Capítulo
5
Scared to Death
Kinsei se inclinó un poco hacia delante
en el asiento del coche, para mirar al profesor, a pesar de estar
sujeto por el cinturón de seguridad.
–¿De verdad piensa hacer esto? ¿No le parece...
irresponsable de su parte? Siendo un profesor... –se fue quedando
callado, sintiendo que estaba hablando de más, pero es que
hasta ahora no le parecía real.
–Me parece un experimento sociológico realmente interesante
–el moreno se paró en la carretera al ver al chico
a lo lejos, y aparcó el coche entre otros dos, bajándose
con Kinsei –Creo que tú, también quieres hacerlo,
¿verdad?
El rubio miró atrás un momento al escuchar el motor
del coche y siguió caminando con la mochila al hombro mirando
al suelo de nuevo y acelerando un poco el paso, causando una sonrisa
por parte de Lorenz.
Kinsei lo observó, preguntándose si él no tendría
algo que ver con todo aquello y apartándose uno de los mechones
negro y violeta del rostro, sonriendo, aún algo nervioso.
–Lo cierto es que... no suelo hacer estas cosas, pero no me
importaría quitarme a ese chico de encima. Es... desesperante.
El profesor sonrió interesado, echando a caminar tras el
chico, aunque camuflándose entre las sombras. Tomó
una barra metálica del suelo, rozándola contra la
pared mientras caminaba tras él, haciendo que el cemento
crujiese a su paso.
–¿Cómo es eso? ¿Es que te molesta? –preguntó
como si no estuviese haciendo nada realmente.
El rubio se detuvo, volviéndose de nuevo, sin acertar a ver
a nadie, pero sintiendo que el ruido se acercaba. Miró alrededor
antes de echar a correr hacia la estación del metro casi
cerrando los ojos, realmente asustado.
–Pues... no sé, es que siempre está pegado a
mí... Parece que estuviera enamorado, pero es un tedio, y
no me deja en paz y.... ¿no deberíamos perseguirlo?
–preguntó de pronto, deteniendo sus quejas y lanzando
un silbido bastante alto, echando a correr tras él. Claro
que, el rubio iba muy adelantado como para verlo.
–Tal vez está enamorado –el mayor echó
a correr a su lado también, tratando de alcanzarlo, aunque
no del todo realmente. Aún quería asustarlo más,
aunque no estaba muy seguro de por qué, pero deseaba hacerlo.
El rubio echó a correr hacia abajo por las escaleras del
metro, agarrándose al pasamanos y lloriqueando un poco. Tropezó
con las escaleras, cayéndose y se levantándose a cuatro
patas, echando a correr de nuevo por las siguientes.
El profesor lo siguió por estas, golpeando con la barra metálica,
la barandilla de las escaleras del mismo material. El rubio se volvió,
observando arriba de estas las dos sombras masculinas. Se llevó
la mano al pecho, respirando agitado y caminando hacia atrás
sin dejar de verlos, el profesor sonrió ajustándose
las gafas.
Kinsei se detuvo tras él, preguntándose si podría
distinguir quienes eran desde allí o no. Daba lo mismo, si
se enteraba dejaría de molestarlo, ¿no? Empezó
a bajar las escaleras a la vez, deteniéndose en cada uno,
sin intenciones de acercarse demasiado, claro.
Yurei los miró, con sus ojos verdes un tanto empañados
por las lágrimas. No sabía quiénes eran, lo
que sí estaba claro es que no tenían buenas intenciones.
–Por favor… –susurró de forma que sólo
él podía oírlo y siguió murmurándolo
una y otra vez como una plegaria. El profesor echó un paso
más adelante a la vez que el rubio daba uno de espaldas y
de pronto bajó tres más.
–¡No! ¡Por favor! –echó a correr
por el pasillo adelante, buscando la siguiente puerta para el otro
andén y abriéndola de una batida.
–¡Yurei! –Lorenz lo llamó, dejando la barra
a un lado y echando a correr tras él por el pasillo hasta
la puerta.
Kinsei los siguió, sin saber qué se proponía
el profesor, pero imaginándose que pretendía tranquilizarlo.
Era un profesor después de todo, y sólo querían
asustarlo, no matarlo de un ataque.
El rubio cruzó entre la poca gente que había, corriendo
sin parar y cerrando los ojos, sacudiendo la cabeza limpiándose
las lágrimas con el brazo.
Lorenz abrió la puerta tras él, tratando de alcanzarlo
y agarrándole el brazo para detenerlo.
–¡Yurei!
–¡No! –el chico lo sacudió al borde de
la histeria, apartándose y cayendo hacia la vía. Lorenz
alzó la vista para ver el metro que estaba llegando.
–¡Yurei! –estiró la mano para tratar de
coger al chico que parecía haber quedado inconsciente por
la caída contra la vía –¡Yurei!
La gente se arremolinó, mirando sin hacer nada, hasta que
un hombre de seguridad echó atrás al profesor en el
momento justo que el metro pasaba y el rubio se alzaba para ver
el aparato contra él. Tan sólo se escuchó un
grito y el profesor sintió la sangre en el rostro.
Kinsei llegó justo cuando el guardia de seguridad apartaba
al profesor, para observar cómo le salpicaba la sangre. Se
quedó de pie, con una mano en el aire, casi sobre su pecho,
y con la boca semiabierta, sin poder decir nada. Estaba muerto,
le habían matado porque... era culpa de ellos, ¿no?
Sintió un frío recorrerle el pecho, petrificado en
su lugar sin poder creérselo aún.
Lorenz se echó atrás, levantándose, y se pasó
la mano por la cara tratando de limpiarse la sangre, embarrándola
más. Se quitó las gafas, limpiándolas en la
camisa sin poder creerse lo que acababa de ocurrir, pero ahora no
podía dejar de mirar el cadáver destrozado, y aunque
escuchaba cómo los guardas se disponían a cerrar las
líneas y cómo llamaban a la policía, él
sólo los escuchaba como si estuvieran a una enorme distancia.
–Largo… –le susurró a Kinsei en un tono
bastante frío –Vete a casa, tú no sabes nada.
–No puedo... es que no... –intentó responder
el chico, con la mirada casi fija, observando el cadáver
sin moverse –Esto está mal, está terriblemente
mal... –murmuró, pasándose ambas manos por el
cabello, y mirando de pronto al profesor como si saliera de un sueño,
con una expresión tardía de sorpresa ante sus palabras.
–Kinsei, escúchame, ve a casa ahora mismo. Yo vine
a buscar a Yurei para que no volviese solo y él se asustó,
traté de cogerlo y se cayó a la vía…
Todos lo han visto, ¿verdad? Ahora vete a casa, vamos, a
casa –insistió el profesor pasándole un pañuelo
y volviéndose. Caminó hacia los de seguridad, para
contarles lo sucedido.
–A casa... claro, se cayó... –repitió,
como haciéndose a la idea, o al menos aferrándose
a aquello. Se dio la vuelta, estrujando el pañuelo en su
mano por el momento, y caminando casi como si estuviera hipnotizado,
recorriendo el camino de vuelta, de manera totalmente intuitiva.

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