Capítulo 80
Turning Back Time
El pelirrojo se columpió con algo de fuerza aunque
sin ninguna alegría. Aquel lugar de nuevo. Sentía que había sido
el verdadero inicio de todo, de su
desgracia. Ya no tenía miedo ni le importaba si volvía a ocurrir.
De todos modos, no estaba para rechazar a alguien esa noche. Lo
mejor que podía ocurrirle era encontrarse con un asesino. De esa
manera, no tendría culpa en rendirse.
El moreno lo empujó suavemente por detrás. Haciéndolo
balancearse más alto, el humo de su cigarro puro saliendo de entre
sus labios. –Dicen que los criminales siempre regresan a la escena
del crimen…
Los ojos del chico se abrieron completamente y colocó
sus pies en el suelo, deteniendo el columpio. Podía reconocer
esa voz, la reconocería sin importar cuantos años pasaran. Pero
no era posible. – Mu... ¿Murakami-san? – preguntó, sin atreverse
a mirar, agitado. Sentía que le faltaba la respiración.
Murakami se sacó el cigarro de los labios, sujetando
su mano sobre la cadena del columpio y manteniéndolo allí. – Que
tuviera que solucionar unos asuntos no significa que haya tirado
la toalla, yo siempre tengo lo que quiero… Toru… Este no me parece
el sitio adecuado para ti.
– Regresé a buscarte... pero te habías ido. Creí...
que ya no ibas a volver... – murmuró, sintiendo las lágrimas agolparse
en sus ojos. ¿No estaría alucinando? Tal vez se estaba volviendo
loco. Era estúpido pero no se le ocurría otra razón. Él no valía
la pena.
– ¿Regresaste a buscarme? ¿Por qué? ¿Y Hayabusa-san?–
preguntó el moreno, girándose hasta estar frente a él, observando
las lágrimas en sus ojos y alzándole la quijada para que lo mirase,
una lágrima desbordándose por su mejilla y mojándole los dedos.
Alzó la mano y se llevó el dedo a los labios.
– Porque... Porque esa noche me di cuenta... – apartó
la mirada al sentir que se le quebraba la voz, asustado de lo
que estaba a punto de decir. No quería sufrir más. – Hayabusa-san
y yo... ya no estamos juntos. Rompimos esa noche.
Murakami lo miró a los ojos fijamente, tirando el
cigarro y empujando un poco la arena para apagarlo. –¿Por mí?
El chico asintió temeroso, sus manos le temblaban.
– Te amo... Murakami-san.
–Koza. – observó aquellas manos suaves, inclinándose
un poco y cubriéndolas con la suya. – Vámonos… he venido a buscarte…
– Koza... – lo miró a los ojos, sin poder aguantarse
más y echándose a llorar, abrazándose a su cuello. – Creí que
te había perdido, para siempre. Lo siento...
El moreno lo rodeó por la cintura, oliendo su cabello
y su cuello, apretándolo con fuerza como si desease partirlo en
dos. No iba a admitirlo… que él también había sufrido… que había
tenido miedo… como nunca en su vida. Que se había dado cuenta
de que alguien más a pesar de sí mismo le era indispensable. Ni
siquiera había vuelto a pensar en el sexo desde su separación.
Le sujetó una mano, besándosela y tocándose la cara con ella.
Adueñándose de sus labios después. – No, tenía que volver a verte.
– Tengo miedo... ¿No estoy soñando, verdad? – se
rió, entre las lágrimas, aferrándose a él un poco. – Porque si
me despierto creo que me voy a morir...
– No estás soñando… Estoy aquí… Dijiste que ibas
a trabajar de camarero ¿no? Y que ibas a ocuparte de mí… Pues
a ver si esta vez eres capaz de mantener tus promesas… eres un
irresponsable. – lo miró a los ojos, sonriendo aunque amablemente
esta vez. –Y yo prometo hacerte feliz.
– Tú no tienes que hacer nada... Ya me haces feliz
sólo con haber regresado. No sabes... cuantas veces soñé con esto.
– Se miró, reflejado en esos ojos verdes y gentiles, sonriendo
aún. – No sé ni cómo comportarme...
–Así está bien… – sonrió levemente, pasándole la
mano por el cabello y por el rostro. Lo levantó en brazos para
llevarlo con él hacia el coche. –Volvamos atrás en el tiempo…
se puede hacer eso… Nosotros podemos esta noche…
– Sí, eso me gustaría mucho... – se rió, intentando
secarse las lágrimas y entrando al coche, esperándolo. – Ni siquiera
me he comprado otro móvil desde que te dejé el mío.
El moreno se quitó el abrigo ya que le molestaba
para conducir y se lo echó encima, sentándose tras el volante.
– Está en mi abrigo… Tuve que apagarlo en el avión… y lógicamente
luego no pude encenderlo… No sabía la clave… – se pasó la mano
por la mandíbula, riéndose mientras conducía. –No pude creerme
que yo pudiera cometer semejante error.
– Murakami-san... Koza... eres un descuidado...
Yo pensé que no deseabas llamarme... – sacó el móvil del bolsillo
de su abrigo, encendiéndolo, dejándole un mensaje a Koya. Necesitaba
decírselo.
– Tsk…– el moreno chasqueó los labios, apoyando
el brazo por fuera de la ventanilla. – ¿Acaso no podrías haberme
llamado tú?
– Tu teléfono estaba en el móvil... – sonrió, avergonzado.
– Además... tenía miedo de que estuvieras con alguien más. O que
me odiases...
–No seas ridículo… – le tocó la pierna con aquella
mano morena y fuerte. –No tenía por qué odiarte, no soy un niño
de parvulario. – lo miró de soslayo deteniendo el coche de pronto
e inclinándose hacia él, besándolo profundamente, bajando la vista
a su mano y quitándole el anillo de platino. –No lo quiero ver
en tu mano…
– Lo siento... era lo único que me daba consuelo...
de que alguien me había querido... – las lágrimas afloraron a
sus ojos de nuevo y le acarició el rostro con suavidad. – No me
lo pondré más... pero no me pidas que lo tire. Te amo a ti, pero
no puedo olvidar lo que Hayabusa-san hizo por mí. ¿Está bien?
– le preguntó, temeroso de que se fuera a enfadar con él.
– No tienes ni siquiera que tenerlo guardado… pero
no lo quiero ahí… – le sujetó las manos con las suyas. –Tus manos…
por eso te paré aquella primera vez… – se las besó y lo miró a
los ojos después. Deslizando la lengua por el sendero de una de
sus lágrimas en la mejilla. – ¿Me has sido infiel Toru?...
– Sólo si consideras a mis clientes como una infidelidad...
– sonrió, sin hablar de Koya, ya que ni lo consideraba como algo
causante de celos. – Pero mi corazón permaneció tuyo todo este
tiempo...
–Entonces es que me has sido fiel… – le besó el
pecho con fuerza, subiendo de nuevo y besándole el cuello –Yo
te he sido fiel, Toru…– le rozó la quijada con los dientes, mordiéndole
el cuello con suavidad después. –¿Cuántos días llevamos sin vernos?
Tendrás que compensarme todas y cada una de las veces que no me
atendiste.
– Han sido siglos... en lo que a mí respecta. –
sonrió, entrecerrando los ojos, y acariciando sus hombros. No
podía creer aquello, tenerlo así de cerca, con él. No era posible
tanta felicidad. No para él, le reventaría el corazón. – Soy sólo
tuyo, para siempre. Es todo lo que deseo ser...
– ¿Estás seguro de que podrás con ello?– sonrió,
desde luego que podía, claro. Lo abrazó contra él. Pegándolo a
su pecho contra la camisa negra. –Pero tendré que irme de nuevo…
sólo he venido para quedarme dos días.
– ¿Puedo ir contigo? No quiero... quedarme solo
de nuevo. – le pidió, casi rogando. Tenía miedo de no volver a
verlo.
– ¿No acabas de decir que eres mío? Ya puedes hacer
las maletas… y decirle a tu amigo que se prepare si es que pretendes
llevarlo contigo aún… – lo miró a los ojos, acariciándole la mejilla.
–No pude dejar de pensar en ti, no creas que vas a poder hacer
que me distraiga de nuevo del trabajo de ese modo.
Toru rió de nuevo, aún sin poder detener las lágrimas
de felicidad ni esa risita nerviosa que no se le quitaba. – No
quiero hacerlo... Y no tengo mucho que empacar. Pero no sé si
Koya quiera venir ahora... Está enamorado también.
– De todos modos si necesita un trabajo, tengo amistades
aquí. .No quiero que estés preocupado por otro hombre mientras
estás conmigo… ¿hm?...– le abrió la cadena que llevaba al cuello
y colocó el anillo de Hayabusa allí, cerrándosela de nuevo y besándolo
después profundamente, sujetándole la nuca con firmeza. No le
importaba, incluso si aún amaba de un modo platónico a ese hombre,
o si no se le iba a olvidar jamás, la lucha ya se había librado
y lo había escogido a él, por sí mismo, sin su intervención en
absoluto. Observó sus ojos azules fijamente. – Puedes estar satisfecho
de haber logrado algo grande, yo jamás me había enamorado antes...
Toru se rió, entre nervioso y alegre. No podía dejar
de reírse como un niño. No recordaba haber reído así en toda su
vida. – Estás tomándome el pelo... ¿no es así? Seguro has tenido
muchas novias...
–Soy homosexual… pero no, sólo he tenido sexo por
dinero, hasta esta noche… Será mi primero gratis…– se rió, encendiendo
un cigarro y preguntándose por qué seguían hablando incómodamente
en el coche.
– Yo... nunca tenía muchos deseos de cobrarte...
– confesó, enrojeciendo un poco, lo que ya era bastante raro en
él, sujetando su mano de pronto.
– Ahora ya sabes por qué quería besarte como fuera…–
le sujetó la mano, acariciándosela antes de abrir la puerta del
coche, saliendo y llamándolo con la mano.
Toru se bajó, maravillado. Sólo con estar siguiéndolo,
sabiendo que no lo dejaría, que había regresado por él, ya era
más que suficiente. – Y supongo que ahora también sé por qué fuiste
el primer cliente al que he besado...
Murakami sonrió levemente, llevándose el cigarro
a los labios mientras lo llevaba con él al hotel, entrando en
el ascensor y abrazándolo con fuerza. Miró su reflejo en el espejo,
incrédulo, riéndose de sí mismo y cerrando los ojos.
Toru se abrazó a él de vuelta, sonriendo. Sentía
como si estuviera en otra vida. Reconfortado entre aquellos brazos
fuertes. – Te amo... Koza...

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