pintado en la ventana. Bueno… cada cual tenía su habitación
como le daba la gana, ¿no? Pero de momento, de estar alguien
involucrado, este parecía tener todas las papeletas.
–Ya puedes cerrar la boca –le sonrió el chico
desde dentro, refiriéndose a la cara que tenía, y
no porque tuviese la boca abierta literalmente –. ¿Vas
a pasar o no?
–Pues no lo sé –el moreno lo miró a los
ojos, deseando pegarle un puñetazo –. Yo no te debo
nada, ¿comprendes? Si estoy aquí, es porque tú
lo propusiste, así que si vas a seguir tratándome
como una mierda, no te detengas, dímelo ya y me largo, porque
no tengo que aguantar los desaires de ningún mocoso con aires
de superioridad. Así que decídete. Si quieres que
me quede, me quedo, pero al menos trátame como a una persona.
Yo no sé si les haces esto a tus amigos o a tu familia, pero
yo no soy ninguna de esas dos cosas.
–Supongo que esta es la parte en la que me disculpo y te ruego
que te quedes, ¿no? –contestó el chico, totalmente
serio y cruzándose de brazos –. Yo no tengo amigos,
y dudo que alguien los tenga realmente. Sólo soy como soy.
Si no te agrado, no se le puede hacer nada, supongo, pero esperaba
que me ayudases con esto. Pensé que al menos te interesaba
tanto como a mí.
–No sé lo que se supone, niño, pero si me rogases
que me quedara, me parecerías tremendamente patético,
aparte de falso. Yo tampoco tengo amigos, pero de todos modos y
por mucho que no confíes en nadie ni desees hacerlo, eso
no te da derecho a tratar a la gente como si fueran inferiores a
ti. Eres muy inteligente… O.K. felicidades. Es una pena que
siendo tan inteligente, seas tan imbécil a la vez –el
moreno apartó la mirada, cerrando la puerta con el pie y
pasando al interior de la habitación.
Se sentó en el borde de la cama del rubio, mirando al suelo,
bastante harto de discutir. Era como hablar con las paredes, tenía
su murito de autoprotección narcisista para protegerse, ¿de
qué? Le parecía un cobarde.
Kiri se quedó en silencio por un momento, como meditando
acerca de algo, sólo para dejar escapar un suspiro luego,
observando al moreno de nuevo.
–Bien, supongo que debemos hacer lo que vinimos a hacer –sentenció,
sentándose en el suelo con la mochila a un lado, empezando
por sacar los libros de la misma.
El moreno se sentó en el suelo también, sacando la
fotocopia que habían tomado de la guija y extendiéndola
en el suelo.
–Se supone que debe de haber afinidad entre los que hacen
esto, ¿comprendes? No sé ni para qué lo intentamos,
necesitamos un vaso –dijo mirando alrededor –. Ese soporte
de vela valdría, ¿no?
–Sí, y aquí tengo esto... –comentó,
sacando una superficie de plástico que en el pasado había
cubierto alguna mesita –Necesitamos que se deslice –murmuró,
como intentando concentrarse más en la labor ante sí,
aunque añadiendo luego –. No importa, de todos modos
pensaba intentarlo yo solo. Y aquí estaremos bien.
–No, hagámoslo juntos, quiero saber... –el moreno
dejó la frase en el aire y lo miró, como esperando
alguna señal para hacer algo, poniendo finalmente el dedo
encima del vaso y esperando a Kiri –. Preguntemos si Yuki
morirá.
–Bien –contestó el rubio, colocando su dedo sobre
el vaso, de manera contraria al del moreno –. ¿Va a
morir Yuki? –preguntó, esperando a ver si se movía.
El moreno se quedó mirando el vaso, notando que temblaba
un poco bajo su dedo. Apretó las mandíbulas, sintiéndose
extraño con eso, y deseando por momentos separarse de una
vez del cristal, sin llegar a hacerlo para nada. Notó cómo
el vaso por fin se movía hasta el medio sin señalar
nada en concreto.
–¿Va a morir Yuki? –insistió de nuevo
el rubio, negándose a rendirse tan fácilmente, y observando
cómo el vaso se movía finalmente hacia las letras
marcando la S, y luego la I.
Kiri alzó la vista, a punto de decirle algo a Arai, cuando
el vaso empezó a moverse de nuevo, está vez marcando
la N y luego la O. El rubio exhaló exasperado, preguntando
en voz alta, aunque la pregunta no iba dirigida precisamente a la
guija.
–¿Sí o no? ¿En qué quedamos? –el
vaso empezó a moverse de nuevo, marcando, T, A, L, V, E y
finalmente, la Z.
Arai se quedó mirando el tablero, y sintió cómo
el plástico resbalaba lentamente bajo el vaso sin que ninguno
de ambos acabase de reaccionar. Salió girando contra ellos,
y el moreno se echó a un lado, empujando a Kiri, volviéndose
para ver el plástico clavado en uno de los cojines de la
cama del rubio.
–Mierda.
Kiri se levantó sobre un brazo, bastante sorprendido.
–Eso fue... –miró el plástico clavado
allí, como si aquello no fuera posible, y lo peor de todo,
es que seguían sin saber nada. Ni siquiera sabían
si lo que les había contestado era lo mismo que se encontraba
en el almacén del gimnasio.
–Eso fue bastante impresionante, pero no nos ha servido de
nada, salvo para casi morir decapitados… –el moreno
lo miró fijamente. Aquello no era ningún juego. Más
bien, todo lo contrario, cada vez le gustaba menos –. Bueno,
una cosa está clara. Será mejor que obedezcamos sus
órdenes, si no queremos pagarlo nosotros por ellos.
–Eso haremos, no tengo ganas de morir aún –respondió
el rubio, poniéndose de pie, aunque aún estaba algo
sobresaltado por lo sucedido. Tomó el cojín con las
manos, examinándolo y mostrándoselo al moreno.
El plástico lo había atravesado totalmente, y se podía
ver un trozo bastante grande de la punta por el lado opuesto del
cojín.
–Pero no podemos seguir así para siempre –añadió
pensativo.
–¿Siguiendo las ordenes de un tablero y yendo a la
escuela cada noche? No, no lo creo, o al menos no es mi intención
–le contestó Arai –. Tal vez cuando hagamos lo
que desea, sea lo que sea… entonces puede que se detenga,
¿no? Y si no, habrá que buscar el modo de detenerlo
nosotros mismos –el moreno sujetó el cojín,
observándolo y volviéndoselo –. Bueno…
ahora ya tienes un elemento decorativo más, ideal para tu
habitación. Si le pones un papel debajo que ponga, cojín
atravesado por fantasma… ideal de la muerte te queda ya.
–Muy gracioso, ¿no? Lo supe desde la primera vez que
te vi, pero... creo que mejor tiro esto –le sonrió
de medio lado, meneando un poco la cabeza, y poniéndose serio
de nuevo –. No va a detenerse, no tendría sentido.
–¿Sí? Pues qué raro, no suelo parecer
muy gracioso. No lo tires, dámelo a mí –dijo
cogiéndolo y mirándolo. Quería enseñárselo
a Kinsei, incluso puede que a Lorenz después. Ya vería
lo que hacía, aunque en principio la idea de quedárselo
no le desagradaba, era bizarro –. Sí tendría
sentido. A veces, las entidades buscan algo en concreto, cuando
lo consiguen se detienen.
–Sí, pero no creo que esta sea ese tipo de entidad.
E incluso si se detiene, puede ser que sólo lo haga cuando
todos estemos muertos. No me interesa averiguar eso –se pasó
una mano por el cabello, observando el cojín –. En
cuanto a eso, pues es todo tuyo. Y si te sirve de algo, me avisas,
¿quieres? Pero ten cuidado. En este caso lo dudo, pero, a
veces esa clase de cosas pueden retener algo de energía y...
Bueno, creo que comprendes.
–Me arriesgaré. Si retiene algo de energía,
no me parece buena idea dejarlo en la calle a esperar que le rebane
la cabeza a un niño, o a un perro, pero creo que sería
interesante que lo vieran los demás –dijo desistiendo
un poco de la idea de quedárselo. Tampoco quería meter
un trozo de fantasma en su habitación –. Después
lo quemo.
–Sí, creo que tienes razón. ¿Sabes? Si
Yuki muere, habremos confirmado que no era una simple coincidencia.
–Tal vez, pero tal vez es un fantasma con odio a los pijos,
y entonces estamos salvados –. El moreno miró el cojín
en su mano de nuevo –. Lo dejare en mi mochila –dijo
empujándolo al interior y mirando al chico –. Podemos
leer un poco más y buscar cosas hasta que sea hora de que
las pijas salgan. A las diez y media puede ser una buena hora. No
sé si los demás estarán ahí esperando
desde las diez, pero si lo están… que sigan.
–Me parece buena idea. Aunque, aún así tendremos
que ir luego de que hagamos eso. Creo que no necesito explicar por
qué –Tomó la mochila del suelo, volcando el
resto del contenido sobre la cama –. Mejor empezamos. ¿Quieres
algo para tomar apuntes?

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